Amaury Pacheco: Juan Carlos Flores y el territorio de Alamar / La circularidad como resistencia

Durante años vi a Juan Carlos Flores trazar el mismo recorrido por Alamar: desde su casa al Agro, del Agro a La Oshundina en la zona 1, donde compraba dulces, luego a la casa de Carlos Vega, después a los kioscos y finalmente a nuestra casa, en la zona 9. Siempre los mismos puntos, siempre el mismo orden. Como un animal marcando territorio, pero también como alguien que busca algo en la repetición.
Esa obsesión por volver sobre lo mismo no era accidental. Está en el centro de su poética. En Distintos modos de cavar un túnel escribió: «Mirar, oír 1, 2, 3 veces: percibiendo en cada ocasión algo distinto». La repetición no como inercia, sino como método de excavación perceptiva. Cada vuelta al mismo lugar, cada relectura del mismo poema, revelaba una capa nueva.
En Los pájaros escritos, esa circularidad se vuelve más siniestra, casi delirante. El final de «El canto del girasol» insiste hasta quebrarse:
Temblando está tu nombre en un papel.
Bajo el labial del foco.
Pero no tengo la hoz en la mano.
Bajo el labial del foco.
Pero no tengo la hoz en la mano.
Bajo el labial del foco.
Y se rayó.
Ese «se rayó» —como un disco que salta, como una mente que tropieza con su propio pensamiento— es la circularidad llevada al límite. Ya no es contemplación: es atrapamiento. El círculo se convierte en jaula, en disco rayado, en mariposa, quemándose contra la luz.
Pero cuando lo veías caminar, entendías que esos círculos eran también una forma de sobrevivir. Juan Carlos drenaba sus pensamientos a través del cuerpo en movimiento. Las voces que lo acosaban en casa se disipaban contra el paisaje de Alamar: los edificios grises, los árboles polvorientos, la gente escasa bajo el sol del mediodía. Caminar era su manera de parar, de hablar en su cabeza.
No era solo una estrategia literaria. Era una circularidad vital: habitar el territorio escribiéndolo con los pies, perforarlo no solo desde el texto, sino desde el paso repetido, día tras día, hasta convertir Alamar en un poema hecho de polvo y luz y distancia medida en cuerpo cansado.
He pensado mucho en esa diferencia entre el círculo que atrapa y el círculo que salva. En Juan Carlos Flores ambos coexistían. La misma repetición que en «El canto del girasol» termina en cortocircuito («Y se rayó»), en sus caminatas se convertía en ritual de sedación, en verdadero reposo para el cuerpo.
Quizás eso es lo que él nos enseñó: que girar en el mismo sitio puede ser tanto locura como resistencia. Que la circularidad, cuando se vive con conciencia, cuando se camina con atención, se convierte en espiral descendente —no hacia la destrucción, sino hacia el hueso de las cosas, hacia lo que permanece cuando todo lo demás se ha derrumbado.
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