Pablo De Cuba Soria: La biografía total de Lezama Lima

Autores | 17 de febrero de 2026
©Portada de ‘José Lezama Lima: Una biografía’ en Pre-textos

Iniciado con Plutarco y a modo de estatuaria moral, donde la vida funcionaba como ejemplo de virtud para la instrucción de la polis, el género biográfico ha recorrido un largo camino de profanación y refinamiento. Pasó por el realismo minucioso de James Boswell, quien en el siglo XVIII entendió que la verdad de un hombre (Samuel Johnson) proviene de sus excentricidades y de la fidelidad de su conversación cotidiana, alejándose de las grandes gestas. Más tarde, la “nueva biografía” de Lytton Strachey rompió con el respeto victoriano para explorar irónicamente aspectos psicológicos, recordándonos que todo ídolo tiene pies de barro.

A este linaje habría que sumar la biografía psicológica de entreguerras, donde Emil Ludwig y Stefan Zweig transformaron el archivo en drama. El primero mediante el retrato fisonómico que buscaba el motor interno del genio; el segundo, a través de la miniatura biográfica, convirtiendo el destino individual en una tensión espiritual de aliento novelesco. Y finalmente, con la “biografía total” del siglo XX, la de Richard Ellmann con Joyce y George Painter con Proust, el género alcanza su madurez como herramienta de exégesis. Para ambos biógrafos, la vida —lejos de limitarse a explicar la obra— deviene el borrador necesario de una ficción que la trasciende.

Escribir la biografía de un escritor que “apenas” se movió de su casa en la calle Trocadero resulta una aventura digna de un catálogo del nomadismo investigativo. “Etrusco” habanero, José Lezama Lima carece del dinamismo de un Hemingway o la errancia de un Bruce Chatwin, a quien Nicholas Shakespeare biografió persiguiendo las huellas de un fabulista inasible por medio mundo. A priori, el poeta de Enemigo rumor resulta “poco” biografiable. La de él es una “épica” estática; de hecho, su ruta de vida constituye sobre todo una densa geografía mental. Por ello, la aparición de José Lezama Lima: Una biografía (Años de formación, 1910-1939) (Pre-Textos, 2025) de Ernesto Hernández Busto trasciende el minucioso inventario de archivos olvidados o poco conocidos —labor que ejecuta con exhaustividad casi devocional— para proponer un artefacto literario que justamente eleva la figura del poeta de Dador a la plenitud de la biografía total. Durante décadas, la figura de Lezama ha sufrido una canonización por asfixia, ocultando a veces al hombre de carne, asma y contradicciones bajo el pesado manto del mito. Hernández Busto opera con una voluntad decidida de desmitificar respetando la esencia, humanizando al genio sin restarle un ápice de su magnitud.

Esta apuesta de escritura biográfica sitúa la obra en un umbral donde el qué (las peripecias del sujeto) resulta indivisible del cómo (la autoconciencia del biógrafo sobre su propio método). Hernández Busto entiende que el objetivo no es solo acumular datos, sino reconstruir lo que Reiner Stach —en su monumental Kafka— denomina el “espacio de experiencia”; esto es, un simulacro de la conciencia donde el lector habita el ecosistema sensorial del biografiado. En el libro que nos ocupa, el acto de investigar es ya un acto de exégesis en sí mismo; la manera de entender la biografía —sistema de vasos comunicantes entre el archivo, la imagen y la memoria— importa tanto como los hechos narrados, pues en esa arquitectura se revela la verdadera sombradel biografiado. Para lograrlo, el autor despliega un minucioso trabajo de archivo que no se limita a la mera consulta de fuentes secundarias, sino que se sumerge en una “arqueología de papel” capaz de rescatar cartas familiares, expedientes académicos y documentos notariales que habían permanecido fuera del alcance de la crítica.

En este volumen —primero de tres— está implícito que biografiar exige un desplazamiento hacia la ontología del objeto. Si la tradición clásica buscaba la virtud y la moderna la psicología, esta obra busca cómo una vida se organiza para resistir al tiempo a través de la imagen, tan cara al propio autor de Paradiso. Los accidentes vitales dejan de ser meras crónicas para convertirse en un estudio sobre cómo el lenguaje y la memoria familiar construyen una realidad paralela a la historia oficial. José Lezama Lima: Una biografía se inserta en la tradición a modo de ensamblaje arqueológico. Tanto como narrar, en estas páginas se excava en la geología de los objetos para hallar la forma de una vida. Este rigor se manifiesta en el examen casi microscópico de la papelería privada y los registros institucionales, permitiendo que el biógrafo no sucumba ante los cantos de sirena de la suposición estética, de ahí que elija la evidencia del documento.

Si Boswell anotaba la voz, Hernández Busto anota el “zumbido” de los fantasmas familiares. Su método se sitúa en la intersección de la “biografía de claves” de Painter —donde cada tía y cada sirviente prefigura un plano de la novela futura— y la inmersión fenomenológica de Stach, que busca el pulso clínico del sujeto. El escritor entiende que biografiar a Lezama requiere una “erudición voluptuosa”, capaz de rastrear desde la raíz vasca del apellido hasta una torre cuadrada en Vizcaya para explicar la “gravedad bilbaína” que sostiene la arquitectura de su prosa. Aparece la biografía concebida como una teogonía doméstica, donde el biógrafo actúa como el guardián de una compleja arquitectura escrita que se abre únicamente bajo la luz del análisis crítico.

Sin embargo, la “Introducción” genera un poco de ruido innecesario al funcionar como peaje de disquisiciones críticas, el cual amenaza con diluir al biografiado en el laberinto de sus propias recepciones. Aunque Hernández Busto ofrece un estudio lúcido sobre la estela de Lezama —desde su impacto en la generación de los 80 hasta las tensiones entre la hagiografía de Vitier y el “espíritu negador” de Sánchez Mejías—, el exceso de andamiaje teórico sobre la antimodernidad (Compagnon) y el freudismo resulta tangencial al propósito vital del género. Al convertir este umbral en un campo de batalla intelectual, donde las tres primeras partes funcionarían mejor como ensayo autónomo —la cuarta suficiente para fijar el método—, el autor corre el riesgo de postergar innecesariamente el encuentro con el hombre de carne y hueso, justo en su propio pórtico.  

Una vez superado ese peaje introductorio, el libro encuentra el pulso de la narración y se adentra en lo que realmente importa. El relato se asienta en la arqueología de una estirpe: la de los Lezama fundida con el espíritu separatista de los Lima. Por ello, se rastrean los días en el campamento militar de Columbia, un recinto donde el niño José veía caer la noche con “innegable terror”. Allí mismo se tensa por primera vez “la cuerda del padre”, ese coronel Lezama Rodda cuya figura representa un ensamblaje de mapas, esferas armilares y una voluntad de hierro. La narración cobra un relieve especial en el pasaje del gabinete paterno, esa Wunderkammer de “proyecciones de Mercator” y ajedreces de obsidiana que se erigía ante el niño como un umbral refractario, un reto cuya transgresión constituía el primer “acto de excepción” de su biografía imaginaria.

Por otro lado, asistimos al rescate de la “preconciencia parlante” de Baldomera Mazo, la nodriza de “fealdad notable” y “reciedumbre castellana”, cuya tosquedad mineral Lezama opuso siempre a la fragilidad de su propio pecho. El biógrafo evita eludir los rincones oscuros de la historia nacional: el sable del Coronel brilla en los bailes de Strauss frente a Estrada Palma, pero también se mancha en la represión de la “guerrita del 12”, un recordatorio digno de Strachey de que el mito familiar se construye sobre las fisuras de una República convulsa.

También, se logra capturar la dialéctica entre el rigor castrense del padre —empeñado en curar el asma del hijo mediante “curas de caballo” y baños helados para fortalecer su virilidad— y la protección mística de la madre, Rialta, quien intuía en el ahogo un don, un aprendizaje contra la angustia. Hernández Busto integra con agudeza los detalles clínicos: el uso de los polvos Abisinia Exibar, que al quemarse sumergían al niño en una narcosis de “lentos chisporroteos”, transformando el árbol bronquial en una catedral de ecos. Surge así la génesis del pneuma lezamiano, donde el asma supera la categoría de dolencia física para erigirse en una “preconciencia parlante”.

La muerte del padre en 1919, víctima de la gripe española tras su regreso de Pensacola, se erige como el eje de rotación de toda la obra futura. De ahí que sea un acierto señalar que “la muerte del Coronel se había convertido en una ausencia tan latidora y creciente como la más inmediata e inmaculada presencia”. A partir de este vacío, el joven Lezama comienza su peripatética habanera, un nomadismo de apenas unas manzanas alrededor de su casa.

El capítulo cuarto, “Narciso en Upsalón”, descorre el velo sobre los años de la “inclinación griega”, rastreando la relación con Salvador Gaztelu con una nitidez que desafía el “lamentable ocultar cubano”. Hernández Busto detecta en los paseos por el Malecón una “despreocupada contigüidad” física, revelando lo que llama una “curiosa operación de memoria (¿intencional?) que ha ocultado una de las relaciones homosexuales de Lezama al sobreponerle la muy conocida —y casta— amistad con el presbítero Ángel”. Estas páginas se adentran en el “falansterio ambulante” donde la amistad “vive de riesgos, se alimenta de dificultades y expectativas”, permitiendo que Lezama defina su erótica como un apetito de conocimiento en medio de un ambiente hostil donde, según recuerda Luis Ortega, “todo poeta era maricón en tanto no se demostrara lo contrario”.

El libro nos sitúa también en la primavera de 1930, cuando un Lorca “graciosamente andaluz” llega a La Habana. Hernández Busto reconstruye ese contacto evitando el dato frío para presentarlo como un choque de fluidos. Lorca encarna para Lezama el “Orfeo que pasea por lo infernal instantáneo”. En este caldo de cultivo, entre el Prado y la calle Trocadero, nace Muerte de Narciso (1937). Aquí, lo biográfico se funde con la exégesis alquímica; el estanque de Narciso constituye un “continuo acuático” donde Lezama elige la sublimación frente a la grosería de un medio hostil que identificaba poesía con homosexualismo.

Hernández Busto despliega su habilidad al retratar la sociedad cubana de mediados de los 30. La figura de Arístides Fernández, el pintor muerto prematuramente, le sirve para explicar la “tradición por futuridad”, ese culto al ausente que Lezama erigió frente al pesimismo de una nación “ida a bolina”. Esta muerte temprana le permite rastrear cómo Lezama transmuta la frustración de la época en una intensidad intuitiva, donde el malogrado no es un saldo cronológico, sino una fermentación que se eleva sobre el Cronos nacional. En las páginas de la revista Grafos, entre anuncios de make-up y crónicas de sociedad, Lezama empieza a “potenciar los sentidos por la conciencia vigilante”, encontrando en el reverso de lo cotidiano el asidero para una futura fijeza.

El volumen cierra con el capítulo “Hotel Vedado”, el relato de la estancia de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí en La Habana entre 1936 y 1939. Hernández Busto acierta al capturar este encuentro como una verdadera filiación espiritual, desde la que el “andaluz universal” reconoce en el joven Lezama a un aristócrata del espíritu, otorgándole una suerte de legitimidad que cristalizaría en el célebre “Coloquio con Juan Ramón Jiménez”. Para Lezama, Juan Ramón representa la fijeza de la Obra frente a la dispersión del medio; esto es, el espejo donde el joven poeta descubre que la poesía requiere una “ética del rigor” tan severa como la disciplina militar de su propio padre. Reconstruida desde un pulso narrativo donde confluyen armónicamente la anécdota y la influencia estética, esta relación marca el fin de la formación y el inicio de la madurez de un fascinado sistema poético.

Richard Ellmann solía decir que la tarea del biógrafo es demostrar cómo el “detrito de la existencia” —las facturas sin pagar, los miedos nocturnos, las conversaciones de café— acaba transmutándose en el “sacramento del arte”. Así, el biógrafo actúa cual intruso necesario que recibe el permiso póstumo de registrar los cajones del alma para encontrar allí la clave de una genialidad que el propio autor a veces ignoraba. Hernández Busto parece haber trabajado con esa misma licencia. José Lezama Lima: Una biografía logra resucitar el “latido de la ausencia”. Nos entrega a un Lezama que encarna simultáneamente al abogado carente de recursos y al arquitecto de una Teleología Insular. En estas páginas, biografiar a Lezama significa cartografiar un sistema de ecos donde el sable del coronel y las noches del asmático integran un mismo ensamblaje sagrado. Quedamos a la espera del segundo volumen, para seguir el rastro del “etrusco” que, “sin salir” de su entorno físico inmediato, consiguió que el mundo entero cupiera entre las paredes de su casa.