Daniel Céspedes Góngora: Martí según Sancho

Es ya tan arriesgado escribir sobre José Martí como pintarlo. El adverbio de tiempo no implica solo a este presente, sino a la larga y extensa contemporaneidad. Un escritor del temple de Jorge Mañach —en términos biográficos— había dejado el listón muy arriba hasta que Lezama escribió la famosa frase: «ese misterio que nos acompaña»; hasta que Gastón Baquero alertó del peligro de endiosarlo y no bajarlo del pedestal. Lo hizo antes que otros. Cintio Vitier y Fina García Marruz lo retomaron una y otra vez como ética y religión sinceras: supieron estudiarlo en su contexto y fuera de él; supieron traerlo casi siempre bien a estos tiempos. No fueron los únicos. Pero enseñaron que era una desventura intelectual servirse de su obra para cualquier asunto. Es válido reconocer que Martí desacertó a veces en frases para su época y proyectos para una Cuba futura, como algunos entusiastas y falsos estudiosos no han querido reconocer.
Pero Martí es, sin discusión, la gran figura que ha dado Cuba. Irrepetible para bien y para mal. Toda comparación posterior con él es absurda por injusta y exagerada. Si fue capaz —como de veras lo hizo— de fijar pauta respondió a que, en primer lugar, era un hombre de carne y hueso y luego un polígrafo bestial, sobre todo en prosa, capaz por cantidad y calidad de construir un orbe con todo lo que implica uno con sus luces y sombras. Martí literatura, Martí género. Ningún escritor cubano se lo ha ganado como él.

No es extraño entonces que, contra la norma, algunos escritores y artistas hayan decidido entrar en Martí para entablar con él un diálogo continuo. Otros se han reconciliado con su figura luego de aproximarse por voluntad propia, sin presiones ideológicas habituales. Y muy pocos lo rechazan por cansancio, cuando no por ineptitud. Uno tiene derecho no solo de leer a Martí cuando le venga en gana, sino de reconfigurarlo de acuerdo a sus horizontes de expectativas. Así lo ha entendido el artista matancero Adrián Gómez Sancho.
Sirviéndose del carboncillo, de la pintura al óleo, del grabado, del collage…, Gómez Sancho es uno de los creadores que más ha representado a Martí. Habrá tal vez quienes asocien su recurrencia temática a la comodidad creativa —para no emplear el término oportunismo— que se muere por dialogar con las instituciones reconocidas. Y hacen mal. Pues lo que se asume críticamente y con franqueza esquiva caprichos creativos y uniones facilistas con la oficialidad. El martiano verdadero aprende por cabeza propia (y desde temprano) a discernir, que es un camino anticipado y muy lúcido de la preferencia.

Y Gómez Sancho, que no prefiere solo a Martí, lo toma según va escogiendo en la variedad de técnicas a su disposición. Técnicas y formatos que no desdicen de la libertad del creador que expande y complejiza, con conciencia, su poética en favor del icono multiforme y sedicioso. ¿Cuánto expresa y cómo lo hace Sancho? Se necesitarían muchas páginas para escribir al respecto, que es como hablar de su arte sin pretender explicarlo o el porqué de representar con frecuencia al héroe nacional cubano. Ningún creador merece que lo expongan tanto.
El collage, por ejemplo, tan presto a tomar de lo ya hecho es acaso en Sancho una de sus mayores oportunidades para ironizar desde la historia del arte, considerando cuanto sabe de la vida y obra de Martí. Quizás no haya técnica abiertamente más desacralizadora que el collage. Su apuesta por el fragmento para engendrar nueva estética, entraña una puya afectiva y efectiva que Sancho Gómez no puede ni quiere esconder. Ducho y sardónico también en su dibujo definido que, a veces, se pierde hasta fundirse con sus fondos, contornos con imágenes ausentes que, no obstante, son tan familiares como el tratamiento de esos verdes, amarillos y azules, refieren un estilo y discurso identificables.
He aquí, con esta junta homenaje, el orbe martiano en la mirada y el arte personalísimos de Adrián Gómez Sancho. En principio, aunque José Martí testificaba sobre su tiempo, añoraba un porvenir concreto, que no estuviera en la sospecha cínica de estar haciéndose siempre como si fuera soportable o seguro existir en una utopía tras otra. La vida avanza por el interés de querer lo que no ha ocurrido aún. Está claro. Pero toda esperanza aterriza en un presente aprovechado que supone la muerte de algunas utopías: ¿perezosas e inservibles? Peores: funestas y, en verdad, de reemplazo inmediato. José Martí, con Sancho, nos guiña desde su inmensidad.

Aprovechando las disposiciones del artista por estos días de enero y de su muestra sobre José Martí, no he buscado la interpretación amanuense, sino una aventura arriesgada de la mutua pasión. Así curioseo en virtud del diálogo.
¿La representación desde un vestigio fotográfico, o te funciona mejor transgredir el referente histórico de la fotografía como registro histórico que intenta perdurar?
Me interesa más la representación o, mejor, la observación continua de la fotografía como vitalidad del tiempo que muestra y ofrece elementos para extrapolar imágenes que emergen de lo creativo, de ahí esas indagaciones hacia lo taurino, lo rupestre, lo raigal, lo humano y lo contradictorio, todas acompañadas de un registro visual agudo.
Recuerdo por el año 2019, conformaba la muestra NATURALEZA INTIMA, un inicio preciso a la conformación de un estilo o figuración que hoy se construye a partir de ese estudio a partir de relatos visuales referentes a la cueva de Altamira por ejemplo, o reseñas biográficas que han contribuido a los conceptos ya antes referidos que son y abordan mi trabajo hoy.
Por otra parte, las indagaciones sobre la figura humana han marcado una parte importante en mi obra, detalles o rostros que se sumergen o aparecen como símbolos o como representaciones estáticas. Aun no perteneciendo a mi catálogo continuo de creación, sigue siendo necesario el reencuentro con la fotografía documental, ese registro histórico que intenta perdurar.

Desaprender al José Martí de la escuela, al héroe intachable, al político que supuestamente sirve para todo… ¿Qué hace falta, de acuerdo a tus libertades e intereses como autor, para la concepción de Martí?
Como diría un buen amigo «…inevitable no ir a Martí en estos tiempos», verlo desde todas esas perspectivas no es más que la base insaciable de una poética real, adquirida a través de los años, en la que he intentado mostrar raciones de conocimientos acerca de su figura ¿inalterable?. Muy alterable para bien y para mal, diría. La estructura parte del propio estudio y de ahí mi figuración martiana.
No lo niego, me siento cómodo cuando inicio el proceso pictórico hacia su imagen, en ocasiones el jaraneo pensativo o enamorado lo aborda según la idea, otras veces se revierte como santo aureolado y más tarde como ese mambí de estirpe fuerte a ojos cerrados.
¿Qué otros artistas consideras te han influenciado para los Martí que imaginas?
Hay muchos creadores que han interpretado la figura de Martí. Sin embargo, desde una poética íntima y también muy única, Agustín Bejarano es un referente que me atrapa, su manera tan directa de reflejarlo lo convierte en una expresión singular, de ahí lo existencial en cada obra que lo muestra. Decía Rufo Caballero en su libro Agua Bendita, «ese a abridor de caminos para Cuba» y es eso: mi Martí dialoga, sueña y comparte con el espectador, se anuncia como el hombre enamorado que fue.

¿Por qué vuelves a José Martí?
Regreso a Martí o más bien él me encuentra. Él decía que el arte es la naturaleza creada por el hombre y que nace del sentimiento más sincero. Volver a Martí es permitirse una libre creación, sin sospechas ni tachaduras. Mi obra no consiste en complacencias añoradas, al menos las que van dirigidas a su figura. Se pinta pleno y sin concesiones.
Responder