Daniel Céspedes Góngora: Entre memoria negra y escrituras de vida: reflexiones en el espacio literario cubano / Conversación con Reinier Pérez-Hernández

Filólogo de formación, pero muy interesado en otras disciplinas culturales, Reinier Pérez-Hernández (Cuba, 1973), graduado en Letras por la Universidad de La Habana, ha tenido experiencia en el universo editorial como revistero, redactor y editor. Me comenta que lleva años leyendo y estudiando las escrituras de vida cubanas, en específico autobiografías, las memorias y lo que él llama heterobiografías. No es caprichoso entonces que diera a conocer Del reverso del vacío, los trabajos de la memoria «negra» (Madrid, Editorial Verbum, 2023; Bogotá, Universidad del Rosario, 2024) y Escrituras de vida cubanas: una bibliografía anotada (Ediciones Gentiles, Maguncia, 2026). También es el autor de Indisciplinas críticas. La estrategia poscrítica en Margarita Mateo Palmer y Julio Ramos (Leiden, Almenara, 2014; México, Proyecto Literal, 2013; Santiago de Cuba, Oriente, 2011) y publicó un poemario, Historias, sueños, paisajes. Laberinto autobiográfico (Ediciones Gentiles, 2022).
En la actualidad se desempeña como profesor en diferentes instituciones alemanas de enseñanza, como la Universidad Popular y la Universidad Goethe de Fráncfort del Meno y la Universidad de Ciencias Aplicadas de Maguncia, además de continuar su labor como redactor y editor, no solo para la revista Iberoromania, en la editorial De Gruyter/Brill, sino también en un proyecto, Ediciones Gentiles, creado junto a tres amigos latinoamericanos que viven en Alemania. Aunque muchas de las respuestas acaso puedan localizarse en Del reverso del vacío y en Escrituras de vida cubanas, la conversación con quien sostiene con acierto que “la combinación escrituras de vida/narrativas de vida“ es más inclusiva que términos como escritura del yo, egodocumento, literatura egotista, literatura egódica… —todas “empresas de autorrepresentación (y autorreconocimiento)“—, se centra en estos dos admirables volúmenes.
En Del reverso del vacío… suscribe: “Desde mediados del siglo XIX se cultivó una narrativa, la llamada novela abolicionista, que fue un medio para denunciar los horrores de la esclavitud y contribuir a la propaganda por erradicar no el sistema de la esclavitud, sino el comercio de esclavos (ya no se querían más «africanos» en una isla pretendidamente «europea»)”. Recuerda lo que algunos pudieran ahora achacar como obviedad, pero que en otros tiempos pocos profesores cubanos se atrevían a decir en clases de historia de Cuba. ¿Cómo lo ve actualmente, en que mucha historia oficial —que solo ha atendido a héroes preponderantes—, por fortuna, se está poniendo en entredicho posibilitando “atender” a otros personajes interesantes?
Sí, es una obviedad lo que suscribo, pero hay que volver sobre ello, una y otra vez. No por gusto “sale” el sol todos los días. Creo que todas las historias (oficiales o no) hay que ponerlas en entredicho, ponerlas a la luz de otras radiaciones. Porque, por ejemplo, esa novela abolicionista, que dio la versión “europea” de la esclavitud, sirvió para “blanquear” mucho, aunque en su tiempo haya servido como denuncia; eso de poner a un negro en primer plano, como hizo la Avellaneda en Sab. Lo que pasa es que la sacarocracia quería eliminar un sistema pero rechazaba a las personas que formaban la base de sus negocios: los negros o, para mejor decir, los africanos. Luego te encuentras a un “héroe” del pensamiento moral y liberal cubano como José de la Luz y Caballero, que tuvo esclavos, y a una poeta afrodescendiente, Cristina Ayala, valiosa y destacada voz de entre finales del XIX y principios del XX, que le compone un poema laudatorio en los años 20 y lo trata de “un grande”, mientras en otro poema, este de 1888, dice que los hombres de su “raza” deben ya aprovechar el momento para educarse e ilustrarse y, cito literalmente, dejar el vicio. Pregúntate ahora tú qué “ilustración” sería esa y a qué se refiere con “vicio”. En relación con ese pasado ha costado tiempo y trabajo poner en entredicho muchas “verdades” oficiales. En relación con la memoria negra, lo hizo Raúl Cepero Bonilla ya en 1947 en su libro Azúcar y abolición, como si estuviera entrando al “templo” dando latigazos a diestra y siniestra, y mucho antes que Walterio Carbonell arremetiera contras esos amables mitos “oficiales” de la cultura cubana. No se trata de ignorar su contribución al pensamiento cubano; no se trata tampoco de olvidarlos, aunque rechazaran otra cultura o sociedad que no fuera la “blanca” europeizante. “Dame turcos, rusos, árabes, pero no me des ni mulatos ni negros”, le escribió el ilustrísimo Gaspar Betancourt Cisneros al no menos honorable don José Antonio Saco. Eso fue antes de ayer, como quien dice; pero la historia oficial de la Revolución decía que el racismo había desaparecido y sabemos que no es así. Es cierto que se desmontó gran parte del sistema racista anterior a 1959, eliminó los espacios de segregación que existían hasta ese año, pero el racismo y la discriminación siguieron campeando a sus anchas, incrustados en la sociedad, en núcleos familiares “revolucionarios” de cualquier tipo.
Considerando la tradición literaria cubana, ¿por qué hay más empeño en apreciar como «testimonio» lo que es una práctica arriesgada y creadora de la intimidad personal y de otros, o es que muchas autobiografías y memorias se perdieron de vista —como reconoce— en “el grueso corpus de la literatura de campaña“?
Es una pregunta clave. Y sí, en un momento determinado se difuminaron en eso que llamaron literatura de campaña y también en eso que denominaron testimonio. En la monumental Historia de la literatura cubana en tres tomos del Instituto de Literatura y Lingüística, un producto intelectual de los años 70-80 que apareció desfasadamente cuando algunos de sus colaboradores hasta rechazaban lo que habían escrito, no se menciona nunca la autobiografía como género, aunque se citen muchas. Qué dolor de cabeza da eso. Empezó en los 70, cuando se inventó el término testimonio y se expandió como la espuma. Fue una operación crítica —válida como toda operación, quisiera aclarar, que late en esa Historia citada— para designar expresiones autobiográficas de diversos tipos que se publicaban. Solo que antes se conocían con otro nombre: crónicas, memorias, autobiografías, relatos de viaje… Entonces esa crítica “leyó” autobiografías en clave “testimonial”. A ver, al final una autobiografía, sea confesional, sea íntima, sea una gris relación de acontecimientos públicos antes que privados, es un testimonio de (una) vida. Pero la cosa viene en las huellas que dejan: encontré, por ejemplo, que una autobiografía publicada en los años 50, la de Loló de la Torriente, se reeditó en los 80 como si fuera testimonio; o que la autobiografía de Enrique Arredondo, publicada en 1980, apareció dentro de la colección Testimonio de la editorial que lo publicó. Y si en 2012 ibas a una biblioteca cubana y buscabas por materia “testimonio”, encontrabas desde un diario hasta un epistolario, pasando por relatos de viaje. El detalle está en que en los albores del llamado testimonio circuló o se estableció un deber ser de este tipo de escrituras que afectó sobremanera su elaboración y su publicación, y ello se puede ver en un ensayo de Víctor Casaus titulado “En defensa del testimonio”. Fue cuando se dijo que el testimonio es la voz de los pueblos, de la colectividad, de la comunidad, lo que en la práctica significó eliminar cualquier signo de intimidad, de “individualismo”, lo que se suponía que era la marca distintiva de expresiones como las memorias o las autobiografías. Para tener una idea, el título original de la autobiografía de Loló es Mi casa en la tierra; el título de la nueva edición fue Testimonio desde dentro. Creo que eso lo dice todo.
¿Existe cierto menosprecio en Cuba con respecto a las escrituras confesionales?
No sé si exista o haya existido menosprecio. Tal vez haya que matizar la cosa. Porque pudo haber menosprecio por determinadas confesiones pero no por las escrituras de vida que entraran en el marco del testimonio, y aquí hubo confesiones, aunque no sean las íntimas que uno imagine. Lo que descubrí sobre las autobiografías y memorias fue que estas nunca dejaron de escribirse, publicarse, leerse ni estudiarse, aunque, repito, lo hayan hecho con la lente del testimonio. Es curioso que la gran ola de estudios cubanos sobre las escrituras de vida —aunque desde la óptica del testimonio, repito— coincide con el momento de explosión de los estudios autobiográficos europeos, a partir de los 60-70, cuando se hablaba de ello hasta en los bares. Solo que los europeos tenían en mente la autobiografía como tal, mientras que en Cuba era ese testimonio que se nos quedó en la cabeza, aunque entraran en él también autobiografías y no se quisiera llamarlas de esa manera. Claro, en un ambiente en el que lo que se respiraba era pura euforia colectiva, salir con una historia personal, íntima, privada, podía parecer uno de esos pecados originales “burgueses” de los que se hablaban en la Isla. Quizás esa haya sido la razón por la que la fabulosa autobiografía de Raúl Martínez haya demorado tanto en llegar a la imprenta, porque ahí sí hay confesión de la buena. ¿O la razón por la que Cintio Vitier pasó por el matiz literario detalles autobiográficos en su novela Rajando la leña está? Me gustaría destacar brevemente dos cosas: que en ese clima testimonial, hubo una persona que fue contra la corriente y promovió autobiografías sin descanso: Samuel Feijóo en sus revistas; y que fueron mujeres las que rescataron para la crítica literaria cubana la reflexión teórica sobre la autobiografía como tal sin el condicionamiento del testimonio: Nara Araújo, Luisa Campuzano, Zaida Capote y Olga García Yero. Confieso que fueron ellas las que me inspiraron a meterme en el tema, y cuyas enseñanzas traté de seguir.

En Escrituras de vida cubanas: una bibliografía anotada recuerda algunos documentos de mujeres desatendidas o, peor, olvidadas por estudiosos cubanos. Mencionas también a otras en Del reverso del vacío… como Juana Pastor, Cristina Ayala, Lucrecia González Consuegra… ¿Se trataría, en rigor, de compensación histórica para la memoria cultural que se otorgue el justo espacio que se merecen? ¿Cuál sería ese espacio?
Sí, eso toca varias cuestiones. Lo de la desatención u olvido de autoras fue algo que las propias mujeres nos hicieron darnos cuenta ya desde los 80, empezando por esa lúcida mente que fue Susana Montero, fallecida prematuramente, y siguiendo con las estudiosas que mencioné y otras más, como Mirta Yáñez. Luego toca además el tema de la memoria negra. Citas escritoras afrodescendientes que fueron ignoradas y desconocidas, hasta por las mismas afrodescendientes. Nancy Morejón nunca supo de la existencia de Cristina Ayala hasta que en los 90 alguien de la Biblioteca Nacional le habló de su único libro publicado, Ofrendas mayabequinas. Por cierto, ahora que vuelvo a Ayala, ella misma es un caso muy interesante de estudio, porque su poesía se mueve entre muchas contradicciones, entre la reivindicación del “negro” y la necesidad de un “progreso” —lema de muchos afrodescendientes de entonces— que no significó otra cosa que deculturación y rechazo a las culturas africanas. Casi olvidaba: el año pasado la editorial holandesa Almenara reeditó ese libro y ahora finalmente se puede acceder a su poesía, cien años después de su edición; pero en 1926 Ayala dijo que tenía preparado otro volumen, mas este nunca salió. Me pregunto a dónde habrá ido a parar su papelería; si su pueblo natal, Güines, que hasta nombró una calle con su nombre, habrá sabido o podido conservarla después de su muerte en 1936. De regreso a tu pregunta: por supuesto que es una compensación histórica, porque hay que conocerlas como parte de la historia literaria, pues, gusten o no, fueron productoras de contenidos estéticos, civiles, femeninos, publicaron libros, crearon revistas, organizaron lecturas. Fueron muy pero que muy activas en eso que llaman “República de las Letras”, y más allá —recomiendo Afrocubanas (2011), de Daisy Rubiera Castillo e Inés María Martiatu Terry, como introducción a ellas—. Ahora bien, que ocupen el espacio que les corresponde no significa olvidar el valor literario, aunque sea algo subjetivo. No me gusta mucho hacer lecturas políticas, aunque a veces sean necesarias. Ayala es muy importante, pero parte de su poesía, a mi juicio, está un poco afectada por una grandilocuencia o artificiosidad modernista que no encaja en su voz. Se puede leer un poema suyo como testimonio de una época, como expresión de la memoria negra, estudiarlo para conocer sensibilidades o perspectivas propias de su tiempo, y eso significa crearle espacio de lectura(s). Sí, conocerlas dentro de la historia. El problema de haber ignorado a estas y otras autoras, y autores, es que al perfil de las letras cubanas le faltó el rostro negro, y nuestra Isla es muy “negra” y muy “blanca” al mismo tiempo. Pero a mí me parece que eso ha sido superado, aunque falten cosas por decir —siempre faltará algo por decir—. Ojo, para mí no es hablar de una Cuba negra, como hace Alberto Abreu Arcia, que lo respeto, sino ocupar el espacio literario cubano sin distinción —hay “blancos” muy “negros”; y “negros” muy “blancos”—, pues afirmar una “Cuba negra” puede traer como consecuencias que otros quieran hacer lo contrario, afirmar una “Cuba blanca”. Más allá de las “racializaciones”, no creo en el espacio militantemente “negro” ni “blanco” como el que existió y existe en los Estados Unidos, que a veces roza supremacismos o guetos de un color o de otro —recuerdo cómo Carlos Moore escribió en su autobiografía que en los Estados Unidos los militantes afroamericanos le exigían cortar sus relaciones con mujeres blancas—. Advierto que la noción de memoria negra tiene para mí otras significaciones. A veces cuando hablan de músicas negras se pierde el hecho de que esas músicas no son 100 % africanas; sino que tienen de todo como en botica. Observa la estructura instrumental de una charanga y te darás cuenta que ahí suena de todo. Podríamos definir la memoria negra como una forma reivindicativa del recordar, pero es importante advertir que no se reduce exclusivamente el color de la piel, aunque este, junto con el origen común y la experiencia colectiva común, seas variables importantes. En este caso, los sujetos comparten historias comunes, como la prescripción de una ciudadanía de segunda clase, la esclavitud, la deculturación forzada, todas ellas cruzadas por el trauma primario de la esclavización. Pero es también una forma de memoria transcultural, más que memoria cultural, y disidente, cuyos recuerdos —un verso yoruba, una nganga, una masacre, un bembé, unos girasoles, un refrán, una mitología— transmitidos de generación en generación por redes familiares, tensan discursos aglutinadores, homogeneizadores, excluyentes al fin y al cabo. En mi libro conecto esto con la noción de memoria subterránea de Michael Pollak. Esta dota a los sujetos de narrativas que guardan otros sentidos diferentes a los impuestos por las narrativas oficiales. E importante, esta definición de memoria negra no comparte la que algunos en los Estados Unidos defienden, como Michael Hanchard, quien la piensa en el contexto de (la historia de) los Estados Unidos, un lugar del Atlántico negro con rasgos comunes al Caribe negro pero a la vez con historias y acontecimientos muy diferentes.
En las escrituras de vida, ¿cómo piensa que se lograría una imparcialidad imaginativa entre ética y estética?
¡Qué difícil! Pensemos primero en las autobiografías o las memorias, pues las escrituras de vida abarcan un amplio espectro de formas, desde diarios y relatos de viaje hasta crónicas o poemas autobiográficos —se cuentan hasta 60 tipos, no recuerdo bien ahora—. Entonces ¿tiene sentido ser imparcial o atenerse a moralidades cuando hablas de ti mismo, cuando quieres relatar el día que mejor sexo tuviste o confesar que robaste algo, cuando te imaginas a ti mismo como personaje literario, cuando te inventas a ese nivel, porque escribir el relato de vida de uno mismo es eso, inventarse una figura ante el público? ¿O cuando alguien usa la escritura para ajustar cuentas con su pasado y su presente, con su sociedad, con alguien específico? Creo que depende de la subjetividad del autor, o de sus intenciones, sobre todo en relación con cuestiones éticas, de moral, de lo correcto, valores tan elásticos en este mundo nuestro. Si Alberto Yarini hubiese escrito sus memorias, ¿cómo hubiera podido contar las partes más truculentas de su negocio? Ética… Lo de la estética ya es relativo, y depende del don creativo del escritor o la escritora. Vuelvo a Raúl Martínez, que escribió una de la más hermosa, apasionante, excitante y desgarradora autobiografía cubana que yo haya leído e incorpora en su relato voces distintas, hasta personajes, además de ofrecerle a la estructura narrativa una trama que te mantiene todo el tiempo en tensión. En las memorias de Georgina Herrera hay una escena tremenda, en la que ética y estética casi chocan pero no estallan: ella va a la universidad —y no perdamos de vista ese cronotopo de los privilegiados— a verse con un profesor universitario y con su esposa, también profesora, y recuerda el momento como uno de los más desagradables de su vida, porque fue tratada con desdén, con desprecio, o así ella lo sintió y luego recordó. Y mira, nunca da a conocer sus nombres porque al momento de publicarse el libro ambos estaban vivos y parece que eran personalidades de la cultura. ¿Cuidó el sentido ético? Claro, los lectores chismosos de memorias y autobiografías, a los que determinada ética en estos casos les tiene sin cuidado, quedan con unas ganas tremendas de saber quiénes la despreciaron. Pero eso solo vale para el chisme, que no interesa mucho a la “academia”.
¿Cuál es la importancia de tener presente la perspectiva conceptual e histórica en las formas en que se reconstruye la memoria negra desde sus relatos autobiográficos?
Es clave. Sin eso no puedes entender ya no los relatos autobiográficos de los afrodescendientes, sino la propia historia cubana, caribeña, latinoamericana, norteamericana, hasta europea. Si no conoces la terrible historia de exclusión y sufrimientos del cubano negro o mulato, será difícil entender un relato que cuenta la vida de esa persona. Pero si tampoco conoces la historia y las culturas de origen africano, la subjetividad, la organización social o familiar y la de aquellos africanos de entonces, será también difícil comprenderlo. Pienso ahora en los recuerdos de la guerra de Ricardo Batrell, un oficial del Ejército Libertador. Este hombre, después de la guerra, tuvo que aprender a escribir para poder contar por escrito lo que vivió en la manigua, sus experiencias en la guerra. Esta “otra guerra” fue intelectual, la guerra contra la ignorancia, y se comprende mejor cuando sabes el estado de miseria educativa a que fue sometido el negro. O el valor que tiene una pequeña escena en la autobiografía de Celia Cruz: ella salía al patio para escuchar el bembé que sonaba del otro lado, solo que no se atrevía a cruzar los límites por miedo. ¿Acaso no son los mismos prejuicios, los mismos límites que se le impuso a la cultura negra durante siglos? ¿Acaso no reproduce la misma Celia Cruz, la reina de la salsa, el miedo que se inventó para marginar a las culturas negras cubanas? Ahí entendemos mucho, creo yo. Hay otro tema que quisiera recalcar en la forma en que la memoria negra se expresa en los relatos autobiográficos. Son expresiones poliédricas, por decirlo así. A veces contradictorias. Si unos insisten en considerar a África como la tierra prometida y en establecer una conexión automática solo por mirar una máscara bantú; otros ni la mencionan o incluso ponen en entredicho la leyenda del Back to África o de que todos los negros deben tener en África el lugar original. Imagínate la cara que puso Lourdes Casal en sus memorias, que siguiendo esa lógica “negra” viajó a África para reencontrarse con la tierra de sus ancestros, cuando unas muchachas nigerianas la llamaron blanca. Ello da cuenta de que la memoria negra está llena de matices, no es uniforme. Y es importante contextualizar las experiencias.
¿Qué me dice de los peligros de la memoria en las escrituras de vida?
Son los peligros inevitables de cualquier memoria, de cualquier acto de recordar, toda vez que es algo también frágil, cargado de olvidos, sujeta incluso a manipulaciones por parte de la misma persona que la reconstruye. Un peligro puede ser la de igualar memoria y verdad. Es muy problemático buscar verdades en las autobiografías o en las memorias, pensar que lo que un autobiógrafo recuerda es la verdad “revelada” de su vida. Para empezar, como muy bien dijo Mijaíl Bajtín, nuestro yo se construye con la memoria de los otros, con la perspectiva —las “otras” verdades— que otros u otras dan sobre uno o una. Es una acción esencialmente dialógica, polifónica, le gustaba decir al ruso, en la que a veces reconstruimos determinados hechos de nuestra infancia o juventud no por nosotros mismos sino por lo que padres, abuelos o amigos han dicho porque tal vez lo olvidamos. En ese sentido, quizás haya sido un “error” o una de las tantas manipulaciones occidentales acuñar el término autobiografía y pensar esa escritura solo en relación con el “ego” —Walter Mignolo define la modernidad europea, por cierto, por la construcción de un pensamiento “egológico” en el que el hombre es el centro de todo—. Recordamos y olvidamos al mismo tiempo. A veces olvidamos a propósito, sobre todo cuando se trata de traumas. Lógico, quién quiere recordarlos, que además hay que procesarlos y eso cuesta. El silencio es una variable clave, y hay que aprender a interpretarlos. Es interesante cómo se olvida —¿porque nunca se conoció, porque se silenció, porque en boca cerrada no entran moscas?— que muchos pueblos de África participaron también del comercio de esclavos y la trata negrera, o que en tiempos coloniales poseían esclavos. En la autobiografía de Nicolás Guillén el tema de la masacre de los Independientes de Color se toca como si fuera una escena freudiana: Guillén de joven pernocta en La Habana y usa como almohada los tomos de los discursos del senado y para abrigarse se tapa con una bandera que perteneció al Partido Independiente de Color, y quien lee en ese momento eso ni se entera qué pasó con esa agrupación política. Solo aparece una aclaración en una nota al pie de la editora, Nancy Morejón. Cabe igual la sospecha de evitar su mención, porque esa parte de la historia es una de las vergüenzas de nuestra nación independiente del “con todos y para el bien de todos”, y todavía en los años 80 se evitaba. Aunque son breves y su objetivo fue recordar sus años como activista independentista, las memorias de Juan Gualberto Gómez despachan el recuerdo de la esclavitud y la plantación esclavista en una oración: “Nací en un ingenio”. ¿Cuánto habría para interpretar en esa frase? A nivel social, puede pasar lo mismo. Y la recordación constante de traumas puede servir para reafirmar un “nunca más”, para no olvidar y estar alertas, que, como dicen, quien olvida el pasado está destinado a repetir sus mismos errores; pero también, si no se sabe articular con el presente, puede simplemente servir de cortina de humo para desviar los horrores del presente hacia aquel pasado que ya no nos toca. Son los abusos o los peligros de la memoria de los que hablaban Elizabeth Jelin, Tzvetan Todorov o Andreas Huyssen: el exceso de pasado, un olvido selectivo, manipulado, instrumentalizado, convertir a cualquier tirano contemporáneo en Hitler o Stalin; o, yendo a nuestra Isla, decir machaconamente que la Cuba antes de 1959 era toda miseria y estaba llena de injusticias. En Alemania, que la tengo demasiado cerca y su caso me deja muy pensativo, por no decir que preocupado, llevan años los alemanes muy orgullosos de su “cultura de la memoria” y cada cinco minutos te están recordando por todos los medios posibles el terror nazi y el terror comunista. Pero me pregunto de qué sirve tanta memoria, tanto recordar, tanto acudir incluso a historias de vida si la tercera fuerza política del país hoy día coquetea con ese pasado y reduce literal y públicamente la dictadura hitleriana a apenas una “cagadita de pájaro” en mil años de exitosa historia de Alemania. Qué manera de relativizar la historia.
Desde hace un tiempo hacia acá, como sabe, el término posmemoria ha cobrado particular interés. ¿Qué piensa al respecto?
Ese término y concepto proviene de Marianne Hirsch, que lo acuñó para hablar de cómo generaciones que no sufrieron un acontecimiento traumático hacen memoria y lo recuerdan. Y se apoya en las generaciones posteriores a la Shoah. Su concepto se enfoca no en la memoria de quienes vivieron determinado trauma colectivo, sino en los recuerdos que han pasado a los descendientes, que, lógicamente, no pudieron experimentar el trauma y lo “recuerdan” por diferentes medios, sea literarios, artísticos, musicales, audiovisuales. En cierto sentido, se recuerda lo que se recuerda. Su noción emergió justo en un momento en que las víctimas sobrevivientes de la Shoah estaban empezando a desaparecer. Y claro, cuando ellos dejen de estar aquí no habrá forma de interpelar a la humanidad desde la voz o el registro directo de quien sufrió ese trauma, como no sea a través de la reconstrucción de esas memorias por parte de los descendientes, sobre todo a través de medios artísticos. Recomiendo su lectura. Sobre todo porque nos puede servir para repensar las formas en que en nuestras tierras americanas se ha guardado y traspasado la memoria de los esclavos, de sus traumas, de sus traumáticos acontecimientos. Nunca dejo de recordar que en ciertas ceremonias de la Regla de Ocha el babalao no solo se dirige al Oricha, sino también a los antepasados; se los recuerda siempre y, en ese sentido, siempre están vivos. Y es curioso, porque hay pensadores afrodescendientes que hacen equivaler el genocidio de la Shoah con la esclavitud moderna, lo cual es rechazado por algunos porque se considera que no pueden equipararse. (Mira la abstención de toda Europa en la reciente asamblea de la ONU para considerar la esclavitud como un crimen de lesa humanidad que no prescribe; es una votación que dará mucho de qué hablar). Esos son debates que creo que no están clausurados y que no creo que se clausuren. Pero la posmemoria nos puede servir para repensar, repito, las formas en que los descendientes de esclavos han buscado salvaguardar los efectos aún vivos de aquel desastre que fundó nuestra modernidad, aquella violencia que nos hizo ser lo que hoy somos. Con un detalle: esos descendientes, sobre todo los que viven en América y Europa, siguen experimentando en carne propia la construcción ontológica de la modernidad europea que los convirtió en individuos de segunda o tercera clase, en bárbaros incultos sin historia, en animales.

En Del reverso del vacío se pregunta: “¿de qué manera los autobiógrafos afrodescendientes exponen sus espacios vitales o sociales y le dan sentido a la vida vivida desde la memoria y el recuerdo de esa sucesión de eventos caótica y sin sentido que es la vida misma? Esta interrogante nos lleva al tema de la memoria cultural, puesto que se trata de sujetos portadores de una memoria colectiva entramada a la memoria individual“. ¿Cómo y cuándo es que la memoria individual deja de serlo conscientemente para devenir memoria colectiva?
Ambas están en estrecha relación. Y es difícil delimitarlas. Podemos decir que se convierte en colectiva cuando trascienden los espacios individuales, cuando se vuelven de dominio comunitario y pueden ser leídas en el marco de una comunidad determinada, cuando es compartida por esa comunidad. No es lo mismo el recuerdo de tu mamá o de una excursión a una playa en la que viste un delfín, que el recuerdo de Aponte, Ma Carlota, hasta de Mackandal, sean mitos o no. Unos recuerdos personales integran la memoria colectiva; otros no. Pienso ahora en las memorias de Pedro Pérez Sarduy, que recuerda un funeral familiar en el que escuchaba cantos yorubas: ahí participa el autobiógrafo de la memoria colectiva; o los recuerdos de Celia Cruz en el patio de su casa escuchando un bembé al otro lado. A lo mejor estás pensando en el hecho de que escribir una historia de vida, dejar plasmados los recuerdos más individuales, son aportes a la memoria colectiva. Miremos la obra artística de Magdalena Pons o Belkis Ayón, quienes imbrican sus cuerpos o los de sus familias en el cuerpo colectivo afrodescendiente, en el cuerpo cultural y mítico afrodescendiente. Las formas artísticas de la misma Ayón ya forman parte de la memoria colectiva cuando aparecen retomadas en la obra de un artista como Israel Moya, como la imagen de cubierta de la edición colombiana de mi libro Del reverso del vacío, y es que Moya además trabaja con la misma técnica de Ayón. Los detalles cotidianos hacen mucha memoria, quizás por eso cierta antropología sea adicta a las historias orales; quizás por eso objetos personales como diarios, maletas, libretas, relojes, fotos, sobre todo fotos… sirven para construir el detalle de una memoria colectiva.
En las Memorias del fotógrafo mexicano de cine Gabriel Figueroa, su hijo escribe: “Al leer sus palabras las leo y las oigo al mismo tiempo, oigo su inflexión de voz, veo en el ojo de mi memoria sus gesticulaciones, es así como la memoria se preserva“. Algunos olvidan el enorme trabajo de acopio de los hermanos Grimm y Perrault sobre historias populares transmitidas oralmente. ¿Qué opinión le merece creer por ejemplo que el registro de una voz puede ser considerado más legítimo por algunos en términos de confiabilidad que una confesión oral?
No entiendo bien la pregunta. Pero eso que me dices me conecta con lo que ya te dije de Bajtín, para quien toda autobiografía es articulación de varias voces —el hijo y el padre en las mismas páginas— en la construcción del bios y por lo que se ha abierto un campo de estudios que en lugar de hablar de autobiografía —contar la vida de uno por uno mismo— se habla de heterobiografía —contar la vida de uno mismo entre varios—. Ahora bien ¿“registrar una voz” y “confesar oralmente” no serían lo mismo? Yo creo que en nadie cabe eso de la confiabilidad, por eso mis lecturas —no soy historiador y no voy tras las confesiones para reconstruir la historia— tienen un dejo literario. En los relatos autobiográficos me gusta distinguir entre vida narrada, que llamo bios, y vida real. Es bien sabido que cualquier relato autobiográfico es la reconstrucción de la vida y de un yo que a veces nada tienen que ver con la vida real. De hecho, narrar es reconstruir en tiempo y espacio, elidir, eludir, aludir. ¿O te refieres a que quien registra una voz —los hermanos Grimm— es distinto a quien “confiesa oralmente” —Esteban Montejo—? Si hay que hablar de confiabilidad, no cabe ni en los hermanos Grimm ni en Montejo; no cabe en casi nadie que edite un registro oral —tal vez sí el de los antropólogos que publican sus historias orales tal cual se grabaron, pero aun así pueden haber metido sus manitas, sobre todo para “rectificar” las “desviaciones” de la oralidad, algo que puede estar justificado porque son registros diferentes—. Los primeros porque modelaron tanto los relatos orales de los cuentos de hadas que es difícil saber cuán manipulados fueron —tal vez sí, pero no estoy al tanto de estudios sobre ellos—; el segundo, porque contó lo que vivió él solo, y lo que vivió él no lo vivió (con) otro, ni tenemos otra confesión para poder contrastar la suya, por tanto es difícil confiar plenamente en la memoria suya. Un historiador alemán, Michael Zeuske, autoridad en la historia de la esclavitud y muy conocedor de la historia cubana, demostró cuánto control se ejerció en el caso de Montejo, incluso encontró documentos que dan pistas de las omisiones en el relato, porque aquí hay un “Grimm” de por medio, que es Miguel Barnet, y la crítica solo conoce el relato de Montejo por lo que transcribió Barnet. Las grabaciones originales no se han escuchado. A ver qué pasa cuando aparezcan.
¿Qué piensa de las escrituras de vida triunfalistas y sin verdaderos conflictos revelados?
Quedémonos en las autobiografías o las memorias, formas de las escrituras de vida, relatos que se escriben porque se piensa que vale la pena dar a conocer públicamente esa vida. En ese sentido deben tener un gancho, algo que agarre al lector. Sea de un político, de un cantante, de un campesino, de un neurocirujano o de un cibernético. Pero una cosa es elaborar el relato de esa vida en tono triunfal y otra hacer que emerjan conflictos y se revelen atractivos a ese curioso lector que quiere enterarse de la vida del autobiógrafo. A veces coinciden. A veces se pueden dar con los claroscuros de la persona. La autobiografía de Carlos Acosta es triunfalista, relata su triunfo en el ballet y siempre apunta en esa dirección sin perder de vista conflictos en su vida, en su persona, en su familia. La autobiografía de Guillén también lo es: el camino que lo llevó a ser poeta sin perder de vista algunos conflictos que marcaron su vida, aunque matizados o diluidos. Pero si no los hay, tampoco habría problemas, pienso yo: es un simple relato y nada más, que servirá a historiadores, periodistas, interesados en vidas ajenas. Que tampoco hay un deber ser de la autobiografía ni un manual. Ella tiene muchos lectores y se escribe o se publica para muchos públicos. Su libertad es esencial. A un historiador, pienso ahora, le podría parecer que ni una cosa ni la otra sean lo más importante, sino los hechos que se cuenten, sean triunfales o derrotistas, sean o no contradictorios, revelen o no conflictos. Y da lo mismo que aparezca en un diario que en una crónica que un relato de viaje o hasta en una película autobiográfica. Un ejemplo de ello es la magnífica lectura que Luis Pérez Jr. hace de The Story of Evangelina Cisneros told by Herself, un extraño relato autobiográfico —tengo mis dudas de que lo haya escrito ella— de una cubana implicada en la guerra del [18]95, que narra cómo fue hecha prisionera y su posterior fuga de una prisión con ayuda de un periodista norteamericano. Ahí su único conflicto revelado ya se sabe de antemano, y el valor que tiene para el lector es enterarse cómo logró salir de una prisión española. Lo peor para mí es leerme un mamotreto autobiográfico y no hallar nada sustancial, ni revelación histórica aunque confiese algo que no se sabía, ni destreza literaria para revelar algo. Las memorias de Fermín Valdés Domínguez, redactadas a partir de sus diarios, contienen no pocas revelaciones históricas que picaron en la sociedad cubana, pero si las lees con perspectiva literaria, estética, no encontrarás mucho encanto y deberás tener mucha madera y muchas ganas historiográficas para desandar sus páginas, en las que, eso sí, te enterarás de muchas cosas de la vida de un oficial de la guerra de independencia que perteneció al Estado Mayor.
¿Qué privilegia una historia privada de alguien por encima de otra? ¿Bastaría solo considerar los requisitos de autenticidad y creatividad?
A ver, yo soy muy curioso y, además, repito, leo muchas autobiografías con ojos literarios, me gusta encontrar en ellas algo similar a lo mismo que puedo encontrar en novelas —una vida novelesca, valga la redundancia—, pues hay autobiografías y memorias que son auténticas piezas literarias. Repito, la de Raúl Martínez, o, agrego ahora, también la de Graziella Pogolotti, que despliegan en sus relatos técnicas narrativas, desarrollan diálogos, juegan con el suspenso y dan giros temporales bien logrados que hacen avanzar la narración. Son auténticas y creativas también a nivel de lenguaje. Atrapan al lector en ese sentido. Y en ese sentido pueden, claro, privilegiarse en caso de que haya que elaborar un canon —¡Dios me libre!—. Luego te encuentras la autobiografía de Paquito D’Rivera, que puede interesar por su historia, porque es un músico originalísimo, que le permite al lector enterarse, por ejemplo, de los avatares por los que pasó para poder exiliarse o simplemente conocer cómo se formó musicalmente —un amigo mexicano músico y compositor me la pidió en seguida al saber que yo la tenía—. No dudo de que sea una lectura divertida, aunque a mí me pareció que quería hacer gala de sus altas dotes de “ser chistoso” con juegos lingüísticos de doble sentido, empezando por el título, Mi vida saxual, que no sé si sea muy creativo aunque sí podemos darle el voto de ser auténtico. Sin embargo, más allá de eso y del valor puramente anecdótico, no estoy muy seguro de su calidad literaria, aunque sí para conocer la vida de una persona contada por sí misma. Confieso ahora que es complicado leer ese tipo de textos poniendo de antemano un valor literario, un valor de autenticidad o de creatividad literarias, cuando muchos no tienen pretensiones de ese tipo ni se escriben con el fin de quedar para la posteridad como obras de arte, sino más bien para dejar una historia de una vida y no para distinguirse ni diferenciarse de entre los mortales.
Analizas muy bien Guanabacoa: crónica de mi familia (1966). A veces es difícil imaginar lo que hubiera hecho Sara Gómez de no haber muerto tan joven. Aunque no es del cine de lo que más se ocupa, ¿qué piensa de un documental sobre la familia de Juana Borrero?
Muchas gracias por el elogio. Es que ese cortometraje de Sara Gómez es una joya y tiene tanto que decir… Cuando me di cuenta de que salió justo el mismo año que Biografía de un cimarrón, entendí mejor la dimensión crítica y contestataria de esa “crónica” suya familiar para con la misma memoria negra. Es que Barnet tuvo ante sí a dos personas: Montejo y una santera, pero decidió que trabajaría con el primero. Es decir, con el hombre-héroe, el veterano de las guerras de independencia, y no con la mujer, que no dudo que haya sido una heroína, pero no de la clase que deseaba Barnet. Entonces llega Sara y hace lo contrario: saca de la historia familiar a los hombres y se concentra en la madrina católica, de “buenas costumbres” y asimilada a la “blanquitud”, y en la prima, fiel a la “negritud” y a las “cosas de negros”, sin complejos, como dice. ¡Bárbaro! Quién sabe si no fue una “contrabiografía cimarrona”. Perdón por haberme ido. Vuelvo a la pregunta: sería una gran contribución, sobre todo porque hay materiales autobiográficos como las cartas, y su figura y su obra han sido muy estudiadas; podría poner en escena conflictos, mostrar flirteos amorosos por Puentes Grandes, discusiones familiares candentes, sufrimientos en la Florida, para entender cómo llegó a ser lo que fue… y hasta llorar por su prematura muerte si le dan por sacar un melodrama y así ganar público. O incluso conectarla con el suicidio del padre en 1906. Creo que hay material suficiente para reconstruir su vida.
Fina García Marruz no quiso en vida que hicieran un documental sobre ella. Sin embargo, sí colaboró con su presencia y opinión en documentales sobre otros escritores. Con estos registros de su vida, con su ensayismo y obra poética, ahora con sus Pequeñas memorias… ¿Cómo pudiera ser un documental acerca de su figura y obra?
¿E intentaron hacerlo? Te confieso que no sé cómo pudiera ser un documental, o una película —ya ves que me encanta la ficción—, amén de que de ella solo conozco sus poemas, sus ensayos y sus estudios. Los que se encarguen del documental tendrán mucho trabajo de archivo y de entrevistas, porque sus Pequeñas memorias acaban en los años 50. Entonces ¿cómo reconstruir la vida de esa mujer, que devino una de las intelectuales y escritoras de mayor prestigio en la Isla, más allá de los colores políticos? ¿Hurgando en los conflictos, en el punto exacto que mueva su historia para no hacer una simple repetición de hechos, para no filmar un simple elogio? ¿Pensar en su maternidad, en su religiosidad, en su catolicismo, en su eticidad o en su culto a la familia, en su relación con Cintio Vitier, con la Revolución o con la poesía? Seguro que lo harán porque es una figura enorme de las letras cubanas que será redescubierta una y otra vez. Eso creo. Cada época tiene sus lectores. Pero habrá que ver lo que se quiere presentar de ella. Lo que interese mostrar, y espero que sea la persona y no un mármol. Yo pensaría en la reconstrucción de la vida de una mujer que llegó hasta las cumbres de la poesía cubana contra viento y marea, y no creo que haya sido un paseo para ella. En fin, un relato triunfal en el que perdió mucho y ganó al mismo tiempo, como todo en la vida.
En Cuba han sido comunes las torres de repetición crítica en muchas tesis y lamentablemente en ensayos. Es como si se temiera enemistarse con determinados autores porque ostentan un rango en su especialidad. Aquí se olvida con frecuencia que una opinión sobre una obra no demerita toda la obra de alguien, que ni siquiera se trata siempre de un asunto personal. No se sabe tomar distancia y la cultura de la polémica provechosa a ratos termina en ofensas equitativas. ¿Qué dice Reinier Pérez-Hernández?
Reinier Pérez-Hernández diría que una opinión sobre una obra —tanto para bien como para mal— bien argumentada y con bases sólidas nunca será ofensa. O tal vez que ninguna opinión… Bueno, sí, hay opiniones que son ofensivas, que de algo vive el diablo. Çe la vie. En nuestra Isla nunca han faltado las polémicas; tampoco las opiniones destructoras, y hemos seguido andando, a pesar de los pesares. El asunto está en que algunos que son objetos de esas opiniones se pueden sentir que están más allá del bien y del mal. Entonces el problema no está en quien esgrime la opinión sino en ese otro que no quiere escuchar la polémica, no quiere dialogar. no quiere aceptar la diferencia.
Ah, lo de las torres de repetición crítica, que es algo de lo que hablo en el libro, tiene que ver con el hecho de que no se sale de lo mismo. Pero es normal, creo yo. Ya te digo, la cantidad de estudios, comentarios, artículos sobre, por ejemplo, las memorias de la Avellaneda o Antes que anochezca es increíble. Con ese foco puesto constantemente en ellos, es como si no existieran otras formas autobiográficas ni otros autobiógrafos. No quiero decir que no valgan. Al contrario, que se escriba y estudie todo lo que se pueda, que se repitan los objetos de estudio siempre y cuando cada nueva mirada sea distinta —debería serlo— y extraiga y esclarezca nuevos valores, lecturas, significaciones. El peligro estaría en chapotear en las mismas aguas sin encontrar nada nuevo y creer entonces que más allá de ellos no hay nada, como lo han manifestado muchas personas de una sapiencia envidiable, y que ha llevado a pensar eso mismo que has dicho aquí: Cuba menosprecia esas formas literarias. Esa fue una de las razones por la que elaboré el libro Escrituras de vida cubanas: una bibliografía anotada: dar a conocerlas y responder a la pregunta de si hay autobiografía en Cuba. Sé que faltan entradas, que está incompleto, mas da una idea de la cantidad de autobiografías y memorias que se han perdido los estudiosos de la Isla y del resto del mundo, a pesar de que sea posible que muchas sean infumables, pero eso es harina de otro costal. Y aquí termino, muy agradecido por tus preguntas que, confieso, me han hecho seguir pensando, y por tu atenta lectura de mis libritos, que están pensados exactamente para lectores como tú, para los lectores de la Isla, para incentivar allá el trabajo investigativo sobre las autobiografías, las memorias y las heterobiografías. Ojalá que lo logre. Así que ya sabes, riega la bola, por favor.
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