Nansen Tápanes: 4 veces 7

Autores | 24 de marzo de 2026
©Alcides / RRSS

Hay una antigua idea –medio esotérica, medio hermética– según la cual la vida humana avanza en ciclos de siete años. Cada siete años, se dice, ocurren eventos que transforman la vida de forma radical. En un contexto más amplio: los siete días de la Creación, los siete pecados capitales, los siete años de abundancia y los siete de escasez, las siete edades del hombre, los siete días de la semana, y hasta la forma en que las enfermedades evolucionan. Siete, parece ser a nivel humano y cósmico, el nombre de una paciencia, corta o larga.

Si los ciclos existen no son mágicos: son ritmos. Ritmos de maduración: de fuego y de palabra. Lo cierto es que en cada tramo vital algo se agosta y muere. Algo nuevo irrumpe en el momento en que una forma se vuelve excesivamente rígida. No es una mejora lineal, es poda. Cambio de hojas, o de piel, como en la antigua metáfora de la serpiente hermética. No sé si creer en semejante “numerología”; aunque por su poder seductor –su élan poético– tampoco la descarto. Tal vez, con cierta ironía –o pedantería– me gusta pensar que mi biografía respira así.

A los siete años, envuelto en el divorcio de mis padres, tuve una visión de fuego: una circunferencia de llamas. Fue en la mañana, y lo recuerdo exactamente porque nos estábamos mudando de casa y ese día coincidió con una visita de mi padre. A los catorce años sufrí un gravísimo accidente: me quemé totalmente de la cintura hacia abajo. Ahí el fuego volvió, pero como elemento devorador y no precisamente como metáfora; y, por cierto, todavía  busco que parte de mí fue purificada… A los veintiuno comencé a organizar unos poemas sueltos que conformarían un libro. No fue un proyecto planificado; fue una acumulación lenta de poemas, de preguntas y soledades mal resueltas. A los veintiocho, por mediación del ensayista y crítico Leonardo Acosta, le llevé ese libro a Rafael Alcides para que me lo revisara y me diera su opinión.

Incluso en el nacimiento de mi hija, en su enfermedad –y en nuestro posterior viaje y asentamiento en Uruguay cuando en Cuba se cerraron todos los caminos a la vida– y su paulatino y delicado proceso de sanación, he encontrado estos ritmos septenarios. Puede ser casual. Alguien puede pensar que las cifras se acomodan si las forzamos un poco. Aunque también lo es, que el tiempo no comienza el día en que nacemos. En el útero materno el feto ya es tiempo gravitante, acumulado. Si cuento desde allí, las cifras ajustan con una precisión inquietante. Como sea, lo que ocurrió a mis veintiocho años –4 veces 7– no pertenece menos a la numerología que a la experiencia vital, y es lo que aquí cuento.

Conocí a Alcides en 1997, en lo que quedaba del llamado Periodo Especial. Un Alcides que ya había transitado del entusiasmo revolucionario a la crítica y al aislamiento. Lo visité en una mañana de sábado, previa conversación telefónica con él, en su pequeño departamento en Nuevo Vedado –en realidad, creo, era un garaje del edificio transformado en apartamento–.

Ahí, en un ambiente minúsculo pero acogedor vivía con su esposa Regina Coyula. La entrada de cristales, muy hermosa, llena de plantas y flores que parecían cuidadas con esmero. Si mal no recuerdo, fue el propio Alcides, con su abierta sonrisa, quien me recibió ese sábado. Otros han contado sobre el interior de su apartamento, de la magia de ese lugar, de sus muebles sencillos y cuadros en las paredes, pero yo apenas recuerdo esto. Supongo que por timidez apenas me atreví a mirar con detenimiento. Después de las presentaciones formales y necesarias pasamos a una pieza, mínima, detrás de la sala de la casa; pieza que, según me pareció, funcionaba como su estudio de trabajo. Nada allí parecía grandilocuente, pero ahí uno intuía una mirada vasta. Conversamos un rato de temas diversos, y yo, realmente, más que escuchar lo que decía, sentía su voz cálida, potente y grave, llenando el espacio en que estábamos sentados los dos, pequeña mesa mediante, como elemento separador. Mesa con bolígrafos, hojas en blanco, espejuelos, y varios libros.

¿Su voz…? Creo que quien lo escuchó hablar no la olvida. Voz de barítono. Voz con peso propio y como salida de una vieja película. La voz de Alcides llegaba, tocaba en lo profundo y conmovía. Cuando se hablaba con él, las palabras parecían no flotar sino caer por su peso y gravedad. Imagino, no necesitaría jamás alzar esa voz para imponerse ante un auditorio, ante un amigo, ante una mujer, ante un enemigo que, supongo, también los tuvo dada su posición política, dado su “insilio” interior y silencio crítico que, en él, comenzó bien temprano –1968– con la invasión de los tanques soviéticos a Checoslovaquia. Este insilio no hace más que profundizarse en el tiempo, hasta que en 2014, renuncia de manera absoluta y contundente a su membrecía en la UNEAC.

Alrededor de quince días después volví a visitarlo con algo de ansiedad. Eran ya quince días en los que uno imagina juicios formales, alguna corrección, quizás alguna severidad dicha con elegancia. Esa vez, “casualmente”, me encontré con el hermano de Regina que había trabajado con mi padre en el Centro de Investigaciones Pesqueras (CIP). Conversamos un rato sobre mi padre, lo que él recordaba. De pronto, el encuentro “literario” se volvió también familiar, casi doméstico. Ese detalle lateral también dice algo. La literatura, la escritura, o como quiera llamársele, no ocurren en el vacío. Están atravesadas por redes de invisibles coincidencias, por la trama concreta, a veces luminosa y a veces sórdida, de las ciudades. Creo que la Habana, por su condición geográfica y cultural es así: pequeña y vasta a un tiempo. Vidas y generaciones que se tocan y se superponen sin estridencia. 

Ese día Alcides me devolvió el libro con una breve nota escrita con lápiz y pegada en la parte superior derecha de la primera página. Era una valoración en solo cuatro o cinco frases breves. No hablaba de los poemas: ni metáforas o adjetivos sobrantes, ni sintaxis, imágenes o ritmo. De alguna manera esas frases no diseccionaron los versos: me diseccionaron a mí. Hablaba de una dirección humana. No era un comentario académico, era una lectura que atravesaba, como su voz. Como si los versos hubieran sido, apenas, una rendija por donde se filtraba y él había intuido una respiración –¿la mía?– más profunda. Recuerdo que me dijo algo como que la virtud del libro se encontraba en que yo estaba dentro de él: transparente, cristalino: yo, ¡no el libro! Debo reconocer que aquello me produjo vértigo. Era como si Alcides me hubiera visto a fondo; inclusive, más allá de cualquier agua encrespada o pequeña ola en la superficie.

Ahí entendí, además, algo que no tiene que ver con la crítica literaria y sí con la naturaleza misma de la poesía. El poeta verdadero –Alcides– no trabaja solamente con, o sobre las palabras: trabaja con las presencias reveladas en esas palabras. Lee las líneas, pero también escucha el temblor que las sostiene, la coherencia interior, la dirección, el hilo secreto que organiza una vida. Aunque la técnica exista, intuye, atraviesa el objeto hasta su centro. Percibe la tensión interior que organiza la forma. Adivina la dirección –¿del alma?– incluso, cuando el autor todavía no la conoce. Tal vez por eso, a veces, la poesía suele incomodarnos: porque revela. Y ser revelado produce vértigo.

Y quizás también, por eso, los poetas terminan siendo incómodos en los sistemas cerrados –¡ay, Platón¡–. Porque quien puede ver más allá de la superficie de las palabras, termina, si es completamente sincero, viendo también las fisuras y grietas del Poder y su discurso monológico y fonocéntrico. Cuando ha muerto el entusiasmo y solo queda la lucidez, la mirada que atraviesa un poema es la que puede atravesar una ideología. Y eso, tantas veces, suele pagarse caro.

Ese día también me mostró un pequeño armario de madera oscura que estaba detrás de él. Ahí, me dijo, tenía varias novelas escritas y aún por publicar. Me preguntó, más bien me lanzó la idea de escribir una novela sobre mi generación. Le dije que no tenía ni idea de situaciones novelísticas y su resolución, diseño de personajes principales y secundarios, pulso narrativo. No sabría –le dije– cómo meter una –mi generación– en 200 páginas. Me dijo textualmente: “solo tienes que hablar de ti y ahí está la generación…, pero hablar de ti, no como exhibición, sino como responsabilidad”. Hablar de uno mismo no es exhibirse, es exponerse desde el rigor de la literatura. Asumir que la materia prima con la que trabajamos no está en la invención externa, sino en la experiencia vivida y rehecha desde la memoria. Aún hoy, si bien nunca me ha interesado escribir una novela o cualquier tipo de narrativa, me acompaña esa frase en su profunda ética existencial.

Eso que me dijo Alcides solo pude entenderlo años más tarde cuando vi Nadie (2017), el  documental-entrevista que le dedica el cineasta Miguel Coyula. En ese hermoso documento visual Alcides dice: “[…] lo que yo he contado no es mi historia de la Revolución. He contado la historia de todos, porque en la calle cuando hablo con la gente todo el mundo piensa exactamente igual… este nadie es todos. Se ha contado la historia de todos…” (el subrayado es mío).    

Por conocidos, en los datos biográficos de Alcides no vamos a detenernos. Solo decir que su obra, como la de cualquier otro escritor, no siempre fue la misma. Perteneció a la, para mí, muy lineal y plana Generación de los 50. Con esa maleta, más que bagaje, llegó a los 60 “revolucionarios”, años del “conversacionalismo” –tantas veces ramplón–; años del compromiso revolucionario, de tensiones epocales, de un clima ideológico saturado, “rosso profundo”. Por indicación de un amigo, poeta y crítico literario, leí esos libros con respeto y disciplina, como un momento de la poesía en Cuba que era necesario comprender, porque también explicaba el clima social.

Si bien no era el tipo de poesía que me interesaba, siempre me gustó su lirismo cotidiano, irreverente y hasta zafio, pero tierno en el fondo; su lirismo abierto, humano, vallejiano lirismo de hombre agradecido: hombre que ha sufrido y sigue comprometido con lo vital. Recuerdo que con este amigo bromeaba siempre con aquello del dedo gordo de la pata, aludiendo a su precioso poema, “Discurso al pie de tu dedo gordo”.  

Con los años su poesía se fue despojando. Desde Agradecido como un perro (1983), Y se mueren y vuelven y se mueren (1988), Noche en el recuerdo (1989), Nadie (1993) hasta Conversaciones con Dios (2014), la voz poética va desplazándose hacia una zona desnuda más metafísica y sostenida por cuestiones esenciales. Una voz que progresa en limpidez, pero también en desengaño, ironía y lucidez dolorosa: voz enfrentada al silencio y a preguntas que tocan una fibra oculta de la condición humana. No es absurdo pensar que la exclusión afine la percepción; que quien ha perdido certezas sociales y vitales aprenda a mirar con más precisión lo esencial.

Es significativo que uno de estos títulos tenga por nombre Nadie. Y que el otro proponga conversar con Dios, que, bien mirado, pudiera ser otra forma de hablar en el vacío, es decir,  conversar con nadie. ¿Cómo no pensar en aquella profunda tradición española de tono llano, donde lo espiritual pasa por el “clavo ardiente de la realidad”, o donde Dios está en lo más cercano, en los pucheros de la cocina, que decía algún místico? Por eso muchos lectores han sentido que Conversaciones… tiene esa vibración que lo acerca al espíritu de la mística, pero sin el arrebato extático que los levanta de la tierra. Alcides no responde a lo que Rilke llamó la “llamada gigante”, para referirse a Dios en las Elegías de Duino. En él, en Nadie, el tono es otro: introspectivo y terrestre; de conversación baja y a veces hasta de suave reproche.

Por caminos distintos muchos poetas terminan rondando los predios de esa desnudez y ese silencio, y no es casual. Esa reducción, callarse y hacer silencio, es también metáfora de la noche de los místicos: la noche como vacío necesario donde la palabra se retira para que la vida y la experiencia se desplieguen plenamente. Por demás, remite a la mística cabalista donde el elemento divino se auto-excluye para que el mundo exista en su ambivalencia. Lo paradójico es que esta retirada –que es la propia Creación– es al mismo tiempo caída y rotura. En forma similar el poeta se despoja, se vacía, para que la palabra y la experiencia cobren su propio lugar. Otra tradición metafísica, el budismo Mahayana, lo dice con la precisión de un koan: vacío es forma y forma es vacío.  

Si revisamos la tradición poética de la modernidad, esta palabra que se retrae tiene un franco comienzo con Stephane Mallarmé, quien concibió el poema como un espacio de sugerencia más que de explicación: un vacío donde la experiencia del lector completa lo que la palabra no dice. No es casual entonces que, por caminos distintos, muchos grandes poetas hayan terminado en el silencio o en un despojamiento radical de la palabra y el lenguaje en el que la obra es casi un “esqueleto de luz”. 

En la tradición hispanoamericana –la que aquí nos interesa por razones obvias– es quizá Juan Ramón Jiménez en sus últimos años en Puerto Rico, sentado en silencio total ante una pared blanca, encalada, quien sea el ejemplo absoluto de esto. También, Antonio Machado, quien reduce su lenguaje a la sobriedad meditativa y muere en la frontera con Francia mientras huye de los nazis. José Ángel Valente sería otro ejemplo, tan cerca de la rumia cabalística, quien no calla pero escribe como quien estuviera cerca de callar. O Rafael Cadenas, donde la palabra se retira no por agotamiento y sí por exigencia: menos decir, menos mostrar, pero más responsabilidad. De formas diferentes, esta es la presión constante que ejerce lo indecible sobre el poeta y las palabras… No es fracaso. No es pobreza. Es reducción; o tal vez, lo que vino después de la riqueza verbal y el exceso. Con los años he llegado a pensar que desde un lugar similar –desde esa intemperie asumida– me habló Alcides aquella mañana. 

Mi libro de poemas nació de esos ciclos de los que arriba hablé, y de mis propias visiones y sueños nocturnos. Cada poema era un intento de dar forma a lo que no podía controlar: el fuego, material o simbólico; la memoria, la sombra, el deseo y la contemplación; la soledad y la necesidad de compañía en un eros vinculado al mar, a la disolución y a la muerte. Y más allá de todo: el advenimiento de la luz y el nacimiento de la forma.  

Finalmente, con la revisión de Alcides, envié el libro al concurso Pinos Nuevos. Mientras esperaba el resultado sentí ansiedad, no por el reconocimiento público o la publicación, sino por la validación. El libro quedó entre los tres finalistas pero no fue publicado. Cuando lo supe esa ansiedad desapareció casi de inmediato.  

Al final –me enteré por un amigo jurado en otra categoría– que mi libro fue casi objeto de una partida de ajedrez, donde unos sacrifican un caballo y otros un alfil para lograr cierto equilibrio, y así salvar una pieza más “importante”. Pudo haber ganado, pero no ganó. Y sin embargo, algo se resolvió en mí. Comprendí que lo importante no era la publicación, sino lo que ese libro había condensado: siete años de escritura o, tal vez, veintiocho años de vida. Lo guardé. Lo traje conmigo a Uruguay, impreso en hojas que el tiempo volvió amarillas. Tengo, además, una copia en mi computadora. El libro quedó atrás, pero conmigo quedó la ganancia. Dejarlo “ahí” no fue una renuncia dramática o fracaso. Fue ciclo cerrado y, tal vez, una serenidad nueva. Con esos poemas me ocurre algo similar a lo que se cuenta de aquel poeta simbolista inglés que escribía y después se fumaba los poemas en forma de cigarrillos. Cuando le preguntaban por qué convertía sus poemas en humo, respondía: lo importante es que fueron escritos.

Como fuera, creo que en ese jurado literario hubo “justicia poética”. Uno de los libros ganadores, contra el que directamente competí, pude leerlo cuando fue publicado en la Colección Pinos Nuevos. No era malo y, sinceramente, pienso que estaba más logrado que el mío. El poeta, joven en su momento –y ya no tan joven– se ha mantenido fiel a la poesía y publicando libros con empeño y regularidad. Y yo, simbólicamente, me sigo fumando los poemas que, en algún que otro momento de aburrimiento, sigo escribiendo.     

Años después comprendí que lo importante de este grupo de poemas no era su novedad ni su mérito literario. Hoy los leo y los veo bastante carente de ambos. Es decir: no era el logro poético en sí, la profundidad o despliegue de sus metáforas e imágenes. Lo que realmente contó, creo, fue el trabajo que hice posteriormente, poema a poema, verso a verso, intentando explorar lo que, o quién, quizás –y esto era una hipótesis absoluta–, estaba escribiendo detrás de mí. De este modo leí cada poema como un deslumbramiento, una chispa de consciencia mítica o arquetípica que emergía desde la tierra, desde el polvo, y que buscaba la luz, recordando aquel verso de Antonio Machado, “hacia la luz y hacia la vida otro milagro de la primavera”.

Creo que ese fue el verdadero aprendizaje del libro: escribir no para ocupar un lugar, sino para atravesar una etapa. Escribir para comprender y no para ser leído. Descubrir que la poesía podía llevarme y reflejar  –¿eso fue lo que vio Alcides?– una consciencia que no nos pertenece del todo; una conciencia, de las palabras y de ciertas situaciones y experiencias vitales, que existían en algún lugar más allá de nuestra intención consciente de escribir. Y, por supuesto, el intenso trabajo de la memoria.

Para orientarme a posteriori en la lectura de mis propios poemas, me acompañó un libro clásico del Instituto Warburg, Los misterios paganos del Renacimiento, del historiador de arte alemán especializado en iconología del Renacimiento, Edgard Wind. Especialmente, el ensayo sobre el cuadro de Sandro Botticelli, El Nacimiento de Venus. Esa sección del libro –como sugiere la lectura iniciática, neoplatónica y hermética de Botticelli– no solo habla del nacimiento de la imagen, habla del recorrido desde la naturaleza hacia la conciencia humana como proceso iniciático: del nacimiento del espíritu y de la belleza divina desde el agua, desde el caos primordial. De la luz que emerge desde las sombras, como en la creación del mundo en manos del Demiurgo. De esta forma comprendí muchos de mis poemas, más que como piezas logradas o con alguna originalidad: como pequeñas emergencias de esa luz, que había ido trazando a lo largo de varios años, sin comprender del todo.

Pongo como ejemplo el primer poema del libro. Sé que no es un gran poema. Sé que en él no hay, quizás, mucha originalidad. En él se habla de un niño –yo– y un ritual dominical, donde, desde una caja de juguetes –muchos de ellos rotos– intentaba armar otros juguetes. Esta es la circunstancia puntual y vital del poema:

Yo era niño

y cada domingo
intentaba reconstruir
mis juguetes.

Solo quería armar
mis sueños
como suavemente
se armaba
la mañana.

Yo era niño

y no veía como ahora
los juguetes rotos
colgando de la noche.

La apertura directa en pasado, coloca al lector –yo– en la memoria. Lo que entendí después al releerlo, no al escribirlo, fue otra cosa: ese niño con su gesto repetido –del domingo, primer día de la semana después del descanso del sábado– cumplía una función que lo excedía. Era como un pequeño Demiurgo que hacía lo mismo que Dios: armar el caos, tomar lo roto y disperso, rehacer la creación para el próximo ciclo de 7 días. Todo un ritual de reintegración si pensamos en Orígenes y su herética idea de apocatástasis o restauración final de todas las cosas a su estado primigenio después de la caída, de la rotura.

Ahí, quien miraba esa creación rota –los juguetes en el cajón y desparramados por el suelo– era el niño, quien, además, era el que escribía el poema años después… pero también cabía la posibilidad que esa mirada curiosa y acción fuera la del propio Demiurgo. Cada escritura cuando surge de un lugar real, necesario, –no hablo de calidad– tiene algo de ese Demiurgo que observa y rehace la Creación con los materiales imperfectos que tiene a mano. Esa imagen final que habla de la pérdida de inocencia y de un adulto que ve los juguetes rotos colgando de la noche todavía me parece poderosa. Ahí se ven las grietas del mundo, la imposibilidad de recomponerlo todo.

Recuerdo que Leonardo Acosta, uno de los lectores del libro, me dijo que esa imagen le evocaba la obra de Marc Chagall, donde las figuras, suspendidas entre lo real y lo onírico, a menudo parecen flotar en un cielo nocturno y vacío en el que la gravedad ha cedido al impulso del sueño. No es literal, pero esa sensación de ingravidez, de objetos que flotan en el espacio interestelar refuerza lo que, precisamente, yo había sentido al escribir esos versos: que la poesía puede crear un espacio de suspensión donde lo cotidiano se vuelve trascendente; un espacio donde, por demás, la infancia y la conciencia adulta pueden dialogar en silencio. Y por esa posible inmersión de la conciencia del niño en “lo mítico”, llegarse a ese lugar “otro”.

En un sentido similar lo decía Lezama, cuando escribía que la cantidad y calidad de “oscuridad creadora” que hay en un adulto están determinadas por su trato infantil con los juguetes. En otras palabras: el niño, en su juego, crea un sistema de relaciones que el adulto, más tarde, intenta reconstruir desde la memoria y la imagen. Tampoco está de más recordar la “ola de sueños” que tuve en esos siete años, es decir, entre mis 21 y mis 28. Y uno en particular: aquel donde unas misteriosas figuras femeninas parecían colgar ingrávidas en un palacio espejeante en medio de la noche. Muchos años después encontré la metáfora del “mundo imaginal” o intermedio en los estudios del islamólogo Henry Corbin sobre el sufismo y la mística islámica. 

Vuelvo a mi visita a casa de Alcides. A veces he pensado que aquellas líneas escritas a lápiz, que con el tiempo fueron borrándose hasta que las perdí entre mis papeles y libros, fueron más importantes que cualquier reseña que se le hubiera hecho al libro en caso de haber sido publicado. Y esto, porque no validaba mi escritura o mi capacidad de escribir: validaba mi dirección vital. Me decía, sin decirlo con claridad, que había una verdad que intentaba abrirse paso en mí –a través de mí e inclusive pese a mí–; y que, aunque yo no supiera nombrarla, esa verdad ya estaba de alguna forma operando en los poemas.

Algo más comprendí con los años y la experiencia vital acumulada: que ese sobresalto mío era una forma de gratitud mal digerida. Porque, que alguien te vea más allá de la apariencia exterior es, en el fondo, un acto de respeto radical por “el otro”. Supone tomarse en serio lo que late más allá de las palabras. Supone creer que allí hay algo digno de ser mirado. Y esto, para mí, es toda una ética vital del que mira.

Ser visto de ese modo pudiera parecer inquietante. Pero, al mismo tiempo, no deja de ser una silenciosa invitación. Una invitación a estar a la altura de lo que la mirada de un “otro” ha intuido en uno. A no traicionar esa dirección. A escribir –y sobre todo vivir– con mayor conciencia. Ese es el don, al mismo tiempo responsabilidad, de la mirada poética: revelar sin violentar, señalar sin invadir, reconocer sin poseer.

Quizás por eso, cada vez que recuerdo aquella pequeña casa y esa nota mínima escrita por Alcides siento un estremecimiento. No fue solo un encuentro literario. Fue el momento en que intuí lo que años después entendería: que la poesía –y la literatura en general–, no es únicamente un arte de palabras, sino una forma de ver y estar en el mundo… y esto, aliado siempre al trabajo inclemente de la memoria. Y que cuando alguien nos ve de verdad, algo en nosotros queda ya irrevocablemente expuesto. Y también –si somos honestos– irrevocablemente llamados.

Los ciclos de 7 años no son mágicos y, de existir, dejan su huella en silencio. Lo que vamos escribiendo mientras pasan los años persiste más allá de la intención cuando la palabra es convocada por la memoria. A los 7 vi el fuego. A los 14 lo padecí. A los 21 comencé a escribirlo, a ponerlo en palabras. A los 28 lo puse en una mesa ajena, lo que significó aprender a soltarlo. Lo demás –publicación, reconocimiento, circulación– pertenece a un mundo exterior que no podemos controlar.

El fuego y la palabra, los libros y los versos, los juguetes rotos y el desapego, pertenecen a otro ritmo. Un ritmo donde lo mítico y cotidiano se cruzan, y donde, a fin de cuentas, todo parece perder su cifra gravitatoria para encontrar su peso y justo lugar. Y allí, en esa suspensión, quisiera creer que habita algún tipo de serenidad.