Pablo de Cuba Soria: Estampitas para santos menores / Charles Mingus (1922–1979)
Siempre entraba en los clubes dejando que el desacuerdo fuera su Virgilio. Se alzaba alto, imponente, fundiendo su anatomía con la madera del contrabajo. Transformaba la afinación en un despliegue de autoridad y su instrumento prefería la propulsión al descanso, empujando al resto del mundo a marchar a su velocidad o aceptar el descarrilamiento.
Atesoraba el rigor de Bach con disciplina de fraile para luego convertir el jazz en su verdadera trinchera. Allí descubrió una maleabilidad eléctrica, un riesgo mucho más fértil que el silencio de la academia. Prescindía del papel pautado en sus ensayos; prefería cantar las líneas melódicas directamente al oído de sus músicos, obligándolos a confiar en la memoria del alma y en la intuición del momento antes que en la frialdad de la tinta. Al hacerlo, su aliento contra el cuello de los trompetistas era más real que la armonía. Aquella exigencia de una entrega absoluta obligaba al oyente a subirse al vagón o quedarse en el andén viendo cómo la suite le pasaba por encima.
Sobre el escenario ejercía de fiscal y verdugo. Poseía la potestad de detener el tiempo en seco para recriminar un compás errante a su banda, aunque al segundo siguiente permitiera a sus músicos volar. Aquella tiranía brotaba de una pedagogía del fuego, alimentada por una fe ciega en el genio, empezando por el que le habitaba las manos. Raíces gruesas y callosas, sus dedos buscaban agua en la dureza de las cuerdas.
Compuso con la urgencia de los manifiestos. Haitian Fight Song, ese rugido histórico; Goodbye Pork Pie Hat, lamento frágil de un hombre que podía reventar una silla contra el suelo en pleno clímax; The Black Saint and the Sinner Lady, donde el jazz se atrevió finalmente a mirarse al espejo, ofreciendo una confesión a cara partida.
Mantuvo con la industria la armonía de un portazo. Fundó sellos, acumuló enemigos y amó con la misma furia con la que maldecía a los dueños de los clubes. Ante un negocio sordo, opuso un desprecio soberano, convencido de que el arte camina siempre con la cabeza alta, incluso al atravesar las puertas más estrechas de la incomprensión.
En el ojo de aquel huracán habitaba un lirismo tímido. Bajo la capa de cólera tocaba un hombre obsesionado con la belleza; un romántico que confiaba en que la música podía cambiar algo más que la música misma.
Al final, el cuerpo inició su propia rebelión. La enfermedad le arrebató el músculo, pero se rompió contra la fiereza de su mirada. Incluso cuando sus dedos perdieron la fuerza para castigar las cuerdas, siguió componiendo desde esa rabia organizada que marcó su existencia. Cuentan que el día de su partida, cincuenta y seis ballenas encallaron en las costas de México, como si la naturaleza misma necesitara unirse a ese silencio final que representó apenas una pausa amarga entre dos movimientos.
Su catálogo permanece hoy como un territorio hostil para los complacientes. Su música sacude e impone un primer plano absoluto, rehusando cualquier papel decorativo. Charles Mingus priorizó la necesidad frente al afecto; buscó, ante todo, resultar imprescindible. Lo logró mediante una violencia tierna, mediante una elegancia que todavía hoy pone en alerta a quien se atreve a visitarlo.
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