Orlando Freire Santana: El régimen cubano tiene sus propios métodos de control fascistas

DD.HH. | 10 de julio de 2026
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Actualmente los conflictos entre países y sistemas sociales, además de desarrollarse en las vertientes habituales de enfrentamiento, se presentan en el campo de la semántica. O sea, que a las sanciones políticas y la imposición de restricciones económicas se añade lo que podríamos denominar como “guerra de calificativos”. 

Ya habíamos analizado en un artículo anterior de CubaNet esa costumbre de las fuerzas de izquierda de llamarse a sí mismas “progresistas”, tal vez como consecuencia de su falsa creencia en el sentido de la Historia. A ello se agrega el hábito de esa izquierda de otorgar el membrete de “fascista” a los gobiernos de derecha, con el claro propósito de descalificar a muchos sistemas políticos de ese signo ideológico.  

El fascismo surgió en Italia en los años 20 de la pasada centuria, cuando Benito Mussolini, aprovechando el nacionalismo exacerbado reinante en su país, el descontento que reinaba en la sociedad tras los acuerdos de Versalles que pusieron fin a la Primera Guerra Mundial, así como el deseo de colocar a Italia en los primeros planos de la política mundial, creó los “fascios italianos”, entidades de corte paramilitar que aplicaban métodos violentos de lucha callejera, ajenas a las vías constitucionales, con el objetivo de lograr sus propósitos.   

A partir de ese momento se llamó “fascistas” a regímenes como el de Francisco Franco en España y a todas las dictaduras militares latinoamericanas que asolaron a la región hacia la segunda mitad del siglo XX, con énfasis especial al gobierno de Augusto Pinochet en Chile. En general eran regímenes que habían llegado al poder mediante golpes de Estado o sublevaciones militares y que después conculcaron las libertades y el Estado de derecho en sus países. 

Pero la cosa no paró ahí, porque la izquierda internacional sumó a su arsenal discursivo la manía de llamar “fascista” a cualquier gobierno de derecha que le resultase adverso, aun si ese gobierno se condujera por conductos institucionales. Recordemos una de las Cumbres Iberoamericanas, cuando el gobernante venezolano Hugo Chávez, con esa forma soberbia e histriónica de comportarse, se refirió al “gobierno fascista de José María Aznar en España”. De inmediato recibió la enérgica respuesta de los representantes de España en ese evento, quienes adujeron que un gobernante que había sido elegido por el pueblo español y mantenía una conducta de respeto a la democracia, de ninguna manera podía ser calificado de “fascista”. 

Entonces, si tenemos en cuenta que el fascismo se caracteriza por métodos violentos, de lucha callejera, con el empleo de fuerzas paramilitares con el objetivo de imponer a toda costa la voluntad de la maquinaria del poder, no sería difícil calificar como fascistas a las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida que han agredido a indefensas mujeres (las Damas de Blanco) que solo salen a las calles a manifestar pacíficamente sus puntos de vista. 

E incluso antes, fueron métodos claramente fascistas los mítines de repudio que turbas progubernamentales les dieron a las personas que solo pretendían abandonar el país por el puerto de Mariel. Acciones que incluían golpizas y lanzamiento de todo tipo de objetos contra las viviendas de los potenciales emigrantes. 

Evidentemente, los hechos indican que no se puede aceptar que el calificativo de “fascista” se emplee únicamente para nombrar a los gobiernos de mano dura de derecha. Y mucho menos convenir con que el fascismo sea inevitablemente el estadio final de los gobiernos de ese signo ideológico. 

Los regímenes de izquierda que llegan al poder por vías no reconocidamente institucionales, y que se mantienen gobernando por la fuerza y contra la voluntad de su población, son también generalmente  portadores de métodos e ideología fascistas. El castrismo es un buen ejemplo de ello.

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Publicación fuente ‘Cubanet’