Elsa Vega Dopico: Loló Soldevilla / Ir, venir, volver a ir, sobre su mundo imaginario [2019]

Hace algunos años, cuando escribí las palabras para el catálogo de la exposición Loló un mundo imaginario, reflexionaba sobre un fenómeno que inteligentemente el Dr. Eusebio Leal definió como la desventura del género, para describir ese perjuicio que históricamente sufren las mujeres en múltiples facetas de la vida, al no gozar de iguales oportunidades, ni los mismos privilegios que sus homólogos del sexo opuesto. Leal se refería particularmente entonces a Mirta Cerra, una de las grandes artistas del modernismo plástico cubano.
Confieso que aquella observación me hizo repensar, desde ese punto de vista, la historia del arte cubano, y el análisis me condujo por un camino trillado de múltiples omisiones. Sumé así rápidamente una larga lista de nombres que no encontraban aún su justo lugar, como por ejemplo, Mimí Bacardí, María Pepa Lamarque, Zilia Sánchez, Carmen Herrera o la propia Dolores Soldevilla (Loló), para quien tracé en aquel momento ese “elogio inconcluso”, argumentando la necesidad de realizar mayores investigaciones sobre su vida y su obra, en función de un redescubrimiento que nos permitiera cualificar la verdadera dimensión de su praxis creadora.

Han pasado algo más de diez años de aquel momento, y en este trabajo de recuperación histórica es justo reconocer los aportes realizados por muchos historiadores del arte, críticos y curadores, como Rafael Díaz Casas, Ernesto Menéndez Conde, Osbel Suárez y Abigail McEwen, entre otros. A sus estudios debemos que el nombre de Loló Soldevilla haya salido paulatinamente del anonimato, lo cual incluye además el reconocimiento a todo un período del arte cubano hasta hace muy poco carente de apreciación y visibilidad. Otros factores se asocian al boom que actualmente experimenta el abstraccionismo geométrico a nivel internacional, el cual condiciona intereses investigativos, de coleccionismo y de mercado; así como la mirada cada vez más creciente hacia el arte latinoamericano en general y la presencia de un mayor número de artistas mujeres en las exposiciones colectivas a nivel mundial.
En medio de lo que hoy conocemos como “fenómeno” Carmen Herrera –cuyas obras alcanzan precios muy altos y son incluidas en los catálogos de disímiles muestras internacionales relevantes–, el nombre de su coterránea Loló Soldevilla ha figurado también en la nómina de algunas de las exposiciones más importantes ocurridas en años recientes. Así, por ejemplo, la exposición América fría, desplegada en el 2011 en la Fundación Juan March de Madrid, recorrió los escenarios de la abstracción geométrica latinoamericana entre 1934 y 1973. Al entramado argentino, el arte cinético venezolano y la aventura concreta brasileña se sumó la inédita presencia de Cuba, particularmente la obra de Soldevilla, con un signo muy propio. En el 2015, el Museo del Barrio de Nueva York, en asociación con el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (MACBA), organizó The Illusive Eye, una revisita del arte geométrico, óptico y cinético desde una perspectiva mayoritariamente latinoamericana. Junto con los grandes reconocidos de este movimiento, como Julio Le Parc, Víctor Vasarely, Carlos Cruz-Diez y Jesús Rafael Soto, se dejó ver una amplia representación de mujeres, donde el nombre de Soldevilla apareció junto con el de Lygia Clark, Matilde Pérez, Gego, Martha Boto, Lygia Pape, y las ya mencionadas Carmen Herrera y Zilia Sánchez.
Precisamente, junto con piezas de Zilia Sánchez y Amelia Peláez apareció el trabajo de Loló Soldevilla, en una muestra organizada por la Galerie Lelong de Nueva York, que contó a manera de Diálogos constructivistas una historia de más de cincuenta años del arte geométrico cubano, y donde se reconoció el papel de Soldevilla como figura clave para la formación y promoción del movimiento concreto en Cuba.
En el 2017 el arte de la isla volvió a ser noticia con la exposición Adiós Utopía. Sueños y decepciones del arte cubano desde 1950 hasta la actualidad2, en la cual el arte geométrico ocupó un espacio importante y una vez más la obra de Soldevilla ganó singular protagonismo. Recientemente piezas de su autoría fueron escogidas por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid (MNCARS) para integrar la sugerente muestra París pese a todo: Artistas extranjeros 1944-1968, que reconstruyó la compleja escena artística desarrollada en la capital francesa tras el término de la Segunda Guerra Mundial.
Con una actitud desenfrenada que zigzaguea entre el “sonambulismo” y el “estado de locura”, Loló Soldevilla representa para la plástica cubana mucho entusiasmo y fervor. Su pretensión constante de experimentación resume el deseo de alguien que acaba de descubrir el arte y pretende explotarlo por sí solo. Dentro del contexto cultural cubano, su trabajo resulta particularmente sui géneris y novedoso; encontrándose entre las poquísimas mujeres que irrumpieron con talento en el horizonte creativo de los años cincuenta y que merece situarse en el lugar destacado que verdaderamente le corresponde.

Dolores Soldevilla Nieto nació el 24 de junio de 1901 en la más occidental de las provincias cubanas: Pinar del Río. Fue una mujer polifacética que ejerció la docencia, el periodismo, incursionó en la música y la literatura, y fue además representante a la Cámara y ataché cultural en París. Comenzó a pintar en 1948 motivada, según referencias familiares, por la entrañable amistad que la unió a Wifredo Lam. En una carta que Lam le escribió poco después de ver por primera vez sus cuadros, el gran maestro cubano reconoció la valentía de Loló, y definió su obra como un verdadero ejemplo de pasión y honradez, anclada en una libertad de creación sin límites.
Luego de una visita por varios museos de Estados Unidos, en una gira patrocinada por la Federación Americana de las Artes y que puso en contacto a Loló con el arte abstracto y surrealista, esta se instaló en la capital francesa a mediados de 1949 y permaneció allí por más de un lustro para cumplir con sus obligaciones diplomáticas como Embajadora Cultural de Cuba. El París de posguerra –marcado por un ajetreado clima cultural y la confluencia de artistas de diversas regiones del mundo– constituyó el ambiente propicio para el desarrollo de los intereses artísticos de Loló.
Durante su estancia parisina, Soldevilla realizó frecuentes viajes a la isla con el objetivo de exponer sus trabajos. Tal es el caso de su primera muestra personal en los salones del Lyceum, en noviembre de 1950, que agrupó una serie de esculturas ejecutadas en disímiles materiales como la piedra, el bronce, la terracota o el yeso, todo fruto de sus experiencias adquiridas en la Academia La Grande Chaumière y los talleres de Léopold Kretz y Ossip Zadkine. Las esculturas de pequeño formato develaron su interés en la representación de la figura humana desde lo deforme y lo grotesco, anticipándose, así, a la similar estética desarrollada un decenio después por el también escultor cubano Orfilio Urquiola.
Con escasos meses de diferencia; Loló organizó su segunda muestra personal en La Habana, esta vez revelándose como pintora. Veinte óleos representativos de personas allegadas o familiares pudieron verse en la Asociación de Estudiantes de Derecho de la Universidad de La Habana. Retratos figurativos de ascendencia naif que arrastraban bajo un silencio expectante, como ella misma lo definió «metros de humo, de dolor, con odio en sus pupilas”3. Esta exposición y la del Lyceum constituyeron las cartas de presentación de Loló ante el público cubano, a donde volvería de manera recurrente para mostrar sus exploraciones en el campo de la creación artística.

Uno de los mayores logros obtenidos por Loló dentro de su carrera diplomática fue la organización de la exposición Art Cubain Contemporain, una selección de obras de algunos de los artistas cubanos más relevantes de ese momento. La exposición inaugurada en febrero de 1951 en el Museo Nacional de Arte Moderno de París contó con gran resonancia en la prensa, y por sus objetivos puede compararse con la exposición de pintores modernos cubanos de 1944 que exhibió el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA).
Muy pronto apareció la abstracción en la obra soldevillana, lo cual no respondió a una cuestión caprichosa o tendenciosa, sino a una necesidad de búsqueda incesante de experimentación formal. Los intercambios sostenidos por Loló con representantes de la Escuela de París –como Víctor Vasarely y Jean Arp–, así como sus clases en los talleres de Jean Dewasne y Edgar Pillet, definieron en gran medida el nuevo sentido de su obra y los cambios significativos que vivió su proceso creativo. Las corrientes abstractas cobraron particular impulso a partir del segundo lustro de la década del cuarenta. La etapa de posguerra en Europa se vio coronada por el desarrollo en el plano artístico de las tendencias geométricas. La Galerie Denise René, inaugurada en 1944, y el Salón des Réalités Nouvelles, creado por Fredo-Sides dos años más tarde, constituyeron plazas importantes para la validación internacional del arte abstracto. El grupo de Van Doesburg encontró seguidores en figuras como Max Bill y Jean Arp, cuyas ideas coincidieron en la indagación de una expresión netamente racional, dada por la exactitud de los instrumentos de precisión y la utilización de componentes puros.
Loló se incorporó a la llamada Vanguardia Parisina exhibiendo en varios momentos junto con ellos. Sus trabajos estuvieron enmarcados dentro del concepto plástico que promueve la pintura abstracta de crear una nueva realidad pictórica a partir de que el cuadro se convierta en un objeto en sí mismo. Sus logradas composiciones astrales, las que dio en llamar cartas celestes, son producto de una gran imaginación que sobresale por la organicidad de sus elementos y el protagonismo que alcanza el color. “El abstraccionismo de Loló, cuyas imágenes esenciales son el círculo, el cuadrado y la luz, expresa los valores simbólicos de una mitología esencial del espacio llevado a sus conclusiones más científicas a través de una geometría a la vez poética y sobria y luminosa como los espacios celestes y estrellados de donde ella parece tomar su inspiración”4.
La vida moderna y su acelerada automatización ofrecen asideros para la búsqueda de nuevas expresiones que ejemplifiquen los rasgos del mundo que nos rodea, siempre desde la perspectiva espiritual del artista. Las llamadas “construcciones” o “tableros” de Loló, como también se conocen, parecen tener un punto de referencia fuerte en los denominados tableaux reliefs, desarrollados en la década del treinta del pasado siglo por la artista suiza Sophie Taeuber-Arp como una auténtica y renovadora liberación espacial. Las incorporaciones de nuevos materiales que hizo Loló en esta etapa y la utilización de disímiles soportes revelaron la creación de un universo plástico infinito y recreable. La cadencia cromática dada por la sucesión de negros y blancos, así como la no repetida disposición de los elementos en la composición, muestran algunas de sus características más recurrentes.
En 1955, y luego de varias ediciones en las que participó, Soldevilla expuso en Réalités Nouvelles sus relieves luminosos, en franca sintonía con su avidez constante de experimentación. La ejecución de estos objetos plásticos, a los que incorporó la luz artificial, constituyó en buena medida el fruto de las relaciones profesionales entabladas con el artista cinético español Eusebio Sempere. Ambos creadores habían expuesto de manera conjunta en el Círculo de la Universidad de Valencia (España) en 1954. Los cuadros fulgentes de Loló resultan, desde el punto de vista historiográfico, anticipaciones del Cosmorama desarrollado en los años sesenta por Sandú Darié5.
Loló dominó como pocos la técnica del collage, al punto de convertirse en uno de los registros más auténticos de toda su producción plástica. En el propio año 1955 la galería parisina La Roue acogió con beneplácito sus collages; pequeñas esferas de papeles recortados que con un gusto exquisito se disponen sabiamente como una verdadera tentativa de música. Especie de frases musicales, al decir de los críticos, dónde armonía y simplicidad se dan la mano. Con sus collages, Loló viene a confirmar que ella sabe “[…] multiplicar los ritmos y organizar los colores en composiciones que jamás se repiten”6.
Hacia 1956, Dolores Soldevilla regresó definitivamente a Cuba y trajo consigo “una considerable carga de obras originales, reproducciones y documentos de artistas o grupos de artistas adscritos a la abstracción geométrica, el op art, el cinetismo; es el acervo acumulado por más de un lustro, resultado de una paciente y apasionada asimilación de esas estéticas y de la afortunada relación con los medios donde se manifestaran”7. De ahí se desprendió la importante exposición Pintura de hoy. Vanguardia de la Escuela de París, que organizó en el Palacio de Bellas Artes de La Habana. Esta muestra antológica, en la que prevaleció el abstraccionismo geométrico europeo, causó poderoso impacto por su novedad en el medio artístico y estimuló a los jóvenes creadores a incursionar en estas corrientes.

Durante los años cincuenta, en Cuba “[…] halla cuerpo una revolución, que en su momento se constituye en zona dura, transgresional que estremece los fundamentos de una Estética formada por neologismos, durante más de un siglo. El desarrollo de la no figuración, en sus dos vertientes: el expresionismo abstracto o informalismo y la abstracción geométrica o arte concreto se constituye en el nudo polémico del Arte Cubano de la época”8. Loló formó parte imprescindible de esta nueva generación de artistas empeñados en encaminar la pintura cubana hacia una sintonía con la plástica universal ejerciendo, además, un poderoso ascendente sobre todos sus colegas.
Luego de una exposición personal en el Palacio de Bellas Artes de La Habana –que reunió óleos, collages y relieves luminosos producidos entre 1953 y 1956–, Loló emprendió un viaje a Venezuela invitada por la revista Integral. Su nexo con este país latinoamericano se remonta a las relaciones sostenidas con algunos de los miembros del grupo Los Disidentes, a quienes conoció durante el tiempo que vivió en París, y con muchos de los cuales entabló una gran amistad. La visita comprendió además la realización de una muestra en la Sala del Centro Profesional del Este, en Villa Flor (Caracas), la cual gozó de gran repercusión en la prensa de esa nación. Una vez de regreso en La Habana, y motivada por los intercambios suscitados con la galería caraqueña Sardio, fundó conjuntamente con Pedro de Oraá, en octubre de 1957, la galería Color Luz. Este centro expositor, ubicado en un barrio de clase alta de Miramar, abrió sus puertas con una exposición colectiva de plástica cubana, cuyas palabras de presentación estuvieron a cargo del destacado intelectual José Lezama Lima. El estrenado escenario fue propicio para el encuentro de un conjunto de creadores que compartían criterios e inquietudes relacionados con las nuevas formas de expresión artística. Desde su declaración, en un manifiesto colectivo al cual se adscribió en París en 1955, Loló advirtió sobre la extraordinaria importancia de ambos elementos para la creación plástica. La galería Color Luz cerró sus puertas en 1961, representando un verdadero esfuerzo empresarial.
Con el magnetismo característico de su fuerte personalidad, Loló logró nuclear a su alrededor a un conjunto de artistas, muchos de los cuales ya tenían una trayectoria dentro del arte cubano; y que motivados por instaurar una inédita y particular manera de expresión decidieron organizar, a finales de la década del 50, el grupo 10 Pintores Concretos. A Loló y Oraá se sumaron Sandú Darié, Luis Martínez Pedro, Salvador Corratgé, Wilfredo Arcay, Alberto Menocal, José Mijares, Pedro Álvarez y Rafael Soriano. Poco después se incorporó José Rosabal, el más joven de todos sus miembros. Realmente el tiempo de vida de la agrupación fue muy corto, si tenemos en cuenta que quedó oficialmente constituida en noviembre de 1959, precisamente con una exposición en la Galería Color Luz, y disuelta en 1961, con otra exposición, esta vez en ocasión del I Congreso de Escritores y Artistas de Cuba.
Junto con el grupo de Los Once, los pintores concretos protagonizaron un rol significativo en la ruptura con el remanente academicista y el predominio excluyente del arte figurativo, introdujeron nuevos conceptos de la expresión plástica e hicieron valer su versión de la corriente abstracto-geométrica, esta vez en una acción sincrónica con los centros de la vanguardia artística.
Después del triunfo revolucionario de 1959, Loló alternó su labor creativa con otras misiones igualmente prominentes, entre las que destacaron su ejercicio docente en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de La Habana, su actividad dentro del equipo editorial del periódico Granma y su labor como diseñadora de juguetes en el Instituto Nacional de Turismo (INIT). En 1965 fundó el grupo plástico Espacio, y en 1966, la galería Habana presentó su muestra personal Op art, Pop art, la luna y yo, donde incluyó más de cuarenta obras, agrupadas por secciones: Cartas celestes, Sala blanco y negro, Humoritos y Estructuras. Incursionó en la literatura ejerciendo, además, con notables aciertos, la crítica de arte. Entre los títulos de algunos de sus libros se encuentran Ir, venir, volver a ir (crónicas de su estancia parisina); El farol y Bombardeo. A nivel expositivo vale destacar su contribución en dos eventos colectivos muy importantes: en el mural del Salón de Mayo, que por primera vez desplazó su sede europea hacia La Habana, en 1967, y en el ya mítico Salón 70, que mostró la pluralidad de discursos expresivos actuantes entre sí, en un interesante momento de confrontación intergeneracional.

Tras su fallecimiento, ocurrido a inicios de 1971, se organizó una retrospectiva de su obra en la galería del edificio del Ministerio de Salud Pública, donde se presentaron óleos abstractos y figurativos, grabados y dibujos, además de algunas esculturas y sus construcciones. Pocas fueron desde entonces las exposiciones que incluyeron sus trabajos: Creadoras cubanas, en el Museo Nacional de Bellas Artes, en 1988; Maestros de la pintura cubana, en el Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño, en 1991, y La razón de la poesía: Diez pintores concretos cubanos, celebrada igualmente en el Museo Nacional, en el 2002. Un año después el Museo de la Marcha del Pueblo Combatiente organizó una muestra personal que tituló Color Luz, y el propio Museo Nacional presentó en el 2006 Loló: un mundo imaginario, una muestra que pretendió la recolocación de su obra en el continuum de la plástica cubana.
En poco más de veinte años de infatigable quehacer Loló consiguió inscribir su nombre en la historia de las vanguardias europeas de posguerra y en el devenir del arte abstracto en Cuba, donde extendió básicamente su labor de promoción, destreza y singularidad. Aplaudida por la crítica extranjera, sus obras provocaron las opiniones de los más reconocidos expertos, entre los que se hallan Jean Arp, R. V. Gindertael, G. Boudaille y Michel Seuphor. Precisamente, este último la incluyó en su Dictionnaire de la Peinture Abstraite, junto con otros artistas latinoamericanos como Carmelo Arden Quin, Luis Guevara y Gyula Kosice.
Audacia y energía, intelecto e imaginación, perseverancia y dedicación, galáctica y terrenal son algunas de las palabras que definen la personalidad de Loló Soldevilla. El hombre se refugia con facilidad en moldes establecidos por él durante siglos, descansando siempre en las formas fáciles y tradicionales. Loló tuvo el valor de cambiar y se lanzó a crear en un plano distinto y de mayor posibilidad, trayendo luz y una brisa renovada para el arte cubano. Su capacidad constante de experimentación, de violentar cánones o transgredir tiempos explica su trascendencia. “Interpretar leyes nuevas, equilibradas en color, forma y composición, debe ser la tarea de un artista que marche de acuerdo con el tiempo […] la integración espiritual de una obra que representa al espectador una legítima verdad interior”9.
Figuras expectantes, insondables armonías e infinitud de formas espaciales conforman ese universo espléndido, que se mueve, a la vez, sereno e inquietante y goza de un lirismo salvaje de imaginación desbordada. “La plástica nueva a la que esta pintora ha incorporado el misterioso álgebra de la luz y el tiempo se adentra […] en el espacio inescrito que contiene las claves para lo absoluto”10.En la justa y merecida valoración que vive hoy su obra sabemos que “[…] su piedra no cayó al vacío sino al agua, que corre eterna”11.
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NOTAS
1. Wassily Kandinsky, citado por Loló Soldevilla. En Loló: óleos, collages, relieves luminosos 1953-1956. Instituto Nacional de Cultura. Ministerio de Educación. Palacio de Bellas Artes, La Habana, enero de 1957. Catálogo.
2. Exposición organizada por Cisneros Fontanals Art Foundation (CIFO), en colaboración con el Museo de Bellas Artes de Houston y el Walker Art Center de Minneapolis, instituciones que desplegaron la muestra en marzo y noviembre de 2017, respectivamente.
3. Cartas a Baal. Autobiografía testimonial. La Habana. 8 de agosto de 1949. Archivo CIFO Veigas. La Habana.
4. El arte nos enseña a pintar con una gramática organizada. El Universal (Caracas), abril, 1957. Archivo del Dpto. de Colecciones y Curaduría. Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana.
5. Los representantes de la corriente cinética en Cuba fueron pocos. Además de Loló Soldevilla –con sus móviles y cajas emisoras de luces– y la labor pionera de Sandú Darié –cuyas estructuras transformables anticiparon una obra de pluralidad mayor, donde arte y ciencia lograron una verdadera comunión– debe mencionarse también la figura imprescindible de Osneldo García, a partir de los años 60, y la creación del Grupo Cubano de Arte Óptico, hacia finales de la década del 70, integrado por Jorge Fornés, Helena Serrano, Armando Morales y Ernesto Briel.
6. R. V. Gindertael, “Libertés et rigueurs du collage”. En Cimaise. Marzo de 1955, París.
7. Pedro de Oraá, “Una experiencia plástica. Los Diez Pintores Concretos”. La Gaceta de Cuba. La Habana. No 6. Noviembre/diciembre de 1996. Año 34, p. 51.
8. Lázara “Castellanos, Centro y periferia. Breve estudio de las vanguardias cubanas de las décadas de los años 50 y 60”. Palabra Nueva. Revista de la Arquidiócesis de La Habana. Año VIII. Febrero de 2000, p. 42.
9. Palabras de la artista para el catálogo de su exposición Loló. Óleos, Collages, Relieves luminosos 1953-1956. Instituto Nacional de Cultura. Palacio de Bellas Artes, La Habana, enero de 1957.
10. Severo Sarduy, Loló: 1953-1957. Exposición organizada y patrocinada por la revista Integral. Centro Profesional del Este (Caracas, Venezuela). Mayo de 1957. Catálogo.
11. Palabras pronunciadas por la poetisa e intelectual cubana Nancy Morejón en la inauguración de la exposición Loló: un mundo imaginario. Museo Nacional de Bellas Artes La Habana, octubre de 2006.
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Publicación fuente Art Nexus (verano, 2019). Para leer el texto en inglés…
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