Daniel Céspedes Góngora: Entrevista a Caridad Massón Sena / ‘Es preferible, por dura que sea, conocer la verdad y tomar decisiones a partir de ella’

Los libros de la Doctora en Ciencias Históricas e investigadora titular Caridad Massón Sena (Caimito, Artemisa, 1958) suelen ser bien acogidos por la crítica especializada y los lectores. La autora de, entre otros, Lorca y Maroto en Caimito (coautoría con Midalys Blanco, 2000), Tras las huellas cubanas de Gabriela Mistral (2005), Rubén: desde el recuerdo y la esperanza (2006)… reconoce que la investigación sobre Cuba presenta —como se sabe— zonas olvidadas e inexploradas. Su reciente libro: Nadie guarde silencio. Los debates en la Biblioteca Nacional José Martí (junio 1961), de Ediciones Temas (2025), Beca de creación UNEAC Artemisa, 2014, y Beca de investigación de la UNHIC, 2023, no es el primero sobre el tema, sino una consecuencia de otros estudios. Pero esa consecuencia puntualiza —como nunca antes— casi todo lo acontecido en la Biblioteca Nacional los días, 16, 23 y 30 de junio de 1961.
Algunas de las preguntas que la autora se hizo para organizar su libro son las que para muchos no habían tenido respuesta hasta ahora, casos de: «¿Cuáles fueron los principales planteamientos y debates producidos en la Biblioteca Nacional? ¿De qué forma, el primer ministro Fidel Castro, en sus conclusiones, dio respuestas a las interrogantes planteadas? ¿Qué consecuencias posteriores tuvieron los planteamientos expresados en junio de 1961 para la política cultural del país?».
Nadie guarde silencio —no cabe esperar menos— se ocupa de las relaciones polémicas entre los intelectuales y el poder, resonando aquellas palabras que Valle-Inclán pone en boca de Tiranos Banderas en su novela homónima: «En toda revolución hay siempre dos momentos críticos: el de las ejecuciones fulminantes, y el segundo momento, cuando convienen, las balas de plata». Las «que van calladas son las mejores», dice sobre las balas de plata. Es cuestión —asegura Banderas—, de no tirar tiros propiamente, sino de atraerse a los revolucionarios, a los que puedan aportarle a la patria: «La inteligencia merece respeto». Massón Sena se pregunta además: «¿Era necesaria la reunión de los representantes del gobierno con los principales exponentes de la intelligentzia cubana?». Y uno como lector pudiera sospechar: ¿se intentaba ya trazar pautas para “moldear” la cultura nacional? Con la autora de Nadie guarde silencio dialogo.
A algunos lectores —los menos— les extrañará quizá que haga como historiadora un recorrido previo a las reuniones en la Biblioteca Nacional, sobre todo en el período republicano. Me parece acertado por estrategia intelectual que lo conciba así, por cuanto las simpatías y desacuerdos entre intelectuales y poder no nacen, por supuesto, con el proceso revolucionario de 1959. ¿Qué me dice sobre este particular?
Sin dudas para conocer un hecho histórico es necesario abordar sus antecedentes. Si bien el triunfo de la Revolución Cubana constituyó una ruptura importante en el plano político, económico y social, las estructuras del pensamiento cambian de manera más lenta. Los actores son los mismos de la etapa anterior que resignificaran sus vidas con la revolución, en un sentido o en otro; pero muy relacionado ese proceso con sus convicciones y trayectorias precedentes. En las discusiones de la Biblioteca Nacional salieron a relucir gran parte de las concepciones y los desacuerdos intelectuales que había tenido lugar en las décadas de 1930, 40 y 50.
Aunque podrían no molestar ciertas desatenciones en textos, no se puede comprender Palabras a los intelectuales obviando detalles o una mayor recepción de las voces que interactuaron en la Biblioteca Nacional en los días 16 y 23 junio de 1961. No solo con estas reuniones, sino con numerosos asuntos políticos y culturales en general, nos han querido acostumbrar al “entendimiento” de hechos que nos llegan como decisiones o consecuencias de sucesos presentados a ratos muy escamoteados o fragmentarios: la propia república con su universo cultural enorme, Palabras a los intelectuales —tercera de las tres reuniones—. ¿Qué piensa al respecto Caridad Massón Sena?
Nada ocurre por casualidad, todos los acontecimientos políticos y culturales se van gestando desde mucho tiempo antes de que se produzcan. Pretender fragmentar la historia en estancos cerrados e inconexos, es totalmente erróneo y antidialéctico. Incluso a 60 años de Palabras a los intelectuales, todavía recogemos los frutos (positivos o negativos) de aquellas reuniones. Un historiador debe tener clara esa perspectiva, pero igual quien no lo sea, en la vida diaria, cotidiana, eso sucede también.
Le pregunté sobre lo anterior porque, por ejemplo, no pocos creían que allí se había pronunciado solo Palabras a los intelectuales. Y, en este sentido, ¿qué consecuencias tiene esto para la propia recepción de todo lo acontecido en la Biblioteca Nacional en junio de 1961? Teniendo en cuenta, por supuesto, que ese “todo” ya no llegará íntegro.
Existía esa percepción, dadas las insuficiencias de la enseñanza de nuestra historia y la poca importancia que se le atribuye a la lectura de los libros que explican los sucesos más importantes acaecidos. Se imparte esta disciplina de manera esquemática, maniquea. Muchas veces sin propiciar los deseos de conocer más sobre los temas y asuntos problemáticos. No se estimula la curiosidad por analizar las actitudes de los involucrados, ni las causas, a veces ocultas, de sus reacciones. Nuestros maestros deben convertirse en verdaderos artistas de la comunicación para lograr que la juventud y los niños aprendan realmente de la historia patria, de una forma integral.
¿Por qué cree no había existido interés «por dar a conocer al público los detalles de aquellas discusiones, cruciales para la memoria cultural de la nación»?
No creo que fuera algo premeditado en general. Más bien es una insuficiencia en la forma de pensar de quienes tienen como responsabilidad crear los mecanismos para dar acceso a la historia. Eso pasa con muchos sucesos y personalidades. Con el intenso curso de nuestra vida económica, política y social, se pierde el sentido de la importancia de la historia para un proyecto como el nuestro. Para aprender de los errores, para exaltar las historias de vida individual y la importancia de los acontecimientos colectivos. Lo cual no niega, que ciertos decisores prejuiciados hayan ocultado cosas que les parecieron negativas, sin pensar que los ocultamientos solo crean más problemas que soluciones, sobre todo en el ámbito de la ideología.
¿Acaso no era indirectamente la exhortación («Nadie guarde silencio») del presidente de la República de Cuba Osvaldo Dorticós Torrado una manera de exponer —o reconocer— también a esos intelectuales que luego estarían en desacuerdo con futuras imposiciones culturales del gobierno imperante?
Desde luego que sí. La mejor manera de tomar decisiones útiles y efectivas es conocer lo que piensan las personas, sin censuras. Cualquier opinión que nazca de presiones, deja de ser valiosa, por su sentido engañoso. Es preferible, por dura que sea, conocer la verdad y tomar decisiones a partir de ella, que trabajar sobre bases falsas y mentirosas. El presidente Dorticós y el propio Primer Ministro Fidel Castro tenían esa certeza.
Es interesante que las primeras intervenciones del 16 de junio introduzcan el tema de la crítica de música y de arte en general. Pero lo que parece concerniente solo para las obras, se siente a ratos como pretexto, pues hay como una evidente preocupación o temor de hasta dónde se va admitir o no un criterio sobre las decisiones políticas que algunos («Yo creo que lo que se debe plantear es el problema de cuál es la crítica más correcta dentro del proceso revolucionario», dice Baragaño), en nombre del pueblo, tomarán para la mayoría, las cuales implican, claro está, a los intelectuales. ¿Qué cree usted?
Esa intelectualidad, que incluía por supuesto escritores y artistas, conocía de los problemas que habían existido en muchos países del entonces campo socialista y tenían temores fundados que en Cuba ocurriera lo mismo. Los excesos provocados por el “realismo socialista” estaban en sus pensamientos. Por eso estaban expresando sus dudas y sus cuestionamientos. Ese fue uno de los temas cardinales de los debates en esos tres días.
En un momento se lee de Edgardo Martín lo siguiente: «Otra condición que veo para la crítica en general, y quizás en especial para la música, es evitar mediante un proceso de saneamiento que, quizás muchas veces, necesitamos del músico, de los artistas en general, evitar las expresiones sarcásticas, las expresiones irónicas, los chistes o las expresiones de doble sentido, que no todo el mundo va a entender precisamente por ese doble sentido, porque cuando se exponen estas manifestaciones y estas expresiones, cada uno las toma a su modo y manera, y esto puede ser desorientador para nuestro pueblo. Por lo tanto, debe pensarse siempre en que la efectividad de la palabra sea directa, sea sencilla y que, en lo humanamente posible, en lo que a cada uno le quepa en su habilidad, explique exactamente lo que quiere y que no dé lugar a que, después de pensado aquello, pueda entenderse de otra manera. Me parece que con estos principios, pues, hemos dicho, a mi juicio, lo que modestamente debe ser la crítica musical». ¿Era cuestión epocal, subordinación, búsqueda —salvo contados casos— de un sometimiento equiparado de los allí presentes, adulación al poder o son palabras de una incomprensión de lo que pudiera ser (y hacer) o no la crítica de arte?
Edgardo Martín está haciendo referencia a formas que él considera equívocas de las críticas que se realizaban por personas desconocedoras, incompetentes, que no llevaban la seriedad requerida y utilizaban el choteo, tan común en los cubanos, para criticar aquellas obras que no les satisfacían. Expone que una sátira, un sarcasmo, una ironía, no eran las formas correctas de asumir la crítica artística. Sus palabras van dirigidas a aquellos que no tomaban en serio ese tipo de críticas. Cosa que incluso hoy ocurre.
Otro gran debate —acaso el mayor— lo propició la censura del corto PM, que después de tantas opiniones contrarias y contrariadas leídas en estas reuniones, uno no llega a saber a ciencia cierta si la obra de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal era tan nociva en verdad desde el punto de vista ideoestético para el inicio de la revolución, como fue su aparición oportuna para expresar qué se podía crear y que no. Pudo haber sido otra obra, menos directa, más irónica, más sutil, como En un barrio viejo. Lo que Guillén Landrián la estrenó en 1963. Pasados los años, ¿cómo ve el caso PM?
La censura de PM, a mi modo de ver, fue desacertada. Y lo peor es que cosas como esas volvieron a ocurrir, como cuando se censuró el filme Alicia en el pueblo de Maravillas. Si se lee con detenimiento mi libro, podrás ver que a Orlando Jiménez le encomendaron primero hacer un documental sobre la situación en La Habana a inicios de 1961 y él recogió imágenes de dos realidades: un pueblo que se preparaba para la defensa de la patria y otro que, a pesar de los peligros, no dejaba de divertirse. Sin embargo, la persona que le hizo el encargo, fue el primero en censurarlo, por algo totalmente cierto. Y él entonces decidió convocar a su amigo Sabá, para hacer otro filme, a su modo de ver, más experimental, con las imágenes enriquecidas de ese segundo pueblo, el que bajo cualquier circunstancia, seguía su vida como si nada estuviera ocurriendo. La censura de PM fue una consecuencia lógica de los encontronazos que venían ocurriendo entre los seguidores del semanario Lunes de Revolución y la dirección del ICAIC. Más específicamente entre Guillermo Cabrera Infante y Alfredo Guevara, que representaban dos posiciones totalmente opuestas con respecto a cómo debían manejarse las directrices de la política cultural de la Revolución.
Como diríamos en buen cubano, a veces es peor el remedio que la enfermedad. Aquel filme hubiera pasado sin pena ni gloria por los circuitos de cine, si no se hubiera censurado como se hizo. Es lo que pienso.
A la luz de hoy, ¿cuáles serían para Ud. las intervenciones más acertadas?
Creo inadecuado dividir los hablantes en acertados y desacertados, porque la mayoría tenía razones para exponer sus criterios. Lo que sí podemos hacer es señalar algunas de las intervenciones que en ese contexto podrían considerarse apropiadas o no. Son muchos los ejemplos pero solo voy a referirme a algunos de ellos.
Creo que fue muy provechosa y totalmente vigente en el día de hoy la exhortación del presidente Osvaldo Dorticós: “(…) tenemos una gran aspiración (y de eso hablábamos el compañero Primer Ministro, el ministro de Educación y yo), y esa aspiración es que en esta reunión todos hablen, todos expresen sus criterios, nadie guarde silencio, y que todas las cuestiones del arte y de la literatura, por polémicas que estas sean, no ya en el orden estrictamente técnico y estético, sino en lo que respecta fundamentalmente a las cuestiones de fondo, salgan a debate. A un debate gentil y cordial, a un debate fraterno, que nos lleve a conclusiones afirmativas.”
Sin embargo, hubo declaraciones que considero improcedentes para el momento que se estaba viviendo en el verano de 1961. Cuando Alfredo Guevara, presidente del ICAIC, señalaba que “El material con el que trabajamos son las ideas y son las imágenes, si no tenemos un punto de vista filosófico y un punto de partida, malamente podemos establecer un juicio sobre las cosas ni contribuir a que ese juicio…, ni lograr que ese juicio sea una contribución al esclarecimiento de los problemas del arte o de los problemas de la cultura (…)”, estaba retomando una de las cuestiones más polémicas abordadas en esos días. Enfatizaba que era preciso e inevitable que los intelectuales asumieran una posición ideológica definida, de acuerdo con la orientación socialista del proceso revolucionario: debían estudiar profundamente el marxismo-leninismo. El poeta José Baragaño había introducido esa idea, que luego fue tratada con mucho énfasis por Guevara y apoyada por el crítico cinematográfico José Manuel Valdés Rodríguez. Entiendo que conocer los principios del «socialismo científico» eran una necesidad para el avance de la Revolución, pero resultaba prematura aquella exigencia para toda aquella heterogénea masa de escritores y artistas. Incluso el propio dirigente comunista Carlos Rafael Rodríguez señaló allí que no se podía exigir a esos hombres y mujeres dedicados a las labores del pensamiento la aceptación de los criterios marxistas en esos momentos.
Estos son solo dos ejemplos. Recomiendo a todos leer la sección del libro que aborda todo el contenido de los debates, con las intervenciones textuales de los participantes.
¿Considera que la pérdida de jerarquía intelectual en la Cuba actual con respecto a otros sectores de la población tiene sus orígenes en la exigencia fallida de querer integrarlos al «horizonte de todos» como se postulaba en aquellas reuniones? ¿Cómo considera que se entiende en la sociedad actual cubana la recepción de los intelectuales con respecto a los años cincuenta y sesenta?
La pérdida de jerarquía de los intelectuales, como usted señala, no es un fenómeno específico del proceso revolucionario. Como habrá visto en el estudio de los antecedentes, en ninguna época histórica de Cuba, los intelectuales (artistas, escritores, profesionales, maestros) tuvieron una jerarquía importante dentro del sistema político y económico del país. Lo cual no resta valores a su labor. Pero siempre fueron relegados a un segundo plano. El triunfo del 1ro de enero de 1959 les abrió muchas oportunidades. Sin embargo, al mismo tiempo, el aparato de poder fue estableciendo sus límites de expresión y eso restó relevancia a sus criterios, provocó deserciones y alejamientos. Cada caso tiene su propia trayectoria. Creo que nuestra sociedad en general, es muy receptiva a los pronunciamientos de sus intelectuales hoy; y ello se refuerza con el manejo de las redes sociales y de internet. Ese fenómeno tiene sus lados positivos, pero al mismo tiempo muchos peligros, si no se asume desde un sentido crítico.
¿Son los intelectuales, los poetas, los que tienen que prepararse para llegar al pueblo —como pedía Navarro Luna—, o es el pueblo el que debe exigirse para llegar a los intelectuales como sostuvieron otros: Heberto Padilla por ejemplo?
Considero que ese es un proceso recíproco. Tanto en un sentido como en otro. Y eso en una sociedad que pretende ser socialista es fundamental.
¿Cuál es la correlación que existe entre la actualidad cubana de los últimos años y aquello que sucedió en la Biblioteca Nacional tanto en un sentido político, intelectual, vivencial…?
La actualidad cubana vive momentos muy complejos. Las relaciones entre el consenso y el disenso se han vuelto muy excluyentes. La exhortación de Dorticós de que “nadie guarde silencio” y expresar los criterios en un debate gentil y fraterno no es comprendida en su justo valor por muchos decisores, ni por sus oponentes. No existe cultura del debate. De ambos lados se manifiesta con crudeza la descalificación del otro y, en muchos casos, la falta de respeto. Todos debemos expresar nuestro criterio con ecuanimidad y raciocinio, tanto ciudadanos, como decisores. En la crítica y la autocrítica radica una parte importante de desarrollo de nuestra sociedad. En ese sentido, los intelectuales pueden contribuir mucho.
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