José M. Fernández Pequeño: Felo Ramírez en Cuba [Segunda parte: No hay virtud como la paciencia]

Archivo | Autores | Memoria | 31 de agosto de 2025
©Felo Ramírez en Unión Radio / Archivo

La perspectiva del tiempo. Si alguien me demostrara ahora mismo que el cronista deportivo Felo Ramírez estuvo informado con antelación de cuanto le iba a ocurrir en 1949, no me sorprendería. Pensaría que nadie nace por gusto en el llano de Oriente, la capital del espiritismo de cordón cubano.

Entre el 20 y el 25 de febrero, se celebró en La Habana la primera Serie del Caribe de Béisbol y allí conoció Felo personalmente a su ídolo, Buck Canel, quien asistió con el propósito de transmitir el torneo para Puerto Rico. Lo había escuchado a través de la onda corta, en su Bayamo natal, desde que era un niño; le había escrito cartas de admirado adolescente a las oficinas de NBC, en USA, misivas que Canel nunca iba a leer ni menos a contestar; y había aprendido estudiando en detalle la forma en que el mítico narrador de pelota recreaba (y este verbo resulta esencial para entender el estilo narrativo de Felo Ramírez) los mejores juegos de las Grandes Ligas. Aquella fresca mañana del 20 de febrero, en el Gran Estadio de La Habana y frente al hombre alto, apacible y con un suéter beige echado sobre los hombros, el joven narrador cubano comprendió que su intuición no se había equivocado: la conexión entre ambos fue instantánea. Esa noche, Canel subió a la cabina de la COCO durante el partido inaugural entre la Cervecería de Caracas y el Almendares, accedió a ser entrevistado y, ya en esos menesteres, narró un inning junto al cubano. La semilla estaba plantada.

Seis meses más tarde, un día de agosto, el presentador y empresario Gaspar Pumarejo propuso a Felo Ramírez que fuera a trabajar con él en Unión Radio. Pumarejo, a quien la historia de la radio y la televisión en el Caribe hispano adeuda una investigación puntual, había creado su emisora en 1947, con la idea de emparejar el alcance nacional de CMQ y RHC Cadena Azul a través de una red de plantas coordinadas, aunque independientes, a lo largo del territorio cubano. Sin demasiados recursos financieros pero muy sagaz, ingenioso y corajudo, en diciembre de 1948 Pumarejo había logrado colocar su emergente emisora como la tercera en audiencia dentro del país y, llegado a ese punto, salió en busca de Felo: “Eres el narrador deportivo que más gusta a los fanáticos en Cuba, solo que te han mantenido siempre a la sombra de otros. Te ofrezco 800 pesos mensuales y vas como estelarista en las transmisiones”, le propuso. El narrador bayamés aceptó y…

Paréntesis. El 25 de septiembre de 1949, apenas firmado el nuevo contrato, Felo Ramírez se casó con Luisa Rafaela Montero Fraga, que terminaría llamándose (contra su deseo) Fela. Felo y Fela se acompañaron durante 55 años y cualquier éxito en la carrera del primero debe ser compartido con la segunda. Para expresar de forma sintética lo que ese matrimonio fue, uso las palabras de Maggie Arena, quien los acompañó durante los duros años de la enfermedad que terminó con la vida de Fela en 2004: “Una nunca sabía dónde terminaba ella y dónde empezaba él”.

Y llegó el torneo profesional del béisbol cubano 1949-1950. Cinco emisoras pagaron los 25 000 pesos exigidos por la Liga para transmitir los juegos: COCO, con Cuco Conde; la Cadena Oriental de Radio, con Orlando Sánchez Diago; Unión Radio, con Felo Ramírez; Radio Salas, con Rafael Rubí; y, finalmente, RHC Cadena Azul, que además pagó 30 000 pesos para llevarse a Manolo de la Reguera de Radio Salas y decidió transmitir la pelota en esa ocasión no a través de Onda Deportiva, sino de su poderosísima estación principal, para lo cual modificó una programación muy exitosa.

Las cinco voces principales de la narración deportiva en Cuba (solo se echa de menos a René Cañizares) narraron al mismo tiempo los mismos juegos, una pugna que Eladio Secades anunció así en Bohemia (11 de septiembre de 1949): “Al levantarse las cortinas de la temporada de invierno, habrá cinco micrófonos en el palco de prensa del Stadium del Cerro […]. Va a ser una prueba interesante para los que observan desde lejos y dura, muy dura, para los que tengan que afrontarla…” Como si la circunstancia quisiera echar más leña al fuego, ese año el comisionado de las Grandes Ligas en Estados Unidos, Happy Chandler, dio permiso para que los peloteros cubanos pertenecientes a los equipos de la llamada Gran Carpa participaran en el torneo invernal y los jugadores desplegaron un torneo muy reñido, al extremo de que entre el campeón, Almendares, y el equipo que ocupó el último lugar solo hubo tres juegos de diferencia.

©Gaspar Pumarejo / Carteles

Siempre caminando sobre el filo del riesgo, Pumarejo redujo a dos las empresas anunciantes en la transmisión de Unión Radio, la cerveza Cristal y los cigarros La Competidora Gaditana, y eliminó las tandas de comerciales entre los innings, lo que puso sobre la mesa la pregunta de cómo llenar ese tiempo. Luego de varios ensayos fallidos, fue Felo quien propuso utilizar el recurso norteamericano de un comentarista que complementara el trabajo del narrador y Pumarejo contrató al periodista René Molina, un hombre aún joven, gran conocedor del béisbol y que, aunque hasta allí se había desempeñado en la prensa plana, demostró poseer una notable simpatía para conectarse con los oyentes. Felo, que nunca fue un cronista apegado al dato ni un razonador de estadísticas ni un teórico del deporte, pudo concentrarse en lo que ocurría sobre el terreno para lograr una narración esencial y altamente sensible. El éxito de esa combinación iba a cambiar para siempre la forma de narrar la pelota en Cuba.

Con el fin del torneo, en febrero de 1950, nadie guardaba una sola duda acerca de cuál entre las cinco propuestas había mayoreado en las audiencias. La pelota por Unión Radio subió en las encuestas de 9.00 a 13.18, mientras Felo Ramírez era elegido por la ACRI el mejor narrador de 1949 y la prensa deportiva habanera clausuraba el debate con un cintillo definitivo: “No tiene discusión”. Era la consagración del bayamés, al tiempo que la irrupción de una pareja emblemática del beisbol narrado, tanto en Cuba como en Puerto Rico, donde ambos se reencontraron siguiendo los trillos del exilio. Para que se tenga una idea de cuán aplastante pudo ser el triunfo de ambos en la contienda de las voces, cito un hecho que la revista Bohemia (8 de enero de 1950) recogió entre pinceladas de buen humor.

La última tarde de 1949, cuando el campeonato apenas había rebasado la mitad de su calendario, Gaspar Pumarejo hizo que Felo Ramírez fuera a su oficina y le insistió en firmar otro contrato, uno que comenzaría a ejecutarse nueve meses más tarde, en septiembre de 1950. “¿Por qué, si firmé hace tres meses y falta tanto para septiembre?”, preguntó el cronista deportivo mientras Pumarejo insistía (“vamos, viejo, firma”) sin dejar de señalar hacia la cifra del salario, que casi duplicaba el anterior: 1 500 pesos mensuales. Ambos conocían muy bien el trasfondo de aquella escena. La expectativa que estaba levantando el torneo en marcha y el seguimiento casi obsesivo de la prensa y los fanáticos a la contienda de las voces habían terminado por convencer a la poderosa CMQ de entrar en el negocio. Y así fue. Cinco meses después, en mayo de 1950, los de Radiocentro ofrecieron un millón de pesos a la Liga Profesional por la transmisión exclusiva del torneo en los próximos cinco años. Que la propuesta fuera denegada ante la presión del resto de las emisoras no demerita la habilidad de Pumarejo, quien estaba seguro de que los hermanos Mestre irían tras el narrador más popular en el país, como en efecto ocurrió.

Y el caso era que en ese momento Pumarejo había delineado muy bien sus planes a corto plazo. Luego de una frenética carrera, logró sacar al aire el 24 de octubre de 1950 la primera señal de televisión cubana. Seis días después, las voces de Felo Ramírez y René Molina narraron por primera vez en la isla un juego de pelota a través del entonces novedoso medio, partido sobre el que hay bastante información en el libro Felo Ramírez, el oráculo de la narración, del periodista Omar Claro.

“¿Necesitaste hacer alguna adecuación en tu forma de narrar para insertarte en la televisión?”, pregunté al coterráneo bayamés sesenta y cuatro años más tarde, y él desplegó con su mano derecha un gesto de qué carajo de pregunta es esa… “Ni una sola”, respondió entre risas. Siempre narró igual, y si alguna duda tuvo al principio, esta quedó desvanecida poco después, cuando supo que muchos fanáticos veían el juego en la televisión, pero escuchaban su voz en la radio. Eran otros tiempos, por supuesto. La radiodifusión había reconvertido al añejo juglar, al pregonero y al contador de anécdotas en narrador deportivo, un actor cuyo propósito no era, como suele pensarse, que el oyente “viera” el juego a través de las palabras, sino que pudiera “sentirlo”, único modo de insertarlo en su vida. No eran (ni son hoy) muchos los narradores que conseguían tal conexión y quizás por eso, al referirse a Felo Ramírez, la prensa de los años cincuenta en Cuba exaltaba su “precisión y colorido al narrar las jugadas”.

A la altura de 1951, el ascenso de Felo Ramírez aparentaba ser imparable. Ese año recibió la primera invitación para sumarse a las transmisiones de La Cabalgata Gillette, que se originaban en Estados Unidos y eran escuchadas en todos los países americanos de habla española donde el béisbol y el boxeo tenían público. Además de ver cumplido el sueño de unir su voz a la de Buck Canel, titular de aquellas transmisiones, su presencia en La Cabalgata permitió al cubano codearse con los mejores narradores de pelota en español, ganar un reconocimiento internacional que sería clave para su carrera, y moverse en las interioridades de las ligas norteamericanas. Muy pronto se hizo habitual en La Cabalgata, como parte de un formidable trío junto a Canel y el venezolano Pancho Pepe Cróquer. Finalmente, la Unión de Cronistas Tele-Radial lo eligió el mejor narrador deportivo de Cuba en 1951.

Y aquí aparece el pero inevitable de estos casos. La situación financiera de Gaspar Pumarejo se hacía insostenible y en abril de 1952 tuvo que vender tanto Unión Radio como el canal 4 a la empresa Radiotelevisión El Mundo, que ya era propietaria del canal 2. Ángel Cambó quedó al frente de la unificación y el empresario Amadeo Barletta se hizo cargo de la dirección ejecutiva. Felo sentía una gran desconfianza hacia la voluntad y la capacidad de este último para mantener la parrilla de transmisiones deportivas desarrollada por Pumarejo, pues no le reconocía experiencia en el medio, así que en ese mismo mes de abril decidió acercarse a los directivos de CMQ, que tantas veces habían hecho evidente su voluntad de negociar con él.

Convertida en un imperio de radio y televisión, CMQ había decidido empeñar a fondo su poder económico y su formidable infraestructura en la transmisión deportiva. Mientras Felo se entrevistaba con Omar Vaillant, alto ejecutivo y hombre de confianza de los hermanos Mestre, estos ya habían asegurado la cobertura en exclusiva del torneo profesional de béisbol cubano 1952-1953 a través de la televisión. Además, pretendían radiar los juegos usando su planta principal, CMQ, y no CMBF, como había sido habitual hasta ese momento en las coberturas de las Grandes Ligas norteamericanas. Con tanto en cartera, estaban tocando a la puerta de los más poderosos anunciantes en el país… pero les faltaba un último detalle. Necesitaban poner sobre la mesa de negociaciones una prueba de que la audiencia estaría garantizada porque el mejor narrador deportivo del momento en Cuba se había comprometido con ellos. Fue en ese marco que Felo y Vaillant convinieron la rúbrica de un contrato “confidencial”, que solo se haría público el 1 de septiembre de 1952, cuando el vínculo del bayamés con Unión Radio hubiera expirado. Como prueba de su interés en el proyecto, Felo aceptó un sueldo mensual de 1 500 pesos, inferior a los 2000 que percibía en Unión Radio.

Ni entonces ni hoy ha sido la discreción una virtud que pueda reconocerse a los cubanos. El 11 de mayo de 1952 la revista Carteles deslizaba un comentario en apariencia críptico y en realidad suspicaz: Jess Lozada y Fernandito Menéndez consideraban que Gabino Delgado había hecho bien en emprender viaje a Europa por aquellos días. Los tres eran cronistas deportivos de CMQ y el comentario estaba destinado a los muchos que conocían la existencia del contrato “confidencial” entre Felo y la emisora, como declararía posteriormente el mismo Gabino en carta pública (Bohemia, 14 de septiembre de 1952) para explicar que había decidido poner distancia, primero, y rechazar la renovación de su contrato con CMQ, después, porque desde el mismo mes de abril estaba al tanto del salario que ganaría Felo Ramírez según el contrato “confidencial” y no podía aceptar lo que pretendían pagarle tras nueve años de labor en la empresa. Intento decir que, cuando en agosto de 1952 el contrato dizque secreto entre Felo y CMQ fue filtrado a la prensa habanera, muchísimas personas conocían no solo su existencia sino también los detalles del acuerdo.

Pocos sabían, eso sí, la carta que Amadeo Barletta guardaba bajo su manga y, entre los no enterados, estuvo Felo Ramírez… para su tormento. Solo cuando ya el escándalo había estallado, conoció el cronista bayamés que su contrato con Unión Radio incluía una cláusula mediante la cual se le obligaba a notificar cualquier decisión de no renovar con al menos un mes de antelación, plazo que en agosto de 1952 estaba vencido y, por tanto, su vínculo laboral se había renovado automáticamente. Así lo hizo saber Amadeo Barletta en una rueda de prensa donde además informó que la empresa había extendido un reclamo notarial a Felo y estudiaba las mejores vías para demandar judicialmente a CMQ porque Unión Radio entendía lo ocurrido como una declaración de guerra.

El 15 de agosto, Goar Mestre también convocó a la prensa, les entregó copia del contrato “confidencial” firmado en abril, recontó lo ocurrido desde entonces hasta ese momento e informó que Felo Ramírez les había solicitado romper el acuerdo (“como si firmar contratos fuera cosa de muchachos”), pero la empresa haría valer sus derechos y perseguiría legalmente al cronista deportivo. “Actué de buena fe”, confesó Felo (Bohemia, 24 de agosto de 1952), “y ahora estoy en medio de esta lucha entre empresas, cogiendo los golpes como un pushing bag”. Su posición era sin duda difícil: Mirado con desconfianza en Unión Radio, que se negaba a liberarlo; escondido porque la prensa lo hostigaba apenas aparecía en algún lugar; y amenazado por CMQ, que lo responsabilizaba porque su casi segura ausencia estaba provocando que las firmas anunciantes exigieran una revisión de los acuerdos firmados para el inminente torneo de béisbol profesional y Radiocentro se veía en la obligación de regresar la transmisión radial a CMBF. “La voz de Felo Ramírez jamás será escuchada en CMQ”, zanjó por último Goar Mestre y, en señal de buena voluntad, ofreció a Unión Radio compartir la exclusividad en la transmisión del campeonato a través de la televisión, con una única condición: Felo no podía estar en el equipo de narradores.

©Joe Dimaggio, Buck Canel, Musiú La Cabalerie y Felo Ramírez en la Serie Mundial de 1951 / Bohemia

Tales sucesos han dado pie a una gran confusión. De periodista en periodista, se repite que, en noviembre de 1952, cuando el torneo profesional había cumplido su primer mes, el equipo de Unión Radio (Sánchez Diago y René Molina) superaba en audiencia al de CMQ (Jess Lozada, Gabino Delgado y Fernandito Menéndez), por lo que Goar Mestre dio su brazo a torcer y llamó a Felo Ramírez para que revirtiera la situación. El desbalance de audiencia en favor de Unión Radio fue cierto, solo que CMQ no buscó a Felo en esa fecha, sino al mismísimo Buck Canel y, luego de finalizado el torneo, fortaleció su staff de narradores con la incorporación de Cuco Conde. ¿Por qué un error como ese ha podido ganar tan sólido espacio? Pues porque la situación se repitió en 1957, cuando a Goar Mestre no le quedó más remedio que tragarse su orgullo y acudir a Felo Ramírez.

También en nuestras conversaciones de 2014 el cronista deportivo bayamés habló como si el llamado de CMQ hubiera ocurrido en 1952 y no cinco años después. ¿Mintió a sabiendas? No lo creo. Aun si dejamos de lado que quien rememoraba lo ocurrido medio siglo antes era un hombre de 91 años, pienso que Felo Ramírez en algún momento aplicó a esas memorias un recurso típico de la ficción, el que a través de la imaginación sintetiza y hace más comprensible lo que la realidad ofrece de manera notablemente dispersa. Mentir es engañar, mientras la ficción reinventa la verdad para hacerla más profunda y sensible a la percepción del receptor. Y en este caso hay una verdad inocultable: fuera en una fecha o en la otra, la más poderosa empresa de medios en Cuba, obligada por las circunstancias, tuvo que inclinar la cabeza ante un simple narrador de pelota, mientras la prensa sonreía socarrona… Estoy seguro de que Felo Ramírez, con el paso de los años y su distancia física de Cuba, llegó a aceptar que los hechos se habían producido realmente en 1952.

Es decir, puedo justificar al protagonista, pero no a tanto periodista e “investigador” que ha repetido sus palabras (y las de otros) sin hacer la verificación de fuentes exigida por el oficio, algo muy sencillo en este caso. Solo es necesario consultar la prensa de la época, una parte de la cual (como Bohemia y Carteles) está en línea, a la espera de un clic. Allí queda claro que los hermanos Mestre no acudieron a Felo en 1952. Tampoco se necesita ser muy perspicaz para poner en duda que semejante movida fuera posible en esa fecha. Tras la contienda pública y legal que habían vivido dos meses antes por el asunto del contrato nada confidencial entre Felo y CMQ, más la exigencia posterior de que Unión Radio no podía utilizar al bayamés en sus transmisiones del torneo profesional 1952-1953, Barletta no habría permitido jamás que CMQ usara para equilibrar en su favor los ratings de audiencia a un hombre que en ese momento seguía atado contractualmente a Unión Radio.

Quien sacó a Felo Ramírez de la situación en que su precipitación lo había puesto fue Gaspar Pumarejo, como se verá en la tercera y última parte de esta crónica.

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