Margarita Mateo Palmer: La falsa elegancia de los habaneros [2010]

Revisando un antiguo disco duro, en estos días de severa escasez y total incertidumbre (abril de 2026), apareció en la pantalla una extraña carpeta: «Jorge Ángel», así, sin más. Armada hace más de quince años, tenía en su interior algunas pequeñas joyas, como la reflexión de Nara Araújo sobre el erotismo en la literatura cubana o «La crueldad en la escritura», un agudo ensayo del propio autor. Entre muchos otros documentos, todos relacionados con el narrador y su obra, se encontraba el texto que se reproducirá más adelante, escrito por mí en 2010 y del que no conservaba el más vago recuerdo.
Tras el hallazgo llamé de inmediato a Jorge Ángel. Nuestra comunicación a través del teléfono fijo no ha variado con el paso del tiempo ni con el reinado de los celulares. Muy cultos deben ser, a estas alturas, los escuchas, obligados a oír atentamente tanta palabrería de delirante ficción. Pero lo llamé por gusto: Jorge Ángel no tenía la más remota idea acerca de «La falsa elegancia de los habaneros». No recordaba siquiera haber escrito «La crueldad en la escritura». Mucho menos sabía dónde se habían presentado esos textos. Quedaba claro que el mío no había sido escrito para la primera aparición de En La Habana no son tan elegantes (2009), que tuvo lugar en el Palacio del Segundo Cabo, como demuestran las fotos de ese evento halladas en la misma carpeta. Preguntarle a Ale hubiera sido perder el tiempo: malamente recordaría cuánto le costó encontrar los palitos para improvisar la tendedera con el calzoncillo roto que se utilizó como imagen de cubierta de aquel Premio Alejo Carpentier.
¿Qué hacer entonces con esas palabras, laboriosamente hilvanadas antaño, que dormían un sueño eterno digitalizado, ya que no engavetado? Atrapadas en su tejido virtual, a punto de desaparecer para siempre, parecían reclamar una segunda oportunidad, aunque fuera a deshora. A Jorge Ángel le daba lo mismo. Acostumbrado durante años al ostracismo, aislado en su frágil apartamento de El Cerro, sin Silvia y sin Gogol, acosado y solitario, poco le importaba la suerte que corriera el texto. No obstante, aquí se reproduce.
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Con letras sosegadas, de trazos firmes y amplios, elegantísimos, escribió Jorge Ángel Pérez de Alesio su salterio decorado, que desde el primer salmo aparece con unos querubines que engalanan hojas anchas, iluminadas, donde comenzó a narrarse a sí mismo.
Creía Jorge Ángel que a través de la palabra ornamentada podía fijar sus actos, salvarlos de la erosión del tiempo. Creía en la escritura para asentar los acontecimientos que iban conformando su vida y, desde el solar de Aguiar y Cuarteles, día tras día, durante más de treinta años, fue dejando testimonio, urdiendo las líneas voladas, incrustando ―sobre las páginas de un blanco refulgente― el azaroso discurrir de su existencia.
Creía Jorge Ángel en los dones y en el misterioso poder de la palabra escrita, mas no previó nunca que su salterio decorado, de resistentes tapas, sería consumido por el fuego, ese elemento situado en las antípodas del agua, líquido primordial ansiado con vehemencia alucinada por todos los personajes que lo acompañan.
Pero en los solares habaneros todo se sabe. No hay paredes que guarden secretos ni ventanas que apaguen susurros ni hendijas que escondan voces plañideras, exaltadas o murmurantes. Y, así, el narrador en tercera persona que predomina en los relatos de En La Habana no son tan elegantes ―ya no en el salterio decorado― es un narrador que todo lo sabe: cita fragmentos completos del «Diario del niño Jorge Ángel», seducido y abandonado ―el cambio de nombre por el de Clara, la almohada infantil empapada de lágrimas―, conoce cartas y confesiones íntimas, pero también juega con su propia omnisciencia: la contiene, la oculta, la enmascara y, poco a poco, la va develando para establecer un fecundo contrapunteo entre distintos personajes y argumentos a través de una estructura de vasos que se comunican, se contaminan, mas no se confunden, pues cada cuento se atiene a las características básicas del género: la narración de una historia autosuficiente que encuentra su final en sí misma.
Si en cada relato uno de los personajes secundarios de los otros textos deviene protagónico e introduce una nueva mirada sobre hechos ya narrados ―iluminándolos y enriqueciéndolos retrospectivamente―, ello no implica que el libro traicione los códigos genéricos de los que parte, aunque esta original estructura transgreda y lleve al límite sus fronteras canónicas. De ahí que algunos críticos propongan su lectura como la de una «novela dinamitada»[1] o apelen al término monteriano de «cuentinovela» para caracterizarlo. Este constituye uno de los grandes aciertos de la colección desde el punto de vista literario: la unidad compacta que presenta al lector.
En una entrevista aparecida en El Cuentero, Jorge Ángel Pérez ―el autor verdadero, no el personaje de En La Habana no son tan elegantes― comenta cómo desde su primera obra ―el libro de cuentos Lapsus calami (1995)― manifestó su desapego hacia ciertos tipos de escritura como el realismo, al que intenta dar un golpe de espaldas.[2] Vuelve ahora el autor a burlarse abiertamente de estos códigos: las piruetas mágicas del saltador mutilado que recorre La Habana sobre una única muleta, que más parece maravillosa pértiga que apoyo de baldados, es una muestra de ello. Y vuelve a retomar la poética que lo distingue: esa insaciable necesidad de narrar, de contar, de encadenar hechos, de superponer acontecimientos y enlazarlos y trenzarlos y desarrollarlos paralelamente: desmedida capacidad de invención que crea historias sobre historias, ficciones sobre ficciones, con una espontaneidad libérrima que culmina en un texto abigarrado de sucesos, concebido desde las volutas argumentales y barrocas de una fabulación incesante.
Mas este barroquismo no se detiene en el plano narrativo, sino que constituye también un rasgo medular de su lenguaje y da lugar a un peculiar estilo que incluye incluso los giros más obscenos y lo convierte en «el poeta que sublima en palabras bellas los cimientos de una realidad fea».[3]
Polémica, controvertida, transgresora y desafiante ha sido la obra de Jorge Ángel Pérez, quien, después de haber transitado con éxito por la novela ―El paseante Cándido (2001), Fumando espero (2003)―, retorna con este, su segundo libro de cuentos, al género en que se iniciara como narrador, y lo hace con una poética que, otra vez, provoca grandes sobresaltos desde el punto de vista de la supuesta corrección ―moral y no― de su escritura. Reparos similares despertó Lapsus calami, del que, finalmente, fue excluido uno de sus cuentos.[4] Luego, por distintos motivos, sus dos novelas fueron objeto de pudorosas críticas, no siempre asentadas en letra impresa. Ahora, el cúmulo de perversidades y retorcimientos morales de los personajes ha suscitado algunos escrúpulos desde el punto de vista ético. Sin embargo, como ha expresado Pedro de Jesús, quien advierte una sutil y socarrona eticidad en los cuentos: «La primera impresión de amoralidad que suscita En La Habana… se atenúa y pone en solfa si emprendemos una lectura atenta a las luces y las sombras, más allá del resplandor de las palabras y su espectáculo».[5] Y es que la carnavalización, el uso del humor, el sarcasmo, la hipérbole y la burla de la estética realista no impiden, sin embargo, la expresión de esencias de una dolorosa y desgarradora realidad que, lamentablemente, forma parte no solo de esa Habana más humilde a la que está dedicado el libro.
En la entrevista ya mencionada, Jorge Ángel Pérez afirma: «Convertir la desfachatez en estrategia, en poética, me parece válido. En literatura todo se puede, menos escribir mal y no saber contar».[6] Estos dos escollos prohibitivos de la escritura han sido excelentemente salvados por él en este libro merecedor del Premio Alejo Carpentier. En muy breve tiempo, acaso tres meses, no solo han desparecido de los estantes de las librerías los ejemplares de En La Habana no son tan elegantes, sino que también varios autores ―Carlos Celdrán, Abel Sierra, Marilyn Boves, Emilio Ichikawa, Rogelio Riverón, Hugo Luis Sánchez, Laidi Fernández de Juan y Pedro de Jesús, hasta donde conozco― le han dedicado su atención.
En un contexto literario como el cubano, en el que suelen predominar el silencio y la indiferencia de la crítica, no deja ser significativa la importante recepción de que ha sido objeto el libro de un autor cuya obra publicada hasta el momento le otorga ya un lugar sobresaliente entre los narradores cubanos.
La Habana, 2010
[1] Pedro de Jesús López: «Infierno chiquito, infierno grande». La Siempreviva, n.o 8, 2010, p. 47.
[2] Jorge Ángel Pérez: «Convertir la desfachatez en estrategia, en poética». (Entrevista realizada por Margarita Mateo Palmer). El Cuentero, año 2, n.o 4, abril, 2007, pp. 26-31.
[3] Emilio Ichikawa: «Jorge Ángel Pérez: un girasol para Supervielle». Encuentro en la Red, octubre, 2006. (Sin URL estable disponible).
[4] «El retrato de Dorian Gay».
[5] Pedro de Jesús López: Ob. cit., p. 45.
[6] Jorge Ángel Pérez: Ob. cit., p. 30.
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