Pedro Marqués de Armas: El mayor de los Wittgenstein [Fragmento]

Autores | Diáspora(s) | 4 de agosto de 2026
©Detalle de la portada de ‘El mayor de los Wittgenstein’ en Potemkin Ediciones

«Hans, el mayor de los hermanos Wittgenstein, virtuoso del piano y el violín, escapó a América en desacuerdo con su padre, el conocido magnate de la industria del acero Karl Wittgenstein. Algún motivo lo lleva a La Habana, donde lo ven por última vez. Sabueso de viejos periódicos y de cuanto concierne a la familia del filósofo, el narrador aproxima una y otra hipótesis en tanto van apareciendo una serie de documentos reveladores: cartas, fotografías, notas de prensa, un cuantioso rescate y hasta par de crónicas que lo señalan en las fauces de un tiburón. Todo esto permite reconstruir su enigmática personalidad y avistar las circunstancias en que muere. Inmersión a fondo entre Viena, Nueva York y La Habana, que lleva siempre de vuelta al barrio de Sants, donde, por así decirlo, el narrador monta su oficina forense»*.

_____

Al descubrir Los principios de la matemática de Russell, Ludwig encontró por fin “un tema en el que podía quedarse tan absorto como su hermano Hans mientras tocaba el piano, un tema en el que podía tener la esperanza de hacer una contribución no solo valiosa, sino grandiosa”. Pero no por eso cedieron los pensamientos de suicidio, toda vez que el conflicto entre el deber y los impulsos no hizo más que agudizarse. Como añade Monk, creía que tal como habían sido su padre y su hermano Hans, y como eran todos los genios, también él era una “criatura de impulsos”. Igual que un impulso llevó al uno al éxito más rotundo y al otro al hundimiento más literal, un impulso podía llevar a Ludwig lo mismo a la genialidad que a la locura, a la concepción más escrupulosa que al lado oscuro (como desvela Bartley); lo mismo a exponerse a la artillería enemiga silbando la Quinta Sinfonía que a entregarse al evangelio tolstoyano, a escapar a los fiordos noruegos que a pretender un empleo en la URSS sin tener que colaborar. Siempre un cierto repudio a una civilización de la que es, a fin de cuentas, un producto perfecto, y en la que se encuentra, como en efecto le ocurrió alguna vez, en medio de un caudaloso río sin medir sus recursos ni saber por dónde tirar. Russell, seguí en esa línea, lo recuerda al borde de la locura y el suicidio. Siempre al límite y a punto de perder el control y necesitado de más control. Como si no se controlara ya bastante. No se le oculta que lo atenaza la conciencia del pecado. Por su parte, Ludwig se pregunta en qué consiste la voluntad y la define de portadora del bien y del mal. Quiere pensar éticamente y si pudiera se inocularía en vena la ley ética, el “Tú debes”: siempre una sobredosis. Termina en un mano a mano con Schopenhauer del que sale agarrotado, pues no logra arreglar la idea del suicidio. Piensa que nada debe permitirse “si no se permite el suicidio”, pero recae en la duda de si es bueno o malo. En resumidas, topa con el “pecado elemental” e insinúa que incluso investigarlo comporta peligros, pues sería como investigar el vapor de mercurio para comprender la naturaleza de los vapores, como usar el más venenoso de esos gases para averiguar acerca de los demás.

Pensé entonces, intentando desmarcarme, si ese modo de pensar no lo amordazó desde niño, desde el suicidio de Hans, y si no fue ese el pensamiento de Hans, con la diferencia de que aplicó el experimento. En mundo tan circunscrito, en dominio tan ocluso como el de sus infancias, en el que deseos y realidades colisionan de modo tan opuesto, todo tenía que darse más allá de sus límites. En silencio y soledad. No tanto una escapada, como una huida hacia adelante en la que, sin embargo, en modo alguno podrá soltarse el lastre, la pesada mochila. Apenas año y medio después de la muerte de Hans lo impacta una noticia: el suicidio de Otto Weininger, y no puede evitar a sus catorce años asistir a los funerales. No se habla en toda Viena más que del suceso y no se comenta otra cosa que los detalles. Bajo el título “Suicidio de un Filósofo”, el Neues Wiener Journal informa el 5 de octubre de 1903: “Ayer por la tarde, en su apartamento de Schwarzspanierstrasse 15, el Dr. en Filosofía Otto Weininger se pegó un tiro en la región precordial con intención suicida. Los médicos de emergencia lo trasladaron al Hospital General, donde expiró a causa de su herida”. Al día siguiente, el Neue Freie Presse conjetura: “Parece haberse esforzado tanto con sus estudios académicos y su trabajo literario que cayó en un estado de agotamiento nervioso y probablemente se suicidara en un momento de perturbación mental transitoria. El Dr. Weininger había regresado a Viena desde Italia hace unos días y alquiló una habitación en Schwarzspanierstrasse”. Pero no una habitación cualquiera, sino justamente la estancia donde murió Beethoven, al que tenía por el más genial de los genios. El revuelo alcanzó altura y duró años. Karl Kraus se declaró su más entusiasta admirador. Strindberg dijo que venía a “resolver el problema de la mujer”, con lo que se plegaba a la más furibunda misoginia. Freud se vería envuelto en una embarazosa demanda de plagio por su antiguo colega, el envidioso Wilhelm Fliess, como si no hubiera dado varios pasos más allá de la bisexualidad. Las ediciones de Sexo y Carácter se sucedieron. Y no unos pocos, la mayoría se tragó esa amarga píldora de antisemitismo y desprecio de sí, en la que el sexo venía a ser lo contrario del genio y el suicidio su corolario.

Como hicieran antes varios biógrafos, reparé en la fecha: octubre de 1903. Supuestamente ese mes y ese mismo año llegó a los padres la noticia de la muerte de Hans en Chesapeake Bay y, sin adentrarme de nuevo en lo que supuso esa tesis, consideré que vendría como anillo al dedo. Coincidencia propicia, me dije; pero más que para reconocer lo que era un secreto a voces, que Hans se había suicidado, para relegar el asunto. A qué venía sacar eso ahora, año y medio después, si una decena de periódicos informó del hecho entre el 6 y el 11 de mayo de 1902, es decir, en su debido momento. Se me reveló ciertamente de un modo claro, más despejado que el más despejado día, que todo era una finta y que, además de propicia, la ocasión era parte de un ritual: el de la hipocresía. Ocasión oportuna para que se “supiera” más allá del ocluso dominio familiar, y zanjar de una vez toda suerte de preguntas e insinuaciones. No por ello el silencio dejaría de regir como una regla dentro del clan, como una de las “líneas maestras” del programa educativo. Era mejor, me dije, que desde un imaginario Chesapeake Bay llegase al cabo de año y medio la confirmación de que había muerto en aquel extenso estuario, incluso quitándose la vida, que no en las inmediaciones de La Habana. Aunque los periódicos señalaron hasta la saciedad que partió de aquella ciudad en una embarcación de velas, aquel mar preñado de tiburones –y recordé la crónica humorística y el inquietante silencio de Petrus como si también a él se lo hubieran tragado– no era el más apropiado. Mejor que se diluyera en otras aguas, que acallaran los rumores y se ocuparan de Weininger, el filósofo precoz. Otto Weininger publicó Sexo y Carácter en mayo de 1903, y Ludwig fue uno de sus tantos lectores; pero haya o no leído antes a Kant y a Schopenhauer, para que esa lectura calara como caló en él, tuvo que haber una continuidad de pareceres y conceptos, un intercambio de nociones en el que bien pudo perderse, puesto que, si la teoría del valor de Kant quedaba al descubierto, la schopenhaueriana idea de que el mal es la existencia resultaba en cambio desplazada: el mal son las mujeres. No hay mujer genio, por más virgen o reina que se pinte, como no hay hijo de madre que no sucumba ante la coruscante serpiente. Después de todo, los sueños se poblaron de serpientes, si es que no de pavorosas arañas, como esa araña de patas abiertas que dibujó Alfred Kubin. Serpientes y arañas plenas de goce y espanto, absorbentes hasta el vómito o la muerte. En menos de una década, la sexualidad se apoderó de esa nueva generación, acogiéndose muchos a un extremo o el otro, en lo que se hacía cada vez más evidente el coste de no atisbar dentro de sí, en esa como esencial ambigüedad que Freud señaló, me dije llevando lejos el asunto y acaso pensando en las etiquetas de hoy. El nuevo imperativo indagatorio no era Conócete a ti mismo, sino Asómate a tu abismo, me dije, y ciertamente muchos se asomaron. Qué sufrimiento para quienes, criados entre máscaras y algodones, pero a la vez bajo líneas maestras, procuraron ver el fondo. Qué sufrimiento para seres delicados como Otto, Hans, Rudi, Ludwig, y tantos más. Hans pudo detenerse alguna vez en el Griensteidl, el café donde se reunía la “banda kantiana” con Otto a la cabeza. No se hablaba allí sino del genio y de cuanto se le interponía. Se sentaría en un extremo, escucharía lo que Otto explicaba a voz en cuello, y se escurriría. A Rudi, con planes de dedicarse a la literatura y el teatro debió ocurrirle lo mismo. De una sola sentada, habrán experimentado un extraño escozor.

_____

[*] Fragmento de la novela El mayor de los Wittgenstein, Potemkin Ediciones, Barcelona, 2026. Reproducimos también la nota de contraportada del libro.