Edgar Ariel: El Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana es un osario, una cosa sin forma y sin rumbo

Salí muy triste. El Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba (MNBA) es ahora mismo un desastre, para decirlo sin florituras. Un desastre y bien. Una cosa sin forma y sin rumbo. Si tuviera que decir cuál es el peor museo que he visitado en el último año diría sin pensarlo dos veces que es el MNBA. Pero por mucho: el peor. El peorcito. Eso no es un museo ni es nada. Eso no es un centro cultural ni es nada. Eso no es nada de nada. La noción de necromuseo acuñada por Paul B. Preciado se queda corta. El MNBA es una cosa ahí muerta en el centro de La Habana. Otra cosa ahí muerta, quiero decir.
Parece un cuartel. Parece una oficina de la Seguridad del Estado. Es eso, una oficina ministerial. Pero de esas oficinas cubanas con carteles de Fidel y burós carcomidos por comejenes. De esas oficinas húmedas y malolientes que abundan en los edificios del PCC. Parece un escondite para militares. Bueno… creo que es un escondite para militares. Eso es sabido. De siempre. Una pancarta contra los artistas “disidentes”. Un museo dirigido por militares que creen que no sabemos que son militares. Como ese señor que finge ser su director, Jorge Fernández Torres, “un policía muy inteligente”, como me dijo Tania Bruguera en una entrevista publicada en Rialta.
Las obras están escondidas como en una guerra. Qué lástima. Lo mejorcito que le queda a ese país escondido como en una guerra. Nadie me lo dijo. Lo vi. Las vi detrás de tres candados. Detrás de tres tapas plásticas de botella llenas de plastilina y con una marca de Dios sabe qué sello. Todo eso con mil vueltas de un hilo que se podría partir de mirarlo fuerte. Detrás de cuatro escobas puestas en cruz para bloquear las cerraduras. Detrás de unos cuantos sinvergüenzas que creen que hacen algo inaugurando una exposición de Roberto Fabelo. Como si eso fuera algo en medio de un museo de puertas cerradas. Detrás de mujeres que me decían “no se puede”, “no puedes pasar”, “así son las cosas”, “no están expuestas”, “hasta nuevo aviso”, “hasta nuevo aviso”, “hasta nuevo aviso”…
Será porque Cuba está en guerra. Digo yo. La guerra de la familia Castro contra la familia Pueblo de Cuba. Son dos bandos en el que uno sale acribillado. La familia Pueblo de Cuba está en las mínimas, agonizando.
(Antes de irme le dije a mi madre: “resiste, madre”).
(Antes, antes de irme de Cuba, ella me dijo: “resiste, hijo”).
Lo que no sé es por qué no acaban de tirarles miles se sacos de tierra encima a esos dos edificios como se hacía con los monumentos en las dos guerras mundiales. Como hicieron con La Cibeles, en Madrid, en 1938, durante la Guerra Civil Española. Como hicieron los ucranianos en Járkov para proteger sus plazas frente a los obuses rusos. O como hiciera hace muy poco René Francisco en Cobija: semicubrió con sacos de yute, arena y almohadas el Alma Mater de la Universidad de La Habana y la expuso en la sede habanera de Arte Continua. Necesitamos una cobija para todo el país. De verdad, la necesitamos.
¡ANUNCIO! Convoco a una colecta de arena nacional y de sacos de yute para cubrir nuestro museo, nuestro Museo Nacional de Bellas Artes, qué más da, para lo que es ahora mismo mejor que hiberne un rato, mientras el país de descascara y vemos qué pasa. A ver si pasa. La dictadura.
En el último mes fui varias veces a dos de sus edificios, el de Arte Cubano y el de Arte Universal. Se caen en pedazos. A oscuras. Es cierto que sería mucho pedirle a un simple museo que se mantuviera en pie mientras la ciudad que lo rodea es un basurero gigante, un pantano, una planta de descomposición para mosquitos.
En medio de ese pantano insalubre que es La Habana hay un museo (por llamarle museo) que fue una joyita sabe Dios hace cuánto, pero que ahora es el espejo en miniatura de eso que llaman “la política cultural” de Cuba: un desparpajo. Da grima su gestión. Da grima su descuido. Da grima su suciedad. Dan grima sus montajes. Da grima su oscuridad. Da grima todo, la verdad.
Sobre todo, da grima la exposición de Roberto Fabelo que se puede ver en varias salas del edificio de Arte Cubano. Médula se llama. Médula de qué, chico. Médula ni médula en un museo que tiene el setenta por ciento de sus salas cerradas por falta de trabajadores. En un museo que prefiere producir tu exposición a costa del salario de decenas de personas que cuidan sus salas. Trabajadoras que se van porque quién puede vivir en Cuba con un salario de tres mil o cuatro mil pesos (ocho o diez euros al cambio) que es lo que cobra una cuidadora de sala. Se van porque tienen que irse. Que se vayan todas y todos y todes y dejen ese museo vacío. Y que Jorge Fernández y Roberto Fabelo se pongan a cuidar las obras de Antonia Eiriz. Eso es lo que tienen que hacer. Y dejarse de pensamientos medulares que de medulares no tienen nada, ni un pelo. Como debe ser.
Esa tarde que fui vi a Jorge Fernández y a Fabelo mostrándoles la exposición a varias personas extranjeras. Nada más están en eso, en exhibirse, en venderse, las caretas de toda la vida. En pasearse como reyes sobre la alfombra roja de un cementerio. Viendo a Cuba de cerca ese museo es como un panteón. Una tumba gigante. Vi a Jorge Fernández y a Fabelo paseándose por entre exequias imperiales.
No quiero ser injusto. La exposición de la que hablamos, Médula, tiene su valor. Algún valor, supongo. El valor de decir lo que no quiere decir. Ese jueguito con ollas de aluminio y bronce que Fabelo ha llevado a medio mundo (las he visto también en Madrid) ya tiene que parar. Ya está, chico, basta ya. En un país donde no hay comida, donde la gente pasa hambre, pasa hambre de verdad, no es cuento, donde los niños dejan de ir a la escuela porque no tiene qué desayunar; en un país donde veinticuatro huevos cuestan tres mil pesos y donde la leche en polvo solo la venden en las tiendas en dólares, viene Roberto Fabelo y planta en la misma entrada del museo La ronda infinita, una olla negra gigante con figuras antropomorfas en todo el borde superior. Dan ganas de decirle: “asere, deja de facturar con el hambre de la gente, deja eso”.
A Roberto Fabelo le dieron el Premio Nacional de Artes Plásticas en 2004, hay quien lo ama y hay quien lo odia. Es un buen dibujante, dicen algunos. A mí no me interesa nada, la verdad. Se vende bien, creo. No me importa. A cada rato hay una exposición de él en Madrid que siempre esquivo, porque uno tiene otras cosas que hacer…
Rescato la única pieza que me parece de respeto en la exposición. Es la que le da nombre a la muestra: Médula. Médula es una gran instalación dentro de un espacio negro, pintado de negro, negrísimo. En un entrelugar, entre el suelo y el techo, como flotando, decenas de restos, de huesos de animales y otros… humanos. Sobre los huesos Fabelo dibujó lo que suele dibujar: figuras de otro mundo. También escribió palabras. Y colocó un cráneo en el centro…
En el centro de un país convertido en osario.
El MNBA está destruido. Salí muy triste. Deberíamos hacer algo por salvarlo. Pero sé que antes deberíamos salvar al país. El cielo gris de La Habana es el cielo gris de Cuba. La noche no será eterna. No lo será.
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