Marcela L. Gravina: Seguir vivos / Un elogio a la amistad [Transcripciones de más de 100 mensajes de voz sobre Juan Carlos Flores]

El artista plástico cubano Carlos Rafael Vega, graduado de la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro (1993), es una de las personas más pintorescas que conozco. Carlos Rafael Vega y el reconocido poeta Juan Carlos Flores (1962-2016) mantuvieron una larga y estrecha amistad, que no terminó con la partida del pintor hacia el exilio, ni con la partida del poeta la mañana en que decidió ahorcarse en el balcón de su apartamento. Eso fue en Alamar, reparto habitacional al Este de La Habana donde también me crie.
De la necesidad de mantener viva esa amistad entre dos hombres surgen estas conversaciones. Lo que sigue, es parte de un testimonio que puja. Lo que sigue, es parte de lo que me fue contando Carlos Rafael Vega, en privado, mientras pintaba, después que yo abandonara el chat donde un grupo siempre estábamos discutiéndolo todo.
Carlos Rafael me tiene hasta los cojones, fue lo que le dije a José Alberto o a Miguel Eduardo, integrantes también del chat, cuando me preguntaron. Tiempo después, volví a comunicarme con Carlos, porque me interesaba hablar de sus pinturas, y porque hay amistades que son de por vida, supongo. En mis diarios de secundaria ya aparecen sus dibujos. Le propuse que habláramos de su obra, con la que ha ganado decenas de premios y que ha sido expuesta en Cuba, Estados Unidos, Italia, Francia, España, México, Colombia, Brasil, por nombrar algunos datos, pero él me sorprendió con su respuesta.
En la época del yo, alguien prefería hablar del otro
Lo que me gustaría, más que eso, es hablar contigo de Juan Carlos Flores, que era un gran amigo y un gran poeta. Que tú le escribas algo a Juan Carlos. Pienso que hay que leer su obra. Que hay que presentársela a esta Cuba que ya está olvidando. Cuadra un día, vente para acá, te pasas el tiempo que quieras en la casa con nosotros, te enseño mis obras, y conversamos.
Luego del asombro, lo primero que hice fue chequear el precio del boleto Miami-Kissimmee. Lo segundo, volver a los poemas de Juan Carlos Flores. Me voló la cabeza. Compré boleto. Quería saberlo todo. Aunque no estaba segura de poder escribir sobre el poeta o sobre su obra. Me quedaba un poco enorme. Eso fue lo primero que le dije.
Hazlo, a Juan Carlos le gustaría que tú lo trataras como lo que era, como un socio del barrio. Fuimos casi hermanos. Tenía el don de la poesía, más nada, brother. El Juanca era todo un asere del barrio, literalmente. Escribe algo, es necesario. Es una poesía que merece ser re-descubierta, re-definida también. Pero sí, creo que no deberías acercarte a él como una experta, de hecho, no creo que exista ningún experto, sino acercarte como una alamareña que está redescubriendo a un tipo que pintó nuestro barrio de poesía. Así te lo recomiendo.
Carlos Rafael tiene el don de la palabra, y bien supo mantenerme en vilo. Su voz es histriónica, sus carcajadas resonantes. Me lo tiraba por capítulos, mientras yo seguía preguntando, mientras buscaba entre sus pinturas, entre los poemas, mientras me hundía en los recovecos de la condición humana. Mientras volvía al barrio donde crecimos. ALAMAR, el que la sociología urbana llama ciudad dormitorio y nosotros vivíamos despiertos.
Al principio me lo cuestioné. ¿Debía transcribir el testimonio? ¿Cuánto podría ser producto de una imaginación exuberante, de las pasiones, de una memoria rectificada, o de los olvidos? Corroboraba. Con los días dejé atrás ese pensamiento. En la creación y en los recuerdos, lo inexacto suele estar siempre presente. Es preferible una frondosa catarsis que estrangularse con reglas de aprisionante exactitud. Lo que está vivo es una forma de la verdad. ¿Y la ética? ¿Qué se debe y qué no se debe contar cuando no hablamos de nosotros mismos o cuando hablamos de un muerto? Muchas de las historias y confesiones, quedarán guardadas por el momento. Cedo la palabra al pintor.
Para empezar, tengo que decirte que la historia de Juan Carlos Flores, desde el principio, es muy fuerte. Porque el Juanca viene de una familia deshecha. Una familia donde hubo un parricidio. Ya eso, no es algo común. Fue un hecho que sucedió cuando estábamos en la secundaria. La hermana estudió con nosotros. Tenía los ojos azules como Juanca. El padre de ellos era alcohólico, y el hermano mayor también. El hermano mató al padre, y le echaron, por eso, como quince o veinte años de prisión. Eso tiene que marcar terriblemente a una familia. Por esa razón ellos se van de la zona donde vivían, huyendo de ese fenómeno, y vienen para la zona de nosotros. Se mudan al edificio del gordo Joel. No el que está atrás de tu casa, de las almendras, sino pa’ acá, pa’ en vuelta del Frozen. Es una historia larga, y es una historia muy de pinga.
Yo a Juan Carlos lo conocí en el año 1993, cuando me fui a graduar de San Alejandro. La graduación se hizo en la Galería de Arte de Alamar. Nos unimos cuatro que éramos del barrio, Livio Coneza, Carlos Albizar, Molina y yo, e hicimos una exposición colectiva. Molina conocía a Juan Carlos de Mantilla. Se conocían de chamaquitos. Él estaba haciendo su tesis de graduación a partir del libro Los pájaros escritos, que es el primer libro de Juan Carlos Flores. Ese día, normal, nos presentan, bim bam, y ya. Tiempo después, ahí mismo en la galería, ni me acuerdo del nombre de la galería de Alamar, a Juan Carlos le gustó una obra mía y fue a mi casa. Después de eso nunca más vi a Molina, no sé qué se hizo, y entonces ya Juan Carlos me pedía a mí que le ilustrara los libros. El único libro que no le ilustré fue Los pájaros escritos, pero todos los libros de Alamar, Distintos modos de cavar un túnel, El contragolpe… todos, se los illustré. Se volvió una rutina el venir a la casa. Comía muchas veces con nosotros. Creo que él veía en mi casa una familia estructurada, un hogar.
Mira, por sobre todas las cosas, Juan Carlos Flores es un poeta, él vivía en su poesía. Flores tiene dos etapas bien marcadas. Diferentes. Una etapa de cuando vivía en La Habana, que es medio barroca, que es la de su primer libro (te estoy dando por arriba). Ahí hacía una poesía más intrincada, digamos. Los pájaros escritos, es un excelente libro que fue premio UNEAC y todo… o Pinos Nuevos, o todas esas cosas… Su literatura, después, se vuelve más ríspida. Su estilo formal es como los edificios de Alamar, que son reiterativos, en bloque, pero que sabemos la mezcla y la locura que tienen dentro. Cuando leas, lo verás. Te estoy dando ese norte porque yo conozco bien su obra. Esa era su característica, esta obra alamareña, muy horizontal, muy reiterativa, muy fuerte y humana.
La fuente poética de Juanca era múltiple, él era muy ecléctico, lo mismo te sabía de Feng Shui, del Tao Te Kin, que te sabía de deporte, de política y de pintura. Tomaba de muchos lados. Te podía dar una conferencia de Pessoa, hablarte del “Claro de luna” de Beethoven, de qué lo había inspirado, o de cómo coger una guagua. Ese ancho de banda no lo tiene cualquiera. Es ahí donde creo está el secreto, en esa soltura, y esa frescura que metió en medio de aquellos bloques aburridos de Alamar.
Juanca era capaz de abarcarlo todo. Interactuaba mucho con su entorno. Buscaba las causas, las coincidencias, y leía mucho. Durante algún tiempo, en su etapa habanera, estuvo pegado, pegado, a la Biblioteca Nacional. Leía, pero leía con cojones. Siento que Juan Carlos Flores bien puede ser símbolo de esa Cuba delirante. Una Cuba culta, pero a la vez marginal. Genial, y a la vez tan dura, y tan perversa. Yo no sé escribirlo, yo lo que sé es pintar. Y no quiero que la memoria se pierda en el tiempo. Quiero que escribas sobre este amigo que puede estar casi olvidado, quiero que persista. Usa lo que te estoy diciendo como te dé la gana, sé libre, y no uses comillas, porque su vida fue bien loca, y si tú escribes algo acerca de él, me parece que va a encantarle. A Juan Carlos quiero mantenerlo vivo. Porque mantener vivo a un amigo es como un respeto hacia esa amistad, es orgánico, casi natural.
El Juanca, quiero decirte, tenía varios personajes. Como el mismo Pessoa, tenía varios heterónimos. Él tenía varios locos, varios yo. Entonces venía hoy a la casa con Rumi el Touareg, y al otro día venía con Bruce Lee. Era siempre una sorpresa. Había días también en que venía muy decaído, muy down, estaba bajo medicamentos.
Rumi el Touareg… aquello era muy loco, asere. Rumi era un descendiente de los hombres azules que recorrían los caminos más áridos del mundo. Tenía que saber amarrar los camellos para atravesar una tormenta, tenía pedigrí. A diferencia de Rumi, estaba el Aceitoso, que era más cubano, más con las mujeres, era como un mirahueco, tú sabes. Entonces, Bruce Lee, era más tonto, y sólo quería demostrar sus habilidades. Cada uno de sus personajes tenía su propia historia. Si, creo que era jodiendo, no sé, pero se podía meter el día entero en el personaje, ficcionaba. Era como una realidad paralela. Uno en medio de su cotidianidad y te llegaba Rumi. Tu decías, pero y esto qué cosa es, ja ja ja ja. O llegaba Don Quijote, que tenía una entonación mucho más lenta, y venía montado en una penca y preguntando dónde podía amarrar a Rocinante. Era una locura, ahora que lo pienso. Pero yo lo secundaba. Era como estar en un teatro en vivo, te sacaba de tu contexto y te metía en un plató, era estar disfrutando de una escena de teatro improvisada. Él era muy simpático, le quedaba muy bien. En Alamar tener un Juan Carlos Flores fue un verdadero lujo. No me cansaré de repetirlo.
Yo le hice a Juan Carlos un buen retrato. Está en mi serie Querida Habana. El retrato tiene una historia muy particular, se lo regalé en el 2002. Lo iba a pintar como un guerrero, pero después lo metí en la serie. Volao. A él le encantó. Él era muy habanero. Déjame decirte que el Juanca admiraba el talento, pero si descubría una mediocridad se burlaba. Sí, cuando él no veía talento, era cruel, créeme.
Querida Habana es la serie principal de todo mi trabajo. Surge cuando era estudiante de San Alejandro (1990), en Jesús María. En un ejercicio para la academia dibujé la calle donde vivía, calle Gloria. Por cosas de la vida fue la primera obra que vendí. Y abrió el camino. En esa serie, cada obra tiene el nombre de una calle, ser hijo de un taxista habanero me ayudó mucho. Pinté de lo que más sabía, mi ciudad y su gente. Yo vivía en un solar, en Gloria 725, entre Carmen y Figura. Allí nació mi primera hija y allí empecé a trabajar como estibador en la fábrica Rey del mundo.
Pero volviendo al retrato, sucede que cuando Juan Carlos se pelea con la jeva (en el cuadro hay motivos que tienen que ver con el hijastro y con la jeva) el tipo coge el cuadro y lo tira balcón pa’ abajo. Lo lanzó pa’ afuera, lo botó pa’l carajo. Su ex lo recogió y me lo llevó de vuelta. Mira, Carlos –me dijo–, este cuadro Juanca lo botó en un rapto de locura. Aquí te lo voy a dejar. Y aquí lo tengo conmigo a la entrada de la casa. Lo restauré un poco, no se dañó. Con el tiempo yo lo seguí pintando. Él está envejeciendo en mi obra. Le hice un retrato como si fuera un pescador. Está vivo en mi obra, así lo he pensado. Así me lo imagino ahora.
Tengo muchas anécdotas con Juan Carlos. Te digo, fueron más de veinte años juntos e iba casi a diario a la casa. Aleida, mi esposa, también tiene anécdotas con él. Él vio crecer a mi familia, a mis niñas. Pero sí, te digo una cosa, lo único que podía hacer en su vida era ser poeta. Pa’ que tengas idea, una vez, llevándolo al aeropuerto, iba a un encuentro poético en una provincia y se nos rompe el carro en medio de la ruta. Mira, pasamosel trabajo más grande del mundo. Ese hombre no sabía empujar. Iba a perder el vuelo, pero no podía empujar. Tuvo que venir otro socio, que no conocíamos, y hacerlo. Ahí fue cuando me di cuenta, Juan Carlos lo único que sabía era hacer poesía. El mismo lo dijo: “Mi lugar es la poesía”.
Mira, Marce, el Juanca era fan, fan, de la buena pintura. Un día llega y me dice: Oye, Carlos, vamos mañana al museo de Bellas Artes que tengo una muchacha que me gusta. Tu llevas a Aleida y así vamos los cuatro. Ok, así mismo fue, al otro día fuimos para allá. Todo iba normal hasta que de pronto, de buenas a primeras, yo veo venir un mujerón. Tremendo cuerpo, delgada, tremendos senos. Yo vi una mujerona para Juan Carlos, porque él siempre fue (en paz descanse) siempre fue un desgarbado. El antigalán, vaya. Y de pronto veo venir aquello que parecía una modelo realmente. Nivel, cintura, cuerpo, senos. Alta, una mujer muy alta, más alta que él, muy esbelta, elegante. Tanto así, que me chocó. Me dije, bueno, no creo que esta mujer se vaya a fijar en Juanca.
“Madre, te necesito, madre, te amo, creo que jamás podré aprender a acordonarme los zapatos”.
Después del museo nos fuimos a comer, pero a mí como que no me cerraba aquello. Fue ahí cuando conocí a la que sería su mujer, que es fundamental en toda su historia. Él era bajito, relativamente bajito, en aquel entonces flaquito, en la cara no le cabía una espinilla más. Eso sí, tenía una cosa, tenía unos ojos claros que llamaban mucho la atención, o sea, eran unos ojos azules que… quizás puestos en otra cara hubieran funcionado mejor. Ya él estaba medio calvo en aquel entonces, y además tenía el problema de que siempre estaba flotando. Cuando tú eres un poeta, siempre estás flotando. Pero si eres un poeta loco, siempre estás en la nube. ¡Y ella era la antítesis!
Mientras más la conocía, más me preguntaba qué cojone’… Era como un personaje que no tenía nada que ver. Que estaba puesto ahí a la cañona, y a la vez se volvió fundamental. Ya te digo, ese primer día, yo me quedé así… Coño, qué loco está esto… Pero además, él me cuenta que ella había sido mujer, o novia, de su hermano el del medio, el médico, porque ellos eran cuatro, y que se reencontraron. Eso lo sabe poca gente, por supuesto. Ella vivía en el edificio de Orquídea, la mulata bonita que era tu amiga, atrás del edificio de Eriberta. Ahí hay cosas raras, ¿no? El Juanca, no sé, tampoco creo que haya sido el más singón, ni el mejor palo de Alamar. Entonces empecé a pensar, coño, de pinga, qué raro está esto. Supuse que él debía tener algún truco para las mujeres. En aquel entonces yo lo vi rarísimo, no te voy a mentir, pero esa relación creo que fue un oasis en su vida.
Es que el núcleo central del problema de Juanca, antes de estar con la mujer, era no volverse loco. Y una vez que él empieza esa relación, el problema central pasa a ser buscar dinero para mantener a la familia. Acuérdate de que ella tenía un hijo que estaba chiquito. Su estrés principal entonces, ya no es volverse loco, sino cómo mantener una familia. Que en aquel contexto es casi lo mismo que volverse loco. Período especial, candela…
En el apartamento de ella no había nada la primera vez que fui, era la peladera de la peladera. Juanca lleva un televisor, lleva un equipo de música, y empieza a buscar dinero con su poesía. Él ya era un poeta de bastante prestigio. Mira, posiblemente sea el mejor poeta de esa generación. Él y Carlos Augusto Alfonso. Ellos eran como rivales de generación. Pero él respetaba mucho la poesía de Carlos Augusto, y Carlos Augusto también respetaba la de él. A él le gustaba mucho el otro poeta también, el que vivía por tu edificio, Ángel Escobar. En esta etapa vi a Juanca feliz. Me decía que quería construir una familia. Empieza a ir con el chamaco a jugar fútbol, le dedica tremendo tiempo, como si fuera su hijo, lo empieza a mimar. Él lo quería. Quería ganarse al chamaco, que al principio sí lo aceptó, pero al ir creciendo ya no tanto. El chama le hacía rechazo y Juanca empieza a darse cuenta. Construir una familia no es tarea fácil. Pero sí, él se enamoró. Fue su etapa más feliz.
Déjame contarte esto que está loquísimo, oye esto. Cuando yo creé el Ejército Cubano Secreto (ECS) –que surge en unos encuentros donde nos reunimos a jugar ajedrez y tomar un poco de ron en el portal de mi casa de Alamar con varios socios del barrio– uno de los locos que recluté para ese ejército fue a Juan Carlos. Se puso contentísimo con la idea. Estábamos cansados de leer artículos de la prensa oficial y no tener forma alguna de ripostarlos. Entonces, a mí se me ocurre crear este ejército, que tenía como objetivo devolverles sus escritos de regreso pa’ atrás a quienes los escribían. La cosa era recortar el artículo mierdero del periódico Granma, o el Trabajadores, limpiarnos el culo con él, y devolver el periódico cagao, de regreso, en un sobre, a la misma dirección de la sede del periódico. Usábamos la mierda, el mofuco, como arma de lucha, y nos divertimos también.
En ese ejército teníamos nombres en clave, y Juan Carlos era el Sargento Pote. Yo era el Sargento Cacharra. Cada uno atendía un área específica. Pote atendía el área de deporte, esa era su área. A veces nos daba una lección de Kata fundamental, de Tai Chi. Nos reíamos y gozábamos mucho pensando en las caras de quienes recibían el artículo de regreso, imaginando cuando abrían el sobre y veían nuestro mofuco. Fue divertido. Además, en esa época, toda Cuba se limpiaba el culo con periódico, tú lo sabes. Pero dale, sigue preguntando, sigue preguntando, porque acuérdate que yo estoy pintando y es una interrelación que me cuadra. Me llevas a una pila de años atrás, a una pila de amigos, y tranquila, que no me es problema ninguno.
Dudas. Ha llegado el agregado
De ese tiempo hay mucho que contar. Mira, lo más raro fue un día, ya había pasado tiempo, te voy a hacer la anécdota completa. Resulta que estábamos, imagínate, reunidos. ¿Con quién? Con el Agregado Cultural de la Embajada de España. Tocó que era un socio que se llamaba Alberto, era un Agregado Cultural relativamente joven. Entonces aquel día nos convocó a todos. Imagínate la pila de locos aquellos de Alamar, estaba Livio, el Grupo Omni, Amaury, Eligio, Davicito, el otro loco este… no me acuerdo ahora del nombre del loco grande. Bueno, había otro grupo de raperos, había pintores, músicos, de todo. Incluso estaba Ray Fernández ese día en la reunión. Todos en la casa de ella, de la mujer de Juanca, que se volvió como el cuartel general de los locos de Alamar.
Tienes que ponerte en contexto. Plenos años noventa, tremendo caos social, una pobreza de pinga, y de buenas a primeras llega al barrio un carro de embajada. El Agregado Cultural de España llega a un edificio del reparto y se parquea abajo. Están todos los artistas marginales ahí, y el Agregado comienza diciendo que la Embajada de España quiere ayudar a concretar proyectos sociales de artistas. Que iba a apoyar cualquier evento que quisieran hacer. Por ejemplo, de Rap, Hip Hop, todo; cualquier exposición. Él iba a sustentarnos y apoyarnos logísticamente. Esa fue la esencia de aquella reunión.
Ahora, cuando se va el Agregado, que estuvo breve tiempo, y nos quedamos solos, la que toma la batuta quién es, ella, la mujer de Juan Carlos. La que comienza a hablar, la que comienza a dirigir la reunión es ella. Y lo que dijo fue lo que más miedo me dio. Dijo: ¿ustedes no se dan cuenta de lo que les acaban de decir? Y yo, que había estado toda la reunión, sabía lo que estaban diciendo, que nos iban a apoyar en cualquier proyecto, pero ella fue directo al otro punto. Este gallego está sentado sobre una loma de dinero, y quiere gastar, y dar dinero para financiarlos a ustedes monetariamente, para que hagan actividades. O sea, le dio un carácter puramente económico a algo que yo había visto más como una posibilidad creativa. Ella fue directo al grano. Ahí fue cuando yo me dije: Ven acá, chico, ¿cómo es que la esposa de un poeta va a ser tan materialista?
Y es que cuando ellos comenzaron la relación yo no sabía nada de ella. Solo que viajaba mucho, con delegaciones de alto nivel. Bueno, ya sabes lo que yo pensé. En la Cuba en la que yo crecí esas cosas no pasaban por gusto. Después supe que tenía que ver con las traducciones de CUPET. Pero de pronto deja el trabajo y se pone a trabajar con Estado de SATS. Eso en Cuba no es normal. Sabes qué es estado de SATS, ¿no? Estado de SATS era un grupo supuestamente disidente, dirigido por Rodiles. Y Rodiles empieza a caerle atrás a Juan Carlos para que asista a Estado de SATS. De hecho, Juanca me dice pa’ ir, pero a mí no me cuadró, había algo que no me cuadraba, y no fui. Déjame cerrar ya este capítulo que me complico. El caso es que yo no confiaba mucho.
Asere, Juanca iba a mi casa con la mujer, esto en la última etapa, y ella se aparecía con un libro en la mano y se sentaba a leer. A ver, ¿quién pinga en Cuba va a visitar a una familia y lleva un libro y se pone a leer? Entonces yo le hacía una picardía. Yo era socio de Manuel Vázquez Portal, que ella sabía que era un disidente y que me visitaba también en la casa. En cuanto yo mencionaba el nombre de Manuel, hablando con Juanca, ella dejaba el libro y se metía en la conversación. Siempre se interesaba por Manuel, y por otros amigos que eran disidentes también. Si no los mencionaba, no se interesaba, y seguía leyendo. Era algo loco. Ella de momento comenzó a formar parte de todos los grupos de él. Este fue un capítulo histórico. Sí, también puede ser que el loco fuera yo. Lo que sí es cierto es que ella es una de las mejores cosas que a Juanca le pasó en la vida. Fue un amor bonito, vamos a dejarlo ahí.
Déjame decirte, Marce, que Alamar estaba caliente en ese entonces. Había una especie de vanguardia cultural allí. Un día viene a buscarme a la casa Eligio, o Davicito creo que fue. Me vienen a buscar porque habían cogido preso a Amaury Pacheco, que es el fundador del grupo OMNI Zona Franca en Alamar, y siempre fue muy cercano a Juan Carlos. Entonces, como yo era el menos loco de todos esos locos, vinieron a buscarme para que fuera a hablar con la policía, para tratar de que liberaran a Amaury, que llevaba todo el tiempo desde que lo cogieron preso en la celda esa meditando. Una locura de esas, meditando loco ahí, con la saya aquella. Entonces busqué a otro socio, a Roura, el de la galería, y fuimos para allá, y logramos que lo sacaran.
Amaury Pacheco fue una persona muy cercana a Juan Carlos, y fue el creador de Poesía Sin Fin, algo muy importante. Se hicieron cosas muy buenas. Recuerdo un performance que era “Pan con Poeta”, que estaba de pinga. Pusieron a un poeta como si estuviera asado, como un lechón, arriba de una mesa, y tú llegabas y pedías pan con poeta, y te daban carne picada como si fuera la carne de ese poeta. Ellos: Eligio, Davicito, Amaury, Nilo, nuclearon a mucha gente y salieron cosas magníficas. Yo expuse en el doceplantas de Alamar, una locura. Todo eso era Poesía Sin Fin, un evento anual que duraba varios días. En San Isidro, unos jóvenes estaban haciendo algo parecido, y empiezan a venir también. Estaba el movimiento de Hip Hop muy fuerte, muy sólido. Y bueno, luego todo eso se frustró. A Omni Zona Franca le quitan el espacio en la Casa de la cultura, los botaron de allí.
Yo creo que el poder necesitaba, siempre lo necesita, tener el control. Acuérdate de que Alamar tenía sus características, su origen, su extracción humilde, su cercanía a la Habana. Tenía más vida intelectual que otros repartos. Tú sabes, hubo un boom, y tener eso bajo control le era necesario a la dictadura. Desarticularlo también.
En aquel momento fue cuando Ray Fernández sacó “Lucha tu yuca, taíno”. Estaba eso echando humo. Me cuadraba lo que él hacía, y a Juan Carlos también le cuadraba. Entonces los tres expusimos juntos. La última vez fue en la Casa Gaya, en la Habana Vieja. Juan Carlos Flores estaba ahí, en la cresta de la ola. Y bueno, tengo que decírtelo, a Ray lo considero un traidor. Él se separó. Empezó a andar con Bladimir Zamora, que empezó a abrirle el huequito, empezó a conectarlo. Los de aquella etapa, que éramos contestatarios, lo sentimos así. A veces lo escucho, porque su obra me gusta. Pero qué te voy a decir. Creo que fue posicionándose y le fueron poniendo el brazo en el hombro, en la espalda, y vio una posibilidad ahí. Vio que a los que no se sumaban al oficialismo les iba muy mal en Cuba. O vio más posibilidades en el otro lado, no sé. Asere, ¿cómo cojones alguien que escribió y cantaba “Lucha tu yuca…” en aquel contexto, puede estar así ahora? Eso nos lo preguntamos todos. Creo que le vendió su alma al diablo. En todo caso pregúntaselo. Que sea él quien cuente su historia.
Después sigo, estoy en el curralo. Cuando el trabajo se ponga más ligero te sigo contando. Porque te conté la etapa fresa, cuando Juanca estaba subiendo la loma, que es cuando él se enamora. Cuando escribe más. Y te conté el contexto del barrio. Léete todos los libros, métete en su poesía. En la etapa donde todavía él está conquistando a la jeva, y después, cuando logra estar con ella, estaba muy creativo. Esa relación medio absurda, medio surrealista, tiene su realidad. Ella le abrió las puertas a un mundo lógico, a una familia, lo rescató de aquella locura de dónde él venía, y él le abrió a ella las puertas a todas las disidencias, a todas las oposiciones, todo lo contestatario y lo poético del barrio. Él se enamoró completamente. Se sentía realizado, se sentía ya como un hombre de familia. Aunque también tituló un poemario: Un hombre de la clase muerta. Sí, tremendo título. Hasta mañana.

Para que exista una parte, tiene que existir la otra
Aunque sí era muy incierto el camino que Juan Carlos podía llegar a tomar, a mí nunca me dio miedo. O sea, las respuestas que podía dar, en ese aspecto, puede que sí. Pero no otra cosa. Yo crecí en lugares muy desagradables, miedo nunca sentí. En ocasiones, por ejemplo, específicamente un día que fuimos a un recital, sí vi que lo hizo con mucha rabia. Dio un recital de poesía a pura rabia. No quería estar ahí, estaba en una fase que quería desagradar a los que supuestamente lo admiraban.
No sé, un comportamiento raro, quizás Freud, un psicólogo, lo analiza y lo explica, pero no yo. Yo no tengo esa capacidad. Simplemente veía que tenía recitales donde atrapaba, abrazaba a todos y el público quedaba fascinado con su genialidad, pero había un momento en que actuaba de forma totalmente desagradable hacia el público. Imagino que quien llegue por primera vez y choca con un espectáculo en que se está maltratando, denigrando a las personas que van a verlo, se sentiría muy mal. A la vez, podía suceder todo lo contrario, la fascinación. Ese era él, lo mismo te elevaba que te dejaba caer en el piso. Para que exista una parte, tiene que existir la otra.
Otra vez, en un recital en Casa de las Américas, fue todo lo contrario. Pude ver a ese, al flaco este, Retamar. Retamar estaba sentado en primera fila, y yo vi que estaba totalmente fascinado. Retamar, más allá de lo que sea, de poesía sabía. La mujer también estaba allí, y estaban fascinados los dos en plena Casa de las Américas. Entiendo que Juan Carlos Flores fue un poeta marginal, pero era aceptado por todo el mundo. Te estoy hablando de Retamar y también de los marginales.
Su relación con Torre de letras y, especialmente con Reina María Rodríguez, también me parecía loca. Lo mismo me decía que se enamoraba, que al otro día la despreciaba. Era inconstante. Pero él veía a Reina como una madrina poética. Reina es muy buena, y él respetaba mucho la obra de Reina. Era un respeto mutuo, pero vuelvo y te digo, Juan Carlos era una persona muy loca. Loca y genial. Sí que lo respetaban. Asistimos muchas veces juntos a Torre de letras.
Mira, quiero ser justo también con su ex, a ver… Resistir a Juanca era una tarea faraónica de verdad, después de dos horas ya había mérito ahí, te estoy hablando en el plano de pareja. Hay una realidad, ella lo recogió, lo formó, lo encaminó, lo centralizó. En la última etapa, cuando ya ellos estaban disgustados, él no se atrevía a irse de la casa de ella. Lo demoró. La opción que tenía era irse con el hermano. Porque el hermano cumplió condena y regresó. Eso fue todo un suceso. Esta parte no sé si te la expliqué bien.
Liberan al hermano, al que mató al padre, por buen comportamiento. Porque el tipo adentro de la cárcel conoció a Dios, tú sabes, todos los presos esos conocen a Dios allá adentro. Y cuando el tipo sale de la cárcel se va para el apartamento que estaba vacío. Se instala allí. En esos años, en que ya Juanca no estaba bien con la mujer, que estaban viviendo esa especie de guerra fría, en esa etapa, es que te dije que bota el cuadro mío por el balcón, y ella me lo lleva a la casa y me explica. Me dice, mira Carlos, ya yo no estoy con él, ya yo lo que estoy es loca porque él se vaya de la casa. Entonces mi labor fue ayudarlo a que él se fuera. Ella finalmente se va de Cuba.
Él me contaba tantas cosas que… no sé. Cuando su ex viene a Estados Unidos, pienso que todo dejó de tener sentido para él. El Juanca empezó a facturar menos, a perder apoyo, y empezó a volverse más loco. En los últimos eventos que lo llevé se veía con una degeneración física, porque la locura te va devastando. Ella dejó de interesarse en el proyecto, creo que ya no lo soportaba, y se empezaron a abrir fuego entre los dos. Pero te voy a decir la verdad, convivir con él no debe haber sido jamón.
Juanca sentía miedo de regresar a su casa, a ese pasado. Fíjate si es una familia marcada por la tragedia, que después de cumplir su condena, a los dos o tres años, el hermano que asesinó al padre también se suicida. Por eso Juanca demoró más todavía en irse de aquella casa.
Yo no sé si el libro de Leonardo Padura, Morir en la arena, que él dice que se inspiró en un suceso real, un parricidio en una familia que conocía, sería el de la familia Perez-Flores, fíjate. Porque creo que las familias se conocían de Mantilla. Varias veces Juanca me habló de los Padura de Mantilla, que si eran una familia de alcurnia, respetados, de Masones, y cosas que no recuerdo bien. Pero yo no me leí el libro ese, ni nada. Yo le tenía un odio al policía ese, Mario Conde, si te lo lees me dices.
Lo que te cuento ahora es a partir de ese regreso, es de Juan Carlos en la soledad. La etapa más dura. Me hablaba del fantasma del hermano, que se le aparecía constantemente y que no le decía cosas agradables. Incluso, algunas veces se hacía tardísimo y no se iba de mi casa. Yo le decía, asere, pero qué cosa es eso, eso es cosa de tu cabeza; pero nada. No quería volver a su casa. Creo que la etapa más feliz de toda su vida fue cuando estuvo casado. Ahí tuvo organización financiera, sexo seguro, y ella lo atendía muy bien, la verdad. Pero se acabó esa película. Se acabó la película y el regreso fue dolorosísimo. Dolor duro, duro, duro, duro de verdad.
Su ex vino un día y me dijo que se iba, que quería vender el apartamento, que hablara con él para que regresara a su casa. Yo le sugerí a Juanca que tratara de reconquistarla, tú sabes. Pero en ese momento él le tenía como un odio visceral. Algo le impedía volver a amarla. Nunca logré comprender cómo de amarla tanto pasó a odiarla tanto. Después él mismo me dijo que se arrepentía de no haber tratado de reconquistarla.
La etapa final fue muy dura, cuando ya él se reconoce que está sólo. Tiene que reinventarse. Ya te digo, el divorcio, la separación, fue para mí lo que marcó su muerte. No le fue bien después. En la casa donde volvió, donde se había suicidado el hermano, no había nada. Empezó a caer, a tratar de sobrevivir, pero se quedaba herido, se quedaba herido. Aquello era un desierto con fantasmas. Todo esto te lo he contado aquí, dibujando… Dale, un abrazo.
Vegas Town es un pueblecito que está a las afueras de la Habana. A este pueblo Juan Carlos llega por un socio, uno que estuvo ingresado con él en el sanatorio, que era de allí. A Juanca, en los años noventa, lo ingresan en el Hospital Ameijeiras. Ahí él conoce al socio este, Abelito, el hijo de Félix. Del padre me acuerdo porque es el mismo nombre de mi papá.
Juanca me cuenta que en ese ingreso pasaban un hambre horrible, tú sabes, entonces cuando podían se iban pa’l malecón a recoger lo que la gente tiraba en los Ebbó. Un Ebbó, tú sabes, es una limpieza que se hace en Cuba en la religión afrocubana, que ponen frutas a Yemayá y lo echan al mar, para que se lo lleve. Entonces ellos se tiraban al agua y recogían todo eso para comer. Los plátanos, los cocos, las frutas, etc. De ahí viene esa amistad.
En casa de Felix, allá en Vegas, había una pobreza loca, paupérrima. Imagínate, un señor mayor, con cáncer en la próstata, con un hijo con problemas psiquiátricos –que me imagino debe estar vivo– los dos solos en una casa de madera toda destartalada. El libro Vegas Town habla de todo eso, de su recorrido con esos personajes, que a veces iban a chapear un patio, o lo que fuera, para sobrevivir. Allí Juanca comió cocodrilo, porque Vegas está cerca de la ciénaga. Me contaba que se comió la cola de un cocodrilo, y que había muchos presos trabajando por ahí. Él iba para allá a cada rato, precisamente huyendo de la locura de La Habana. La embajada de España lo ayudó en eso. De ahí es que sale ese poemario, con esa familia donde había un enfermo mental y su padre enfermo, ya muriendo también.
Vegas Town muestra ese drama, es distinto el aura, tú vas a ver. Los otros libros son más sociales, son más urbanos, pero estos poemas son más íntimos, más campesinos, más periféricos, es distinto. Resuenan. Fueron grabados con una banda sonora loquísima. Son una maravilla. Ahí está su voz y lo mismo hay efectos de agua, zambullidas, que un puerco, ranas croando, vientos, camiones, silbidos, voces locas… Eso te da una idea. Pura poesía.
Cuando Juan Carlos finalmente se va de casa de su mujer, va a Vegas para relajar. Relajar entre comillas, porque, bueno, allá luego se murió el viejito; hubo tremenda situación y lo menos que hizo fue relajar. Ahora, cuando regresa, ya para irse a instalar a su apartamento, regresa loco, Marce. Loco completo. En un arrebato. Yo le pregunto si quiere ir al médico pero me dice que no, que se siente bien. Ya empieza más con los personajes esos que se montaba: Rumi, Bruce Lee, El aceitoso, Don Quijote. Fue durísimo. Él no tenía la infraestructura vital para sobrevivir.
En los últimos tiempos ya él comenzó a elaborar otras rutinas, se levantaba temprano y se iba para el Agromercado. Empezó a hacerse amigo de las personas que trabajaban allí. Se metía con la que vendía flores, había mujeres, y fue como un alivio femenino para equilibrar, y empezó a engatusar a una muchacha, me contaba mucho de una que vendía café, que era del Oriente. Yo como amigo le aconsejaba que le diera albergue, si ella no tenía casa, para que se sintiera acompañado. Le compré un fogón de gas, la balita de gas, el regulador, para que al menos se pudiera calentar la comida. Porque no tenía nada. Pero un día me llaman y me avisan que estaban dando golpes en la habitación. Yo voy, y era el Juanca, que tenía el loco subido.
Estaba rompiendo todos los azulejos del baño. Uno por uno. Rompió la ducha, la ventana del baño. Aquello estaba de pinga, una locura. Y yo llego y le digo: Juanca, pero ¿qué carajo es esto, compadre? ¿Qué estás haciendo con tu casa? Y él ahí, tenía una cara de pinga, pero tenía su respuesta. Él siempre tenía sus explicaciones. Me dice: “Papa, es que todo está mal hecho, ¿tú no te has dado cuenta? Todo está mal hecho, yo tenía que arreglarlo”.
No, de pinga, nada, llamé a Sabater, un amigo en común, que escribía para Palabra Nueva, y le pedí que viniera. Yo sólo no podía echarme aquello. Los dos hablamos con él, pero no, él estaba en fase. Después destruyó todo el apartamento, destruyó la puerta, las ventanas, todo, todo, todo, todo. A las paredes les cayó a picotazos. El techo, las luces. Aquello quedó como si fuera una cueva. Fue un pico de locura que le dio. Para colmo, vivía en un tercer piso. En el primero vivía Joel, que era el que me avisaba, me entiendes. Sería bueno preguntarle a Joel también, porque sería la versión de alguien que no era su amigo, que no lo quería, un vecino. Porque le daba también por salir encuero al balcón, tirar la ropa para el jardín. Se metía con la gente, formaba la desagradable. Rompía con todo.
Soy testigo de que le daba tremenda vergüenza, mucha vergüenza con los vecinos. Era más duro el evento de regresar de la locura que la locura misma. Le daba una pena horrible. El evento del arrepentimiento después que hacía los papelazos esos en su edificio era muy significativo. Pero lo hacía cuando no estaba en sus cabales, no era por otra cosa, él no era malo, hay que entenderlo. Era como una rutina, cada cierto tiempo, cuando dejaba de tomar sus medicinas y esas cosas, le volvían los períodos esos, y ahí no creaba. Él se volvió un animal salvaje de Alamar y, a la vez, era amigo de todos.
No sé con qué fuerza, no sé cómo, venía otro ciclo, y empezaba a recomponer. En ese regreso de la locura fue cuando me pidió cuadros para alegrarse y adornar su casa. El cuadro del mango se lo quedó él, es un cuadro grande, un metro por uno veinte. Le gustaba mucho la dinámica del cuadro. Se llama “Calle Cuba”, y representa la fruta madura. Dentro se ve la ciudad. No sé qué se habrá hecho cuando Juanca falleció, dónde estará. Tendría que preguntarle a Amaury. Pienso que en esa etapa, le dio por romper todo lo viejo, o todo lo que estaba cuando su hermano estuvo viviendo allí, para luego rehacer el hogar. Siempre cargaba con su pasado familiar, con la tragedia, y ya no tenía su segunda familia.
Hubo una muchacha, una flaquita, flaquita, flaquita, que admiraba su poesía, que estaba pasando una beca en New York que lo ayudó mucho. Ella fue muy importante para él. Le mandaba una mensualidad. Otros amigos lo ayudaron también, tuvo que aprender a sobrevivir. Te dije, no sabía cocinar, él no sabía nada de eso. Aunque lavar sí sabía. Compraba bastantes jabones y me pedía jabones. Tenía una obsesión con la limpieza, como si quisiera quitarse manchas de encima. No he encontrado otro amigo así. Él padecía de lucidez.
En la última etapa, para qué contarte, se desilusionó. Empezó a hablarme de otras cosas, pero eso no lo podemos poner, porque puede ser producto de su dolor. Se vio como un proyecto del G-2 y no como un amor verdadero; fíjate que clase de dilema ese en su fuero interno. Pienso que puede haber otros factores en su interior, porque esas descargas él me las echó pos-separación. Cuando estaba casado, jamás. Él tuvo ese despertar, no sé si eran paranoias, no conozco de esas cosas. Sé que sintió que era una operación del G2, eso sí me lo decía. Hay una trama de pinga detrás de todo esto. Pero sí, dicen que él padecía esa enfermedad. Yo lo miro con otros ojos; cuando estás muy cerca, en close up, no puedes ver, se te pierden las aristas. Esas cosas suceden, no son fáciles de explicar. No se puede separar por partes.
Yo me fui de Cuba en junio del 2016, tres meses después me avisaron de que Juanca se había suicidado. Yo quería mandarle un refrigerador chiquito, porque no tenía, para que tuviera agua fría, pero no me dio tiempo, yo estaba acabado de llegar a los Estados Unidos. Nada, seguí pintándolo, no lo he dejado morir. Marce, mira, te mando la dirección, ven por la casa cuando quieras, así ves los cuadros y seguimos tallando. Aquí hay de todo, comida, ron y cerveza. Si no tienes dinero, yo te compro el pasaje, habla con Aleida, te esperamos.
Nunca fui
Un miércoles, 14 de septiembre de 2016, Juan Carlos Flores se suicidó. Lo encontraron ahorcado, colgado en el balcón de su apartamento de Alamar. Dos días después, fue despedido por un grupo de amigos que llevaron sus cenizas y las depositaron en La playita de los rusos de Alamar. El pintor Carlos Rafael Vega, extrañamente, prefirió no leer la transcripción de sus anécdotas y recuerdos. Dijo simplemente: confiar.
Mira, hazte cuenta de que tú tropezaste casualmente con esta historia, y hazla tuya. Yo lo veo después, no te preocupes. No me la mandes. Ojalá que más personas se interesen en leerla. Juan Carlos dejó una obra magnífica. Trata de meter varios poemas. Yo voy a seguir pintando. Ojalá él pudiera regresar…
Ojalá pudieran. En la Playita de los rusos también fueron esparcidas las cenizas de mi hermana. A Alamar siempre tengo que volver.
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