Francisco García González: ‘Escribas en el estadio’ [Sobre la primera colección de cuentos cubana dedicada al béisbol]

Esto no es una reseña. Es una divagación sobre cómo se concibió la primera —y única— colección de cuentos cubana dedicada al deporte nacional: el béisbol. Una memoria inexacta, digna de ser enriquecida por otros, acerca del pequeño drama que generó su aparición. Un drama deportivo con tintes de comedia política de tres al cuarto.
Deportivo no porque Escribas en el estadio sea un libro dedicado al juego de pelota de portada a índice, sino por el trote en el lugar en que se desenvuelven los avatares de la cultura cubana bajo las condiciones de la construcción del socialismo.
El trote en el lugar es el verdadero deporte nacional. No el béisbol. Rectifico y disculpen la afirmación anterior. Y, para no aguarles la fiesta a los optimistas, trotando in situ las cosas pueden moverse. O, al menos, dar la ilusión de movimiento. Las cosas se pueden mover: los peloteros hacia ligas lejanas, encarnación máxima de lo que Fidel Castro etiquetara como “pelota esclava”; la gente —y hasta la sociedad— hacia una suerte de Edad Media con mipymes. Un medioevo con presencia en fugaces Series del Caribe y Clásicos de béisbol, sin renunciar a la consecución de la utopía socialista.
Troté en el lugar entre las aldeas de Caimito del Guayabal y Hoyo Colorao (Bauta) hasta 2010, año en que me fui de Cuba. La primera edición de Escribas en el estadio, publicada por la Editorial Unicornio (Centro Provincial del Libro de La Habana —no la poma, la otra, la guajira, la de los territorios tributarios de la gran urbe—), apareció en 2007. En 2009, el equipo Los Vaqueros de La Habana se alzó con el campeonato de la Serie Nacional, edición número 48.
De este equipo vale señalar que sería difícil encontrar en la historia del béisbol cubano un colectivo más huérfano de hinchas. No importaba que el team contara con una impresionante constelación de lanzadores a nivel nacional: Jonder Martínez, Yulieski González, los tristemente fallecidos Yadier Pedroso y Miguel Alfredo González. Y menos aún que por ese roster hubiera pasado, en años anteriores, el estelar José “Cheo” Ibar, protagonista del récord de juegos ganados en una temporada (24) en series nacionales. En los poblados de La Habana campo los fans hinchaban por Industriales o por Pinar del Río. Basta ver el documental que Julia Osendi les dedicara por su campeonato de 2009, a expensas de Villa Clara. El metraje es de lo peor realizado en Cuba, y no por la tensión insalvable entre su talento y la cámara, sino por la apatía supina que despertaban en el país los desangelados Vaqueros de La Habana.
En 2010, el año en que dejé la isla, la provincia La Habana desapareció de un plumazo, cortesía de Raúl Castro. Mejor dicho, fue dividida en dos —un gran trote en el lugar, burocrático, no geográfico—: una provincia romana, Artemisa; otra taína, Mayabeque. La denominación es mía, no del segundo Castro, aunque me gustaría que hubiese sido al revés.
Escribas en el estadio tuvo una segunda edición en 2013. La encontré en la librería de Hoyo Colorao durante mi viaje a Cuba en diciembre de 2025, y Denys San Jorge tuvo la generosidad de regalarme tres ejemplares.
—¿Todavía estamos en índice? —preguntó Enrique del Risco cuando le conté del hallazgo a mi regreso.
—Sí, aún estamos. No seas injusto: la censura no puede hacerlo todo a la vez.
Miguel Terry Valdespino y yo tuvimos la idea de hacer la primera antología cubana de cuentos de béisbol. El proyecto contó con el respaldo de Reinaldo Medina, de la Editorial Unicornio. El primer paso fue ir tras los escritores. ¿Qué escritor cubano que se tenga algo de fe renuncia a estar en una antología, da lo mismo que sea sobre el sida, la marginación de los negros o el cuento carcelario? He llegado a ver antologías sobre el tabaco. Para no hablar de Cicatrices en la memoria, una colección de cuentos dedicada a la Seguridad del Estado.
En mi condición de scout, y esperando que la memoria no me falle, recuerdo haber reclutado a Pedro Pérez Rivero, Antonio Armenteros, Ismael González, Luis Oricel Hernández, Jorge Fernández Era y Yoss. Recuerdo también una conversación telefónica con Marcial Gala, quien residía en el ghost town de Ciudad Nuclear —candidata, felizmente fallida, a ser la Pripyat del Caribe—, Juraguá, Cienfuegos. Incluso hubo escritores como Larry Javier González y Eduardo del Llano que, sin ser —ni creo que hoy lo sean— entusiastas del béisbol, escribieron sendos relatos de gran factura para Escribas en el estadio.
No tengo claro cómo Carmen Hernández Suárez León aterrizó en la colección, pero fue la única mujer con la que dimos. Hoy, en el lugar donde vivo, una antología del tema que sea con un índice repleto de hombres —no importa la orientación sexual— sería un libro condenable: un segregacionista y discriminatorio “proyecto de varones”. Imagino que si esta antología se editara en 2026, el prólogo lo escribiría Mariela Castro, ya que el CENESEX se parece al béisbol lo que las matemáticas a la toalla. O tal vez Julia Osendi. O ambas, a cuatro manos. En el índice de Federadas en el estadio o Esto no es softball: somos nosotras —el término escriba sería poca cosa para tanta trascendencia— figurarían las voces femeninas más destacadas de la literatura cubana actual. Siguiendo por ese trillo, rumbo a la colina de los martirios (misión: salvar todos los juegos literarios y dar sensación de movimiento, de género en este caso), estaríamos ante un libro verdaderamente inclusivo. ¿Qué nos podrían decir, por ejemplo, Nancy Morejón o Marilyn Bobes, autora de “Monólogo de Betina”, habaneras ellas, sobre Agustín Marquetti o Lázaro de la Torre? Las páginas arderían.
Aclaro: aunque era una antología editada en la provincia La Habana, no se trataba de un libro reservado a los futuros escritores romanos y taínos. Parafraseando una vieja canción, del grupo santiaguero Los Carachis, que evocaba las gestas internacionalistas de la revolución en Angola: de Gerona hasta Nueva Jersey, un solo libro, un solo libro. Que pasaba por La Habana —la capital, no sus campos extramuros—, Camagüey, Las Tunas y, por supuesto, la Ciudad Nuclear.
Finalmente, Escribas en el estadio reunía textos de Leonardo Padura, Enrique del Risco, David Mitrani, Eduardo del Llano, Ismael González, Amir Valle, Marcial Gala, Arturo Arango, Lorenzo Lunar, Alberto Garrido, Yoss, Alberto Guerra, Reinaldo Medina, Carmen Hernández Peña, Félix Sánchez, Alexis Díaz-Pimienta, Nelton Pérez, Antonio Armenteros, Raúl Hernández, Sergio Cevedo, Luis Oricel Delgado, Jorge Fernández Era, Pedro Pérez Rivero, Larry Javier González, Francisco García y Miguel Terry.
¡Da vergüenza la pila de machos!
Sí. Lo sé. Pasa de inescrupuloso. Terry y yo hicimos Escribas en el estadio y nos agregamos al índice. Mas, qué se le va a hacer: no solo de pelota vive el hombre, sobre todo si se dedica a escribir. O sea, furiosamente, a trotar en el lugar.
El libro contaba, además, con citas introductorias de José Martí y Philip Roth, y con un flamante prólogo de Félix Julio Alfonso, el erudito más joven del programa televisivo Escriba y lea, continuador del camino emprendido por el académico Roberto González Echevarría con su monumental La gloria de Cuba, equivalente deportivo de otro ladrillo brutal: El ingenio, de Moreno Fraginals. Gracias a Félix Julio supe de la existencia de Wenceslao Gálvez, primer historiador del béisbol en Cuba.
Cuando en 2024 participé en la Feria Internacional del Libro de Tampa —recordada por la polémica que desató la exitosa presentación de un grupo de escritores de la isla, al mando de Francisco López Sacha, no en los pabellones de la feria sino unas cuadras más allá, en los almacenes de Walmart—, los organizadores me entregaron un folleto de la autoría de Wenceslao Gálvez, en el que narraba su experiencia como lector de tabaquería en las factorías de Ybor City. No conozco otro texto dedicado a los lectores de tabaquería. La descripción de Gálvez de los pormenores de ese mundillo resulta fascinante.
Y en el corazón de Tampa —aparte de los almacenes de Walmart, donde también me presenté con éxito e insaciable sed de consumo en busca de un short y una toalla— vi el estadio de entrenamiento de invierno de los New York Yankees. En los Yankees, el estelar Duke Hernández tocó —qué digo tocó: se refociló— la gloria. Al Duke se le dedicó un relato incluido en el índice de Escribas en el estadio.
Una vez editado e impreso Escribas…, el escenario estaba listo para la toma de La Cabaña.
Pero como esto no es una reseña, y sí una mala memoria, volvamos a la Editorial Unicornio, entidad encargada de editar y publicar libros en La Habana. Sucedió que, en medio de la Batalla de Ideas emprendida por Fidel Castro contra no se sabe qué enemigo, el Comandante —siempre atento a las necesidades espirituales de los cubanos— envió, junto a refrigeradores y ollas arroceras, unas máquinas impresoras llamadas Risograph a todos los centros del libro provinciales.
Si el objetivo de ollas y refrigeradores consistía en ahorrar electricidad —es decir, disfrutar de una revolución con energía, como rezaba el eslogan—, en el caso de las publicaciones ocurrió lo contrario: publicar a cuanto escritor o aprendiz hubiese en el territorio nacional. El resultado fue una epidemia de mala literatura sin precedentes. El espíritu de la zafra de los diez millones, aplicado a la industria del libro, se extendió como una plaga. Dondequiera —aún en los sitios más inesperados— aparecía un poeta, especialmente un poeta, o un historiador local dispuesto a darte una puñalada trapera de décimas, o de panegíricos dedicado a héroes locales, en medio de cualquier callejón cultural.
Siendo editor en Unicornio —primero de libros, luego de una revista llamada Habáname— fui testigo de cómo aquellas máquinas fabricaban libros a la manera de chorizos. Increíble, las editoriales cubanas dejaron de ser “las más lentas del occidente cristiano” para convertirse en productoras de libros a gran escala, gracias al editor en Jefe.
De Unicornio me corrieron en 2003. Las causas no vienen al caso. Me echaron y, si me pongo empático, lo entiendo. Si yo fuera el dueño, o la cabeza visible de alguna institución —en las condiciones de la construcción del socialismo, en el medioevo o en cualquier sistema— y en mi escritorio cae de foul una papa podrida, un personaje indeseable, pues ¡a la calle! Puesto en sus zapatos, activadas mis neuronas espejo, lo digo, aparte de lo macabro de la puesta en escena para prescindir de mis competencias, sin rencores e ironía.
Antes de desasirse de mí, la Editorial Unicornio fue protagonista de un extraño suceso que sacudió el mundillo literario cubano de comienzos del siglo XXI. El protagonista fue un escritor de la aldea de Batabanó, de nombre —o seudónimo— Ernesto Ernesto. Este señor había escrito una novela titulada Bujamey, nombre de un poblado mítico, algo así como el Macondo asignado a Batabanó, y registrada su existencia por el autor de la novela y por el pintor Vicente Hernández.
Según su mente literaria y febril, la novela le fue robada y plagiada nada menos que desde la casa de la poeta Reina María Rodríguez. ¿Autor del robo? Nada menos que Abilio Estévez, con antifaz, gorra estilo bolchevique y saco al hombro. Pero los escritores —aun los de Batabanó— suelen ser perspicaces. Así fue como Ernesto Ernesto, convertido en perito lector y miembro del CSI de la literatura habanera, descubrió que debajo de Tuyo es el reino yacía enmascarada, con suma elegancia, su novela Bujamey.
Tras una detectivesca lectura doble, Ernesto se quejó en todas partes. El Ministerio de Cultura y la UNEAC crearon un comité de especialistas para arbitrar el embrollo: Beatriz Maggi, Jorge Domingo Cuadriello y otros cuyos nombres no recuerdo. ¿Resultado? Abilio Estévez quedó absuelto del cargo de plagio. Bujamey, recién salida como embutido El Miño de la panza de la Risograph, cortesía de Fidel Castro, fue lanzada en los predios de La Cabaña durante la Feria Internacional del Libro de 2001.
Fui testigo del lanzamiento y del escándalo armado por los partidarios de E. E. El episodio adquirió tintes de sainete racial: un patricio de ojos claros robaba impunemente el manuscrito de un liberto. Los fantasmas de los coroneles Estenoz e Ivonnet se paseaban sobre las murallas con aires vindicativos, reclamando justicia para Ernesto Ernesto. Y hubo hasta un performance en el que se pisoteó un ejemplar de Tuyo es el reino.
Cuando tuve la idea de publicar mis cuentos reunidos en Leve historia de Cuba bajo el rimbombante título de Historia sexual de la nación, fue la Editorial Unicornio quien aceptó el cuaderno. El relato “Compañeros son los bueyes” —que narra la violación colectiva de un alzado del Escambray por milicianos con tiempo entre combate y combate para épicos retozos— jamás habría sido publicado en otra casa editora del país. Raúl Hernández, su director por entonces, se atrevió. Y nada sucedió: fatalismo geográfico y desinterés lector. La gente no lee. Ni siquiera los censores.
En 2000, mi libro Color local fue censurado porque un impresor curioso leyó el folleto que imprimía, más parecido a una libreta de abastecimiento que a un libro. La comparación más que válida, no es mía, sino de Orlando Luis Pardo. La Risograph ejecutaba cada paso sin necesidad de terceros: la máquina de fabricar chorizos de papel encarnaba la esencia más pura de la revolución industrial.
Rectifico: Historia sexual de la nación sí suscitó curiosidad en el Instituto de Historia. Algún funcionario llamó a Unicornio ─en su rol de administradores de la producción historiográfica del país─, preguntando cómo ese título había escapado a su radar. Ah, era un libro de cuentos. Nada importante. Paja literaria de un guajiro de Caimito. “¡Qué lástima de título!”, dijeron. Y me sentí mal por ellos.
Gracias, Raúl.
Si creen que así se trotaba en el lugar en la Cuba de comienzos de siglo, durante la edad dorada de la Risograph y la Batalla de Ideas, aún no lo han visto todo.
Escribas en la Cabaña
Febrero del Año del Señor de 2008. Fortaleza de La Cabaña. Feria Internacional del Libro.
Los muros y ergástulas que habían cobijado a San Ernesto de La Cabaña —no el autor de Bujamey, hablamos del otro, Guevara, el autor del manual de estrategia revolucionaria inédito Mis camisetas y el socialismo en Cuba— acogían ahora la feria.
Escribas en el estadio, recién tirado, aún olía a tinta fresca, a embutido de celulosa. Antología y autores se aprestaban para la toma de La Cabaña. El lanzamiento aparecía en el programa oficial. El público estaba allí. Los presentadores estaban allí. El tiempo corría. Vimos la camioneta con los ejemplares cerca del pabellón. Pero la fortaleza no fue tomada por los escritores, sino por los propios funcionarios del instituto organizador.
¿Qué rayos estaba pasando?
El secuestro del libro se debía a un supuesto almuerzo con el Duke Hernández.
Amir Valle Ojeda, autor del cuento “Hoy almorzaremos con el Duke”, hasta hacía poco especialista del Instituto del Libro, había roto con el sistema que incluía la institución. Además, había hecho declaraciones contra la revolución o contra el instituto: daba igual. Era imperdonable. No importaba que el cuento tratara sobre un pitcher traidor en el cénit de su carrera en la pelota esclava. Importaba el autor que se había zafado del barracón.
Nadie lo vio venir. Estábamos listos para defender “Posépica”, de Enrique del Risco, pese a su carrera anticastrista. Pero Enrique se había ido joven: nunca fue de “los suyos”. Su escuálido expediente laboral nada más registraba sus ocupaciones de historiador del Reino de los muertos, adjunto a la comarca del cementerio de Colón y como guardián de las viejas escopetas del museo Armería, por si alguien se le ocurría volvérselas a robar. En el caso de Amir Valle, este había compartido con ellos, los grises funcionarios del ICL, hasta hacía poco, cito: “el mismo pan con croqueta” (Iroel Sánchez, 2008).
A la hora señalada, escritores y público esperaban. La gente no se iba. Aparecieron los funcionarios, comandados por León Jacomino, quien aseguró que no hubo secuestro, solo una descoordinación a última hora. Tras discutir por más de una hora, se acordó lanzar el libro dos días después, a las nueve de la mañana: horario estelar del bostezo antes del café.
Existe una foto en El Habanero: entre los escritores, robando flash, aparece mi hijo, entonces de nueve años. Pie de foto: Escribas en La Cabaña.
El día señalado apareció la BBC. Querían entrevistar a los autores, en inglés. Salvo Eduardo del Llano ─hombre precavido en cuanto el conocimientos de otras lenguas y viajero consuetudinario por aquellos años─, nos quedamos fuera del lente. Qué preguntaron y qué respondió, lo ignoro.
A mi juicio, nada de esto le resta méritos a Escribas en el estadio. La narrativa cubana apenas ha atendido el rol del béisbol en nuestra cultura. No tenemos a los Galeano, Soriano o Fontanarrosa del juego nacional. Tal vez porque se le considere un tema sin suficiente profundidad o glamour. Quizás porque el escritor cubano, aspirante a derrotar a Cervantes, no deba perder el tiempo en un estadio en lugar de leer a Lezama, quien, por cierto, sí escribió de béisbol.
En ese sentido, Escribas en el estadio, pese a su tardía aparición y más allá del trote en el lugar, es un libro fundacional y único en nuestro panorama literario, y aunque parezca bastante, les aseguro que es poca cosa. La desmemoria nos derrota a diario, como dice Enrique del Risco: nadie que nos seamos nosotros nos recordará, citará o antologará. Sin embargo, en las páginas de Escribas…, el béisbol se alza en calidad de metáfora de la existencia, el tiempo, la identidad y la derrota, pero también —y sobre todo— de redención.
¿Alguien ha vuelto a escuchar de las máquinas Risograph?
Montreal, enero de 2026
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Publicación fuente ‘La santa crítica’
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