Máximo Gómez: Carta al presidente de Estados Unidos Grover Cleveland / Introducción: Vicente Morín Aguado

Archivo | Memoria | 13 de febrero de 2026
©Máximo Gómez y Báez fotografiado como Comandante en Jefe de las Fuerzas Insurgentes Cubanas, junio de 1898 / RRSS

El 9 de febrero de 1897, Máximo Gómez Báez, General en Jefe del Ejército Libertador, firmó una carta dirigida al presidente de los Estados Unidos de América, Stephen Grover Cleveland, solicitando la intervención norteamericana bajo la explícita invocación de la doctrina Monroe. Estas fueron sus palabras:

“El pueblo norteamericano, que con todo derecho marcha a la vanguardia del Hemisferio Occidental, no puede y no debe seguir tolerando el asesinato sistemático y a sangre fría de indefensos americanos, por temor de que la historia pueda acusarlos de complicidad con tales atrocidades. Su acción estaría, además, sólidamente fundada en la Doctrina Monroe, ya que esa doctrina no puede referirse meramente a la usurpación de territorio americano, y no puede descansar solamente en la defensa de las potencias constituidas en América contra la ambición europea”.

Antes de estampar su firma, el hombre que mostró a los insurrectos la valía de cargar al machete, exhorta al mandatario de la Casa Blanca:

“Corone su honorable trayectoria de estadista con un noble acto de caridad cristiana. Dígale a España que el asesinato debe cesar, que la crueldad debe cesar, y ponga su sello de autoridad en lo que diga. Miles de corazones invocarán bendiciones eternas en tu memoria, y Dios, el misericordioso, verá en ella la obra más meritoria de toda su vida”.

(La carta completa está reproducida por Florencio García Cisneros en: Máximo Gómez, ¿Caudillo o Dictador?, Miami, 1986.) (Documento original, archivado con el # 75 en: «Letters of Gen Máximo Gómez to the President», 55th Congress Session, Senat«U. S. Dept. Of State. The United States. Govt. Print off; 1897.)

Es de notar que los independentistas cubanos contaban con un poder civil, creado por una constitución, llamado Gobierno de la República en Armas, con su presidente y consejo, al cual estaba subordinado el General en Jefe. ¿Por qué no es el presidente de ese gobierno quien escribe, dejando al supremo mando militar la firma de una petición de tanta trascendencia política?

La decisión responde a la popularidad del héroe militar en la gran nación vecina. La guerra de Cuba era reportada diariamente a los principales periódicos estadounidenses mediante corresponsales acreditados en la Isla y, aún de mayor relevancia, el propio Cleveland había mencionado al general Gómez Báez en su último mensaje al Congreso, previo a la sucesión presidencial.

Veamos el contexto del momento histórico.

Desde febrero de 1896 gobernaba en la Isla antillana el General Valeriano Weyler Nicolau, sagaz y despiadado militar, con amplia experiencia en el tipo de guerra irregular vigente entre españoles y cubanos. Con el objetivo de privar a los insurrectos de su base social y de sustento, Weyler decretó el Bando de la Reconcentración.

Dejemos que sea el remitente quien ilustre la situación, tal y como lo hizo para el presidente norteamericano:

“Los españoles, incapaces de ejercer soberanía sobre el interior de Cuba, han obligado a los campesinos a concentrarse en aldeas, donde se espera que la miseria los obligue a servir en los ejércitos de un gobierno que aborrecen. Estos infelices no solo se ven obligados a abandonar el único medio de vida que les permite vivir; no solo se ven obligados a morir de hambre, sino que se les tacha de firmes partidarios de nuestras armas, y contra ellos, sus esposas e hijos, se dirige una persecución terrible y cruel”.

El éxodo masivo incrementó la insalubridad reinante, provocando un notable aumento de las enfermedades infecciosas, en particular de la Fiebre Amarilla. Ambos contendientes ejecutaban una guerra total, destruyendo sembrados, fábricas y cuanto de valor pudiera servir al otro bando.

España gobernaba la otrora rica colonia bajo estado de sitio, aplicando un régimen de facultades omnímodas otorgadas al Gobernador, aún más severo que el absolutismo trasnochado reinante en la metrópoli. Para los alzados en armas, la victoria significaba no solo una independencia política, se trataba de fundar una república democrática ajena a toda forma de discriminación sobre sus ciudadanos.

La soberanía nacional no era en sí misma el fin último, era el instrumento para alcanzar democracia y progreso con igualdad ante la ley.

Los independentistas se sostenían en medio de dificultades extraordinarias. El ejército español contaba con 200 mil efectivos, las mejores armas de la época, bien avituallados, agregando inclusive a unos 30 mil nacidos en la isla a sus tropas, los llamados guerrilleros y voluntarios, colocados en la vanguardia de las columnas.

La cifra de combatientes insurrectos no pasaba de 25 mil, aplicando la única táctica posible frente a un enemigo superior 8 a 1, una guerra irregular: emboscadas, ataques sorpresivos con cargas de caballería al machete, provocando bajas, abasteciéndose en lo posible de armas y alimentos, pero sin aniquilar al adversario en batallas campales, menos aún tomar las ciudades.

El ejército colonial sufría este acoso, una guerra de desgaste que se prolongaba en el tiempo sin conseguir eliminar la resistencia libertaria.

La proverbial intransigencia española conducía la situación política al extremo, porque de ninguna manera la monarquía ibérica aceptaba negociación alguna que implicara la independencia. En el plano internacional ,a pesar de la probada vocación civilista de los cubanos, ningún estado había reconocido a la República de Cuba en Armas.

El General Gómez no recibió respuesta epistolar ni de Cleveland ni del sucesor McKinley, la respuesta vino con hechos: el 19 de abril de 1898, mediante una Joint Resolution, el Congreso de los Estados Unidos declaró: “El pueblo de Cuba es, y de derecho, debe ser libre e independiente”.

En tres meses la potencia emergente derrotó a España, con la valiosa participación de miles de combatientes cubanos en la toma de Santiago de Cuba. Gómez entró en la Habana, aclamado en apoteosis popular como libertador, el 24 de febrero de 1899.

La ocupación militar norteamericana se encargó de la transición, que duró casi 4 años, dada la necesidad de recuperar la economía, sanear las ciudades, erradicando la Fiebre Amarilla, organizar elecciones desde los municipios hasta las presidenciales, dotando al país de una Nueva Constitución.

¡Al fin llegamos!, exclamó el viejo Gómez, al izar la bandera de la estrella solitaria en el Castillo del Morro, el 20 de mayo de 1902, acompañando al General Leonard Wood, médico de profesión, quien momentos antes había arriado la insignia que hoy ostenta 50 estrellas.

Sancti Spíritus, 9 de febrero de 1897

Sr. Grover Cleveland

Presidente de los Estados Unidos

Señor:

Permita que un hombre, cuya alma se desgarra ante la contemplación de crímenes indecibles, levante la voz ante el jefe supremo de un pueblo libre, culto y poderoso.

No considere, le ruego, esta acción como un acto inoportuno de oficialismo. Usted mismo la autorizó al concederme un lugar en su último mensaje al Congreso.

Más aún, le ruego, no la considere como una solicitud de intervención en nuestros asuntos. Los cubanos nos hemos lanzado a esta guerra, confiados en nuestra fuerza. Solo la sabiduría del pueblo americano debe decidir qué curso de acción deben tomar.

No hablaré de los cubanos en armas. No; alzo mi voz solo en nombre de los americanos desarmados, víctimas de una crueldad espantosa. Lo levanto en nombre de la debilidad y la inocencia sacrificadas, con el olvido de los principios elementales de humanidad y las máximas externas de la moral cristiana, sacrificadas brutalmente en los últimos días del siglo XIX, a las puertas mismas de la gran nación que se yergue tan encumbrada en la cultura moderna; sacrificada allí por una monarquía europea en decadencia, que tiene la triste gloria de representar los horrores de la Edad Media.

Nuestra lucha con España tiene un aspecto muy interesante para esa humanidad de la que usted es tan noble ejemplo, y sobre este aspecto deseo llamar su ilustre atención.

Mire a través del mundo y verá cómo todos, con la posible excepción de los americanos, contemplan con indiferencia, o con platonismo sentimental, la guerra que enrojece los hermosos campos de la fértil Cuba como si fuera algo ajeno a sus intereses y a los de la cultura moderna; como si no fuera un crimen olvidar de esta manera los deberes de la fraternidad social.

Pero usted sabe que no se trata solo de Cuba; Es América, es toda la cristiandad, es toda la humanidad, la que se ve indignada por la horrible barbarie de España.

Pues bien, los españoles luchan con desesperación y les avergüenza explicar los métodos que emplean en esta guerra. Pero los conocemos y los esperábamos.

Lo aceptamos todo como un nuevo sacrificio en el altar de la independencia cubana.

Es lógico que tal sea la conducta de la nación que expulsó a los judíos y a los moros; que instituyó y fortaleció la terrible Inquisición; que estableció los tribunales de sangre en los Países Bajos; que aniquiló a los indígenas y exterminó a los primeros pobladores de Cuba; que asesinó a miles de sus súbditos en las guerras de independencia sudamericana, y que colmó la copa de la iniquidad en la última guerra en Cuba.

Es natural que proceda así un pueblo que, por el mero hecho de una educación supersticiosa y fanática, y por las vicisitudes de su vida social y política, ha caído en una especie de deterioro fisiológico que le ha hecho retroceder siglos enteros en la escala de la civilización.

No es extraño que un pueblo así proclame el asesinato como sistema y como medio para sofocar una guerra causada por sus ansias de dinero y poder. Matar al sospechoso, matar al criminal, matar al prisionero indefenso, matar al herido indefenso, matar a todo aquel que pueda impedir su acción desoladora: todo esto es comprensible como la forma en que los españoles siempre han entendido y llevado a cabo la guerra.

Pero no detenerse en el hogar sagrado y venerado, personificación de todo lo más pacífico y noble; ni en las mujeres, emblema de la debilidad; ni en los niños, símbolo abrumador de la inocencia inofensiva. Atraer sobre ellos destrucción, ruina y asesinato, constante y cruel; ¡ah, señor, qué horrible es esto! La pluma se me cae de las manos al pensarlo, y a veces dudo de la naturaleza humana al contemplar, con los ojos empañados por las lágrimas, tantos corazones ultrajados, tantas mujeres sacrificadas, tantos niños cruel e inútilmente destruidos por las columnas españolas.

Los españoles, incapaces de ejercer soberanía sobre el interior de Cuba, han obligado a los campesinos a concentrarse en aldeas, donde se espera que la miseria los obligue a servir en los ejércitos de un gobierno que aborrecen. No solo se obliga a estos infelices a abandonar el único medio de vida que les permite vivir; no solo se les obliga a morir de hambre, sino que se les tilda de firmes partidarios de nuestras armas, y contra ellos, sus esposas e hijos, se dirige una persecución terrible y cruel.

¿Debe un pueblo civilizado tolerar tales hechos? ¿Pueden los poderes humanos, olvidando los principios fundamentales de la comunidad cristiana, permitir que esto continúe? ¿Es posible que un pueblo civilizado consienta el sacrificio de hombres desarmados e indefensos? ¿Puede el pueblo americano contemplar con culpable indiferencia el lento pero completo exterminio de miles de americanos inocentes? No. Usted ha declarado que no puede; que tales actos de barbarie no deben permitirse ni tolerarse. Vemos la brillante iniciativa que ha tomado al protestar enérgicamente contra la matanza de europeos y cristianos en Armenia y China, denunciándolos con sincera energía.

Sabiendo esto, hoy me dirijo a usted con franqueza y legalidad, y declaro que no puedo evitar por completo los actos de vandalismo que deploro.

No basta con proteger a las familias de los cubanos que se unen a nosotros, ni con que mis tropas, siguiendo el ejemplo de la civilización, respeten y liberen inmediatamente a los prisioneros de guerra, curen y recuperen a los heridos del enemigo y eviten las represalias. Parece que los españoles no se dejan persuadir por ninguna forma de persuasión que no esté respaldada por la fuerza.

Ah, señor, las vicisitudes de esta cruel lucha han causado mucho dolor en el corazón de un anciano y desafortunado padre, pero nada me ha hecho sufrir tanto como los horrores que le cuento, a menos que sea ver que usted permanece indiferente ante ellos.

Dígale a los españoles que pueden luchar contra nosotros y tratarnos como les plazca, pero que deben respetar a la población pacífica; que no deben ultrajar a las mujeres ni masacrar a niños inocentes.

Tienen un precedente noble y admirable para tal acción. Lean la tristemente famosa proclama del general español Balmaceda, de 1869, que proclamaba, prácticamente, la reproducción de esta guerra, y recuerde la honorable y noble protesta que el Secretario de Estado formuló contra ella.

El pueblo americano marcha legítimamente a la cabeza del continente occidental, y no debe tolerar más el asesinato frío y sistemático de americanos indefensos, a menos que la historia les impute participación en estas atrocidades.

Imite el noble ejemplo que he indicado anteriormente. Su conducta, además, se basará sólidamente en la doctrina Monroe, pues esta no puede referirse solo a la usurpación de territorios americanos y no a la defensa del pueblo americano contra las ambiciones europeas. No puede significar proteger el suelo americano y dejar a sus indefensos habitantes expuestos a las crueldades de una potencia europea sanguinaria y despótica. Debe extenderse a la defensa de los principios que animan la civilización moderna y forman parte integral de la cultura y la vida del pueblo americano.

Corone su honorable trayectoria como estadista con un noble acto de caridad cristiana. Dígale a España que el asesinato debe cesar, que la crueldad debe cesar, y ponga el sello de su autoridad en lo que diga. Miles de corazones invocarán bendiciones eternas en su memoria, y Dios, el sumamente misericordioso, verá en ella la obra más meritoria de toda su vida.

Soy su humilde servidor,

Máximo Gómez

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Publicación fuente ‘Blog de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio’