Norge Espinosa Mendoza: Bailando sobre las espinas / Rosario Suárez y su documental ‘La reina de los jueves’

Autores | Cine | Memoria | 13 de julio de 2026
©Charín junto a Fernando Alonso / Imagen: Pedro Portal

Por estos días, regresará a las pantallas un documental que hace ya varios años anhelaba reseñar, y este retorno de La reina de los jueves (Orlando Rojas, 2016) ha sido la oportunidad ideal para verlo y comentarlo. El próximo 14 de agosto, como parte de la cartelera del Festival de Cine Cubano (SALVUS), que organiza el Centro Cultural Cubano de Nueva York, este retrato de una de las mejores bailarinas de la Isla podrá ser apreciado, mediante una proyección en el teatro del NY ANTHOLOGY FILM ARCHIVES. Gracias a la cortesía de su director he podido finalmente conocer esta obra y, en ningún momento de su visionaje dejé de pensar en las muchas emociones que vivirían, de tener la misma oportunidad, tantos de los admiradores que aún, en esa ciudad que alguna vez fue La Habana, nombran a su protagonista con admiración y respeto. Con un punto de éxtasis, añadiría, porque Rosario Suárez, Charín, dejó una estela indeleble sobre los principales escenarios de su país natal. Y también de otros. Aunque es ahí, en La Habana, con su Gran Teatro cerrado y sin poder ahora recibir a los balletómanos que se agolpaban para conseguir una entrada durante las temporadas del Ballet Nacional de Cuba (BNC), donde pervive su leyenda. Su mito. Más que su biografía.

Este documental es una respuesta a todo ello, tanto al mito como a su biografía, narrado en primera persona por esta mujer que deslumbró con su belleza, sus aptitudes técnicas, su limpia ejecución de tantos roles, y añadió a todo ello esa extraña condición que es el encanto. La gracia, el carácter, que la libró de ser una más en el ejército de cisnes, Willis, princesas y gitanas que se repiten una y otra vez en el repertorio de la más importante institución danzaria de Cuba, como un espejo infinito que debe repetir las pautas fijadas en esos papeles por Alicia Alonso, reina absoluta de ese mundo piramidal que bailaba en puntas, y que por décadas infinitas tomó las decisiones que auparon o coartaron las carreras de discípulas y nuevos talentos. La reina de los jueves, con guion y textos de Dennis Scholl, Orlando Rojas y Abilio Estévez, desmonta esa idea casi perfecta que salía a danzar, en la silueta inmaculada de un cuerpo de baile, cada uno de esos fines de semana. Y es al mismo tiempo un retrato delicado y vibrante de la mujer que es Rosario Suárez. O era, según la presenta este documental, hace ya diez años.

Valdría recordar algo que no es la primera vez que un audiovisual de esta naturaleza se detiene en el rostro de Charín. En 1983, Marisol Trujillo también la asumió como protagonista de Mujer ante el espejo, una pieza no siempre debidamente recordada, en la cual la cineasta seguía el proceso de maternidad de la bailarina, con todas las complejidades que para una carrera como la suya implica el convertirse en madre. Paula, la única hija de Charín, está aquí también en La reina de los jueves, convertida ya en una joven que sigue los pasos de Rosario en el salón de ensayos, lejos de la Isla que tuvieron que abandonar a mediados de los años 90. Un documental y otro dialogan en el tiempo, aunque en el segundo afloran las tensiones que como parte del Ballet Nacional de Cuba, bajo la guía severa de la Alonso, tuvo que afrontar esta bailarina a la que la acompañó siempre un aura de rebeldía que le cobraría un alto precio a su trayectoria, y todo lo que en un contexto muy diferente ha añadido a su repertorio de vivencias.

Ubicada en una línea de tiempo que la deja ver como parte de la primera generación forjada en la Revolución bajo la guía de Alicia y Fernando Alonso, Rosario tuvo que armarse de paciencia, mientras sus excelentes dotes afloraban sin que ello le permitiera llegar al reconocimiento de primera bailarina que le llegó, como algunos papeles, casi demasiado tarde. Su presencia magnética, su capacidad interpretativa, su comprensión del trazo sicológico de sus personajes, se destacó desde que con 19 años apareciera en Tarde en la siesta, ese clásico del BNC creado por Alberto Méndez como un acto de homenaje a Ernesto Lecuona. Confinada a las funciones de los jueves, logró hacerse notar en aquel momento en el que la compañía contaba con recursos y talentos numerosos, y el público la eligió como quien descubre a algo más que a una estrella naciente. La perfección de sus fouettés, la destreza de sus pasos, su equilibrio prodigioso, todo eso la destacaba en aquel conjunto donde aún brillaban las Cuatro Joyas. Pero había en ella además esa condición, inefable, que la ayudaba a ser algo más que un cuerpo magníficamente entrenado para esas proezas y la pirotecnia que consumía a otras y otros: ese toque que caracteriza al verdadero artista y lo dota de luz propia. Las ovaciones, los elogios gritados desde la platea, podían más que la prudencia de la crítica obediente que se cuidaba de alabarla en demasía, a pesar de lo demostrado en muchas de esas funciones de las cuales el documental rescata instantes gracias a imágenes de archivo: a ratos provenientes de videos tan borrosos como puede serlo el recuerdo de aquellos días en La Habana. Esos elogios a voz en cuello de los balletómanos no dejaron de llegar a la prima ballerina assoluta, quien desafiaba todas las convenciones bailando aún, casi ciega. Casi ciega, pero no sorda.

Orlando Rojas trata de reconstruir durante la mayor parte de La reina de los jueves, la intensidad de aquellas temporadas. Y también juega con el mito creciente de Charín, al relatar una célebre anécdota que profetizaba mucho: al culminar una función, la mismísima Alicia Alonso extendió unas rosas de su lujoso ramo a Charín, quien había bailado esa noche el rol de Mirtha, la reina de las Willis. El gesto de Alicia/Giselle, era un golpe de guante blanco: “Cuidado, tienen espinas”, le susurró a la joven mientras le cedía aquellas flores. Y no, no fue en Varna, como asegura la hermosa voz de Gerardo Riverón desde su papel de narrador del documental, sino en La Habana, tras una enésima función con la cual el BNC resucitaba a la campesina enamorada del duque de Silesia. Eso lo aclara de inmediato la propia Rosario Suárez, quien se debate en no pocos momentos ante la cámara, tratando de unir su honestidad con la palabra más precisa, evitando dramatizar lo que debe haber sido muy duro para ella. Entre las mayores virtudes de La reina de los jueves está esa sinceridad y lo que el espectador presiente debajo de esas confesiones: un estremecimiento que revela lo difícil que pudo haber sido vivir y abandonar ese reino, para encontrar luego un nuevo camino, donde no siempre el talento permite eludir otras adversidades.

Bailar sobre esas espinas puede ser un sacrificio agotador. A pesar de los consejos y enseñanzas de Fernando Alonso, Rosario Suárez, tras la salida del maestro del BNC, tuvo que hacerlo muchas veces sola. Pudo bailar Giselle a los 36 años, y aunque interpretó el papel del Destino, en Carmen, el rol principal de la coreografía de Alberto Alonso se le escapaba: nadie podía encarnarlo, sino la Alonso. La reina de los jueves da fe de esos tropiezos y establece una metáfora que muchos entendían en Cuba: lo que se estaba poniendo en claro aquí no eran las dotes de algunos bailarines, el talento y su preparación rigurosa bajo los preceptos de lo que se ha dado en llamar “escuela cubana de ballet”. Se trata de un asunto de poder, de una jerarquía y un control capaz de detener el tiempo, aunque no la edad y el desgaste de los cuerpos de quienes lo establecían o de quienes lo padecían. La analogía entre Fidel Castro y Alicia Alonso es uno de los pilares del guion del documental, y la coincidencia de ambos rostros en alguna secuencia es una confirmación de sus estrategias de dominio total/totalitario de ciertas esferas y ámbitos. Es una imagen que puede explicarse mejor en libros como La bailarina y el comandante, de Isis Wirth, el cual –como este documental– habla abiertamente sobre esas conexiones y semejanzas de mando. Quien osara disentir o romper ese cerco, alzarse en contra de lo que ellos establecían, quedaba condenado al papel del renegado. Y Rosario Suárez fue, junto a otros integrantes del BNC, una de las grandes rebeldes de esa historia, en un país donde la rebeldía había sido confinada a simbolizar otras cosas.

©Cartel de ‘Eppure, si muove!’ en el teatro Mella / Archivo

Al nuevo poder le convenía tener a su favor el milagro de una compañía de ballet como la que forjaron los Alonso. Les dio recursos, aceptó condiciones y caprichos (como el de Alicia cuando se negó a mudar su escuela a la nueva sede de Cubanacán) y no discutía sus decisiones internas. Traicionar al BNC, que se ubicaba en la cúspide de las aspiraciones artísticas de la Cuba socialista, desertar de sus tropas, no era sencillamente buscar otras opciones de trabajo y vida, incluso cuando ello implicaba renunciar a las giras internacionales y a ciertos beneficios que otras agrupaciones de no menor talento ambicionaban por aquellos años de aparente gloria. Era traicionar a Alicia, y por ende, traicionar a la patria que le brindaba todo para mantenerse en pie, a pesar de su ceguera, bailando heroicamente mientras la rodeaba su corte de danzantes. Era traicionar a la Revolución misma. “No es fácil bailar ciega. No es algo que todo el mundo puede conseguir”, reconoce Rosario Suárez desde esa línea de sombra donde se funden admiración y respeto hacia la gran bailarina que fue Alonso, pero también advirtiendo el peligro que implicaba retarla, desafiar a alguien que “tuvo que aparentar ser la mala de la película”. Como Raquel Revuelta, como otras figuras de ese mundo cultural que creció a la sombra del Consejo Nacional de Cultura y del Ministerio de Cultura, Alonso no solo tenía que contar y medir sus pasos sobre el escenario, a fin de no quedar fuera del halo de luz o caer desde el escenario. La política es danzar un ballet sobre espinas. Y olvidar eso puede tener consecuencias fatales.

La ruptura era inevitable y tuvo matices de escándalo, cuando Caridad Martínez quiebra el muro y funda el Ballet Teatro de La Habana. Se va del Ballet Nacional de Cuba harta de esperar, harta de ver cómo ascienden otros y a ella se le confina a papeles menores; harta de un ejercicio de poder que va consumiendo vidas y horas de sacrificio. Jorge Esquivel, Mirta García, Rosario Suárez, son también nombres en esa operación de libertad, más que de fuga. Charín recuerda con agradecimiento todo lo aprendido, pero se niega a vivir en una cárcel en la cual, además, el paso del tiempo sí cuenta para ella, mientras la figura central el BNC baila en un tiempo suspendido, como si fuera realmente a ser eterna. El Ballet Teatro de La Habana no solo rompe con la tradición del BNC, pone en crisis símbolos y valores que parecían intocables. Rosario baila en Eppure, si mouve!, en septiembre de 1988. A pesar de los debates y la polémica, el Ballet Teatro de La Habana logra el respaldo oficial y muestra sus provocaciones a lo largo de Cuba y en varias giras internacionales. Otro documental, Hablas como si me conocieras, producido por el ICAIC y dirigido por Irene López Kuchilán en 1989, da fe de sus búsquedas, en ese momento de frescura donde irrumpían también los estrenos del Teatro Buendía, DanzAbierta, Víctor Varela… Charín aporta todo lo que sabe en esta nueva fase, pero luego regresa al Ballet Nacional de Cuba. Recuerdo haber estado en la sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba en la función con la cual Rosario Suárez regresaba al BNC con El lago de los cisnes. Toda La Habana que conocía su nombre estaba allí, incluso un célebre pintor al que descubrí sentado en un peldaño, porque ni siquiera él había conseguido luneta. Fue una noche triunfal, en la que muchos creyeron que se limaban todas las asperezas: la hija rebelde volvía a casa y se le permitían nuevas ovaciones, nuevos ramos de flores. Nuevas espinas.

Por un tiempo, confirma Charín en La reina de los jueves, pareció ser así. Incluso su diálogo con Alicia Alonso fue menos tenso y ella creyó que se le escuchaba y respetaba más. Hasta que en una gira sobrevino la ruptura definitiva: el Período Especial se sentía con fuerza y Rosario temía por ella, por su hija, por el destino mismo del país, y habló de ello con la prima ballerina assoluta, quien reaccionó como la funcionaria y embajadora de la Cuba Socialista que era ante el mundo, no como la gran artista de renombre mundial y poder casi omnímodo. En marzo de 1994, Rosario Suárez bailaba por última en el hoy cerrado Gran Teatro de La Habana, el coliseo más antiguo de América Latina, ahora nombrado como la genial Alonso. Unos meses después, estalla una revuelta en las calles de La Habana que solo la presencia de Fidel Castro logra contener. Un mundo termina. Lo que sobrevive de ello no es exactamente algo que pueda describirse con la ligereza de un delicado paso de ballet. “De alguna forma, fue un error, esta conversación mía con ella”, afirma ahora Charín, evocando aquel diálogo en Madrid, a poco tiempo de aquellas revueltas en el malecón de La Habana. “Yo estoy segura que ella lo entendía, pero no podía aceptarlo”. Charín es borrada de las funciones programadas tras esa conversación. Y ello implica que ya no hay vuelta atrás. El único escenario disponible en ese momento ya no es otro que el exilio.

La llegada a Miami era parte de ese guion, elegible o no, que se impone cuando España niega asilo a la bailarina que ha cosechado críticas y elogios de gran altura. Así como en varios momentos de La reina de los jueves se deja ver a una Rosario Suárez que se niega a ofrecer ciertos detalles demasiado íntimos de algunas de sus pugnas, como quien no quiere o no puede aún contarlo todo ante la cámara que sostiene una persona de confianza, el documental se abre hacia las dificultades artísticas y financieras que su protagonista ha enfrentado en este otro contexto. Sin la presión ni el cerco de Castro o la Alonso, otras son las puertas a tocar y, otras también, las que se abren o se cierran. El prestigio es útil, pero no siempre opera en un ámbito donde es necesario el dinero, la figura del productor y el representante, y las sensibilidades y el público son diferentes. Las buenas intenciones y el talento probado no bastan. La reina de los jueves también es honesto al retratar esa dureza, las circunstancias amargas que hicieron a Charín entregarse a la fundación de nuevas compañías en Miami y ser también testigo de sus cierres. Recomenzar es duro. Seguir en pie es duro, sobre todo para una bailarina. Dentro de la honestidad de La reina de los jueves cabe ese retrato nada complaciente ni edulcorado de lo que ese salto implicó para su protagonista.

©Rosario Suárez, ‘Charín’ / Archivo

“Venir a Miami era como una toma de partido. Tenía toda la apariencia de un paso político”, afirma la bailarina, que en 1995 está actuando ya en Miami. Allí recibe las noticias de la muerte de su madre y una hermana, no puede volver a Cuba a despedirlas. El crossover es difícil. El American Ballet Theater le ofrece una audición, pero no llegan a contratarla. Funda una compañía, el Ballet Cubano de Miami, que debe cerrarse por falta de apoyo. Luego crea la Rosario Suárez Dance Academy, donde recibe la visita de su maestro Fernando Alonso; y el Ballet Rosario Suárez, que también luchará por mantenerse en activo hasta desaparecer bajo las mismas causas. En los momentos finales de La reina de los jueves, la vemos aún en esa batalla: su carrera como bailarina parece haber concluido al compartir escena con su propia hija, bailando ambas Tarde en la siesta, con la cual su carrera había iniciado en La Habana. Quien ha seguido sus rumbos sabe que sigue dando clases, que ha actuado en La última función que escribió expresamente para ella Abilio Estévez en 2010. Que su anhelo es seguir adelante, bailando con su sola presencia, conmoviendo con su virtuosismo, con las armas con las cuales aprendió a distinguir esas espinas entre los más lujosos ramos de flores.

Cuando murió Alicia Alonso, en octubre de 2019, no pude evitar ir a su despedida, a desfilar ante su cadáver atrapado en el ataúd blanco que se expuso en el lobby del Gran Teatro que ya ostentaba su nombre. Por aquellos días escribí que con su muerte llegaba también el momento de empezar a repasar la historia del BNC desde otras perspectivas, de salvar silencios y censuras que se desmarcaran de la narrativa oficial que se fue construyendo a imagen y semejanza de su directora general. En esos silencios están los nombres de quienes, como Rosario Suárez, salieron alguna vez del BNC y no han regresado a la Isla, a reencontrarse con los aplausos del público que la elevaron a una dimensión tan singular. Muchos de esos intérpretes merecen el Premio Nacional de Danza, pero ni siquiera son nominados a tal galardón. No importa que hayan ayudado a forjar el mito de la “escuela cubana de ballet”, que hayan sido sus cuerpos y sus dotes los que han hecho encarnar el sueño de los Alonso y despertar asombro en el mundo. Lo que relata La reina de los jueves podría ahora, a varios años de la muerte de Alicia, ampliarse con las voces de quienes son también parte de esa historia, y en tantos lugares, en tantas ciudades, llevan consigo parte del linaje que surgió de ese milagro que es el fervor y el orgullo con el cual, en Cuba, se habla de ballet. En ese linaje, Rosario Suárez tiene un sitio indiscutible, cuyos lados luminosos y sombríos nos revela este documental, que se integra a esa otra manera mediante la cual también podemos y debemos hablar de la prodigiosa historia del Ballet Nacional de Cuba.

“No soy un héroe”, dice ella poco antes de los créditos finales. Pero ha salido a escena como quien se dispone a guerrear desde su talento. Eso es lo que nos deja como perfil de Rosario Suárez este excelente documental premiado en Miami y Guadalajara, con edición y fotografía de Jorge Álvarez y música de Alfredo Triff. No solo puede establecerse un puente entre la Charín de Mujer ante el espejo y la que aparece en La reina de los jueves, como espejos que se enfrentan entre la idea de la Cuba que discuten mediante el cuerpo y el talento de una artista. También podemos hacer una analogía entre el propio director, su biografía, y la de esta bailarina excepcional. Y eso acerca La reina de los jueves, a diez años de su estreno, a la vida de muchas otras personas, ligadas o no al mundo del arte, cuyo destino quedó marcado por el peso de la Gran Historia. Al inicio y cierre del documental, dos citas de Albert Camus nos recuerdan el mito de Sísifo. Cargar el peso de la Gran Historia, nos dice La reina de los jueves, no puede tampoco impedirnos, por muy grande que ese peso sea, el empeño de vivir. De bailar, en este caso, como lo ha hecho Rosario Suárez durante una función de jueves que su brío, su belleza, su carácter y sus aplausos, hacen eterno otra vez en ese escenario que puede ser la pantalla.