Daniel Céspedes Góngora: Entrevista a Carlos Esquivel / ‘Nada cambia o cambia para seguir cabeza abajo, aun a mayor velocidad’

Carlos Alberto Esquivel Guerra (Las Tunas, 1968) ha recibido numerosos premios y reconocimientos dentro y fuera de Cuba. Pero de su experiencia en certámenes literarios no me interesa preguntarle hoy. Si bien esta vez otro galardón ronda este diálogo –se trata del Franz Kafka de novela 2025 por Yo soy Leopoldo Ávila–, lo convido a exponer más un relato satírico, donde lo sorprendente es además la ficción por encima de lo irrebatible. Hasta lo pediría la más rigurosa historia.
¿Yo soy Leopoldo Ávila (Premio Franz Kafka, 2025) es un texto que tenías preparado hacía tiempo o resultó el relato contra aquel “decenio negro” que ya necesitabas escribir? ¿La novela –para ti– tiene alguna conexión con el presente?
La realidad cubana es roñosamente cíclica. Un bumerán, a veces sangriento, a veces guarnecido con sustancias más frías. Ni siquiera la literatura o el arte desplazan ese itinerario. La salida es rugosa y estrecha. Por ahí entra todo y todo se va. En los días de la furiosa Covid escribí varios libros, entre ellos Yo soy Leopoldo Ávila, quetiene, eso sí, un antecedente directo, la novela H, publicada en Panamá hace algunos años, una epopeya ucrónica olorosa a la isba donde cabrían atorrantes maestros del absurdo: un Heberto Padilla falso viviendo en un país alucinante y surreal. No puedo decir más que este libro, sin pretenderlo, resulta excesivamente contemporáneo.
Algo que llama la atención en tu relato tiene que ver con las alusiones al hecho cinematográfico y a diversas películas (y no hablo de El caso Padilla, la película de Pavel Giroud, que es posterior al primer manuscrito de tu novela). ¿Qué películas o libros te ayudaron a crear el mundo de tu libro?
En efecto, El caso Padilla lo descubrí después. Este libro, como te decía, lo escribí entre 2020 y 2021. Me pasó también con un texto muy valioso, El cuerpo nunca olvida: Trabajo forzado, hombre nuevo y memoria en Cuba (1959-1980), de Abel Sierra Madero. Hay muchos libros y muchas películas que me influyeron indirectamente, pero no voy a adivinar cuáles son. No quiero o no puedo. A lo mejor lo que más influye a un creador vaya en esa inclasificable dirección. Reconozco a autores que me perturbaron con temas parecidos a los de mi novelita, y siguen ahí, invisibles, o no tan invisibles, como fantasmas zurrándome por esas páginas: Varlam Shalámov, Milan Kundera, Vasili Grossman, Marin Preda, Vitali Shentalinski, Monica Zgustová, Ismail Kadaré, Serguéi Dovlatov. Disfruté (que quizás no sea el verbo más adecuado para esta confabulación) un documental como Conducta impropia, de Néstor Almendros, la película alemana La vida de los otros, los libros Mea Cuba, de Guillermo Cabrera Infante, El 71. Anatomía de una crisis, de Jorge Fornet, La fiesta vigilada, de Antonio José Ponte, Informe contra mí mismo, de Eliseo Alberto, y decenas de entrevistas a escritores y artistas involucrados en esa época tan amarga.
A propósito, ¿qué genero cinematográficos prefieres?
Mi gusto es desfondado por las pieles ajenas: desde Corea del Sur a Serbia, desde un estudio rumano a la crudeza de las franjas iraníes, del México outsider a la Dinamarca ebria, desde los Alpes franceses a la Alemania más atormentada. Bergman y Fellini son mis ídolos de antaño (un antaño que no ennegrece), y hacia acá pongo en mi bolsa a ejemplares como Andrzej Wajda, David Lynch, Lars Von Triers, Kim Ki-duk, Majid Majidi, Jim Jarmusch y Bertrand Bonello.
Informe contra mí mismo, Las palabras perdidas, En mi jardín pastan los héroes, La mala memoria… ¿La novela como informe a contracorriente de la angustia y la realidad contemporánea? ¿Existe para ti en Cuba una tradición de ese tipo de novela?
No sé si se le puede llamar tradición a lo que un grupo de novelas, novelistas, dejó, deja, en esbozos febriles, resecos algunos, pasados por una energía nueva otros, necesarios, eso sí. Jesús Díaz, Félix Luis Viera, Norberto Fuentes, Ahmel Echevarría, Néstor Díaz de Villegas, Rafael Vilches. Quizás se trate de un síntoma de compulsión que sigue creciendo, ojalá.
El pasado es como una ruleta donde cambian las personas y poco los hechos. En un momento, a través de lo epistolar, se lee: “Hay demasiados sueños a mi alrededor, demasiados sueños pendientes. Hay demasiadas dudas, hay un país metido en un cascarón. Se llama Cuba. El cascarón se parte. No hay nada adentro. Afuera, infinitos rompecabezas”. ¿De los 70 al presente ha cambiado algo?
Los terrenos cambiaron poco. La música es la misma, unos acordes en el medio del pantano. Alguien que rueda cabeza abajo a incontrolable velocidad. Alguien que predice la desazón infinita. Nada cambia o cambia para seguir cabeza abajo, aun a mayor velocidad. Una desnutrida carretera que no nos lleva a un lugar seguro o que nos empuja a la pesadilla de otros. Un descarnado diario de insuficiencias. La turbulenta literatura de unos pocos. La peligrosa sensatez de los más pocos. Y esa ideología que monopoliza la ofrenda kafkiana de cada cual. Como contraparte, el supuesto heroísmo que deja la rasgadura expuesta como herida inconclusa.
Tu Lezama Lima no solo es cauteloso, sino irónico y hasta desafiante ante la figura vigilante y censora. Sin ánimo de imitar la realidad –porque la literatura no es (para) eso–, ¿qué crees de un Lezama que hubiera estado más a la defensiva por rebelde que por su propia obra? ¿Qué lugar ocupa Lezama en tu biblioteca privada?
La obra de Lezama Lima contiene una rebeldía insobornable. Me importa más eso a que hubiese ido a pleitear como un revoltoso en un paisaje purulento y nacional. Es divertido saber que Lezama no es coleccionable para mucha gente. Reconozco que, al principio, me acerqué a sus libros con cierta hostilidad. Luego el nubarrón se fue. Yo no entré a Paradiso a hacer turismo o cazar mariposas. Eso sí, lo prefiero como poeta, sus imágenes son más afiladas, menos torrentosas. Si hubiera sido un fanfarrón o un renegado rabioso, su honor literario sería el mismo, el de una extraña especie, en irremediable extinción.
A propósito de Lezama: me llama la atención el uso de las comas en tu libro, cortando siempre el flujo del relato. ¿Es un uso, es un recurso enfático, o es algo más personal, de arritmia propia?
Pude haberme equivocado en cómo curioseé en estos personajes (sobre todo en los de Lezama y Piñera), en cómo sometí sus parecidos con las facciones más tramposas. Tal vez no. Los malos libros cuentan la historia tal como es. Los buenos libros la miran desde lejos. (Ni que este lo fuera). Es un desafío gigante discernir en la memoria de un país, canibalizar con sus partes blandas. Fui un desquiciado scout entre los documentos donde vi y oí (admiré) a Lezama. A veces escucho su voz, y la de Virgilio Piñera, y la de Guillén, o las de Arenas y Padilla. ¿Me estaré volviendo loco? Pues la fragancia pugilística me cae muy bien, y la locura, cierta locura, te hace inmune a los desastres más pasajeros.
Desde los años 80, aunque empezó antes, hay una consolidación de la novela cubana fuera de Cuba. ¿Existen para ti diferencias entre la novela que se escribe en el exilio y la que se escribe adentro?
En mi propio mapa insular a mí no me interesan demasiado esas diferencias. Unos escriben sobre el desarraigo, sobre irresolubles nostalgias, y otros sobre el deseo de sobrevivencia y contra censuras e insilios. Todos (los buenos, al menos) entienden que el escenario disecciona los límites de una memoria que no ha dejado de recrear incluso lo que a ella no le pertenece. En los últimos años el flujo de emigrantes ha crecido muchísimo y esas escrituras han mezclado los colmillos de cada cual. Quizás no haya reconciliación entre las formas de esas escrituras, pero tampoco pugna. Una deja un rastro y la otra lo persigue. Cobra, Boarding home, los libros de Antonio Benítez Rojo, José Manuel Prieto, Abilio Estévez o Gerardo Fernández Fe (ejemplos ilustres, entre tantos ilustres), encarnan en un mismo rompecabezas con las obras escritas en similar rango dentro de Cuba. Prefiero hablar, entender, sobre una única literatura cubana. Es meloso, quizás, cruel para algunos, conciliatorio para otros.
Portuondo, Pavón (y según Norberto Fuentes, el propio Fidel Castro)… Después de escribir tu novela, ¿quién fue para ti Leopoldo Ávila?
Yo le puse cuerpo, delirios, una trama infecciosa, mucho más, a un personaje, para que se llamara como nadie debió llamarse: Leopoldo Ávila. Así se escurrió en la novela, así se puso de un extremo o del otro, olió vida en cualquier parte, distendió las encrucijadas que encontró. Dio testimonio de feroces tiempos, de un intranquilo seísmo moral, del saqueo a la fascinación por lo que fuese libre, de monstruos que acechaban. Él, uno de ellos. Fue cruel y, un poco después, quiso parecer inocente. Luego cambió por culpa de cosas con las que no pudo lidiar. Puede que imagine, crea saber, quién estuvo detrás, disfrazado con ese nombre, en un periodo nefasto de una historia que ha hecho de ese calificativo una alcoba interminable. Lo más triste es que ese faccioso plan se repite y Leopoldo Ávila sigue vivo. Con otros seudónimos y maneras, con las mismas víctimas en el aire.
¿Cuál es tu novelista cubano preferido y cuál el extranjero?
Una pelea entre varios superpesados violentos e irascibles, no los únicos (vendría una tonelada de yanquis –y no de Connecticut–, la banda de gregarios rusos, algún que otro latinoamericano, un poeta que parece novelista y un novelista que parece mil cosas). Dostoievski en una esquina, Flaubert en la otra. Cualquiera puede ganar. Ligeramente, por puntos, gana el francés. En Cuba parece difícil no ostentar la barricada. Carpentier, Cabrera Infante, Severo Sarduy, unos cuantos más. Yo prefiero a Reinaldo Arenas.
¿Qué lees por estos días?
Leo muchos libros a un mismo tiempo, muchísimos. Los alterno, claro. En ocasiones uno de ellos se va a la carrera y los otros quedan detrás. Es un encanto fugitivo y doméstico, esconderme de todo el mundo, hacer irreconocible mi probable relación con las cosas más atómicas Reviso mi lista de prontitud. Ahí va. Por las fronteras de Europa (Mercedes Monmany), Nevada (Claire Vaye Watkins), La novia grulla (C. J. Hauser), Los nombres de Feliza (Juan Gabriel Vázquez), ¡Mártir! (Kavek Akbar), Amor y basura (Ivan Klíma), Salir a robar caballos (Per Petterson), Patologías (Zajar Prilepin), Indigno de ser humano (Osamu Dazai), Prosas apátridas (Julio Ramón Ribeyro), El jardinero y la muerte (Gueorgui Gospodinov), Alberta tiene un amante (Birgit Vanderbeke). También me regocija tener conmigo los últimos textos de los excelentes escritores y amigos Alberto Garrido, Marcial Gala y José Manuel Fernández Pequeño. Leer tal cantidad de libros no es para mí una extravagancia o un distendido paisaje neurótico, ni siquiera el deseo por anular una insípida vida en un pueblo perdido de la no menos extraviada Cuba. Es un miedo casi inofensivo, irritante tal vez, a que los libros vayan a desaparecer de una vez y para siempre.
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