Centro de Documentación de Prisiones Cubanas: Entrevista a Ángel Santiesteban / ‘Uno siente más el rigor en la prisión, pero yo en la calle no siento libertad’

DD.HH. | Post Bellum | 30 de junio de 2026
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Ángel Santiesteban Prats (La Habana, 59 años) es un reconocido escritor e intelectual cubano al que muchos reconocen por sus libros ―con los que ha ganado premios como el Casa de las Américas (2006) o el Internacional Franz Kafka por Novelas de Gaveta (2013)― o por sus guiones para las películas Plantados Plantadas, en las que recrea los primeros años de la prisión política castrista. Sin embargo, algunas de las ideas que ha desarrollado en sus ficciones vienen directamente de su experiencia como disidente y exprisionero político del régimen cubano. 

Santiesteban ha estado encarcelado dos veces: entre 1984 y 1985 y entre 2013 y 2015. Su primera reclusión le sirvió para comenzar a entender el país donde vivía y llamar las cosas por su nombre. A partir de entonces, comenzó a escribir ficción y también sobre su realidad. Así nació el blog “Los hijos que nadie quiso”, en el que inicialmente solo quería hablar de cuestiones culturales. “Yo estaba en contra de la dictadura, sabía que era un régimen feroz, pero todavía no tenía la conciencia política. Solo quería dar mi opinión, errada o no, pero mi opinión, mi libertad”. 

Con el tiempo, sus ideas políticas lo convirtieron en un blanco del castrismo. “Mi literatura siempre fue contestataria, incómoda; por eso el régimen nunca me quiso”. La Seguridad del Estado empezó a perseguirlo hasta que lo recluyó por segunda vez luego de un proceso lleno de inconsistencias. 

Ahora han pasado más de diez años desde que fue excarcelado gracias a la presión diplomática e internacional. Sin embargo, cree que su vida fuera de la prisión no difiere mucho de la de adentro, salvando las distancias obvias. “Yo en la calle no siento libertad”, dice en referencia a todas las veces que es vigilado, acosado, amenazado y detenido. Y no solo él, sino también quienes le rodean.  

Hablemos de tu primer encarcelamiento. 

Fue en 1984. Yo estaba estudiando en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, mando de tropas tácticas, que era lo que me gustaba. Estábamos en los exámenes finales. Mi hermana, mi hermano y sus parejas se montaron en un yate para irse. Pero los capturaron y en el proceso de investigación salió que yo había ido hasta la orilla a despedirlos. Y de pronto, a los 17 años, caí preso. Estuve detenido dos meses en el DTI que estaba en Montserrat, antes de que hicieran 100 y Aldabó;  nueve meses en La Cabaña  y cinco meses en Micro 10, construyendo edificios en Alamar. Hasta que el día del juicio salió que entre hermanos no había delito de encubrimiento y salí absuelto. 

Siempre digo que aquello fue una obra de Dios para sacarme de ese error en que yo estaba, que no sabía discernir entre una dictadura y una democracia. Con esa experiencia hice un libro y gané el premio Casa de las Américas en 2006. 

¿Y el otro encarcelamiento cómo fue? 

Del 28 febrero de 2013 a junio de 2015. El régimen, a través de la seguridad del Estado, llevaba cuatro años y pico haciéndome acusaciones. En 2008 yo abrí el blog “Los hijos que nadie quiso”, donde quería hablar de cosas culturales, pero no cómodas para ellos, y ellos no aceptaron eso.  Ahí empezó mi calvario. 

Primero fueron a mi casa dos intelectuales, Francisco López Sacha y Eduardo Heras, a comunicarme un mensaje de la Seguridad del Estado: o me quitaba o me enseñaban “los instrumentos”. Estos dos intelectuales eran mis hermanos mayores, mis maestros, y después de ese día no fueron más a mi casa. Se rompió una supuesta hermandad de veintitantos años basada en la literatura. Ya antes, Sacha había ido a preguntarme por Manuel Cuesta Morúa ―a quien yo no conocía entonces―, porque la Seguridad decía que él me había entregado una gran cantidad de dinero. 

Otra vez me esperaron en 23 y B, en el Vedado, La Habana. Yo iba a entregar una publicación cuando alguien me llama y me da un golpe. Yo me reviré y empecé a fajarme, hasta que salió otro hombre de un Lada con un tubo. Me partió el brazo. Le quité el tubo y le devolví el golpe. Al frente había una parada. La gente que había allí cruzó y empezó a preguntarme qué pasaba. Yo les dije que no los conocía, que habían tratado de asaltarme, me monté en el auto y me fui. 

Hubo un momento en que venía de ver a mi hijo en Calabazar y me interceptan. En ese momento yo estaba haciendo una entrevista por teléfono con un medio de Colombia. Me dicen “cuelga” y cuando ven que estoy en vivo tratan de quitarme el teléfono. Ahí forcejeamos mientras del otro lado oían todo lo que estaba pasando. Después me dijeron que en el estudio todo el mundo se quedó helado. 

Luego me invitan junto a Leonardo Padura al Festival de la Palabra, en Puerto Rico. En ese entonces tenía que tramitar el viaje a través de la UNEAC, que era la entidad a la que yo pertenecía. Pero a los siete u ocho días me citan a la unidad policial de Zapata y C. Allí, la famosa sicaria Kenia, de la Seguridad del Estado, me impone una fianza. Todo para que no pudiera ir a Puerto Rico. Después supe que los organizadores del evento quisieron hacer un pronunciamiento y Padura les dijo que mejor dejaran eso así. Por eso dije en una entrevista que él juega con la cadena pero no con el mono. Él me llamó para decirme que pensaba que éramos amigos. Le dije: “si tú me dices que no dijiste eso, yo hago un escrito y me retracto”. Él seguía hablando, no decía ni sí ni no. De ahí viene mi desavenencia con él. 

En fin, a cada rato me mandaban una patrulla a la casa diciendo que estaba acusado de lo que se les ocurriera: atentado, robo con fuerza, tráfico de droga ―por lo que me detuvieron en el aeropuerto―. Esa era la Seguridad del Estado, que obligatoriamente tenía que hacer una denuncia para que la policía actuara. 

Para el segundo encarcelamiento ―por un supuesto delito de violación de domicilio― primero me entregaron una petición fiscal de 54 años y una conjunta de 15 años. Pero a su “gran testigo” ―que era una persona con discapacidad intelectual―, yo le hago un video oculto donde cuenta la verdad: que lo están sobornando, amenazando, obligando a decir algo que es mentira. Lo entrego y los de Peritaje, del Ministerio del Interior (MININT), dicen que el video es auténtico. Entonces la Seguridad del Estado manda el expediente para atrás sin hacer juicio oral, para que vuelvan a armarlo. 

Me ponen en careo con el muchacho y él dice que yo soy buena persona, que nunca me vio amenazando a nadie. Me mandan a salir y cuando entro, el muchacho me dice: “Ellos quieren que hable en tu contra, pero yo no quiero mentir”. Entonces le digo al oficial que no iba a quedarme más ahí, que si querían me metieran preso. 

Al final se quedaron sin nada. De todos los delitos que me habían acusado, al final toman uno según el cual, supuestamente, yo había entrado a la casa de la madre de mi hijo, la había empujado y con ello le había afectado el tímpano, cuando en realidad eso era porque la había atropellado una bicicleta. De hecho, dos o tres años antes habíamos ido a una feria del libro en México donde estaba Abel Prieto y ya allí ella tenía aparatos en los dientes por ese accidente. La maxilofacial que la atendió explicó todo eso, pero no importó. 

Ellos necesitaban darme mínimo cinco años. Entonces cogieron un inciso que no tenía nada que ver con aquello de lo que se me acusaba. Mi abogado pidió la anulación del juicio, pero ellos lo hicieron ex profeso. Dentro de todo eso mi expediente se perdió, cambié de abogado, trataron de engañar a la nueva diciéndole que yo había pedido quitarla…

¿En cuáles prisiones estuviste en esa ocasión?

Fui directo para Valle Grande y después me llevaron para La Lima. Allí quise hacer un motín, por lo que me montaron en una “guasabita” y me llevaron para la Prisión 1580, donde estuve cuatro meses y medio. Después me llevaron para un asentamiento en Lawton. De ahí me fugué, porque me estaban preparando una jaula dentro de la unidad militar de guardafronteras. Lo sé porque los presos que estaban soldando las cabillas para hacer la jaula me lo dijeron. Al final me llevaron para Jaimanitas, para la jaula. Era un cuarto que tenía una jaula afuera para coger el sol.

Yo salgo porque vino el que hoy es presidente de Alemania con una carta firmada por 39 eurodiputados que pedían mi liberación. En ese tiempo parece que a Cuba le convenía congraciarse con Alemania o Unión Europea y me liberaron. Entonces me tocaba la condicional. 

¿Leyeron tus derechos cuando te encarcelaron? 

Yo nunca he visto que le hayan leído eso a ningún preso. Y yo no lo pedí porque eso sería un papelazo, una burla contra mí mismo, porque sabemos que no tenemos derechos. Aparte de que cuando dijera eso se iban a reír. 

¿Crees que los centros penitenciarios donde cumpliste sanción estaban en correspondencia con el estado de tu proceso penal?

Por lo que ellos decían, sí. Yo estaba en mínima severidad en La Lima. Como hice un motín, me revocaron y me pasaron a media, que fue cuando me mandaron para la 1580, una prisión que, según los presos, está hecha para poder violar la ley flagrantemente.

¿Cómo eran las condiciones de estos lugares? 

Higiene no había mucha. En las estaciones de policía había muy mal olor, las personas estaban sin bañarse apenas. En la 1580 sí estaba en una barraca con ventanas, aire, luz. Podía haber 40 o 50 personas, en literas de dos. Teníamos cuatro o cinco baños y duchas. Yo nunca fui al comedor, nunca me puse ropa de prisión, nunca acepté el aseo de la prisión. No les aceptaba nada: ni sábanas ni toallas… Todo tenía que ser de mi casa. Comía sopas instantáneas de mi propia jaba, que me daban fatiga. De hecho, a los cuatro meses y medio ellos me sacaron de la 1580 porque yo estaba casi como en una huelga de hambre lenta. 

Mencionaste que no usabas el uniforme de recluso. ¿Te ponían alguna condición para la ropa que vestías? 

No, era la ropa con la que había llegado de la calle. También me dejé la barba. Cuando llegaba mi abogada o algo así, me ponía una camisa de mangas largas y cuando iba por el pasillo central de la 1580 los presos pensaban que era un civil, un alguacil, el que entrega las condenas y las peticiones, hasta que les enseñaba las esposas.

Tampoco usaste la ropa de cama de la prisión.

Nunca la acepté, pero sí la daban. La de los demás estaba en muy mal estado, la mía era nueva de paquete. Tenía que quedarme con ella y entregarla al final, así que la guardé en el fondo de mi jolón. Ellos no creyeron que no la iba a usar y recuerdo que al final, cuando la saqué, el guardia y el preso que recogía la ropa dijeron algo así como “de verdad que la guardó”. Yo nunca usé nada de ellos.

¿Tenías allí agua potable en la cantidad y calidad necesarias?

En Valle Grande, como venía creo que un día sí y un día no, había que recogerla en algún pomo. En la 1580, como había presas cerca, rara vez faltaba. Sí sé que los guardias se robaban la comida. En La Lima yo me iba por las mañanas a correr y veía cómo se llevaban jabas de pollo. Por eso después picaban en tres un cuartico de pollo, que es lo que debía tocarle a cada preso. Así, de una ración, sacaban tres.

¿Te sentiste discriminado mientras estuviste preso? 

Sí, por mi situación política. Ellos hablaban con los presos, les decían que yo no era escritor nada, sino un inflador. Pero tengo que reconocer que mis mejores aliados eran los presos comunes. Ellos sentían que los protegía, porque si había algún abuso, yo lo denunciaba. 

¿Recibiste algún trato hostil por parte de los oficiales de prisión?

Tuve dos altercados con un reeducador y un jefe de taller. Pero el 21 (Departamento 21 de la Seguridad del Estado) siempre le decía a Prisiones que evitara la confrontación conmigo. De hecho, Prisiones me decía: “Nosotros no tenemos ninguna autoridad sobre ti. Para cualquier cosa tenemos que llamar al 21 y ellos nos dicen qué hacer contigo”. 

¿Fuiste interrogado por agentes de la Seguridad del Estado mientras estuviste detenido?

En La Lima me interrogaban dos, incluyendo a Quintana, que era el jefe de prisiones de La Habana. En la prisión 1580 y en Lawton no me interrogaron. Después, cuando me fugué, sí. La Seguridad del Estado me detuvo. Yo sabía que lo iban a hacer porque ya habían sorprendido a otro que se había fugado conmigo. Yo los estaba esperando. Ahí empezaron a entrevistarme varios. 

¿Sufriste algún tipo de tortura? 

Física, no. Psicológica, sí. Me decían que yo me iba a quedar allí más de cinco años, que ellos iban a buscarme una complicación para que no saliera. Una vez, el jefe de sector esperó a mi hijo, que entonces tenía 15 años, fuera de la casa. Él salió sin pulóver y se lo llevaron para la estación de Zapata y C. Lo pusieron en una celda con adultos y le tiraron una foto, que imprimieron para enseñármela. Me dijeron: “Mira, esto es lo que le estás causando a tu hijo. Lo vamos a meter preso”. En ese momento las rodillas me temblaron. Traté de evitar que ellos se dieran cuenta, pero fue un momento muy difícil para mí.

¿Alguna vez te  colocaron esposas u otros medios para inmovilizarte?

En la 1580, cuando me planté en dos ocasiones, me amarraron a un sillón de barbero y me obligaban a tomarme algo que parecía una sopa pero más densa. A veces me salía por la nariz. Me lo hicieron en dos ocasiones. 

¿Estuviste sometido a aislamiento o a vigilancia especial? 

Todo el tiempo. De hecho, cuando yo llegaba a un centro nuevo, mi cama ya estaba escogida. Un “disciplina” me contó que antes de llegar yo, la Seguridad hablaba con todos los presos. Les decían que no podían acercarse a mí ni conversar conmigo ni hacerme ningún favor. A los de la 1580 que se sentaban conmigo enseguida los chivateaban y los sacaban de la compañía. A uno, incluso, lo mandaron para Santa Clara y le dieron una golpiza. La madre era una teniente coronel retirada que tenía cáncer. Hizo un ruego y regresaron al hijo para La Habana. Lo vi en una visita. Se arrodilló, me agarró del pantalón y me dijo: “Ay, Ángel, lo que me han hecho, cómo me han dado golpes”. Le decían que era por ayudar a un CR (contrarrevolucionario).

¿Presentaste quejas durante tu tiempo en prisión? 

Todo el tiempo. De hecho, la Seguridad le decía a Reinaldo, el jefe de la prisión, que tratara de impedir que yo siguiera sacando denuncias. Esas denuncias las estaban usando en Ginebra para documentar maltratos, abusos, asesinatos, uso de mano de obra esclava. Yo hacía la investigación y la sacaba a través de un canal que ellos nunca descubrieron. Una vez me llevaron a la oficina de Reinaldo y vi que tenía impresas mis denuncias. Miré la más reciente y le dije: “¿Esa es la última que tienes?”. Me dijo que sí y entonces le respondí: “Te faltan unas cuantas todavía”.

Según tu experiencia, ¿hay prisioneros que reciben mejor tratos que otros?

Había corrupción. Muchos familiares les pagaban a los jefes o a los guardias para que tuvieran un mejor tratamiento con sus reclusos, para sacarlos a trabajar. Allá adentro vendían los pabellones, las visitas con la familia. Los reeducadores trabajaban mucho con los regalos, tenían una élite a la que trataban de otra manera. También está el chivato, que tiene otro tipo de tratamiento.

¿Viste a prisioneros en posición de poder disciplinario sobre otros?

El “disciplina” es un dios dentro de la galera. Es el que la policía ve como un tipo guapo, fuerte, presidiario, con experiencia, que puede meterle el pie a los otros presos. Ese es el que les garantiza la disciplina allí, y ellos a cambio le dan visitas, rebajas de condena, beneficios que ellos aceptan para vivir mejor. Ese tiene sus acólitos, otros guapos que lo ayudan a mantener el orden. Pero conmigo nunca se metieron. Parece que la propia policía o los militares les decía que no lo hicieran. Alguna vez me chivatearon, como cuando traté de sacar un cuento y el de arriba me denunció, pero por lo general los presos que encontré en mi camino eran solidarios y me apoyaban.

¿Podías acceder normalmente a los servicios médicos?

Muy rara vez. Los presos tienen que llamar constantemente al guardia para que los lleve a la posta médica y cuando eso ocurre el guardia se molesta porque saben que a veces los presos lo que quieren es pasear, dar una vuelta. Los llevan ya cuando los ven en una situación de mucho desespero. A la gente le podía dar un infarto y se moría allí. Era muy raro que los llevaran a la enfermería, y a un hospital más raro todavía. Y el acceso a medicamentos era insuficiente. Nunca había lo que los presos pedían, y cuando se lo pedían a los familiares, los guardias no lo entregaban.

A mí a cada rato querían mandarme a hospitales, pero yo me negaba. Hasta que me dio el dengue y me ingresaron en la Covadonga, con sueros y rodeado de guardias. Cuando me llevaron para Jaimanitas, me preguntaban si me sentía bien, si no sentía nada en el cuerpo.  Poco después me empezaron a crecer unas protuberancias en el muslo, en el abdomen y en la espalda. Yo nunca dije nada, pero ellos seguían insistiendo. Quisieron llevarme a un médico para que me palpara, pero yo me negué. Cuando salí, me operaron en el Hospital Oncológico. Yo sospecho que me hayan inoculado algo. 

¿Te brindaron algún tipo de atención para la salud sexual y reproductiva?

No. De hecho, yo nunca acepté el pabellón. En mi cabeza no cabía que alguien me llevara a un lugar como si fuera un animal y me metiera en un cuarto. Me parecía muy humillante eso. 

¿Conviviste con personas que tuvieran alguna discapacidad o necesidad especial?

Sí, había personas inválidas, con discapacidad intelectual. Algunos debían estar en Mazorra, en el Hospital Psiquiátrico, no allí. No sabían leer, prácticamente no se les entendía lo que hablaban. Ni siquiera les garantizaban los fármacos. Cuando las familias les llevaban los medicamentos, no se los daban o los enviaban para otro lado. Por eso les daban convulsiones, ataques epilépticos.   

¿Practicas alguna religión o perteneces a alguna sociedad fraternal? 

Soy católico y el año que viene cumplo 40 años en la institución masónica. En dos  ocasiones dejaron entrar al padre Castor José Álvarez Devesa a la prisión a verme. Después se lo negaron.

¿Supiste de alguna muerte o intento de suicidio en la prisión? 

Yo hice una denuncia sobre el caso de Mediaceja, que había sido teniente coronel. Él tuvo un altercado con un menor de edad en la prisión Ivanov, en el Cotorro, y lo asfixió. Después dijo que se había ahorcado, pero había un testigo que escuchó cómo lo asfixiaba. Por eso lo degradaron de teniente coronel a mayor. 

¿Crees que las autoridades tienen la intención de reducir al mínimo las diferencias entre la vida en la prisión y la vida en libertad?

Uno siente más el rigor en la prisión que en la calle, pero yo en la calle no siento libertad. Aquí no hay libertad: no puedes pensar, no puedes decir lo que piensas, a veces no puedes ir adonde quieres. De cierta manera, en la prisión ocurre lo mismo.

¿Crees que las autoridades tienen la intención de evitar o reducir la reincidencia de las personas reclusas?

A mí nunca me dieron pase, lo cual fue otra violación, porque en mínima severidad deben darte pase cada tres meses. Pero recuerdo a uno que estaba preso por robo, que antes de irse de pase me decía: “yo no quisiera ir de pase a mi casa, porque cuando llego encuentro los problemas: mi hijo sin zapatos, el refrigerador roto, comida escasa, y tengo la tentación de salir a robar porque lo que yo gano aquí en la prisión no cubre el gasto de mi familia”. Algunos lo hacían. Para ellos, salir de pase, en vez de ser un premio, era una situación difícil.

¿Tus familiares y allegados sufrieron represalias por tu encarcelamiento?

Mi pareja de aquella época, que era una actriz, fue amenazada y no le permitieron salir más en televisión hasta el día de hoy. A mi hijo lo metieron en un calabozo para amenazarme. A mi hermana, dos hombres la amenazaron en Miami, cuando estaba en un estudio de televisión esperando para hablar sobre mi caso. Le dijeron que la Red Avispa no estaba muerta y que ella no sería ni la primera ni la última en aparecer muerta fuera de un canal. Y era cierto. Ella sabía de alguien que había salido de allí y lo habían matado extrañamente en la esquina. Esa fue la amenaza que le hicieron: que podían matarla por defenderme.

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Publicación fuente ‘Centro de Documentación de Prisiones Cubanas’