Norge Espinosa Mendoza: Caramelo Negro / Cuando Julio Cortázar escribía a Virgilio Piñera

La reciente aparición en InCUBAdora de una carta de Virgilio Piñera dirigida a Guillermo Cabrera Infante, en la cual relata una (más) de sus peleas con Arrufat, me ha hecho recordar que entre los papeles de Virgilio que conservo, se encuentran –precisamente– los originales de las misivas que Julio Cortázar envió a Piñera desde Viena y París, y que rodean un punto de lo que un indignado Virgilio cuenta al autor de Tres tristes tigres. En la misiva rescatada por Enrique del Risco, quien la halló en el archivo Firestone de la Universidad de Princeton, hay claras noticias de una nueva bronca entre Piñera y su discípulo devenido luego su albacea, con el que hubo constantes periodos de tirantez y reconciliación. En este caso, el eje es una supuesta opinión negativa acerca de “El caramelo”, el relato que en 1962 Piñera firmó y que incluiría en su tomo de cuentos publicado por Ediciones Unión en 1964, y que Julio Cortázar había elogiado delante de su autor y criticado delante de Antón. “O Cortázar es un hijo de puta o lo es Arrufat”, escribe Virgilio. Todo ello sirve para recordarnos lo volátil de ese tipo de relaciones, y nos ayuda a establecer cierta distancia con respecto a los mitos, de esa amistad, que Arrufat elevó a otra dimensión en las sucesivas ediciones de Virgilio Piñera: entre él y yo, quizás su volumen más recordado a tres años ya de su muerte.
El punto clave de esa misiva compone un curioso triángulo entre las figuras de Piñera, Arrufat y Julio Cortázar. El argentino, durante su segunda visita a La Habana, como jurado del Premio Casa de las Américas de 1963, quedó fascinado no solo por la revelación que creyó ver en la Revolución Cubana, experiencia de deslumbramiento a la que llegó a calificar como su “camino de Damasco”. También lo impresionaron algunos de los autores y artistas que conoció en La Habana, entre ellos José Lezama Lima, a quien ya había enviado cartas desde 1957, y con el que anudaría una amistad de la que surgieron el prólogo que Lezama redactó para la edición cubana de Rayuela, y el ensayo sobre Paradiso que Cortázar firmó y, ayudó –en alguna medida–, a que se aquietaran las aguas que la novela de 1966 había removido para sobresalto de la moralina de unos cuantos. Tres cartas se conservan, dirigidas por Cortázar a Piñera, que han aparecido ya en varias recopilaciones de su correspondencia y, al menos dos de ellas, datan de 1963, el año en el que se produce esta disputa entre Piñera y Antón a raíz de esa ambigua opinión acerca de “El caramelo”, uno de los mejores relatos de Virgilio.
Para ese entonces, ya habían finalizado los días idílicos en la casa de Guanabo, propiedad de José Rodríguez Feo, donde Piñera y Arrufat convivieron durante un tiempo, y en la cual fueron anfitriones de varias personalidades que pasaban por aquella “nueva” Cuba. La presencia de José Rodríguez Feo es también importante en este relato, porque fue en Ciclón, la revista que fundó tras su desavenencia con Lezama Lima, donde aparecen en Cuba por vez primera textos de Cortázar. Y aunque Piñera, secretario de la revista, estaba en Buenos Aires por aquellas fechas y aporta un número valioso de colaboraciones desde allí, es Arrufat quien se apunta el haber mostrado mayor interés en esas fábulas que aparecieron en el número 3, de mayo de 1956, al punto de llevarlo a sugerir su nombre como uno de los jurados del premio literario. Esto sería el inicio de una amistad entre el santiaguero y el argentino, que a su manera, Arrufat ha evocado así:
“Mi conocimiento de la obra de Cortázar no era vasto. Era, en verdad, mínimo. Leí en 1956, en la revista Ciclón, varias de las historias de cronopios y de famas. Dejaron sin duda en mí una marca perdurable. Tan duradera que, al triunfo revolucionario, cuando Haydée Santamaría me invitó a ocuparme de la revista Casa, que iba a nacer entonces, recordé el nombre del autor de aquellos textos desenfadados y sugerí que lo invitaran como jurado del Premio que otorgaba la institución. Yo mismo le escribí una carta al cronopio mayor, y él, desde París, para sorpresa nuestra, contestó que aceptaba venir. (…) Un mes estuvo en la Isla. Anudó varias amistades. Recorrió el país, ciudades del interior, granjas y cooperativas agrícolas. Iba armado de su cámara fotográfica. Conservó siempre esta afición, al igual que el gusto por el jazz. Luego vinieron desde París sus cartas, una tras otra, encantadoras, escritas directamente a máquina, llenas de entusiasmo por Cuba. En todas las que poseo, late el fervor. Su “enfermedad” fue apasionada y crítica. Diestra en señalar errores, y en admirar finalmente. Antes de volverse a París, aceptó integrar el Consejo de Redacción de la revista Casa. Y desde Europa trabajó en la búsqueda de materiales. A él se debe que varios escritores latinoamericanos publicaran en la revista y establecieran vínculos con la institución. En sus cartas comentaba cada número recién aparecido, el diseño, proponía ideas, y no cesaba de enviar conjuntamente grandes sobres amarillos con colaboraciones de otros autores. El, por esta época, no envió ningún texto personal. Había terminado de escribir Rayuela —ya empezaba a llegarnos en paquetes hechos por su mano— y se encontraba totalmente “despalabrado”, según confesión propia. (…) Sólo recogieron las páginas de Casa el texto de su conferencia “Algunos aspectos del cuento”, redactada en un hotel de La Habana, y que pese a su modesto título es un pequeño tratado de la difícil técnica de componer relatos, partiendo de su experiencia como narrador. Yo le pedí que lo escribiera”.[1]
Un punto a investigar sería el de la relación entre Piñera y Cortázar, previa a la publicación de esos relatos breves en la revista cubana. En la biografía de Mario Gerardo Goloboff, publicada en 1998, se afirma que Cortázar había estado al tanto de la edición del Ferdydurke de Gombrowicz, vertido al español y publicado en Buenos Aires en 1947, bajo el cuidado del comité que presidía Virgilio Piñera. El biógrafo indica, incluso, que “Cortázar revisó esa traducción y la puntada final de algunos capítulos se debe a su trabajo”. En su repaso de dicho trabajo de traducción, Virgilio no menciona nunca al autor de Final del juego, y hay que remitirse a una carta fechada el 17 de diciembre de 1955 a Pepe Rodríguez Feo en la que sí se le menciona, pero relacionado justamente con la publicación de sus cuentos en Ciclón.[2]
Para cuando se reproducen en Cuba los relatos de cronopios y famas, el autor de esos textos ya está viviendo en París, desde donde envía a Lezama Lima la primera misiva que los relaciona, a fin de expresarle su admiración. Un detalle delicado: en esa carta fechada el 23 de enero de 1957, Julio Cortázar menciona a Ciclón, haciendo referencia a la aparición en la revista del “enemigo rumor” de aquellos cuentos breves: “Una pequeña parte de esos textos se publicó hace tiempo en Ciclón. Quizá usted los leyó ya, pero me gustaría que tenga la totalidad, y se los mando”. Es de dudar que Lezama hubiera leído algo publicado por Ciclón, teniendo en cuenta la tensión que aún existía en el campo cultural –antes dominado por Orígenes— y a la que Ciclón quiso liquidar con su “borrón y cuenta nueva”. En cualquier caso, el diálogo entre La Habana y París funcionó entre ambos escritores como “un puente, un gran puente”, que el conocerse personalmente, en 1963, vino a consolidar. Las fotos de Chinolope en que ambos (Lezama obeso y resollante, Cortázar delgado y altísimo) cruzan la Plaza de la Catedral, dan fe de ese raro encuentro entre dos seres no menos “raros”.

Lo que sucede entre Piñera y Cortázar es otra cosa, que no impidió el nacimiento de una amistad real, expresada con una honestidad que Virgilio siempre exigió y que se deja ver en esas tres misivas que aquí se reproducen. En 1965, en una carta que envía al traductor Gregory Rabassa desde París, Cortázar rememora así su relación con el autor de Electra Garrigó: “Conozco personalmente a Virgilio Piñera (estuvo en París hace unos meses, y en La Habana anduvimos bastante juntos).”[3] En esa visita hubo tiempo para que Julio pudiera ver una representación de Aire frío, la obra maestra del Piñera dramaturgo, que se había estrenado en diciembre de 1962 bajo la dirección de Humberto Arenal, con la actuación de Verónica Lynn en el rol protagónico. De eso queda testimonio en una de estas misivas, en las que se comenta la posibilidad de que el montaje, con esos “autores macanudos” pudiera llegar al Festival de Naciones de París, cosa que nunca sucederá. Piñera se quedará con el deseo de esos y otros viajes, que hubiesen ampliado el conocimiento de su obra. Pero los ases se mueven en otra dirección, y en París triunfarán el Conjunto de Danza Moderna dirigido por Ramiro Guerra, el Ballet Nacional de Cuba, el Folklórico Nacional, el Music Hall de Cuba y por supuesto, La noche de los asesinos, la pieza de Pepe Triana dirigida por Vicente Revuelta, que tiene una gira triunfal por Europa en 1967. La mala suerte, la salación de Virgilio Piñera que fue una de las constantes de su biografía, no le concedería esos aplausos en otras tierras.
Y claro está, en esa relación con el mundillo literario cubano, salta el asunto relacionado con “El caramelo”. De ese relato se sabe que Piñera lo tenía en gran estima. Hay una anécdota muy suya, que relata Luis Agüero en el dossier que le dedica la revista Unión en 1990 al autor de La isla en peso, que saca a flote, además, ese relato:
“Continúo sin recordar cuando vi por primera vez personalmente a Virgilio Piñera. No se me olvida, eso sí, que casi enseguida de ese primer encuentro nos hicimos amigos. Yo era entonces muy joven; y probablemente no tan feliz como indocumentado. Aquel hombre era ya, un escritor hecho y derecho, y a pesar de ello, me trataba como a su igual. Consideraba yo entonces que era de buen tono que los intelectuales fuéramos gentes irónicas y sarcásticas, de modo que contraje la manía de saludarlo siempre así: –¡Oh, Virgilio (pausa breve e intencionada), pero no el de La Eneida! El señor Piñera no se dio por aludido las primeras veces, hasta un día que llevaba bajo el brazo una carpeta repleta de papeles recién mecanografiados. Ese día –era casi al caer la tarde, lo recuerdo muy bien– mi saludo tuvo una respuesta contundente:
— No, mi nombre no es Publio Virgilio Marón. Es cierto que tampoco escribí La Eneida. Me llamo Virgilio Piñera. Soy autor, entre otras muchas obras, de esta que llevo aquí: “El caramelo” (pausa breve e intencionada), un clásico de la literatura cubana (nueva pausa, menos breve y más intencionada), y también mundial, querido. ¿Estás complacido, Luis Agüero?”[4]
Si a Cortázar no le llegó a convencer la novela Pequeñas maniobras, como explica en una de estas cartas, y tampoco la pieza teatral El no, lo cual deja saber en otra de estas misivas, sí existen pruebas de que “El caramelo” le agradó, y lo expresó con sinceridad en varios momentos a su autor. Y aún a otras personas, como hace en la ya referida misiva a Rabassa, a quien le añade acerca de Piñera: “Creo como usted que tiene cuentos excelentes. Escribió hace poco uno que se llama “El caramelo” que es una maravilla”. Y como le cuenta a Piñera en una de estas cartas, el 16 de abril de 1963, durante su viaje de regreso a París leyó por segunda vez el cuento, afirmando que “me gustó todavía más que la primera vez”, al tiempo que le asegura a Virgilio que ya había cumplido con la promesa de hacerle llegar ese relato a Claude Couffon, que sin embargo no ha dicho al cubano nada al respecto todavía. Virgilio esperaba ver sus relatos traducido al francés, pero tendría que esperar a que en 1971, finalmente, se publicara en París el tomo de los Contes froids, editado por Denoël, que sigue la edición argentina de 1956. La traducción estuvo a cargo de Françoise-Marie Rosset, y se dio a conocer el 26 de abril de ese año, justo cuando estaba en marcha la celebración del I Congreso Nacional de Educación y Cultura, y un día antes de la tristemente célebre autocrítica de Heberto Padilla en la sala Villena de la UNEAC.
Lo que sucede a partir de ese momento ya lo conocemos. Piñera y Arrufat, como muchos de los escritores y artistas más destacados de la década del 60, caen en desgracia, que estaba ya anunciada desde que ambos en 1968 ganan el premio José Antonio Ramos de la UNEAC, y el premio Casa de las Américas, con Los siete contra Tebas y Dos viejos pánicos, respectivamente. Entre el 1963 de la carta en la cual Piñera duda entre quién es el verdadero hijo de puta, si Cortázar o Antón, y ese 1971, han mediado otras broncas y reconciliaciones, en una marea que acabará arrinconándolos hasta que pasen las aguas negras de la parametración. Cuando se celebró el centenario de Virgilio Piñera, en 2012, entrevisté a Arrufat en su casa, con la idea de que la multimedia que se preparó para dicha ocasión pudiera incluir grabaciones en video donde varias de las personas que le trataron (Abelardo Estorino, David Camps, Ana María Muñoz Bachs, José Milián, Pablo Armando Fernández, entre otros) dejaran así testimonio de sus tratos con Virgilio. La entrevista con Antón es la más extensa y aún sigue inédita, tras la negativa de incluirla en la multimedia, junto a las otras, acaso por ser demasiado reveladoras. En ese diálogo, tras provocarlo con cierta insistencia, logré que Arrufat hablara de esas desavenencias, y él recordó algunas, como las desatadas por la dedicatoria que recibió por parte de Calvert Casey de su libro El regreso, o una discusión durante la época de Lunes de Revolución. Esta otra, la desencadenada por “El caramelo”, es una más en ese listado de distanciamientos. Lo cierto es que a lo largo de los años 70 y hasta el fallecimiento de Piñera, ambos fueron reducidos a la figura de no personas. Arrufat fue relegado a un puesto oscuro en la Biblioteca de Marianao, y Piñera fue confinado a labores de traducción en un departamento del Instituto del Libro. Sus nombres desaparecieron de editoriales, revistas y carteleras teatrales durante esa época amarga, como lo debe haber sido el caramelo negro que en el relato piñeriano uno de sus personajes pone en la boca de un niño, que acaba siendo, como en Alice in Wonderland, un puerquito.

En el resto del epistolario de Cortázar que conocemos, Piñera no viene a aparecer como destinatario. La última referencia que aparecen en esas misivas a su nombre data del 2 de julio de 1967, cuando el argentino le comenta a León Ferrari que tal vez pueda dirigirle unas palabras a Pepe Triana y a Piñera, para que ayuden a su obra se conozca en Cuba. Cuando se agitan las aguas desde la UNEAC contra el poemario de Padilla y la obra de Antón, Cortázar toma su posición a favor de la Revolución y de Casa de las Américas, y tras su paso por La Habana en 1969 con la intención de aclarar el asunto, no vuelve hasta 1976. Son años de ausencia, marcados, incluso desde la distancia, por su apego a la revelación que catalogó como su “camino de Damasco”. Cuando le escribe a Mario Vargas Llosa para explicarle su perspectiva, regresando de La Habana, afirma con no poca ingenuidad:
“Creo que el clima ha mejorado, que los incidentes del tipo Padilla y Arrufat no se repetirán por el momento, y sobre todo que nuestra función (no de fiscales, como dijo Verde Olivo, sino de gente que trae una visión más universal de algunas cosas) sigue siendo importante y necesaria. Nunca me arrepentiré de haber ido esta vez a La Habana, aunque mi hígado haya quedado como una criba; y volveré a ir si hay nuevos incidentes, porque es por ahora mi única manera de estar con esa revolución que, con todos sus vaivenes, me sigue pareciendo lo único que cuenta en estos años en América Latina”.[5]
El Congreso de 1971 demostró que Cortázar se equivocaba, o que no distinguió lo que se avecinaba a su paso por La Habana, a comienzos de ese año. Y tras la detención de Heberto Padilla y su autocrítica, todo ello en abril de aquel mes más cruel, vinieron las protestas, las cartas, y el discurso de Fidel Castro que descalificaba a los intelectuales y creadores extranjeros que ponían en duda la veracidad de la versión oficial que dio Cuba del asunto. Más caramelos amargos, que desencadenaron enemistades insolubles y confirmaron los miedos que algunos, como el propio Virgilio Piñera, habían expresado en fechas muy tempranas: un relámpago que interrumpía el sueño de Damasco. La revista Casa publica su poema “Policrítica a la hora de los chacales”, que deviene su respuesta a todo eso, y explicita su defensa, pese a todas las alertas de lo que sucede, a favor del “caimancito herido”, el cual contiene versos como “Todos juntos iremos a la zafra futura”, aunque sea difícil imaginarse a Lezama machete en mano, a quien le escribe tras la aparición de ese texto: “estoy seguro, habrás sabido leer como lees tú las cosas, yendo al meollo y comprendiendo mi sinceridad y mi angustia. Necesito decirte todo esto a ti, que no estás en el juego cotidiano de los avances y los retrocesos (…) Creo que volveré un día a Cuba y que te abrazaré una vez más; creo que los mejores, allá, terminarán por comprender a los más sinceros, y si no es así no importa; hay cosas que están por encima de los pequeños destinos individuales”.[6] Cortázar mantendrá diálogo epistolar con el Gordo Cósmico, como le llamaba, ayudando a servir de puente, otra vez, entre el autor habanero al que se le negaban honores y viajes, y personas como Gregory Rabassa, quien traducía Paradiso al inglés, para la edición que finalmente vio la luz en 1974 por Secker & Warburg. Y sí, en mayo de 1976, ambos se abrazan en La Habana, a pocos meses de la muerte del poeta, ocurrida el 9 de agosto. Con Piñera o Arrufat, todo parece indicar, ya Cortázar no tuvo esta vez encuentro alguno.
Se reproducen acá los originales de esas tres cartas que el autor de Rayuela envió a Piñera, conservadas en el archivo que permaneció al cuidado de Mercedes Ibáñez, la inolvidable Papola, en ese sitio al que Virgilio llamó la Ciudad Celeste, en Mantilla. Vuelvo a agradecerle la confianza, y el haber sido tan celosa guardiana, como lo fueron otros integrantes de su familia, de la memoria de Piñera. En esas cartas hay detalles sabrosos, como los que se dan del paso por París del elenco de La noche de los asesinos, que sí dio el salto sobre el Atlántico, gracias a los cuales Cortázar llega a saber de la presencia de Virgilio, junto a Myriam Acevedo, en las noches de El Gato Tuerto, y los ataques que desde El Caimán Barbudo ya les propinaban. Y claro está, reaparece ese caramelo negro y la posibilidad de su retardada aparición en francés: “Apenas vuelva a París le preguntaré en qué anda la cosa, porque quiero ver que se publique en francés sin faltar (y sin faltas, porque hay que ver las libertades que se toman los traductores franceses con nuestros textos…)”. En cuanto a la discusión acerca de ese caramelo negro, no parece haber tenido demasiadas consecuencias: en 1964 Casa de las Américas publicó una selección de cuentos de Cortázar con prólogo de Arrufat, y aparecen los Cuentos de Piñera por la UNEAC, en edición que contiene “El caramelo”. La misiva que recibe Virgilio en 1967 desde París confirma que al menos hasta ese año mantuvieron contacto él y Cortázar. Como sucede en la mejor tradición del chisme cubano, nos quedará siempre la duda acerca de quién, en verdad, habrá sido en esta trama el verdadero “hijo de puta”.
[1] Antón Arrufat, “Amistad con el perseguidor”, en la revista Casa de las Américas, número 145- 146, La Habana, julio-octubre de 1984, págs. 204-208.
[2] “Ya recibí colaboraciones de Ferrater Mora (desde París) y la de Zambrano. Espero lo tuyo. Mientras tanto llevé a la imprenta lo de Ferrater y María. También lo de Jarry, Cortázar, Murena, y poemas de una página (solamente) de Cano, Blas de Otero y José Hierro y Rafael Morales –todos españoles”; carta de José Rodríguez Feo a Piñera.
[3] Carta a Gregory Rabassa, enviada el 23 de enero de 1965. Recogida en Cartas (1965-1968), edición al cuidado de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga, tomo 3, Alfaguara, Biblioteca Cortázar, 2012, págs. 23-24.
[4] “Virgilio Piñera, genio y figura”, texto de Luis Agüero en el dossier Virgilio tal cual, número 10 de la revista Unión, abril-mayo-junio de 1990.
[5] Carta de Julio Cortázar a Mario Vargas Llosa, fechada el 31 de enero de 1969, desde París. En Cartas (1969-1976), a cargo de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga, tomo 4, Colección Julio Cortázar. Alfaguara, 2012.
[6] Carta de Julio Cortázar a Lezama, fechada el 14 de enero de 1972, desde París; ídem.
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Para descargar las cartas de Julio Cortázar a Virgilio Piñera:
Julio Cortázar: Carta a Piñera, abril, 1963.
Julio Cortázar: Carta a Piñera, septiembre, 1963.
Julio Cortázar: Carta a Piñera, septiembre, 1967.
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