Armando Valdés-Zamora: Las compensaciones del caos / Sobre ‘Negro en la costa’ de María Elena Hernández Caballero

Autores | 6 de marzo de 2026
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Una de las ventajas ignoradas del caos es la posibilidad del encuentro entre desconocidos que deambulan en sus tentativas por escapar de sus redes. El caos, como ruptura del orden, multiplica la dispersión, pero nada puede hacer contra el azar, en parte porque el azar es una consecuencia del desorden de relaciones que aquel provoca. La multiplicidad propia del caos facilita las conexiones y la proliferación de nuevos sentidos. Esta diseminación de significados, en el caso de un texto literario, sorprende a un lector acostumbrado a ciertas convenciones y habituado a orientarse entre los rituales tradicionales del relato: historia, conflicto, personajes y desenlace.

María Elena Hernández Caballero (La Habana, 1967) ha escrito una novela sobre el caos existencial de una poeta de 17 años en La Habana de la década de los 80. La lejanía temporal —y también espacial, pues la autora abandonó Cuba hace mucho tiempo y reside actualmente en Miami— nos libera de la inmediatez apresurada del testimonio, un registro que ha agotado buena parte de la narrativa cubana desde la caída del Muro de Berlín hasta nuestros días.

María Elena prefiere contar antes que rememorar, mostrar más que interrogar, a través de fragmentos de personajes y conflictos que, en sus disparidades, encuentran una zona de convergencia de signo marcadamente moderno: la formación intelectual de la narradora. La iniciación al conocimiento constituye en la novela un centro precario que intenta otorgar unidad a la diseminación de personajes y situaciones. Estamos, por tanto, ante un caos que, además de existencial y estético, es epistemológico y —rindiéndonos a la evidencia de la experiencia cubana de la época— histórico.

Una poeta inédita tiene una cita en la Casa del Té del Vedado con un amigo artista plástico. El dibujo de un árbol, realizado por Harold, evoca las ramas hipotéticas de un ahorcado que encarnan el deseo de la protagonista. El deseo de ahorcarse, sostenido con la convicción de la fe, se presenta al lector como la primera aspiración de una narración que apenas comienza. De manera inesperada, un anciano desaliñado se interpone en la cita y se interesa por el manojo de poemas de la joven. A partir de ese momento, este café, la Biblioteca Nacional, la sede de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), el barrio de la narradora y sus vecinos serán los espacios por los que transcurren las acciones de la novela.

Sin embargo, tal como lo sugiere su título Negro en la costa —alusión a la conocida frase de advertencia tomada de la historia española, «Hay moros en la costa»—,  puede leerse también como un homenaje al mentor intelectual de la protagonista: el historiador Walterio Carbonell (1920-2008).

Walterio Carbonell en la costa

En la historiografía literaria cubana se ha tejido, en torno a la figura de Walterio Carbonell, una leyenda de escritor maldito: la de un sobreviviente tardío de las cacerías de brujas contra los intelectuales y, al mismo tiempo, la encarnación del destino final de quienes decidieron regresar a la Isla y permanecer en ella tras la llegada de la Revolución de 1959.

Autor de un solo libro —Cómo surgió la cultura nacional— publicado en edición limitada en Cuba en 1961, Carbonell poseía además el aura de haber vivido en París durante la década de los 50, cuando fue estudiante en La Sorbona, y de haber coincidido en 1956 con figuras como el martiniqueño Aimé Césaire y el senegalés Léopold Sédar Senghor, entre otros intelectuales prominentes, durante el Primer Congreso de Escritores. El gesto de haber desplegado una bandera del Movimiento 26 de Julio en la Torre Eiffel lo perseguiría toda su vida: primero como una suerte de redención simbólica frente a sus críticas al relato historiográfico cubano, y más tarde como una paradoja. Sin dejar de proclamarse marxista, Carbonell fue uno de los tantos intelectuales castigados por las autoridades castristas.

Las causas de ese castigo divergen. Algunos sostienen que se debió a declaraciones realizadas ante invitados franceses en la Casa de las Américas —tesis defendida por Guillermo Cabrera Infante, amigo de Carbonell, en Mea Cuba—; otros aluden a su supuesto deseo de fundar una célula de las Black Panthers en Cuba. Ambas hipótesis son plausibles, pero en Negro en la costa es esta última la que predomina. La narradora interroga insistentemente a Walterio sobre si ese rumor fue la razón de su relegación a un oscuro puesto de investigador en la Biblioteca Nacional. Lo cierto es que la etiqueta de «radical», con la que fue identificado en el contexto restrictivo del castrismo, constituyó un estigma duradero: Carbonell llegó a afirmar que, con el nuevo poder revolucionario, nada había cambiado en el destino marginal de los afrodescendientes en Cuba.

Todo ello permite afirmar que, en el caso de Carbonell, a las peripecias de su vida se suma una posición extrema tanto en su teoría sobre la configuración de la cultura nacional, como en su defensa de la cultura afroamericana. Para el autor de Cómo surgió la cultura nacional, la esclavitud y la difusión de las creencias religiosas de los africanos traídos por la fuerza a América explican y fundamentan las bases de una nueva cultura, así como el enriquecimiento de las metrópolis española y portuguesa. Quizás sea la falta de matices lo que atenúa la solidez de los argumentos del libro. Carbonell ataca con insistencia a los patricios del siglo XIX y evita mencionar a Martí, a quien —según diría más tarde a quienes lo interrogaban— consideraba un egoísta blanco burgués.

Uno de los grandes logros de la novela de María Elena Hernández Caballero reside en mostrarnos la intimidad dolorosa y, a la vez, indulgente de un Walterio Carbonell marginal, devenido maître à penser de una poeta desesperada e iniciador en ella de una pasión —finalmente compartida— por la cultura francesa. Para la narradora, Walterio encarna la prueba de existencia de otro mundo, erigido como mito inaccesible y soñado: el París recorrido antaño por su amigo. Si la metáfora de París y de la literatura francesa funciona como alusión a un más allá idealizado al que evadirse, en Negro en la costa sirve también para articular la enseñanza de los clásicos con el testimonio de un testigo real de un esplendor espiritual que contrasta violentamente con la vida cultural de una Habana que la imaginación literaria trastoca en el tiempo y en el espacio:

«Estoy, de pronto, metida en un agujero bebiendo con José Mario y todos los de la revista El Puente. He envejecido y engordado y me siento capaz de besar a más mujeres que Nancy Morejón y que Lilliam Moro. Y, también, aterrizo en París. Conspiro. Me rebelo. Soy un negro con corbata, mi líder es Aimé Césaire. Me uno a otra rebelión : soy feminista, casi más que Simone de Beauvoir. Tan existencialista como Sartre. Bebo con Goytisolo, el Goytisolo que a Walterio le gusta: Juan. Camino, me dejo retratar por Cortázar. Duermo la siesta con Octavio Paz. Le quito, una y otra vez, la novia a Paul Eluard. Entre todas, elijo para dormir la mona la tumba de Baudelaire. Como las mujeres de Toulouse Lautrec, con los labios pintados por fuera, bailo. Amanezco tirada sobre una mesa. Salgo del tugurio. Avanzo por una callecita muy estrecha, maldigo. Tengo miedo. Soy una niña, estoy muy delgada. Voy del brazo de Elena Garro. Nos llevan los mil demonios. Si negra fuera, otra sería mi madre. Mi cara arde. Lloro. Lloro con la bofetada que acaba de darme Nina Simone.

Recostada contra un árbol, afuera, nuestra sombra fuma. Le echo encima una mirada profunda, para fijarlo.

Sobre la acera algunas hojas caen. Pareciera que se avecina una tormenta. Ojalá sea ciclón, pido. Ojalá llegue un viento que arranque los árboles de cuajo. Ojalá se lo lleve todo, me lleve».

Mención aparte merece la manera en que la narradora se regodea con escarnio en la descripción de ciertos espacios y figuras emblemáticas de esa Habana. La sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), donde la reciben Helio Orovio —insistente poeta y, sobre todo, recopilador de datos para su Diccionario de la música cubana— y un desafinado César Portillo de la Luz. María Elena transforma la Biblioteca Nacional en un templo de croquetas por el que deambulan Tomás Fernández Robaina junto a Cintio Vitier y Fina García Marruz, aferrados tanto a la investigación de la cultura nacional como a la supervivencia material, y a la ingestión de ese alimento inmortalizado por Reinaldo Arenas como uno de los «logros» de la Revolución: las croquetas del cielo.

La escritura de esta autora no hace concesiones al evocar los inicios de su vocación literaria. El tiempo no disipa en su prosa la violencia silenciosa de una época sin espacios independientes del control del Estado autoritario. Con su primer libro inédito a cuestas, Walterio Carbonell aparece ante ella como un mentor que advierte y aconseja cautela. La figura de «Gatillo Fácil», una suerte de Big Brother que el lector asocia sin dificultad a Fidel Castro, envía con frecuencia a la Seguridad del Estado a vigilar, escrutar e inventariar cualquier desviación o sospecha de disidencia.

Puede afirmarse que, si en algo se inscribe María Elena Hernández Caballero en una tradición de ciertos relatos cubanos, es en el gesto de pasar revista de manera crítica al canon literario insular. La protagonista responde a un extenso cuestionario oral e improvisado sobre sus preferencias literarias locales. Virgilio Piñera es uno de los pocos que se salva con afecto de ese interrogatorio recurrente sostenido con su maestro Carbonell.

Sería incompleta esta lectura crítica si no se mencionara el desliz sentimental que se cuela, como una grieta, en la postura de desapego espiritual de la narradora, en la crudeza al tratar el caos que la circunda. Se trata de su primera relación homosexual y las consecuencias del abandono de su amante.

Sin embargo, Negro en la costa está muy lejos de intentar acomodar al lector en la más mínima complacencia lírica, o en limitarse a erigir la figura del intelectual castigado en guía espiritual de una adolescente. Una hiriente acritud recorre las páginas de la novela, como si, de regreso de todos los periplos del exilio, la autora eligiera la sinceridad de la aspereza y la aceptación de un caos interminable como únicas lealtades posibles a la memoria de su juventud y a la presencia decisiva de Walterio Carbonell en su vida, «portador de una enfermedad extraña», según la madre de la narradora.

Nada nunca normal

Para María Elena Hernández Caballero el caos no es un simple desorden, sino la forma en que su pensamiento percibe y concibe lo real. En su caso, el caos deviene una estética de la crisis —su propia crisis existencial—, una vía hacia una nueva forma de orden poético y, en este caso, también narrativo. La manera en que la subjetividad de la escritora se proyecta en el texto nos remite a ese modelo de pensamiento que Gilles Deleuze denominó rizoma y desarrolló junto a Félix Guattari en Mille plateaux (Mil mesetas, 1980).

El rizoma es una estructura no jerárquica ni lineal, sin centro ni origen único, en la que cualquier punto puede conectarse con cualquier otro. Desde esta perspectiva, Negro en la costa se inscribe en un régimen de representación fragmentario y testimonial, donde la discontinuidad narrativa refleja la crisis del sujeto y la imposibilidad de una comprensión unificada de la realidad, una realidad que ni siquiera el magisterio fraternal de Walterio Carbonell logra sublimar.

Varias historias paralelas se integran a este caos representacional, todas ellas girando en torno al barrio y a la familia de la protagonista en la barriada del Cerro. Negro en la costa narra la vida, en un entorno sórdido, de la madre de la narradora —insólita lectora de los clásicos de la literatura— y de sus vecinos. «Nada nunca normal», exclama la madre en un momento de involuntaria lucidez, y la frase parece erigirse en una divisa que sintetiza el caos que la rodea.

Entre estos vecinos sobresalen los miembros de una familia negra, dueños de un agresivo perro llamado Blanco que detesta a la protagonista. Al recrearse en la narración de las tensiones entre esta familia «de color», que instrumentaliza la agresividad de su perro blanco para avivar su enemistad con la vecina blanca, María Elena deja entrever posibles conflictos latentes en una zona más profunda de su propia subjetividad. Al matar la narradora al animal que la hostiga, el relato resuelve estas tensiones de una forma que puede resultar desconcertante para el lector, si no se asocia este acto a la violencia subterránea que recorre toda la novela. En el desenlace radical de este conflicto —una suerte de racismo invertido, difícilmente imputable a la narradora si se considera su orgulloso apego al viejo intelectual afrocubano—, se canaliza un impulso de muerte que antes había sido figurado poéticamente a través de la imagen del ahorcado.

En el plano expresivo, María Elena —tal como confiesa su álter ego— rechaza las sugerencias que eluden nombrar de manera directa las múltiples ramificaciones del caos. Salvo algunos cubanismos («abrir surco», «tirarse en plancha») y ciertos localismos —como limitarse a mencionar Mazorra para aludir al hospital psiquiátrico, o no abundar en detalles al presentar al Caballero de París—, la lectura de Negro en la costa abre sus puertas a cualquier lector interesado en explorar otras formas de la escritura literaria cubana contemporánea.

Hay una voz inconfundible en la prosa de María Elena Hernández Caballero: un hilo de angustia reivindicada que atraviesa los planos de la representación y a sus personajes, sin renunciar jamás a la vocación de escribir, de legar sus terrores, aun a riesgo de comprometer la recepción y la apreciación de su obra.

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Publicación fuente ‘Diario de Cuba’