Martha Luisa Hernández Cadenas: Solo creo en las palabras

Archivo | Autores | 4 de febrero de 2026
©Cortesía de la autora

Continuamos nuestro dossier sobre los narradores y la propia escritura con este excelente texto de Martha Luisa Hernández Cadenas, quien fue Premio Kafka de Novela en 2020, sobre sus libros.
Disfruten
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CREENCIAS MENORES

Todos los domingos íbamos al parque Fe del Valle. Mi hermana venía desde Marianao y mi papá nos daba algunas monedas para dar vueltas en el chivo. Un hombre que aparentaba ser un viejo, tenía un chivito obediente que rodeaba el parque con un carretón repleto de niños. Después de dos o tres vueltas, mi hermana y yo íbamos a cuidar de un sitio que solo las dos conocíamos. En el pequeño túnel dentro de las raíces de un árbol vivían animales, hadas y sonidos de otro mundo. Años después, cuando cortaron el árbol que estaba en San Miguel y Galiano, instalaron las antenas wifis, el hedor a orine que desprendía la estatua lo había contaminado todo y ya no veía con tanta frecuencia a mi hermana mayor, mientras yo me preguntaba si esos juegos de infancia fueron el principio de cierta urgencia por imaginar. Cuando al volver ahora por un instante a esos domingos veo al chivito obediente que no se quiere mover, todo cobra sentido.

Desde la azotea de mi casa no se veía el mar, ahora sí porque construyeron un estudio y hay una vista privilegiada. Tengo la impresión de que subía a la azotea para ver a los barcos cruzar el malecón, era todo un acontecimiento porque tenía que pedir permiso, ir a la casa de Migdelia, subir con cuidado por la escalera de caracol a la que le faltaban tornillos y no mirar nunca hacia abajo porque perdería el equilibrio y me caería en el patio de La Negra. Veía buques, banderas piratas, yates coloridos con personas que agitaban sus pañuelos, creo que también descubrí a un submarino alemán o a una ballena. Me alegraban y les hacía señales, yo lo que quería era que me secuestraran. Llévenme lejos, pensaba. Cuando mi mamá subía a buscarme iba a jugar con mi vecino en el balcón y todo me aburría.

Tuve que mudarme a un pasillo en Centro Habana para ser una escritora. No hablo de fatalidad, fue un suceso definitivo. Hablo de arquitectura, mezcolanza, superposición, ser una mujer. Una tarde, mientras pensaba en este texto, descubrí que mi mayor relación con la narrativa viene de esa convivencia. Cuartos separados por una pared. Cuarticos con televisor o no, con suerte con alguna barbacoa llena de comején. De ocho apartamentos, que después se convirtieron en nueve, solo cuatro tenían baño. Nosotras teníamos una taza, un lavamanos y una ducha de teléfono que terminó siendo una manguera. Escalera de madera también infestada, mesa de madera, sillón. Había noches en las que no se podía dormir. Había días en los que no se podía estudiar. En el desvelo o la intranquilidad siempre se producían sucesos extraordinarios. Relaciones de pasión complejísimas, monólogos de estilo muy pop o muy punk, amenazas, chivatazos, borracheras y delirios, música romántica, música pentecostal. Recuerdo un incidente bastante intrascendente, mi madre lava a mano mi blusa rosada, y después de estrujarla muy bien, la cuelga en uno de los cables del pasillo que compartimos con la vecina. Al poco rato, mi mamá se da cuenta de que la blusa no está, supone que se ha caído de la tendedera, así que le pregunta a la vecina del primer piso, pero nadie sabe nada. Nosotras no tenemos noticias de la blusa hasta que pasan unos meses, creo; la madre de la vecina se la ha puesto para venir al cumpleaños de su nieta, mis tetas no llenaban la blusa, ella tenía unas tetas hipnóticas. Nosotras mirándole el pecho con una mezcla de ternura y odio, mi mamá que no sabe disimular con cara de hiena pellizcándome. Nosotras con las cajitas de cumpleaños, cake, pancito con pasta y ensalada fría sobre los muslos.

SOLO

La escritura es un performance que tiene lugar en la página.

La página en blanco, con solo leer esta frase, ya me entra el tedio del lugar común. Pero qué sublime en El nuevo arte de hacer libros, cuando Ulises Carrión escribe: “El libro más hermoso y perfecto del mundo es un libro con las páginas en blanco, como el lenguaje más completo es el que queda más allá de lo que las palabras del hombre pueden decir. Todo libro del arte nuevo es la búsqueda de esa absoluta blancura, del mismo modo que todo hablar es una búsqueda de silencio”.[1] La página en silencio, preferible. Lo que ordena en Mi oficio Natalia Ginzburg: “Uno no puede esperar conservar intacta y fresca su querida felicidad, o su querida infelicidad, todo se aleja y desaparece, y se queda solo con su página, no puede subsistir en uno ninguna felicidad y ninguna infelicidad que no esté estrechamente ligada a esa página, no posee nada más y no pertenece a otros, y si no le ocurre eso, entonces es señal que su página no vale nada”.[2]

Sobre páginas inconclusas, fiestas, fracasos y desencantos está lleno el universo literario. El escritor entusiasta no está demasiado familiarizado con la autocrítica, pero yo sí. El performance enseña tempranamente a sufrir abatimiento, síndrome de impostora y deja un un vacío parecido al desamor cuando termina la acción. El cuerpo ya no es el mismo. En la biografía de la pianista Martha Argerich, leí: “Un psicoanalista le dijo que ella no soportaba ni la crítica ni los elogios. Y Argerich le confió a un periodista: “Hay dos cosas que mi hermana detesta: que la elogien y le toquen el pelo”.[3] Me sucede parecido, que me toquen el pelo o que me besen con intensidad la mejilla en un saludo.

Las páginas que me interesan son piel, sinfonía, balbuceo, agitación. Lo que define mi entusiasmo es esa voluntad puramente intuitiva, infantil, esas ficciones que vienen “del más allá”, que son carne y fluidos, eso que está latente y que va revelándose obsesivamente.

CREO

El caos es una constante. Antes que el archivo Word o la libreta de notas existe un texto que va construyéndose mientras camino o atiendo a una simple tarea doméstica, con los años me he adaptado a vivir en esa escritura no atlética, sino simple. Hay un hacerse que siempre está en el aire, en el otro, exterior, si se quiere, aún cuando no somos conscientes del todo de cuánto nos afecta, una escritora, una performer, siempre está en eso. Desde hace cuatro años he tratado de hacerlo conscientemente, y realmente aligera, lo que escribo sintoniza con otros ruidos y costumbres: los desconocidos, las madrugadas, las fotografías. En ese caos del pensamiento y el movimiento siempre se vuelve a la prisión, a lo que solo una sabe cómo entrar o salir.

En Escribir antes, Sabina Urraca confiesa, “Ojalá el libro me importase menos. Pero me importa muchísimo. Es como alguien de quien me he enamorado. Cuando hablo con ese alguien, me atenaza la timidez, me siento fea y hago gestos raros, forzados. Imposto una voz que no es la mía. Me voy contracturando. Así es como escribo este libro”.[4] El caos no es respetable totalmente, supongo que por eso reescribo mucho, quizá porque todos los días soy otra o porque la sintaxis me parece floja, los adjetivos empalagan y toca concentrarse entonces en la forma del caos, en el deseo del libro de estar con una. El enamoramiento es mutuo, me parece.

Para mí es necesario zambullirme en el caos y luego sobarlo. Mantener el romance, ese misterio.

Desde que leí al poeta ecuatoriano Roy Sigüenza vuelvo siempre a esta idea, “Llovía, entonces, y llueve; llueve para mi gusto de estar triste, solo, escribiendo como un buscador, no como alguien que escribe”.[5] En una entrevista, Clarice Lispector dijo que no era una profesional, Un soplo de vida me hizo desear otras literaturas, las he ido atesorando para advertirme de que el camino más fácil es obedecer a un qué, no a un cómo. Cuando gané el Premio David de Poesía me dijeron que ya era poeta, una escritora, y también me dijeron que la gente que venía del teatro se estaba metiendo en la literatura, pero yo no lo soy del todo, escritora, ni antes, ni después, aunque me lo tome muy en serio. Cada proyecto nace con su apetito. Me interesa la hibridez, que es lo mismo que la desfachatez que da no sentirse una profesional totalmente, sino una buscaminas. Julia Sanches, quien es una de las traductoras al inglés de La puta y el hurón, me preguntó en una reunión virtual qué tejido producían mis textos, recordé aquellas clases de teatro griego, textum, un vestido hermoso de seda, la ropa de bebé de mi hermana menor, las ursulinas y una camisa con quemaduras de tabaco de mi abuelo. Luego vi a mi mamá recortando la tela, con una tijera pequeña saca los círculos que marcó antes con plumón usando un platico de taza de café, círculos que se amontonan y que después hila concéntricos uno por uno. Al cerrarlos, parecen una flor. Para la artesanía, usa telas recicladas, coloridas, de algodón, de polyester, son bellísimas en su conjunto porque crean un mosaico increíble, un encantamiento que desborda el tacto y la narración. Soy una escritora que busca y que imita el mecanismo con el que se cose un cubrecama de retazos.

EN

Hablo de mi mamá. No es original vivir obsesionada con mi madre, esto se traduce rápidamente en sentimentalismo o cierta devoción, no me interesa ninguna de esas ideas, ella aparece, deus ex machina de la memoria, de una memoria que marea como si se tratara de un baile. Me atrae ese vínculo, esa relación con lo natal, lo primigenio, esa conmoción que me remite al principio. Cómo se empieza a escribir, y no elijo ahora un género, qué es ese atravesamiento que repentinamente llega para viciarlo todo. Empecé a escribir porque cuando dictaba, mi madre transcribía, en su gesto definitivo, mortuorio, encuentro la belleza de cierto hincapié en esa huella. La belleza de mamá también es la belleza de lo reprochable, de lo sórdido, del champú de placenta que vendían en las farmacias cubanas y que te hacían creer que era buenísimo para el cabello. El olor es insoportable tan solo unos segundos después de destaparlo, como el olor de mamá cuando está triste y me descubre envilecida por el paso del tiempo. Pero sus manos, sus tibias manos, o sus canas, o la epilepsia, realmente me han inspirado –con su dosis de crueldad– tanto, que debe haber en ellas algún determinismo tonto porque siempre vuelvo a estallidos de nuestro tiempo compartido, de la infancia, del secreto que implica un nacimiento.

Recordé dos poemas y un cuento de Cristina Peri Rossi, que no envejezca nunca mi madre, que el género no sea una prisión, que pueda besarla porque es hermosa.

LAS

Se escribe para una misma. Fracaso tanto cuando entro en el miriñaque de la pose. Prefiero no pensar en nada fuera de lo que deseo escribir. Nunca me he creído merecedora de una habitación propia, aunque me ha ayudado la distancia, el tener un estudio a mi disposición por unas semanas, esa serenidad tan ajena, esa disciplina que te compromete definitivamente, seguir en la búsqueda, persistir. A mi modo de ver, lo mejor surge en medio del ruido, de la concentración que se enfrenta a otras labores y a todo lo que apabulla y acelera, a todo lo que enoja y entristece. Un desdoblamiento, un entregarse en cualquier sitio, de hacerlo porque algo –-para bien o para mal-– te llama. Mi literatura no contribuye, no es imprescindible, pero qué vano sería todo si no la tuviera.

Nací en 1991, había poca insistencia por la lectura a mi alrededor, me incliné por el universo de los libros casi como por fuerza de destino, viviendo mi propia telenovela, Aguas mansas, en unas vacaciones interminables en Guantánamo. Mi escritura guarda relación con el melodrama, los divorcios, las mudanzas, la pobreza y con los secretos que se cuentan las mujeres en la cocina. Los maridos, los tarros, los amantes, el dinero del vuelto que se guarda en las tetas, entre la tela del ajustador y los pechos. Toda esa zona del dolor cautivo de lo cotidiano. Pero también de lo inevitable, de lo común y lo torcido.

A veces exclamo, ¡qué daño me hizo la teatrología! Y luego me acurruco en esos años tan ávidos de teatro. Pienso en Doble papagayo de Nanne Timmer, qué maravilla. Porque la poesía puede sacarte las risas y hacer del lenguaje algo completamente nuevo. Pero no he aprendido a escuchar más a Carlos Díaz cuando afirma: “No dramatices”. Soy tan dramática. Cuánto daño y cuánto bien, si se quiere, como los amores sobre los que vale la pena escribir manifiestos, perretas o pucheros. Al final, siempre se está en un montaje de atracciones, y a mí se me hace imprescindible el cuerpo, la teatralidad, esa aparatosa situación en la que a donde sea que miremos está sucediendo algo, un minúsculo accidente.

Y cuando “busco para mí” está el yo, claro que siempre está el yo, pero no todo es autorreferencial ni autobiográfico, las ficciones también se representan en los sueños y las fabulaciones. Si digo yo, digo tragante, lavamanos, vela aromática, violación, digo Flush, cómo amo esta novela de Virginia Woolf en la que construye un mundo de sensaciones a través de la biografía del perro spaniel de Elizabeth Barret. Lo que siento es que el “yo” es un bicho deforme, un adefesio que supura fluidos incorrectos, eróticos, envidiosos, dulcísimos, cheos, todos y cada uno necesarios para dejar agujeros en aquello que construimos palabra por palabra. La emoción no está subestimada en la actuación o la dramaturgia, en el absurdo hay tanta conmoción como en esa sublime máscara de un actor que desaparece. No quiero que se adormezca o entibiezca ese espacio de lo insólito que es muy personal, muy teatral. ¿Cómo construir un personaje? Existen muchas vías, cuando quiero saberlo todo de un personaje me propongo capturar gestos y confesiones ajenas, escenarios y oficios que me son muy distantes, me basta ese pálpito que nos acerca y empacha. Se escribe para una misma tan pendiente de los demás, la humanidad, la muerte, lo que desconocemos y termina complicándonos.

PALABRAS

Me arriesgué con La puta y el hurón, pero valió la pena creer en ese proyecto. De esa obra juvenil, emergente, todo lo que se quiera añadir, encuentro que el tema a veces se traga un poco lo que hay en ella de estridencias, de fallos, de esa primera persona que va desandando lugares de una ciudad destartalada o de esa búsqueda que necesita del pasado, de documentos y archivos. Hay un ejercicio común en lo que he escrito después, o antes, en estudiar a Calvert Casey cuando estaba en la universidad, en abordar un espacio como el baño o un central azucarero en ruinas. He cambiado mucho desde entonces, las lecturas, las tragedias y las labores transforman a cualquiera que escribe y sobrevive. No ambiciono más que cuando creí que aquellas páginas iban formando un universo propio, una especie de testimonio rabioso que me persigue porque todo me lleva siempre a Cuba. Si estoy obsesionada con mi mamá debe ser por eso que ya está en esa primera novela palpitando, esa relación con distintas temporalidades y enfermedades que me dejan a veces sin final, sin horizonte o sin futuro.

CREENCIAS MENORES

La escritura es performance, por eso escribo con la lengua. Sin mucha teoría ni aspaviento, solo soy feliz cuando esa crueldad inherente al cuerpo, al músculo, entra en el discurso, la crueldad de lo irracional, de lo que está vivo, lo demás es investigación, disciplina, apoteosis, ideas que alegran una mañana de estar horas sentadas buscando cómo habla un hombre de sesenta años sobre el amor, aquello desconocido que impulsa determinadas decisiones, giros, pasos en el asfalto o la arena. Una performatividad que se repite infinitamente, con sus pausas, sus titubeos, sus relamidos, lo único que vale la pena es seguirle el pulso a esa necesidad, a riesgo de cualquier consecuencia.

Una vez le dije a una amiguita que estaba gravemente enferma y que iba a morir de un momento a otro. Siempre he creído que se me va a paralizar el corazón. Éramos unas niñas, ella se lo contó a su madre, seguramente espantada, y a partir de ahí fui una mentirosa malévola que no era bienvenida en su casa. Las fechorías en el balcón, gritarle a un hombre calvo, escupir, silbarle a un desconocido, levantarme el vestido. La primera carta que le envié a un muchacho cuando murió su abuela y que leyó toda su familia muy conmocionada. Artes amatorias, humanas y perversas que significan muchísimo para quien soy, para esta creencia absurda que no transforma nada y lo serena y revuelve todo. Es encontrar un lugar de imaginación en esta realidad imposible. Es figurarse otras formas de vida. Es escuchar el sitio donde se está con cierta devoción. Siento que permaneceré en esa búsqueda porque soy bastarda, soy mujer, soy palabras, cuando me urge ser cualquier otra cosa. Creo en ser otra cosa mientras los barcos zarpan en medio de una avenida, abriéndose paso en el basurero desbordado, cargado de sillas remendadas. Creo en ser un bramido, una pezuña, un personaje histórico con malos hábitos, una bebedora y una comelona compulsiva. Creo en esta disposición por narrar estos accidentes menores que me anteceden y que continuarán ahí cuando realmente muera de un momento a otro.


[1] Carrión, Ulises. El nuevo arte de hacer libros. Ediciones*, Peras del Olmo, 2017, Cuba.

[2] Ginzburg, Natalia. Las pequeñas virtudes. Acantilado, Barcelona, 2024. p., 90.

[3] Bellamy, Oliver. Martha Argerich. Traducción Silvia Kot. Ed. Blatt & Ríos, Madrid, 2025, p., 85.

[4] Urraca, Sabina. Escribir antes, Ediciones Comisura, Madrid, 2025, p. 70.

[5] Sigüenza, Roy. Habilidad con caballos: poesía reunida. Ed.: Severo editorial, Ecuador, 2020, p. 153.