William Navarrete: Entrevista a Guido Batista Cifuentes / ‘Me gusta pensar que provengo del contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar’

Conocí a Guido Batista Cifuentes gracias a su hermano Fernando, a quien debía entrevistar primero. Como Fernando viajaba a Nueva York y no teníamos tiempo para extendernos en un intercambio de este tipo, me sugirió que me encontrase con Guido, quien vino entonces desde Aravaca, donde vive, en las afueras de Madrid, para asistir a nuestro primer encuentro, que tuvo lugar en la glorieta de Bilbao.
Había conocido a finales de la década de 1990 a su padre, Agustín Batista Falla, quien durante mucho tiempo tuvo una casa en las afueras de París y solía reunirse con un grupo de exiliados cubanos que acogía la periodista y esgrimista cubana América Cisneros de Fissolo, en su propio hogar, una de las altas torres del distrito XV de la capital francesa. También fui muy amigo de su tío Víctor Batista Falla, editor y mecenas de la cultura cubana en el exilio, con quien me reunía cada vez que visitaba Madrid en casa de una amiga en común, la arquitecta cubana Irma Alfonso Rubio. Mejor que sea Guido quien nos cuente de su propia familia y de su vida transcurrida fuera del país en que nació.
―Tanto por tu lado paterno como por el materno desciendes de dos familias que representan la quintaesencia de la economía cubana de otros tiempos. ¿Puedes hablarnos de tus orígenes?
―Me gusta pensar que provengo del “contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar”, esa polaridad entre el ingenio y la vega, tan intrínseca a la identidad cubana por ser generadora de la economía como reflejo de la sociedad, tal como la presentó Fernando Ortiz en un ensayo que todo cubano debiera tomar como guía para reconocerse y reconciliar posibles contradicciones.
Por parte de padre, desciendo de la familia Falla, que es sinónimo de industria azucarera cubana. Mi padre, Agustín Batista Falla, era hijo de Agustín Batista González de Mendoza, abogado de profesión y presidente del Trust Company of Cuba, el primer banco comercial de la Isla, y de María Teresa Falla Bonet, heredera de la Sucesión Falla Gutiérrez, fundada por el cántabro Laureano Falla Gutiérrez, quien, al fallecer en 1929, dejó un enorme legado que incluía varios centrales azucareros (Adelaida, Manuelita, Patria, Andreíta, Cienaguita, Violeta, Santísima Trinidad, Punta Alegra, San Germán, etc.), entre muchas otras empresas. Con respecto a la parte de mi abuelo paterno, descendiente de Antonio González de Mendoza y Mercedes Pedroso, existe cada cinco años en Miami una gran reunión familiar de todas las ramas. La nuestra la coordina Alberto Batista de la Campa, tercer hijo de Laureano.
Por parte de mi madre Celia Cifuentes Bernal, soy bisnieto del asturiano Ramón Cifuentes Llano, alcalde de Ribadesella entre 1914 y 1918, y quien llegó a Cuba con 17 años en 1881. Después de comprar la fábrica fundada por Jaime Partagás en 1854 a la familia de banqueros Bances, la dirigió como Cifuentes, Fernández y Cia. en asociación con Antonio Fernández. En 1914, junto a Francisco Pego Pita, la empresa se convirtió en Cifuentes Pego y Cia., una etapa que la colocó en la cima. Entre 1934 y 1945, Cifuentes, Fernández y Cia. figuró como la primera empresa entre las 110 mayores exportadoras hasta 1945. En esta fecha, mi abuelo Ramón Cifuentes Torriello, su hijo y sus hermanos Rafael y Manuel terminaron dirigiendo la fábrica bajo el nombre de Cifuentes y Cia., como testimonian todavía las vitolas de la marca Partagás, incluso después de haber sido intervenida por el régimen castrista en 1961.
Mi abuela materna, su esposa, fue Celia Bernal Rodríguez, cuyo padre, José María Bernal Obregón, mi otro bisabuelo, provenía de una familia de tradición médica y fue el encargado de la clínica que prestaba servicio completo a los más de 4.000 empleados. Al fallecer muy joven Ramoncito, el único hermano de mi madre, esta quedó como la única heredera de la marca por parte de mi abuelo.
―…Un importante negocio familiar que fue arruinado por la llegada del castrismo y la confiscación de todas las empresas privadas de la Isla…
―Tras la Revolución y la confiscación de la fábrica Partagás, a mi abuelo le ofrecieron inicialmente la dirección del nuevo monopolio estatal del tabaco en Cuba, pero la rechazó.
Como muchos de los empresarios del país, emigró a Estados Unidos, donde, en 1975, consiguió ganar junto con sus hermanos un pleito contra el Gobierno cubano para poder utilizar la marca en ese país a pesar del “bloqueo”. Habiendo aprendido de Pego, según me contó mi abuela, los secretos del campo y la manufactura, se puso al servicio de la General Cigars, propiedad de Edgar Cullman, con quien mantuvo una estrecha amistad de por vida, abriendo la vía para la comercialización de la marca en Estados Unidos, aunque la materia prima ya no vendría de las vegas cubanas, sino de las de la República Dominicana.
Los dos hermanos de mi abuelo regresaron a España en donde se ocuparon de las tareas de despacho, negociaciones, patentes y asuntos administrativos que fueron igual de importantes. Quiere todo esto decir que, si por la parte paterna el azúcar representó la fuente principal de ingreso familiar, por la materna fue el tabaco el dividendo esencial.
―¿Naciste en Cuba o en el exilio?
―Nací en La Habana el 15 de septiembre de 1959 a las 4:45 p.m. También me gusta pensar, coincidencia o no, en el hecho de haber sido concebido nueve meses antes, en enero, que coincide con la entrada triunfal de los barbudos a la capital. No obstante, mi estancia en la Isla fue breve. Tres meses después de mi nacimiento, en diciembre de ese mismo año, casi toda mi familia paterna emigró a Nueva York, donde se instaló en toda la planta alta de unos apartamentos de la 5.ª Avenida del East Side, frente al Metropolitan Museum of Art en Central Park. Como muchos, en aquella coyuntura creían que esa estancia era temporal, a la espera de que los acontecimientos permitieran el retorno a la Isla.
Al desvanecerse toda esperanza de regreso tres años después, los caminos que tomaron mi padre y sus hermanos se diversificaron: Laureano se estableció en Miami, Víctor permaneció en Nueva York, mientras que Julio y María Teresa se mudaron a Suiza. Por nuestra parte, mi padre Agustín vino a Madrid con mi madre, mis tres hermanos Agustín, Fernando y Felipe, y yo, que tenía tres años.
Por otra parte, tras una corta estancia en Miami, Ramón y Celia, mis abuelos maternos, se instalaron en un modesto apartamento en el West Side de Manhattan, Nueva York. Allí fijaron su residencia principal, cerca de la sede de la General Cigars, alternando hasta su jubilación con viajes anuales de supervisión a las plantaciones en el extranjero y con visitas a Madrid para vernos.
―¿Cómo transcurrió tu escolaridad?
―Tanto mis hermanos como yo fuimos matriculados en el colegio privado Santa María de los Rosales, en Madrid, un centro de orientación más laica que confesional. Allí, curiosamente, mi hermano Felipe coincidió con el príncipe Felipe, actual rey Felipe VI, tocayo suyo. El colegio fue creado en 1952 por el duque del Infantado para que en él estudiara el infante Alonso, hermano del rey don Juan Carlos. Allí estudié hasta los 14 años.
Entonces me enviaron a seguir mis estudios en Suiza, al Institut Le Rosey, porque mis padres querían que sus hijos tuviéramos una educación bilingüe en inglés y francés, y que nos preparáramos para una carrera internacional. Era un colegio elitista, que todavía existe, al igual que el Rosales en Madrid, donde estudiaban hijos de presidentes, magnates y miembros de casas reales de todo el mundo. A pesar del privilegio y de la enorme riqueza cultural que suponía, con el tiempo he llegado a pensar ―al menos en mi caso― que, aunque la decisión se tomó con la mejor intención, no fue la más acertada.
A continuación, cursé apenas dos años en la Universidad de Delaware, en Estados Unidos, con la intención de graduarme de Biología marina, mi pasión por aquel entonces, influenciada por los veraneos en barco con mi padre por la costa mediterránea. Como anécdota, te cuento que compró a Cousteau la primera botella de aire comprimido para respirar debajo del agua, el “aqualung” de Cuba.
Mi falta de formación en ciencias unida a una intensa necesidad de sentido y de búsqueda interior, despertó en mí la afición por el dibujo como forma de canalización autodidacta. Finalmente dejé la universidad, aunque no sin antes aprovechar su excelente biblioteca. Regresé a la capital española, donde por mis tendencias artísticas y gracias al desahogo económico, mis padres me proporcionaron mucha libertad. En 1984 realicé la única exposición pública de mi obra en la Sala Minerva del Círculo de Bellas Artes de Madrid, dentro de la segunda muestra del ciclo “Nueva plástica en Madrid”, dedicada a la abstracción. Participé junto a otros cuatro artistas, en plena efervescencia de la Movida, durante los años de la transición democrática.

―Tu tío Víctor Batista Falla fue uno de los pilares de la cultura cubana en el exilio. ¿Tuvo alguna influencia en ti?
―Mucha. Fue una persona muy importante para mí. Además, era mi padrino. Tras mi regreso de Estados Unidos, mi tío Víctor ya residía permanentemente en Madrid (lo hizo desde 1974, cuando dejó Nueva York). Fue el miembro de mi familia con quien más pude compartir mis nuevas experiencias.
Sin duda, aquella cercanía nacía del profundo interés que ambos compartíamos por senderos espirituales alternativos al catolicismo del que proveníamos. Ya Víctor practicaba el yoga y seguía las filosofías tántricas orientales del movimiento Rajneesh de Osho, que por entonces acababa de establecer su comuna utópica en un rancho rural en Oregon, Estados Unidos, adonde viajó en dos ocasiones antes de su sonada disolución en 1985.
Yo, en cambio, con apenas 19 años, me encontraba aún en plena búsqueda. Sin haber experimentado siquiera una simple borrachera, había tanteado brevemente con sustancias psicodélicas, como un medio provisional de acceso a estados de consciencia más amplios y lúcidos, un ámbito que, incomprensiblemente, todavía hoy ―45 años después― sigue despertando rechazo e incomprensión en los círculos más tradicionales.
Aquel ámbito, desconocido para Víctor, nunca fue un obstáculo para nuestra comunicación fluida ni para que cambiara su actitud abierta, respetuosa y genuinamente interesada con respecto a mis propias exploraciones.
―A Víctor le interesaba muchísimo la literatura y la cultura en general. Muchos autores le deben la publicación de sus primeras obras. ¿Puedes hablarnos de esto?
―Víctor, además de su gran interés por la danza, estuvo siempre plenamente comprometido con la preservación de la memoria intelectual de Cuba. Vivía con sobriedad, sin ostentaciones, y destinaba sus propios recursos a la creación de revistas y casas editoriales, convencido de que la cultura era un legado que debía resguardarse y proyectarse hacia el futuro.
Ya desde su primer exilio en Nueva York fundó, dirigió y financió, entre 1965 y 1974, la revista trimestral Exilio, que publicó 28 números y se convirtió en una plataforma esencial para la diáspora intelectual cubana. En sus páginas aparecieron textos de autores como Lino Novás Calvo, Lydia Cabrera, Julián Orbón, Gastón Baquero, Humberto Piñera, Jesús Lago, Carlos M. Luis, Mario Parajón, entre otros, lo que contribuyó decisivamente a sostener un espacio de reflexión y continuidad cultural fuera de la Isla.
Tras trasladarse a España apoyó financieramente, entre 1980 y 1985, la revista literaria Escandalar, fundada por el escritor Octavio Armand, lo que reafirmó su compromiso con la creación y el debate intelectual en el exilio. Finalmente, entre 1996 y 2009, se involucró activamente en Encuentro de la Cultura Cubana, junto con Anabel Rodríguez, Rafael Rojas y Jesús Díaz. Formó parte del consejo de redacción de esta revista a lo largo de sus 54 números, consolidando un proyecto editorial que marcó un hito en el diálogo cultural y político sobre Cuba dentro y fuera del país.
Al mismo tiempo que colaboraba activamente con Encuentro de la Cultura Cubana, fundó en 1998 la editorial Colibrí, en colaboración con Helen Díaz-Argüelles. Desde su origen, Colibrí se distinguió por un catálogo de extraordinaria calidad, integrado por ensayistas que eran o llegarían a ser referentes indiscutibles en el estudio de la cultura, la economía, las ciencias sociales, la historia y el pensamiento cubanos. El primer título que vio la luz fue El arte de la espera, de Rafael Rojas, seguido de La Revolución cubana, de Marifeli Pérez-Stable. La editorial desempeñó además un papel decisivo al publicar por primera vez en español ensayos fundamentales que hasta entonces solo habían aparecido en inglés, escritos por académicos cubanoamericanos y destinados originalmente a un público angloparlante.
Hasta 2013, Colibrí reunió un catálogo de 41 libros y cerca de una treintena de autores, consolidándose como uno de los proyectos editoriales más sólidos y coherentes dedicados al pensamiento cubano contemporáneo.
―Sesenta años después de su salida de Cuba, Víctor Batista Falla regresa a la Isla por primera vez. Se diría que fue allí a morir. Es de las muertes más simbólicas que conozco. ¿Tuviste mucho que ver con lo que vino después?
―Así es. Ese viaje que postergó durante tantos años, Víctor lo efectuó justamente en el año 2020 cuando empezaba el brote de COVID-19. Todo parece indicar que ya iba con el virus y fue uno de los primeros extranjeros en fallecer en la Isla, el 12 de abril, a los 87 años de edad. Debido a las restricciones internacionales que acarreó la pandemia y la imposibilidad de trasladar sus cenizas a Ginebra, para que reposasen junto a las de sus padres, la familia decidió que el mejor lugar para acoger sus restos era justamente el panteón de la familia Falla Bonet en el cementerio Colón de La Habana, declarado Monumento Nacional en 1987.
Como anécdota, me gustaría contar que tanto en el cementerio de La Habana como en el de Ginebra muchos años después, sendas esculturas fueron encargadas a importantes escultores de la Península. La primera, es un magnífico conjunto arquitectónico y escultórico de Mariano Benlliure que data de los años 1930. La segunda, en Ginebra, se debe al republicano Juan de Ávalos, y es una prueba en bronce de la piedad del Valle de los Caídos del Escorial. Esa tumba ginebrina acoge, además de los restos de mis abuelos paternos, los de mi padre, los de mi hermano mayor fallecido con 23 años, ambos llamados Agustín, y los de mi hermano Felipe, a quien enterré personalmente en febrero de 2026.
Pero volviendo al viaje de mi tío Víctor a La Habana, puedo decir que, en cierto modo, fue un viaje premonitorio. Helen Díaz-Argüelles, quien se encontraba en la capital cubana y lo recibió, se ocupó personalmente de los trámites necesarios para que fuera posible. El panteón de nuestra familia no se abría desde 1960 y la llave estaba perdida. Para horror de Helen, según me contó después ella misma, Víctor aterrizó en el aeropuerto de Rancho Boyeros en silla de ruedas, algo que jamás había necesitado hasta entonces. Silla que ya no pudo dejar hasta su fallecimiento en el Instituto de Medicina Tropical de La Habana. Es cierto que, por la edad avanzada, su movilidad, a pesar de los años dedicados a la danza y el yoga, ya estaba deteriorada.
Desde que fue posible viajar a Cuba siempre tuvo el deseo de regresar. Había barajado la posibilidad desde hacía años, pero por una razón u otra, no se decidió antes. No quiso alojarse en un hotel, pues quería convivir y hablar con la gente y así conocer de primera mano la situación, cuanto más que muchos sobrinos suyos habíamos estado ya en la Isla. Además, coincidiría con un pequeño grupo de sanyasis y amigos provenientes de la corriente de Osho cuyo objetivo era visitar Baracoa, en el extremo oriental cubano, donde proyectaban crear una pequeña comunidad. Pero ese viaje que nos comentó a Marta, a mis tres hijas y a mí en su casa el día antes de partir, nunca llegó a realizarlo.
―¿Y qué pasó entonces con el entierro y el panteón familiar en La Habana?
―Gracias a los estrechos vínculos con Eusebio Leal, historiador de La Habana y director del programa de restauración del centro histórico de la capital, Helen logró conseguir, no sin dificultad, la llave que se creía definitivamente perdida. Gracias a ello pudo acceder al panteón, que llevaba tiempo vandalizado, y me envió fotografías de su interior. Poco tiempo después, Eusebio, que ya padecía un cáncer terminal, falleció. Sin embargo, el equipo que él había dejado a cargo continuó con el proceso de restauración del panteón. Fueron ellos quienes mantuvieron informada a Helen en todo momento, enviándole fotografías de los avances, que luego ella me hacía llegar.
La restauración fue larga porque el interior de la cripta estaba muy deteriorado debido a actos vandálicos y abandono. El equipo cumplía así la voluntad de Eusebio de restaurarlo dignamente. Durante todo ese proceso de restauración, Helen conservó las cenizas de Víctor por más de un año. Los mismos colaboradores acompañaron a Helen para depositar allí las cenizas de Víctor.
Fue como si aquel último acto cumplido reflejara inconscientemente un humilde homenaje a un hijo predilecto en el exilio. Pues Víctor había entregado buena parte de su vida a Cuba y el destino, no sin razón, quiso que, de manera inesperada, reposase definitivamente en su tan querida tierra, la que lo vio nacer, cosa que sin dudas muchos compatriotas en el exilio hubiesen deseado, pero que debido a las circunstancias políticas ha resultado imposible. La pandemia cerró las fronteras, pero también obró con una suerte de justicia poética, haciendo que aquello que durante años había sido postergado se convirtiera en acto de permanencia.
―Están en mis manos junto con el remanente de la editorial Colibrí que próximamente procuraré donar a la editorial Renacimento en Sevilla, por si alguien tuviera algún interés. A lo largo de su vida, publicó diversos ensayos, entrevistas y críticas, además de algunas poesías sueltas. Llevo un tiempo fascinado, revisando y descifrando sus cuadernos de notas, con la idea de publicar a título personal y como memoria una selección de sus ocurrencias y poesías. Entre estas, tengo a manos una titulada La asamblea de los dioses que empieza así:

―Volviendo a tu propia vida… ¿Qué sucedió contigo después de terminar tus estudios?
―En 1987, ya con 28 años, luego de estar varios años trabajando junto a mi padre ayudándole en la gestión del patrimonio del cual vivíamos, decidí dar un giro en mi vida. Por entonces, además de seguir dibujando, desarrollé mi pasión por el mundo natural. Estudié, ya no biología marina, sino de manera autodidacta lo que pareciera la procedencia, no sin causalidad, de otra polaridad: las estrellas y los insectos.
Mi abuela materna nos inculcó a mí y a mis hermanos la semilla del coleccionismo. Agustín coleccionó sellos, Fernando monedas de oro y yo heredé dos álbumes vacíos que le dio Florencio Giménez Caballeros para vitolas de puros. Mi tendencia natural al coleccionismo germinó con esa semilla, pero no de la manera esperada. En un principio cambié la pequeña colección de vitolas por otra de billetes de banco.
Compaginé entonces mi necesidad de naturaleza viva con el coleccionismo de insectos, que me atraía mucho más. En particular los escarabajos que, debido a su estructura, son capaces de adaptarse y prosperar en casi cualquier medio: desde las cavernas más profundas y sin luz, pasando por los excrementos, hasta el néctar de las flores. No sin dejar de mencionar su metamorfosis completa, no tan conocida como la de las mariposas. Enigmático proceso que no dudo, cuando en un lejano futuro se descifre, pueda verter luz hacia la necesaria transformación de nuestra propia sociedad. No en balde constituyen el grupo animal de mayor diversidad y más exitoso del planeta con más de 400.000 especies descritas.
La búsqueda para la observación y recolección de nuevos especímenes en el campo para mi colección me condujo, en ese verano de 1987, a asistir en los Pirineos al curso “Metamorfosis de las plantas”, impartido por Jaime Padró, según la metodología goetheana desarrollada por Rudolf Steiner y la corriente filosófica-espiritual de la Antroposofía. Me animó mi madre, que había asistido el año anterior por sugerencia de su amiga cubana Elena González del Valle Herrera, marquesa de Villalta.
La experiencia de aquel verano, unida al momento vital que atravesaba, supuso un punto de inflexión en mi trayectoria. Fue a través del descubrimiento del movimiento educativo Waldorf, nacido de la Antroposofía en 1919, que encontré el camino que dio un sentido más pleno y una orientación más clara a mi vida. Se unieron entonces el deseo de formar una familia y el hallazgo de escuelas que priorizaban la formación artística desde la primera escolaridad, algo que, en mi época de estudiante, aun habiendo pasado por buenas escuelas, apenas se fomentaba excepto cuando alguien manifestaba una predisposición especial.
Poco antes de trasladarme a Inglaterra para formarme como maestro Waldorf en Emerson College, conocí a Marta Sierra, con quien poco después me casé. Marta era licenciada en Derecho y, por entonces, trabajaba en el ámbito del medioambiente de la Comunidad de Madrid. Al igual que yo, anhelaba emprender un cambio en su trayectoria vital. En 1994, una vez formados ambos como maestros Waldorf, nos trasladamos a México, donde desarrollamos nuestra labor educativa durante cuatro años en la escuela Waldorf de Cuernavaca. Tras el nacimiento de nuestra primera hija, Andrea, decidimos regresar a España. Allí fundamos, junto con Elena Martín-Artajo, la Escuela Waldorf de Aravaca.
―¿En qué consiste este método de enseñanza?
―La visión educativa de Rudolf Steiner parte de la profunda intuición de que el desarrollo interior del niño recapitula las etapas de conciencia que la humanidad ha atravesado en su evolución cultural y espiritual a lo largo de la historia. De ahí el especial cuidado que esta pedagogía concede a las primeras etapas del desarrollo, en las que predominan la voluntad y la vida emocional, antes de abordar plenamente el desarrollo cognitivo. La intención es que, cuando las facultades del pensamiento despierten, lo hagan de manera más integrada, favoreciendo una forma de pensar verdaderamente libre, acompañada de responsabilidad moral y de autonomía frente a presiones sociales o ideológicas.
Asimismo, aunque se fundamenta en la tradición cristiana, entendida más como una realidad espiritual que como un sistema doctrinal, la educación religiosa procura mantener un carácter no confesional y culturalmente abierto, presentando el fenómeno religioso desde una perspectiva amplia, permitiendo a los alumnos acercarse a las diferentes tradiciones espirituales y culturales con respeto y comprensión.
No en vano, entre las corrientes contemporáneas de educación alternativa, el movimiento Waldorf ocupa un lugar destacado, con más de 3.200 escuelas y jardines de infancia en más de 120 países de los cinco continentes.
―Tu hermano Fernando, a quien también quiero entrevistar, me estuvo contando del increíble viaje de regreso a Cuba que hiciste junto a él, tu esposa y tu padre. ¿Puedes contarnos algo de esto?
―En efecto, a pesar de haber vivido cuatro años en México y de haber viajado por algunos países vecinos, nunca llegamos a ir a Cuba. Cuando regresamos a España, ya con nuestra primera hija, sentí la necesidad de enfrentarme a mis raíces cubanas para poder transmitírselas a quienes con el tiempo serían mis tres hijas: Andrea, Catalina y Manuela. Como más tarde me hizo notar mi tío Víctor, sin que hubiese sido mi intención, dos de ellas llevaban los nombres de dos de los centrales azucareros de la sucesión Falla Gutiérrez.
Una vez más, mi tutor y guía en este proceso fue mi tío Víctor. Mientras el viaje cobraba forma, dediqué casi un año a familiarizarme con la historia de mi país de origen. Durante ese tiempo, mi hermano Fernando y mi padre decidieron unirse al viaje junto a Marta y a mí. Llegamos a La Habana en marzo de 2001.
El relato de aquel viaje prefiero dejárselo a mi hermano Fernando, por si llegas a entrevistarlo, ya que fue principalmente a él a quien le ocurrieron las cosas más sorprendentes. Por mi parte, no puedo dejar de recordar el vuelo de unas nueve horas entre Madrid y La Habana. Al intentar evocarlo ahora, me faltan palabras para describir la extraña sensación de alerta constante que experimenté durante todo el trayecto. Fue como si, más que realizar un viaje en el tiempo y en el espacio exteriores, estuviera adentrándome en una zona más profunda de mi propio interior.
No podía tener ningún recuerdo consciente: había salido de Cuba con apenas tres meses de vida. Y, sin embargo, persistía una sensación difícil de explicar, como si el simple hecho de haber nacido en una tierra determinada fuera algo que uno lleva consigo para siempre. Aquel vuelo parecía conducir no solo a un lugar en el mapa, sino también al punto de origen de una parte esencial de mí mismo.
―¿Alguna anécdota de ese viaje?
―Un destino importante de nuestro viaje fue el poblado de Falla, donde se encontraba el antiguo central Adelaida. Aunque no era el mayor de los ingenios de la sucesión Falla, sí era el más moderno y, quizás por ello, también el más querido por la familia. Fue allí donde mi bisabuelo mandó a construir una gran mansión, a la que solía desplazarse la familia directamente en tren desde La Habana. La casa fue levantada a finales de los años 1920, prácticamente al mismo tiempo que otra gran residencia solariega en su pueblo de origen, Anero, en Cantabria, España: el Palacio Falla, que hoy pertenece a mi primo Julio Batista Campilli.
Al llegar descubrimos que de la mansión de Falla ya no quedaba ni rastro, pues había sido recientemente desmantelada por completo por el Gobierno. Aun así, el paseo por el poblado nos deparó una sorpresa inesperada. Mientras lo recorríamos, nos encontramos con la antigua iglesia del batey, dedicada precisamente a San Laureano, de cuya existencia nunca habíamos oído hablar y que ni siquiera mi padre recordaba. Por una feliz coincidencia, pues era domingo y el templo estaba abierto, llegamos justo cuando se celebraba la misa. Gracias a ello pudimos entrar, visitar la iglesia y mantener con los fieles una conversación larga y emotiva. La iglesia se encontraba muy deteriorada, pero aún conservaba algunos vitrales en los que todavía podían distinguirse referencias a su pueblo natal, Hoz de Anero, así como los nombres de mi abuela y de sus hermanos, e incluso una representación de la antigua mansión del central, hoy desaparecida. Por desgracia, la vidriera dedicada a la casa indiana que actualmente pertenece a mi primo Julio ya no existía.

―Una de tus pasiones ha sido el coleccionismo. Cuéntanos.
―Como ya dije, después de cambiar la colección de vitolas con la que me había iniciado mi abuela materna por la de billetes del Banco de España, esta quedó olvidada durante muchos años en un trastero. Finalmente, en las Navidades de 2008 me separé de Marta y dejé el colegio, aunque continué comprometido y vinculado, como fundador, a la toma de las decisiones más importantes desde la Fundación. Entonces fue cuando me dediqué por entero a la colección de papel moneda (billetes de banco), especialmente a partir de 2013, con el auge de internet y la posibilidad de comprar directamente en cualquier parte del mundo. Con el tiempo llegué a reunir más de 17.000 piezas procedentes de los cinco continentes, contando algunas colecciones especializadas, como la china o la mexicana.
Son pequeñas ventanas que permiten viajar en el tiempo a través de la historia económica y cultural de los dos últimos siglos, muchas de ellas de extraordinaria belleza artística y de altísimo nivel tecnológico en materia de seguridad contra la falsificación. Son, además, testimonio de los personajes célebres que cada nación decide destacar en los distintos ámbitos del quehacer humano, así como reflejo de sus regentes, gobernantes y de los inevitables vaivenes políticos. En 2024, al sentir que había culminado mi sueño como coleccionista, tomé la decisión de poner mi colección a disposición de otros coleccionistas. Para ello elegí la casa de subastas Ibercoin, radicada en Madrid.
Recientemente ha finalizado la subasta dedicada a África y, en estos momentos, se está preparando la correspondiente a América, que estará disponible antes del verano de este año. Incluirá una amplia selección de billetes de Cuba, abarcando tanto el periodo republicano como el llamado revolucionario. Como curiosidad, se presenta también la singular falsificación del billete de tres pesos con la imagen del Che que la CIA preparó para el desembarco en bahía de Cochinos.
El periodo colonial cubano ya fue subastado dentro de mi colección dedicada a España. Tanto esa como las dedicadas a Asia, incluidas dos muy especializadas en China, continúan disponibles para su consulta en las secciones de subastas activas e históricas de la web, todas ellas fácilmente identificables bajo el nombre “Cifuentes Collection”.
―¿Qué haces hoy y qué planes tienes?
―Ahora, junto con mi hermano Fernando, nos dedicamos al cuidado de nuestra madre, que sufrió un accidente inesperado y desde 2023 quedó incapacitada. Al mismo tiempo, procuro reunirme siempre que tengo ocasión con los familiares y amigos de la generación de nuestros padres, cada vez menos numerosos, con el deseo de rescatar el mayor número posible de recuerdos antes de que ya no sea posible hacerlo.
También estamos haciendo un esfuerzo por estrechar los lazos con el resto de los primos, de quienes la diáspora nos fue separando con los años, conscientes de que el tiempo que nos queda para reencontrarnos también es limitado.
Por otro lado, y en estrecha colaboración con Marta y con la Escuela Waldorf de Aravaca que fundamos, continúo dando clases en la naturaleza a alumnos de enseñanza secundaria sobre dos de mis grandes pasiones de siempre: la entomología y la astronomía. Desde hace años canalizo mi inclinación hacia la expresión artística y estética saliendo a la naturaleza para hacer fotografía de paisaje, aunque no descarto volver algún día al dibujo.
Otro aspecto que aún no he mencionado y que me ha acompañado casi ininterrumpidamente desde los 18 años es mi afición por la guitarra clásica. La practico sobre todo en la intimidad, leyendo partituras como quien lee para sí mismo un libro, más como un ejercicio personal y silencioso que como un entretenimiento social compartido.
―¿Qué crees de Cuba? ¿Tienes planes de volver?
―Mis hijas llevan años pidiéndome que hagamos ese viaje. Además, desde que enterramos a nuestro tío Víctor en 2020, tenemos pendiente reunirnos entre primos para rendirle un homenaje. Sin embargo, yo me he resistido: después de haber visto aquello y de haber hablado con la gente, siento que no puedo regresar hasta que no se produzca un cambio real.
Klea, hija de Ivana Markovich ―una amiga serbia ya fallecida a la que conocí a través de Víctor― visitó la Isla el verano pasado y me escribió desde allí: “No te puedo explicar lo que es esto. Qué tristeza, qué miseria, es como Gaza, pero sin bombas. No te puedes imaginar, tengo tan, tan claro que no voy a volver nunca… Lo que han hecho con esta Isla es deplorable”.
Al leer sus palabras me vino a la memoria el artículo con que comienza el primer número publicado por Víctor en la revista Exilio en 1965: “La verdad sobre la sovietización del mundo”, de Juan Antonio Mendive, sobre el prefacio profético escrito en 1842 por el poeta hebreo-alemán Heinrich Heine, amigo de Karl Marx.
No tengo ni idea de cuánto tiempo más durará este sin sentido. Aunque parezca que está en sus últimos estertores, situaciones parecidas ya las hemos vivido antes. Y más aún en medio de la creciente incertidumbre mundial que estamos presenciando, y la que no ha hecho más que empezar, según los signos de los tiempos.
A pesar de todo, siempre me ha acompañado la sensación de que cuanto ocurre responde a un designio ordenado que se nos escapa ―motivo por el que me siento afortunado. No pierdo la esperanza de que tanto sufrimiento no haya sido en vano y que, algún día, termine por dar su fruto.
Veo el destino de Cuba por su posición central como “llave” de toda América, estrechamente ligado al de Rusia. Si atiendo a los paralelismos con mi propia vida ―la andadura soviética duró 75 años y la cubana lleva ya ese tiempo si tomamos como fecha de partida el momento en que Fidel Castro lideró el asalto al cuartel Moncada en 1953―, me inclino a pensar que, ahora que el régimen cubano se aproxima a ese mismo umbral, el cambio es inminente.
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Publicación fuente ‘Cubanet’
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