Claudia Padrón Cueto: Entrevista al economista y especialista en infraestructura Juan A. Belt / ‘Cuba no se parece a ninguna otra transición’

Juan A. Belt ha dedicado buena parte de su carrera a resolver problemas que pocos países enfrentan: cómo reconstruir Estados tras guerras, crisis institucionales o el colapso de servicios esenciales. Economista senior y especialista en infraestructura, ha ocupado cargos de alta responsabilidad y asesoría en la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), donde ha trabajado en proyectos de reforma de los sectores eléctrico, de agua y telecomunicaciones en América Latina y otras regiones.
De origen cubano, Belt ha desarrollado su carrera fuera de la Isla, pero por un interés personal ha centrado parte de su trabajo en estudiar cómo podría reconstruirse el país tras una eventual transición democrática. Sus investigaciones analizan desde la recuperación del sistema electroenergético hasta la modernización de las telecomunicaciones y el abastecimiento de agua, con propuestas concretas basadas en experiencias internacionales.
En conversación con CubaNet, el experto explica por qué considera que Cuba es un caso sin precedentes, cuáles deberían ser las primeras prioridades para sacar al país del colapso y qué papel pueden desempeñar tanto la diáspora como los profesionales que aún permanecen en la Isla en un futuro proceso de reconstrucción.
Usted ha participado en procesos de reconstrucción en países que salían de guerras, desastres naturales o crisis profundas. ¿A cuál de esos casos se parece más la Cuba actual?
Hoy Cuba me parece un caso sui generis. He trabajado en países como El Salvador y Guatemala, donde viví tanto durante la guerra como después de los acuerdos de paz. También he trabajado en Afganistán e Irak. Pero ninguno de esos casos es comparable con Cuba.
En esos países existían la propiedad privada (me refiero a los de América Latina), un sistema legal y jueces. Había corrupción, sí, pero también instituciones que seguían funcionando. En Cuba, en cambio, estamos frente a un Estado fallido. No hay un colapso del orden público porque existe un aparato represivo que lo impide, pero eso no significa que el Estado funcione.
Tampoco veo una transición política que pueda seguir el mismo camino de Afganistán o Irak, donde hubo enormes despliegues militares internacionales. En Cuba la realidad es completamente distinta.
Por eso creo que no podemos tomar el mapa de ruta de otro país y aplicarlo aquí. Habrá que ser muy innovadores.
¿No existe entonces ningún precedente útil?
No diría eso. Nunca he creído que la experiencia de un país pueda copiarse mecánicamente en otro. Ese es un error muy frecuente.
Lo que sí existen son lecciones que pueden adaptarse. En sectores como la electricidad, las telecomunicaciones o el agua hay experiencias internacionales muy valiosas que pueden servir para Cuba, siempre ajustándolas a la realidad nacional.
El gran desafío sigue siendo la gobernabilidad. Por eso sería deshonesto afirmar que existe un país cuya transición pueda servir como modelo para Cuba.
¿Qué hace a Cuba tan diferente?
La magnitud de las distorsiones económicas. En la antigua Unión Soviética, por ejemplo, existían fuertes distorsiones de precios: algunos bienes eran extremadamente baratos y otros muy caros. Los alquileres eran casi simbólicos, mientras que un pantalón de mezclilla podía costar varias veces más que en Occidente.
Pero en Cuba el problema es todavía mayor. Ahora mismo estoy elaborando modelos financieros para los sectores eléctrico y de agua, y una de las mayores dificultades es determinar qué tipo de cambio utilizar.
Existe un tipo de cambio oficial que prácticamente nadie usa. Y luego está el mercado informal, donde el dólar supera ampliamente los 600 pesos.
En otros países pueden coexistir dos tipos de cambio con diferencias relativamente pequeñas. En Cuba la diferencia puede multiplicarse por treinta.
Esa distorsión hace extremadamente difícil incluso realizar análisis económicos básicos. He pasado horas discutiendo con especialistas muy competentes cuál es el tipo de cambio más razonable para convertir pesos a dólares o viceversa.
Si tuviera que establecer prioridades, ¿qué debería reconstruirse primero en Cuba: las instituciones, la infraestructura o las normas
Creo que hay que hacer todo al mismo tiempo. Es cierto que las instituciones son fundamentales, pero el país no puede esperar a que todo el proceso político concluya para empezar a resolver los problemas más urgentes.
La prioridad absoluta es el sector eléctrico. Si Cuba no logra recuperar un sistema eléctrico, aunque sea tan imperfecto como el que tenía hace veinte años, no habrá crecimiento económico, no habrá turismo y no habrá una recuperación real.
En una ponencia que preparé propongo una solución de emergencia basada en plantas eléctricas flotantes, mucho más eficientes que las actuales patanas turcas. Desde el punto de vista técnico es una solución relativamente sencilla.
El verdadero problema no es tecnológico, sino financiero: la población no tiene capacidad para pagar el costo real de esa electricidad. Por eso también planteo la creación de algún tipo de fondo social que permita financiar esa etapa inicial.
No se trata de resolver completamente la crisis de inmediato, pero sí de reducir los apagones a niveles que permitan vivir y producir. Hoy la situación simplemente es insostenible.
¿Por qué considera que la electricidad es la prioridad?
Porque todo depende de ella. Sin electricidad no se puede conservar alimentos, no funciona el comercio, no hay producción y tampoco funcionan adecuadamente otros servicios esenciales, como el abastecimiento de agua.
Cuando se interrumpe la electricidad también dejan de operar las estaciones de bombeo. Y cuando finalmente regresa el servicio eléctrico, el agua no vuelve de inmediato.
Además, cada uno de esos ciclos provoca un fenómeno conocido como water hammer o «golpe de ariete»: el agua regresa súbitamente con alta presión y termina dañando las tuberías. Es un deterioro acumulativo que destruye poco a poco toda la infraestructura hidráulica.
¿Qué consecuencias tiene eso para la población?
Las consecuencias son dramáticas. Hace poco vi un video de La Habana que realmente rompe el corazón. Se veía a familias enteras y a niños de siete u ocho años haciendo largas filas con pequeños recipientes para recoger agua de un tanque del Gobierno.
Es difícil aceptar que en pleno siglo XXI un país que hace apenas unas décadas era uno de los más desarrollados de América Latina haya llegado a esta situación. Incluso hace veinte años el abastecimiento de agua en La Habana era mucho mejor. El deterioro ha sido extraordinariamente rápido.
Por eso considero que cualquier estrategia de reconstrucción debe comenzar con una respuesta de emergencia al sistema eléctrico.
¿Qué ocurriría con otros sectores, como las telecomunicaciones?
Las telecomunicaciones son un caso distinto. A diferencia del sistema eléctrico, hoy las redes son mayoritariamente inalámbricas, lo que hace que su recuperación pueda ser mucho más rápida.
Recuerdo que en Afganistán, cuando todavía había combates en algunas zonas del país, ya existían empresas privadas instalando torres de telefonía celular. Es decir, ni siquiera fue necesario esperar a que todo el territorio estuviera completamente estabilizado.
En Cuba podría ocurrir algo parecido. Bastaría con que un nuevo gobierno autorizara el ingreso de otras compañías para que la expansión de la conectividad comenzara casi de inmediato.
Usted también propone permitir la entrada de Starlink. ¿Cómo funcionaría?
Hace tiempo Elon Musk manifestó su disposición a ofrecer internet satelital a Cuba. Si existiera un gobierno dispuesto a abrir realmente el acceso a internet, Starlink podría convertirse en una herramienta muy importante.
Muchos teléfonos actuales ya pueden conectarse directamente con redes satelitales, y además cualquier pequeño emprendedor podría adquirir una antena de Starlink para ofrecer servicio en su comunidad.
Podrían surgir pequeños centros de acceso a internet, similares a los antiguos cibercafés, o incluso redes comunitarias que distribuyeran la conexión entre varios vecinos.
Sería una forma muy rápida de ampliar el acceso a internet sin tener que esperar grandes inversiones en infraestructura terrestre.
¿Por qué las telecomunicaciones en Cuba son mucho más caras que en otros países de la región?
Porque funcionan bajo un monopolio.
ETECSA no tiene competencia y, según entiendo, sus principales accionistas están vinculados a GAESA. Eso hace que las telecomunicaciones se conciban principalmente como una fuente para captar divisas, no como un servicio destinado a impulsar el desarrollo del país. El Estado obtiene ingresos por muchas vías: las recargas enviadas desde el exterior, las remesas, las tiendas en dólares y otros mecanismos mediante los cuales termina captando buena parte del dinero que envían los cubanos emigrados.
Las telecomunicaciones forman parte de ese esquema. Mientras en países como Guatemala o República Dominicana los precios responden a un mercado competitivo, en Cuba el acceso a internet cuesta varias veces más.
Usted propone abrir el mercado. ¿Cómo sería ese proceso?
Una de mis propuestas es permitir la entrada de al menos dos nuevas compañías de telefonía móvil que compitan con ETECSA.
La competencia reduciría los precios y mejoraría la calidad del servicio. Pero eso no significa eliminar automáticamente a ETECSA. La empresa podría seguir operando, siempre que compita en igualdad de condiciones.
¿Cómo evitar que ETECSA abuse de su posición dominante frente a los nuevos operadores?
La respuesta es un regulador independiente. Todos los países modernos cuentan con un organismo regulador que establece las reglas del mercado.
Su función es doble. Por un lado, proteger a los consumidores para evitar que un monopolio o un duopolio abuse de su poder y cobre tarifas excesivas.
Por otro, proteger a los inversionistas. Si una empresa invierte cientos de millones de dólares en infraestructura, necesita la certeza de que el Estado no cambiará arbitrariamente las reglas del juego ni impedirá recuperar su inversión. Un regulador serio debe mantener ese equilibrio.
¿Por qué es tan importante ofrecer esa seguridad jurídica?
Porque existe una forma de expropiación que no consiste en confiscar físicamente una empresa. Puede ocurrir cuando el Estado obliga a una compañía a vender sus servicios por debajo de sus costos o modifica constantemente las reglas hasta hacer inviable el negocio.
En inglés existe incluso un término para eso: creeping expropriation, o expropiación gradual. Si Cuba quiere atraer inversión privada, tendrá que ofrecer garantías de que eso no ocurrirá.
¿Podría el Estado obtener ingresos con esa apertura?
Sí. Por ejemplo, el espectro radioeléctrico tiene un enorme valor económico.
En Estados Unidos, las frecuencias para telefonía móvil se adjudican mediante subastas públicas organizadas por la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC). Cuba podría hacer algo similar.
Una estimación preliminar indica que la venta de dos nuevas licencias de telefonía móvil podría generar alrededor de 100 millones de dólares para el Estado. Es una cifra aproximada, pero perfectamente plausible. Esos recursos podrían destinarse a otras áreas prioritarias de la reconstrucción.
Además de reducir precios, ¿qué impacto tendría una mayor conectividad?
Sería enorme. Primero, fortalecería el acceso a la información y facilitaría el ejercicio del periodismo independiente. Pero también tendría un efecto económico muy importante. En Cuba existe muchísimo talento. Hay programadores, diseñadores, músicos y profesionales capaces de vender servicios digitales al resto del mundo. Muchos ya trabajan como freelancers para empresas extranjeras.
El problema es que viven atrapados entre los apagones y la mala conexión a internet. Sin electricidad no hay internet. Y sin internet resulta imposible desarrollar una economía digital competitiva.
Las telecomunicaciones, la electricidad y el agua están completamente conectadas.
Si quieres instalar medidores inteligentes de agua, implementar pagos electrónicos o modernizar la red eléctrica, necesitas una infraestructura de telecomunicaciones confiable. Por eso estos tres sectores deben avanzar de forma coordinada.
Usted insiste en que la electricidad, el agua y las telecomunicaciones están conectadas. ¿Qué ocurre con el sistema de agua en Cuba?
El sistema de agua, especialmente en La Habana, prácticamente ha colapsado. Cuando falta electricidad dejan de funcionar las estaciones de bombeo, las tuberías se deterioran cada vez más y la población termina dependiendo de camiones cisterna o de vendedores privados que cobran precios muy elevados.
Pero el problema va mucho más allá de la incomodidad cotidiana. También tiene consecuencias sanitarias muy graves. La acumulación de basura, la escasez de agua y el deterioro del saneamiento favorecen la propagación de enfermedades transmitidas por mosquitos y otros vectores.
¿La crisis del agua también termina afectando la economía?
Muchísimo.Antes de comenzar una investigación en curso yo veía el problema únicamente desde la perspectiva de los ciudadanos. Pensaba en las familias que no tienen agua en sus casas.
Pero luego comprendí que también golpea directamente uno de los sectores que podría ayudar a reactivar rápidamente la economía: el turismo.
Imaginemos a un visitante extranjero que decide viajar a Cuba. Disfruta de las playas, pero también quiere pasar varios días en La Habana, recorrer su arquitectura, visitar restaurantes, bares históricos y otros atractivos. Si llega y descubre que muchos establecimientos están cerrados porque no tienen agua, probablemente no regrese y además dejará una mala reseña de su experiencia. Eso afecta la imagen del país y limita la recuperación del turismo.
¿Qué sectores podrían ayudar a una recuperación relativamente rápida de la economía?
La agricultura necesita tiempo para recuperarse. Lo mismo ocurre con muchas otras actividades productivas. En cambio, el turismo tiene la ventaja de que Cuba ya posee activos extraordinarios. Por un lado están sus playas, que siguen siendo un atractivo natural excepcional. Pero el otro gran activo es La Habana.
La ciudad continúa siendo una de las capitales más hermosas del continente. Tiene edificios históricos, una arquitectura única y una ubicación privilegiada frente al mar.
Muchos de esos inmuebles hoy se están deteriorando, pero el potencial sigue existiendo. Lo que necesita el visitante no es únicamente contemplar edificios históricos. También espera encontrar restaurantes abiertos, hoteles funcionando, servicios básicos garantizados y una ciudad capaz de ofrecer una buena experiencia.
Por eso resolver problemas como el agua y la electricidad también es una política de desarrollo económico.
¿Cuba cuenta con los profesionales necesarios para emprender esa reconstrucción?
Sin ninguna duda. Desde hace años muchos ingenieros y especialistas cubanos, tanto dentro como fuera de la Isla, vienen estudiando estos temas. He trabajado con profesionales como María Fernández, Helena Solo-Gabriele y muchos otros expertos cubanos en proyectos relacionados con infraestructura.
Además, en Florida hay un enorme capital humano. Florida Power & Light cuenta con numerosos ingenieros cubanos. Lo mismo ocurre en los sistemas de agua y alcantarillado de Miami-Dade.
También existen organizaciones como la Association for the Study of the Cuban Economy y grupos como Convivencia, que llevan años preparando propuestas para una futura transición. Recientemente participé en un simposio organizado en la Universidad Internacional de Florida donde debatimos precisamente cómo reconstruir la infraestructura del país. Es decir, el conocimiento técnico ya existe. El desafío será convertir ese conocimiento en políticas públicas cuando llegue el momento. Nunca la posibilidad de un cambio había sido tan alta como lo es ahora.
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Publicación fuente ‘Cubanet’ / Esta entrevista se realizó como parte de una colaboración con el proyecto de Cuba Siglo 21, «Cuba: reconstruir y reinventar».
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