Manuel Moreno Fraginals: El Anexionismo [1998]

Autores | Memoria | 13 de enero de 2026
©Ernesto Fernández, ‘José Martí’, 1957

En el caso cubano es habitual hacer referencia a la anexión, sin explicar nada más, sin preguntarse, ¿anexarse a quién? En Cuba, cuando se menciona el tema anexionista, se supone que lo sea necesariamente a los Estados Unidos. Sin embargo, éste no es el único movimiento anexionista que hemos tenido. Hubo un momento en el que se pensaba en la anexión a Inglaterra, por suerte fueron muy pocos los que lo alentaron y pronto esta idea fue olvidada.

Todavía a finales del siglo XIX algunos pensaron como solución al conflicto cubano, que si no se le podía ganar la guerra a España lo mejor era anexarse a México. Tampoco esta opción prosperó, aunque por los pocos documentos que han quedado se sabe de las conversaciones que a este respecto sostuvo José Martí con el tristemente célebre dictador mexicano Porfirio Díaz hacia fines de aquel siglo.

¿Por qué el movimiento anexionista a los Estados Unidos ha sido el que ha permanecido en la memoria histórica de la nación cubana como emblemático de tal tendencia? Para responder a esta pregunta habría que explicar el problema fundamental desde el punto de vista económico existente entonces entre España y Cuba.

Una de las razones de este problema fundamental es que Estados Unidos queda al alcance de la mano de Cuba o dicho de otra manera, Cuba queda al alcance de la mano de Estados Unidos.

Ya hacia fines de siglo [XIX], más o menos por los años ochenta, se establecen los primeros viajes diarios desde Cuba hasta el punto más al sur de los Estado Unidos, Cayo Hueso, Key West, palabra que inventaron los cubanos como resultado de una mala pronunciación del inglés: oyeron Key West y lo más cercano que les sonaba era Cayo Hueso y así quedó bautizado por los cubanos este pequeño cayo del oeste de la Florida.

Gracias a estos primeros viajes diarios desde La Habana hasta Cayo Hueso se establece una gran colonia cubana en Estados Unidos. Estos viajes estrecharon notablemente el punto de convergencia entre Cuba y los Estados Unidos, y sin que esta circunstancia sea lo importante, sí revela una convergencia con Estados Unidos que venía de antiguo.

El conflicto económico entre España y Cuba al que me he referido parte del hecho de que Cuba no era una colonia cualquiera. En 1820 Cuba es el primer productor de café en el mundo, y el café era un producto de enorme venta. Después el café se arruina, pero en 1820 Cuba era el primer productor de café y era también el primer productor de azúcar en el mundo y mantiene esta primacía hasta, aproximadamente, la década de los treinta del siglo XX.

Durante poco más de sesenta años Cuba fue el primer país exportador de bananos en el mundo. Esta gran producción bananera, casi nunca se menciona cuando se habla de Cuba. Entre los años veinte y comienzos de los cuarenta [del siglo XIX] Cuba fue el primer país exportador de cobre en el mundo y durante ochenta años lo fue exportador de la miel de abejas. Cabe preguntarse, cómo esta islita mínima pudo llegar a convertirse en este emporio productor.

Entonces España poseía este territorio generador de tanta riqueza, pero también tenía un problema tremendo: Cuba no era una colonia española y no lo era en ninguno de los sentidos en que entendemos el término colonia. Una colonia no es más que un territorio fuera del país colonizador, donde con mano de obra indígena se explota una producción generalmente de materia prima que es reprocesada en la metrópoli y que, además, es reexportada a los mercados mundiales por esa propia metrópoli. Pensemos en el siglo pasado, por ejemplo en Jamaica. El azúcar producido en Jamaica, se exporta en barcos ingleses, se refina en Inglaterra y se reexporta desde aquí al mercado mundial.

Entre Cuba y España no sucedía esto.

Desde finales del siglo XVIII, Cuba reexporta libremente a donde quiere, reexporta en los barcos que quiere, no en barcos españoles. El azúcar cubana no se refina en España y no es reexportada desde España.

Pero, además, hay algo más interesante aún, el azúcar no es español.

El análisis estadístico de toda la riqueza azucarera cubana a finales del siglo XVIII y finales del XIX muestra claramente que casi el 90% de los centrales azucareros están en manos de criollos, no en manos de españoles.

Todavía hay algo más. Estos criollos no son los clásicos indígenas explotados de otras colonias. Estos criollos cubanos dueños de ingenio, además de ricos, tienen en 1870 cuarenta títulos nobiliarios españoles. En 1895 tienen exactamente cuarenta y cinco títulos nobiliarios españoles y ya desde 1810 están aspirando a dos ducados, el punto más alto de la nobleza española.

Bajo el reinado de Carlos III hay tres ministros nacidos en Cuba, criollos de familias criollas, dueños azucareros.

Por algo fue en Cuba y no en España donde a Fernando VII le pusieron «el deseado». Con Fernando VII, «el deseado», llegó a haber cinco ministros criollos. Esto no sucede con una colonia. Uno de los ministros de Fernando VII es el célebre Gonzalo O’Farrill, que después estuvo a punto de ser ajusticiado por afrancesado; otro de los ministros es una de las personalidades más grandes de la historia de Cuba, para mí uno de los hombres más geniales que jamás nació en la isla, Francisco de Arango y Parreño.

¿Cuál era, pues, el problema esencial de Cuba? La respuesta tiene que ver mucho con el problema de la anexión.

El problema clave de la vida cubana en el siglo XIX es la esclavitud.

Cuba vivió una primera etapa de esclavitud de carácter casi patriarcal, en el sentido en que es conocida durante buena parte del siglo XVIII; después viene la etapa plantacional con el enorme auge azucarero y cafetalero.

Es entonces cuando comienza a importar esclavos en grandes cantidades. Coincide esto con el momento en que los ingleses inician la persecución de la trata con la misma eficiencia y furor empleados por ellos cuando fueron los mayores traficantes de esclavos en el mundo. Se genera entonces un problema entre la enorme producción cubana -una producción esclavista en un régimen de plantación- y la exigencia continua de una mayor fuerza de trabajo esclava. Esta circunstancia engendra una cantidad enorme de contradicciones económicas que dará lugar a problemas políticos de una gravedad considerable.

Es en esta segunda etapa, después de la muerte de Fernando VII, cuando comienza la etapa liberal en España, el momento en que el poder que tenían los criollos comienza lentamente a pasar a los peninsulares.

Como la historia de Cuba la han escrito al revés, se habla de los «reaccionarios» españoles gobernando Cuba, y se olvida que lo que llaman «reaccionarios» españoles es precisamente el ala más liberal de los grandes liberales españoles. Liberales españoles entre los que se encuentran el general Miguel Tacón, preso en España por liberal y enviado a Cuba desde las Cortes de Cádiz porque es el liberal de confianza de los liberales españoles.

Si entendemos que el concepto de liberal es un concepto económico, no un concepto político solamente, se comprenderá el conflicto entre el grupo liberal cubano y el grupo liberal español. Obviamente al grupo liberal español le interesa la riqueza cubana pero como usufructo de lo que ellos quieren hacer con España, sobre todo después de las guerras de independencia de Latinoamérica.

Una frase dicha con claridad por los liberales españoles en las cortes de Cádiz resume el conflicto: «Las colonias, nacen para servir a las metrópolis, no las metrópolis a las colonias». Sólo que en el caso cubano la contradicción se hace más evidente si consideramos que la llamada «colonia» movía un presupuesto cercano al de su metrópoli española.

Es oportuno recordar que Cuba pagó la conquista y colonización española de Fernando Po, la guerra española del Pacífico, al igual que la guerra de restauración por la cual España trata de conquistar a Santo Domingo. Esas aventuras y muchos otros gastos más fueron saliendo del presupuesto cubano. Añádase que al producirse la famosa Gloriosa española, con sus grandes liberales, como Topete –por cierto, nacido en Cuba–, como Prim y Prats, se encuentran en un momento de crisis española que hay un «sobrante» o superávit en el presupuesto cubano de sesenta y tres millones de pesos, y esos sesenta y tres millones de pesos de Cuba pasan a España. Lógicamente frente a esta política hay una oposición criolla cada vez más fuerte y nos encontramos con un problema sumamente complejo donde es muy dificil verificar cómo esta situación se asimila y resuelve dentro de Cuba. Un pleito que es casi de una oligarquía española enriquecida en la explotación de Cuba y que además es una oligarquía que se enriqueció en las colonias españolas en la América continental y que cuando viene la guerra de independencia de toda América continental esta riqueza, este dinero español, pasa a Cuba y se invierte en Cuba y se hace fuerte en Cuba. Es decir, una riqueza apoyada en un conocimiento tecnológico y en un saber moderno de primer orden.

Para que se comprenda a esta oligarquía cubano-española es bueno que se tengan en cuenta varias cosas. El primer instituto de investigaciones químicas para llevar adelante una producción industrial en el mundo es el Instituto de Investigaciones Químicas de La Habana, fundado en 1800.

Las primeras bombas de vapor de doble efecto de Watt que se instalaron en el mundo fueron veinte bombas de vapor de doble efecto de Watt que se llevaron a La Habana entre los años 1796 a 1798.

El cuarto ferrocarril del mundo, construido al mismo tiempo que el ferrocarril de Francia, un año después que el ferrocarril de Bélgica y seis años después que el ferrocarril de Londres, ese ferrocarril se construye en Cuba y va desde La Habana hasta el valle azucarero de los Güines.

El primer teléfono de que se conoce que funcionara en forma efectiva se estableció en el Teatro Tacón, que hoy es el Centro Gallego de La Habana.

El primer país que llena desde un extremo al otro la isla de telégrafo y tira la primera línea telegráfica del mundo es la línea de La Habana a Cayo Hueso, terminado en el año1869.

Exactamente en ese mismo año, por primera vez, los azucareros cubanos están jugando a la bolsa del azúcar en Nueva York desde La Habana con el telégrafo.

Estos son sólo algunos de los puntos que quería mencionar.

Estamos hablando, pues, de una oligarquía sumamente avanzada.

Pero hay más. A veces los españoles se olvidan, al hablar de Antonio Cánovas del Castillo y de la Restauración, una Restauración que costó millones de pesos, de dónde salió ese dinero. Olvidan que Antonio Cánovas del Castillo es hermano de José Cánovas del Castillo, quien fuera fundador y durante veintiséis años casi el dueño del Banco Español en la isla de Cuba. El hombre que maneja todas las finanzas cubanas, que organiza todos los pagos de la Guerra de los Diez Años y hace que los gastos de esta guerra se le paguen a España por triplicado.

Paralelo a todo esto hay un monstruo que se mueve detrás, pero que su fortaleza se está viendo crecer día a día, que se llama los Estados Unidos de Norteamérica. Una nación que está amenazando con comerse el mundo entero; la frase no es mía, la frase fue pronunciada en una fecha tan lejana como 1812. Es increíble que se pudiera decir esto en 1812, por Francisco de Arango y Parreño.

Esta nación que crece, a medida que lo hace va entrando en conflicto con España, negociando con Cuba, que la tiene al alcance de la mano, e imponiéndole condiciones a España cada vez más cerradas. Entoncés aparecen dos intereses hacia Cuba en los Estados Unidos.

Uno, el del gobierno norteamericano, con una política completamente clara, en la que Cuba es esencial para ellos por ser ese enorme emporio de riqueza internacional. Pero Cuba es algo más para Estados Unidos.

Esta nación debe en parte su grandeza a un fenómeno colonizador extraordinario que realiza hacia el Oeste. Para comunicar el Oeste lejano –todavía desde el siglo XIX le dicen Far West, el lejano Oeste– ellos tienen que ir por algún lugar y esto requiere un transporte enorme. Estados Unidos, ante una necesidad ineludible, decide hacerse de una ruta por Panamá, obviamente entonces el canal no existía. Para ello se construye el ferrocarril de Panamá hasta un sitio poco conocido, que después los colombianos obligan a llamar Colón.

Entonces el mundo fabuloso de riquezas que se está construyendo en el Oeste americano se lleva en barcos hasta Panamá, se traslada por ferrocarril hasta Colón y desde aquí hasta la costa Atlántica norteamericana.

Pero para llegar a esta costa atlántica norteamericana hay una isla que está metida justamente en medio del camino. Esta isla es Cuba, con una extensión de aproximadamente 1200 kilómetros de largo. Ante esa situación de Cuba, esencial para los Estados Unidos, se genera una mentalidad por la cual Cuba puede seguir siendo española pero no puede ser independiente, y si lo es deberá serlo bajo la influencia norteamericana y nunca bajo la europea.

Cuba cobra una importancia extraordinaria como vía de comunicación. Y es curioso que los historiadores no hayan subrayado la relación que tiene Cuba, que está en el Atlántico, con la carrera norteamericana hacia el Pacífico. Una relación que viene a aliviar un poco el ferrocarril norteamericano al Pacífico, que no funcionará de forma eficiente hasta los años de 1880. Por lo tanto, el tránsito, a veces por Nicaragua que no es bueno y casi siempre por Panamá, con barcos que tienen bordear o ir hasta Cuba es la segunda importancia cubana para los norteamericanos, precisamente por su posición geográfica. La otra es su enorme producción.

Como resultado de esta relación comercial y económica entre Cuba y los Estados Unidos, se estrecha también una relación de tipo social, y comienza una vieja costumbre cubano-norteamericana: los hijos se mandan a estudiar a los Estados Unidos.

Llama la atención que algunos consideren que esta tendencia migratoria cubana de irse a los Estados Unidos es algo reciente. Lo que ignoran es que el exilio cubano en Estados Unidos es uno de los hábitos más antiguos en la historia de Cuba, empezando por el primer gran hombre de la independencia cubana, Félix Varela y Morales, aquel cura maravilloso, excelente escritor, patriota intachable que en los años 20 se exilia en la Florida y sube después a Nueva York, donde se convertirá en el gran cura de los irlandeses, hasta el punto de que, cuando muere, hay un grupo de irlandeses que quiere hacerle santo.

A Varela habría que añadir al novelista cubano más importante del siglo pasado, Cirilo Villaverde. «Cecilia Valdés», la extraordinaria novela de Villaverde –que por cierto a mí no me gusta– un fresco extraordinario de la sociedad cubana del siglo XIX cubano, fue escrita en Nueva York de memoria entre los años 76 y 80, por alguien que llevaba 40 años sin ver su patria.

Otro importante novelista, Ramón Mesa, comenzó a escribir en Estados Unidos su obra más importante, Mi tío el empleado.

Y después de eso tenemos exiliados en Estados Unidos, hasta José Martí, y el presente [1998] en que hay en la ciudad de Miami más de un millón cubanos.

Vemos, pues, un entramado social que se va armando entre Estados Unidos y Cuba, y hay este otro mundo que está ya armado de tipo económico, al que nos hemos referido. En este contexto era lógico que hubiera sectores que pensasen que la solución cubana era anexarse a los Estados Unidos.

Esto es algo que se discute tremendamente, sobre todo en la década de 1840. Se llega a fundar un partido anexionista en Cuba, creado por gentes de las más ricas, dueños de esclavos, etc. Así, la idea de la anexión aparece como una ideología de los azucareros cubanos que están buscando dos cosas: buscan primero el no perder a los esclavos -si pierden a los esclavos pierden el azúcar y todo el capital cubano y segundo, el no privarse de poder llevar su azúcar a los Estado Unidos, un mercado totalmente libre.

Aparece, pues, el anexionismo con este estigma que lo vincula a gentes que están interesadas únicamente en el lucro personal ¿Por qué?

Inglaterra, por entonces, ya está al borde de exigir la liberación de los esclavos y acabar con la trata. Mientras esto pasa se trata de resolver el problema de la mano de obra trayendo chinos, se habla de traer polinesios e indios de Colombia y de otras regiones de América Latina, etc. Esa es una faceta del anexionismo, mientras que la otra es la que vimos anteriormente, es la faceta del interés pecuniario y de conservar los esclavos.

Pero hay dos hechos muy interesantes que quisiera destacar. En esta época [1850-51] hay dos grandes expediciones a Cuba, que, según un gran historiador cubano, no son anexionistas, me refiero a Herminio Portell-Vilá, y según otros –entre los que me encuentro– sí lo son.

La anexión, entonces, se convierte en un problema casi de guerra. Y España se da cuenta de que tiene que combatir profundamente ese foco de anexión cubano. Al mismo tiempo, en los años 60, hay dos guerras en América: una conocida como la Guerra de Restauración Dominicana, una guerra española por recobrar Santo Domingo, en un momento en que los Estados Unidos está tratando de introducirse allí y apoderarse de la bahía de Samaná; la otra es la guerra civil norte-sur de los Estados Unidos, que tiene un carácter antiesclavista, contra los esclavistas del sur. Y cuando estas dos guerras terminan en 1865, los Estados Unidos presentan ya un frente total contra la esclavitud.

Ahora bien, si la anexión estaba motivada, como se suele afirmar, únicamente por defender los intereses de los esclavistas y de los productores azucareros, por qué cuando Estados Unidos se vuelve antiesclavista, llega el momento más alto del anexionismo cubano en los Estados Unidos. Incluso se publican dos periódicos en cuyos editoriales se pueden leer ideas como las siguientes:

«[…] nosotros no venimos a pedir la anexión para defender a los esclavos, para defender nuestros esclavos, porque no somos esclavistas; nosotros no venimos a hablar de la anexión para proteger los altos precios del azúcar porque no somos productores; somos gente trabajadora, somos hombre que luchamos por una Cuba distinta y por esto proclamamos la anexión».

Aparece así un anexionismo antiesclavista y antiazucarero, pero de una fuerza enorme.

Finalmente hay un momento extraordinario en esta historia de América y España, que en diecisiete días cambia el análisis político de este país. Se produce la revolución de Lares en Puerto Rico, la revolución de La Demajagua en Cuba –ambas con un cierto trasfondo anexionista–, y la Gloriosa en España.

Ante las revoluciones de Cuba y Puerto Rico, una de las prioridades que enfrenta con toda seriedad Juan Prim y Prat, como primer problema de La Gloriosa, será el definir con Estados Unidos la situación de Cuba, y de Puerto Rico. Mientras, los cubanos, decididos a institucionalizar la gran rebeldía de La Demajagua, se reúnen en Guáimaro en asamblea constitucional y dan a conocer el texto de la primera constitución de la República de Cuba en Armas. Hubo otra antes pero no la de Cuba en armas. En esta reunión de Guáimaro se decide enviar una carta al presidente de los Estados Unidos y se le pide la anexión de Cuba.

De ese grupo saldrán antianexionistas a la larga y saldrán otros que llevaron siempre el anexionismo en el alma. A uno de los hombres más ilustres de la historia de Cuba, Ignacio Agramonte, según el estudio de sus restos que hicieron los españoles cuando rescataron su cadáver vestido con una camisa blanca, se le encontró la bandera norteamericana bordada sobre el pecho. Agramonte nunca ocultó su anexionismo y creo que fue un anexionismo de una gran pureza, de una gran fuerza y de un gran patriotismo. Pertenecía al sector de los que no querían que Cuba corriese el mismo ejemplo de lo que estaba pasando en otros países latinoamericanos: guerras civiles continuas, golpes de estado, etc.

Por otra parte, ahí están las cartas de esa época, a veces de una fuerza tremenda, de grandes patriotas. Una de ellas, de un valioso personaje cubano, el Lugareño, Gaspar de Betancourt Cisneros, quien le dice a José Antonio Saco, que ha escrito el gran documento contra el anexionismo…

«convéncete Saquete, españoles somos y españolitos seremos,

engendrados y cagaditos por ellos», [y después le envía unos versos que dicen]:

«De la leche sale el queso, del queso sale el quesito, de los españoles grandes somos los españolitos».

Es decir, este hombre tiene una cierta falta de fe en el destino cubano. Piensan los anexionistas con escepticismo ante esa masa de españoles y de negros que era la isla -y cuando se piensa en negros no se piensa en el hombre digno de hoy en día, sino en el hombre que han sumido en la esclavitud, el hombre que ha retrocedido por la esclavitud no por la cuestión racial- y frente a eso ven a los Estados Unidos, quizás como una forma de buscar un mundo nuevo.

Este sentimiento anexionista no se borró.

Dos de los hombres fundamentales para la independencia de Cuba, Antonio Maceo y José Martí, eran profundamente antianexionistas.

Martí cuando habla de la bandera cubana tiene una de las frases más dramáticas de su vida. El sabía que la bandera cubana, ese triángulo con la estrella solitaria, era una copia de la bandera de Texas y que esa bandera de Texas había sido una bandera anexionista; sin embargo, comenta simplemente:

«La bandera cubana, lavada de la mancha anexionista, con la sangre de los héroes de los diez años».

Diez años de guerra, ya no somos anexionistas, aunque la bandera lo haya sido originalmente en un tiempo.

Y el anexionismo no se borró. Después vino la etapa del autonomismo, ya una etapa totalmente distinta, y finalmente, la guerra de independencia 1895-1898. Guerra de independencia que se organiza en los Estados Unidos, que la organiza el Partido Revolucionario Cubano fundado en Estados Unidos -y no por eso anexionista.

Sin embargo, es importante comprender que el anexionismo no es solamente una idea o una ideología de unos cuantos traidores o como quieran llamarlos, sino algo que es el resultado de la unión de Cuba y de Estados Unidos, porque hay otros pequeños detalles, que no dicen las historias.

Durante casi todo el siglo XIX y hasta 1895 Cuba es el segundo o tercero, varían los años, y muy pocas veces el cuarto comprador de productos norteamericanos; y se encuentra entre los primeros países vendedores de sus productos a ese mercado. Es decir que hay una unión tremenda que no se puede liquidar con CUATRO FRASES PATRIOTICAS.

Para entonces la política norteamericana, que no ha seguido una política anexionista desde el punto de vista activo, sí se muestra dispuesta a devorar a Cuba. Entre 1891-1892 dicta una ley que es una ley fundamentalmente dirigida contra España, el conocido históricamente como bill McKinley. No es la primera, ya en 1834 se había dictado la Navigation Act, a la que siguió una segunda ley contra España en 1853.

Dos opinions de la época, tomadas de dos de las primeras revistas económicas del momento, -la Revista Económica Francesa y la Revista Económica Inglesa coinciden en afirmar en 1891:

«Se ha consumado la anexión de Cuba a los Estados Unidos».

La Ley McKinley es exactamente eso: la forma legal de apoderarse de Cuba. Y es precisamente esta ley la que fuerza a José Martí a apresurar el inicio de la guerra de independencia de Cuba y evitar así que los Estados Unidos se adelanten. En este contexto se producen las conversaciones de José Martí en México para que se apresuren y que si la intervención norteamericana es tan inminente que interviniese México, y que Cuba pasara a ser mexicana antes que norteamericana.

Los documentos se encuentran en los archivos mexicanos, cuidadosamente guardados, y pronto los publicaremos con todo detalle.

Entonces la anexión no se consumó. Y llegó el año 1895. ¿Cuál era la situación en este año? Hacia 1895 hay una serie de datos que son sumamente curiosos.

El 91 % de las exportaciones cubanas se hacen a los Estados Unidos, aproximadamente el 87%, de acuerdo con los datos de National City Bank –fundado por cierto con dinero del mayor comerciante norteamericano en Cuba, Moses Taylor– de esa negociación se hacia en moneda norteamericana.

Piénsese que una de las primeras exigencias que una metrópoli impone a sus colonias es que las transacciones mercantiles se hagan en la moneda de la metrópoli. El hecho de que Cuba quebrase esa norma demuestra hasta qué punto Cuba no era una colonia normal de España. No les faltaba razón a las revistas económicas mencionadas, al afirmar que se estaba consumando la anexión.

Cuba vende a Estados Unidos su producción principal, casi toda la zafra azucarera, además de casi toda su producción bananera. Compra fundamentalmente a los Estados Unidos. Cuba está entregada a los Estados Unidos. Sin embargo, para esta fecha, el azúcar en Cuba es propiedad española, en un 42 %.

Como ven, esto es mucho más complejo de lo que parece a primera vista.

Y así se explica también que en estos momentos aparezca un grupo muy interesante de españoles peninsulares, miembros del gobierno, miembros de grande publicaciones, por ejemplo el director del Diario de la Marina, que estén haciendo labores anexionistas en los Estados Unidos.

Así empieza la guerra, guerra larga, sangrienta, en la que no vamos a entrar. Durante esta guerra se produjo el inhumano proceso de reconcentración impuesto por el general Weyler, se vieron numerosos actos heroicos y terminó con la intervención norteamericana. Este es uno de los momentos más trágicos de la historia de España con elementos de una gran belleza al mismo tiempo.

Termina la guerra y se ha consumado la anexión, pero hay un último punto que deseo destacar. Cuando Estados Unidos interviene, Cuba ha sostenido previamente una larga guerra por su independencia de diez años, y después ha mantenido una guerra de cuatro años. En total, contando los meses, ha mantenido quince años de guerra constante. La situación es difícil para Estados Unidos.

La gran campaña belicista que se realiza en Estados Unidos y que fomenta sobre todo la prensa de Hearst, y en cierta forma la que no la suya, justifica la guerra para evitar la muerte de miles de personas por la tiranía española -entonces no se empleaba el término genocidio.

Finalizada la guerra hay que dar la independencia a Cuba. Pero los cubanos acceden a una independencia mediatizada por un apéndice constitucional, la Enmienda Platt, derogado en 1934 durante el mandato de Franklin Delano Roosevelt.

Desde entonces, ya no se volverá a hacer mención al anexionismo hasta estos momentos, en que se trata de acusar de anexionistas a todos los cubanos que viven en Estados Unidos, como si fuera la primera vez que este forzado flujo migratorio se produjera en nuestra historia.

Siempre recordaré la frase extraordinaria de El Lugareño, en una discusión con José Antonio Saco:

«Querido Saquete, no discutas de ideas, no discutas tus sentimientos; el anexionismo no es un sentimiento, el anexionismo es un cáncer».

Y yo creo que eso fue exactamente.

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Publicación fuente: Moreno Fraginals, Manuel, J. Varela Ortega, Rafael Rojas, y otros. Cien años de historia de Cuba, 1898–1998. Madrid: Editorial Verbum, 2000.