Norge Espinosa Mendoza: Lezama Lima, del ‘Paradiso’ al ‘Inferno’ y viceversa / 60 años de ‘Paradiso’ y 50 años de su muerte

Autores | Memoria | 10 de agosto de 2026
©Ilustración de Portocarrero para una de las ediciones de ‘Paradiso’ en Ediciones Era, México

1.

En junio de 1965, José Lezama Lima deja saber a Eloísa y Rosa, sus hermanas ya exiliadas, que ha entregado a la imprenta su novela Paradiso. Se los informa en una de las cartas de esa estremecedora correspondencia que corre desde 1961 hasta 1976, cuando el poeta muere, y que todavía sigue sin publicarse en Cuba. A través de esas epístolas puede reconstruirse lo que fueron, paradójicamente, los años de mayor gloria en la vida literaria de Lezama, los de su absoluta madurez y triunfo internacional con la aparición de Paradiso y sus diversas ediciones y tradiciones; y al mismo tiempo los de sus momentos más difíciles. Entre ellos está la separación de sus hermanas, la muerte de su madre en 1964, y las carencias y el silencio oficial que en su país se imponen sobre su nombre a partir de 1971. Ahora que se cumplen sesenta años de la aparición de la edición príncipe de Paradiso, y cincuenta del fallecimiento del fundador de Orígenes, vale la pena repensar esas fechas y rendirle nuevamente tributo al “Etrusco de La Habana”, como se identificaba él mismo al firmar sus cartas dirigidas a Carlos M. Luis.

“Cuando llegue el día del triunfo, ya yo estaré muerta”, decía Rosa Lima, la madre del poeta, augurando con certeza que no vería de qué manera el nombre de su hijo se extendía más allá de La Habana, en boca de los lectores que asombrados se acercaban a las páginas de Paradiso. La novela no saldría de las prensas hasta febrero de 1966, en la colección Contemporáneos de la UNEAC: ese ladrillo de papel y cartón rojo con portada diseñada por Fayad Jamís, plagado de erratas, en una tirada de 4 mil ejemplares que se vendieron, acaso para evitar su difusión hacia lectores menos entrenados o previendo el escándalo que podrían provocar algunos de sus pasajes, al alto precio de cinco pesos, muy superior al de la mayoría de los libros cubanos de aquel momento. La vida de Lezama puede entenderse en dos momentos definidos por la irrupción de Paradiso, que marcó un antes y un después en la recepción de su obra, y en la imagen misma que Lezama había ido forjando de sí como escritor. De un oscuro poeta, autor de versos herméticos y ensayos y crónicas de caprichosas asociaciones, líder del grupo de poetas que entre 1944 y 1955 se expresó a través de las páginas de la revista Orígenes que codirigió junto a José Rodríguez Feo; pasó a ser el creador de esa suerte de saga familiar, de novela de formación que más allá de las influencias apuntadas de Joyce, Mann o Proust, reinventaba su linaje, una idea de La Habana y lo cubano desde un desafío verbal sin precedentes en nuestra literatura. Los autores del boom lo leyeron perplejos. Y varios de ellos (Cortázar, Vargas Llosa…) se acercaron a La Habana en revolución para dialogar con el etrusco asmático de la calle Trocadero. Todos lo que hicieron esa peregrinación quedaron fascinados: Paradiso era Lezama, y viceversa.

“Es posible que este año se publique mi novela Paradiso, que son más de 700 páginas. El tema de esa novela es el Eros del conocimiento, en la niñez y en la adolescencia”. Eso le dice Lezama a su hermana, en abril de 1965, antes de confirmarle, a Eloísa y su hermana Rosa, que ya el volumen está en prensas. En esa época, trabaja en el Instituto de Literatura y Lingüística y es vicepresidente de la UNEAC. Es su nuevo título, desde la aparición de Dador, su poemario más ambicioso, que en no pocos elementos adelanta temas y metáforas que conectan con Paradiso, porque como él mismo sostuvo, para llegar a sus capítulos tuvo primero que escribir sus poemas y sus ensayos. Todo forma parte de su sistema poético, y de ahí emana la exigencia neo/barroca de Lezama, que Severo Sarduy entiende como un punto de partida para su propia creación y ante la cual se inclinan lectores tan agudos como Julio Ortega, Guillermo Cabrera Infante, Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal, Emmanuel Carballo, traductores como Gregory Rabassa y Didier Coste, y amigos como Julio Cortázar, que en su segundo viaje a La Habana, en 1963, había estrechado su relación con Lezama, a quien conocía a través de cartas, tras haber leído en París textos del cubano por consejo de Ricardo Vigón, en 1957. En enero de 1966, cuando la edición príncipe de Paradiso está por salir, Cortázar está de vuelta en La Habana. Su intervención ayudará a que se descorran algunas opiniones negativas que ya iba acumulando el libro que protagoniza José Cemí.

El 15 de enero de 1966 termina de imprimirse la Órbita de Lezama Lima, compilada por Armando Álvarez Bravo, que adelanta el capítulo VII de Paradiso. Lezama había ido dejando aparecer en la revista Orígenes, episodios y textos que se integrarían luego a la versión final de la novela, y en la Antología de la novela cubana, organizada por uno de los origenistas, Lorenzo García Vega, también había pasajes de Paradiso, lo cual provocó algunos comentarios burlones por parte de los enemigos de Lezama, entre los cuales se corría el “enemigo rumor” de que esa novela jamás se culminaría. La Órbita y Paradiso abren, en términos editoriales, ese año de gracia para Lezama, quien está esperanzado y feliz con ambos títulos, como relata a su hermana Eloísa en tono exultante:

“La Órbita de Lezama Lima y Paradiso los publicó la UNEAC. Me pagan, como a todos los que allí publican, mis derechos de autor y se me entregan diez ejemplares como cortesía. Cuando tengo compromisos con escritores extranjeros que nos visitan, yo compro mis ejemplares. Ya no es como antes que se publicaban los libros pagados por sus autores, cuyos pagos se hacían, como lo hacía yo y otros, con la lengua fuera, con mil sacrificios y pasando innumerables necesidades. ¿Cuándo yo hubiera podido publicar una novela de más de 600 páginas? Esas son, en mi opinión, las cosas grandes que ha hecho la revolución”.

Ya sabemos que ese júbilo no lo acompañaría del todo en los siguientes diez años que le quedan de vida, sobre todo a partir de 1968, cuando interviene con su voto a favor del poemario de Heberto Padilla, Fuera del juego, en el concurso de la propia UNEAC y, más tarde, cuando en 1971 el propio Padilla menciona su nombre entre los desafectos durante la infausta teatralización de su autocrítica, en la misma institución. Pero en ese momento, Paradiso golpea la cabeza de algunos pacatos, comisarios políticos y varios despistados. Las anécdotas son muchas al respecto, incluidas las de la recogida de los ejemplares de las librerías, el levantamiento de ese veto tras una pregunta que le hacen a Fidel Castro en un diálogo con estudiantes universitarios, y aquella del zepelín, que vale la pena recordar como prueba del sentido del humor y de las salidas ingeniosas de Lezama:

“El rumor de la prohibición llegó a un modesto librero de provincia, vinculado «por azar concurrente» a enemigos de Lezama. En una reunión de la UNEAC el buen hombre pidió la palabra: «Allá ha llegado la novela Paradiso que, según nos dicen, es pornográfica. Unos dicen que es buena y debemos venderla. Otros que la recojamos. ¿Qué hago?» Quien presidia la reunión cruzó una mirada de entendimiento con Lezama, pues se hallaba también en la mesa, y dijo: «En estos casos es mejor escuchar a los protagonistas. Aquí está José Lezama Lima, autor de ese libro. Que él responda». Y hubo que ver a Lezama, con toda su gran humanidad y su mejor tono, en un inesperado dialogo con el librero de provincia. «Usted, se ve, es un hombre joven, pero recuerda los zeppelines?» El librero, como sacado de situación, repitió: «¿Los zeppelines?» «Sí —dijo Lezama—, aquellos globos dirigidos. ¿Los recuerda?» «Claro que los recuerdo, pero yo era muy chiquito, atinó a responder el librero. «Y ¿qué hacía usted cuando pasaba un zeppelín?», insistió Lezama. «¡Qué iba a hacer! Nada. Lo veía pasar». Entonces la sentencia que luego corrió de boca en boca: «Pues haga lo mismo con el Paradiso: véalo pasar»”.

La anécdota la narra Reynaldo González en Cercanía de Lezama Lima, el libro publicado en 1986 a diez años de la muerte del poeta, y que resulta un valioso aporte a su bibliografía, organizado por ese investigador tan capaz y agudo que fue siempre Carlos Espinosa. Es un pasaje que ayuda a entender las tensiones desatadas por la novela y cómo se fueron colando sus asuntos en el imaginario popular. La crítica literaria reaccionó de diversas maneras en la prensa tras la aparición del “ladrillo cuneiforme”. Cortázar, a su paso por La Habana, plantó su defensa, que quedó establecida en su ensayo “Para llegar a Lezama Lima”, que luego recogería en La vuelta al día en ochenta mundos, en 1967.

“Con motivo del premio que todos los años hace La Casa de las Américas, nos visitó Julio Cortázar, que hizo unas declaraciones elogiando mi obra y afirmando que Paradiso es un inmenso poema. (…) El ensayo que escribió sobre mi novela ha gustado extraordinariamente. Yo se lo agradezco mucho porque le abrió los ojos a mucha gente que no quiere ver nada”. Eso le cuenta Lezama a Eloísa en una misiva del 26 de enero de 1966, aunque si seguimos la cronología conocida, la novela no estará disponible para su venta sino a mediados de febrero. Cuando eso sucede, algunos textos salen en defensa de Paradiso, lo cual da la medida de lo que se comentaba acerca de sus pasajes donde el “Eros cognoscente” era interpretado por esa gente “que no quiere ver nada”, como páginas pornográficas. En un mismo número de La Gaceta de Cuba, el 51, correspondiente a junio-julio de ese año, aparecen una reseña de Raúl Aparicio, y un texto de Reynaldo González que dan fe de esas reacciones iniciales. En “De una primera lectura de Paradiso”, Aparicio sostiene:

“El poeta Lezama ha tomado el tema de lo obsceno en el cubano y lo ha esculpido con belleza que no resta verdad ni añade falsedades sobre todo en el capítulo ilustrativo que ha conmovido al cotarro, poniendo en evidencia a una zona de la cultura enferma de onanismo, que tiene el sustrato en la cantilena jesuítica de la castidad con que atiborraron a las generaciones de cubanos anteriores al triunfo de la revolución y que aun sobrevive con purulencia. La impudicia del adolescente se ha tapado sistemáticamente en la literatura criolla, o se ha tratado con sinapismo. Lezama abandona los cuentos de hadas demostrando indudable valor al acometerlo”.

Reynaldo González, que comparte la página 9 con Aparicio, argumenta en “Pornografía y malas palabras (variaciones sobre el viejo tema)”:

“Estos «moralistas» de nuevo cuño sólo leyeron el capítulo VIII donde se describen algunas escenas sexuales, y comenzaron sus enemigos rumores. Tampoco en este caso se habló de la calidad ni se analizó la novela críticamente: Sería bueno decirles sin entrar a analizar la obra en esta oportunidad, que la abundosidad descriptiva, el estilo utilizado en ese capítulo difiere de otros y guarda relación con el resto de la obra. Y que resulta, en cuanto al barroquismo descriptivista y formal y a las referencias, citas y símiles que utiliza como la obra en su conjunto, llegadera sólo a entendidos dados a un verdadero juego intelectual o a quienes tomen la literatura muy en serio. El autor no parece regodearse más en describir esas escenas que otras de muy variado carácter. Por otra parte, censurar un libro por un capítulo es de un facilismo alarmante. Más si cuenta con catorce bien condimentados”.

©Fragmentos de los textos de Raúl Aparicio y Reynaldo González en La Gaceta de Cuba (nro. 51, 1966).

Que Paradiso sacudió, sorprendió e impactó como un golpe inusitado, es indudable. Tanto fue así que a ella se debe la reconciliación definitiva entre Piñera y Lezama Lima. “Golpe maestro, jaque mate al hado”, dijo Virgilio sobre “el arma Paradiso” en su soneto El hechizado, con el cual despide al poeta de Trocadero. Virgilio, que le criticó por años a Lezama su visión católica creyendo que ello le impedía discutir los desenfrenos y variantes múltiples del eros, se rindió ante una novela que abarcaba todo eso e iba más allá, en su hipertelia deslumbrante. Ello contrasta con las reacciones que pudieron tener otros miembros de lo que fue el grupo Orígenes: una leyenda cuenta que Cintio Vitier solo dejó que Fina García-Marruz leyera la novela en un ejemplar al que previamente le había presillado las páginas del capítulo VIII, eje de todo aquel escándalo, cosa que ambos negaban. En cualquier caso, ese ejemplar que Lezama les dedicara acabó desapareciendo, como relata Fina, en el libro organizado por Carlos Espinosa:

“A nosotros nos robaron de nuestra propia casa la primera edición de Paradiso, con una hermosa dedicatoria. He olvidado otras pérdidas, pero no me puedo consolar de ésta, de un ejemplar precioso porque era de un amigo entrañable, de un amigo además que ya había muerto: creo que no tenía derecho quien nos la robó a despojarnos de algo que para nosotros tenía más sentido que para nadie conservar. Supone, más que un robo, una esencial indelicadeza, una insensibilidad inconcebible”.

En las revistas literarias siguieron apareciendo ecos de Paradiso. La revista Unión fue menos elocuente que La Gaceta de Cuba, evitando por aquellos días un comentario directo o una reseña, aunque bajo ese influjo es que puede leerse el poema que Armando Álvarez Bravo publica en ella, y que Lezama recibió como una de esas pruebas de fidelidad que tanto le agradaban: “También me ha agradado mucho el poema que me ha dedicado Armando Álvarez Bravo, que se llama «Lezama de una vez», que te lo remitiré. Ha sido publicado en una revista, es un buen poema y está escrito desde la raíz de la comprensión y de la imagen amistosa”, le escribe a su hermana Eloísa el 3 de marzo 1966. En Bohemia, Salvador Bueno publica su reseña “Sobre Paradiso”, el 10 de junio, donde afirma de la novela: “Su elaboración literaria la salva de caer en la pornografía barata. (…) No es obra de fácil lectura. Toda la enorme cultura histórica, literaria y artística de Lezama Lima se vuelca con profusión en su novela”. Pero aún en julio la polémica continúa, y también en Bohemia, el 8 de ese mes, aparece un extenso comentario sobre Lezama y Paradiso a cargo de Loló de la Torriente, contrapuesto a una reseña muy negativa firmada por un tal Juliosvaldo. Se lee ahí, en “El infierno de Paradiso”: “José Lezama Lima utiliza su novela para brindarnos una exhibición circense de su innegable erudición, donde hace juegos malabares con el lenguaje, hasta abrumarnos bajo el fárrago implacable de un vocabulario capcioso”. Y continúan otras lindezas, en párrafos que acuden a citas de Lunacharsky, Garaudy, José Antonio Portuondo y Gregorio Marañón, para manifestar su espanto ante los cruces homoeróticos de la novela:

“Con la descripción detallada de sus desviaciones y vicios, comete Paradiso una de sus faltas más graves, pues el regodeo deliberado y descarnado de los hechos que todos protagonizan hiere a fondo al más impávido, y todos ellos no aportan nada a la cristalización de la novela como obra de arte. (…) Fronesis y Foción, son otros dos personajes utilizados maquiavélicamente para las disquisiciones a favor del amor griego. Lezama Lima emplea su genio creador, que es sagrado, en defender una causa que de antemano está perdida, porque aunque recorra todo el curso del río de la historia de la humanidad, rebuscando ejemplos de homosexualismo para demostrar de dónde arrancan sus raíces, ha olvidado que las costumbres practicadas como normales en otros tiempos y en otras latitudes, la civilización ha ido marginándolas y las execra como un verdadero crimen contra natura”.

©Salvador Bueno sobre Paradiso en Bohemia, 10 de junio 1966

Carlos Espinosa y Cira Romero rastrearon la identidad de ese escandalizado, oculto tras un seudónimo, hasta dar con el que parece ser su verdadero nombre: Julio Osvaldo Don Montalvo, de origen camagüeyano, quien publicó varios textos en Bohemia y El Mundo, según nos revela el artículo “Una novela que suscitó polémica”, aparecido en Cubaencuentro con la firma de Espinosa, el 29 de junio de 2006. El autor de la diatriba también apela a una cita de Oscar Wilde: “Un libro está bien o mal escrito, puede ser bello o no bello”, a lo que opone su criterio tajante: “Paradiso es un libro bien escrito, pero no es un libro bello”.

Que las aguas seguían agitadas alrededor de Paradiso es cosa que puede descubrirse en numerosas anécdotas de la época. Para el cierre de ese año, en el número 4 (octubre-diciembre) de Unión, finalmente aparece “Para llegar a Lezama Lima”, el esclarecedor ensayo de Julio Cortázar. Lezama había escrito un ensayo laudatorio para la edición cubana de Rayuela, a cargo de Casa de las Américas, y en cierta medida Cortázar le devuelve el guante con su defensa, que presenta al poeta cubano a muchos lectores que le desconocían. Todo ello compensa a Lezama de las sospechas de envidia y recelos, la escasez, la carencia y los ataques que ha recibido hasta ese momento. En mayo de 1967, en el número 58 de La Gaceta de Cuba, aparece un texto de Mario Vargas Llosa celebrando los desafíos de Paradiso, como espejo de lo que ya a esa altura la novela ha conseguido fuera de Cuba, mientras Lezama recibe propuestas para nuevas ediciones en Europa, Estados Unidos y América Latina. En 1968 se publica, gracias a las intervenciones de Emmanuel Carballo, Carlos Monsiváis y Julio Cortázar, el Paradiso de Ediciones Era, que fue revisado a fin de eliminar las muchas erratas de la impresión cubana, aunque hoy se afirme que en esa edición mexicana se colaron algunas más. Y mientras se cuentan aún más ediciones piratas y autorizadas, se habla de Lezama con fervor y se imprime la Valoración múltiple dedicada a su obra, a manos de Pedro Simón, por Casa de las Américas: el triunfo del que hablaba Rosa Lima era innegable.

©Fragmento del artículo de Vargas llosa sobre Lezama en La gaceta (1967)

En 1970, como tributo a los 60 años de Lezama, se edita su Poesía completa (Letras Cubanas), y la UNEAC presenta su recopilación de ensayos La cantidad hechizada. Un poema de ocasión que escribe Nicolás Guillén nos recuerda que esa institución celebró los cumpleaños de Lezama, Dora Alonso y Ángel Augier al unísono, según se cuenta en Cercanía de Lezama Lima: “En diciembre de 1970 organizamos en la UNEAC una actividad especial, para celebrar los sesenta años de Dora Alonso, Ángel Augier y José Lezama Lima. Para leer en aquel festejo yo escribí unos versos, que Lezama agradeció, y con los cuales se reía mucho”. Amén de ese cumpleaños colectivo, La Gaceta de Cuba incluye en su número 88 el dossier que festeja al autor de Paradiso y que aquí se reproduce, con poemas suyos y ensayos, versos y notas de Reinaldo Arenas, Nancy Morejón, Luis Marré, Pablo Armando Fernández, Miguel Barnet, Belkys Cuza Malé, David Chericián, Heberto Padilla, Manuel Pereira, Reynaldo González, Armando Álvarez Bravo y un fragmento de la entrevista que Rosa Ileana Boudet le había hecho para Alma Mater. Leyendo ese dossier, pareciera que los años restantes de Lezama iban a transcurrir bajo ese halo de admiración y celebración que se abría alrededor de su nombre en Cuba y en el extranjero. Hoy sabemos que por desgracia no fue así. Faltaba poco para que el ritmo hesicástico se detuviera bruscamente.

2.

Las Cartas a Eloísa, publicadas en 1979 por la Colección Tratados de Testimonio de la editorial Orígenes, y luego, en edición ampliada al cuidado de José Triana, por Verbum en 2013, son la referencia más útil que nos permite seguir la vida del poeta en una cotidianidad que durante sus últimos años se va haciendo más agobiante. Junto a la correspondencia de Virgilio Piñera recogidas por Thomas F. Anderson en Virgilio corresponsal, una vida en cartas (2016) que recopila esas misivas dirigidas a Humberto Rodríguez Tomeu, son documentos de enorme valor para entender lo que significó para ambos autores la muerte civil, la reducción de sus nombres a la categoría de No Persona en la que cayeron a partir de 1971. Virgilio Piñera se desliza hasta sentarse en el suelo, mientras Heberto Padilla enumera a los desagradecidos que deberán pasar por el micrófono a exorcizar sus pecados, en aquella noche de ese abril, durante la autocrítica a la cual Lezama no acude. Si Piñera queda reducido en esa imagen, Lezama, que es el ausente, sí es nombrado por Padilla. Y aunque ese acontecimiento siniestro quiere hacer creer a muchos, sobre todo a la prensa y a los intelectuales que han protestado por el encarcelamiento del autor de Fuera del juego, que con tal maniobra quedaban todas las aguas al debido nivel, lo que sucede es otra cosa: una purga que va a barrer con la mayoría de esos y otros nombres, y que por mucho tiempo, más allá del pretendido quinquenio, va a instaurar censuras, traumas y un silencio empobrecedor. Lezama ha sido visitado por la Seguridad del Estado, ha oído su voz en una grabación que en su propia casa ha hecho algún agente espía, y sus metáforas y analogías lo señalan como enemigo del mismo proceso al que había agradecido la aparición de su novela de 600 páginas. Llega la parametración, tras el I Congreso Nacional de Educación y Cultura, que se cierra (por supuesto) con un largo y encendido discurso de Fidel Castro, en el cine Yara. Paradiso no vuelve a editarse en Cuba hasta 1991, aunque a la muerte de Lezama rápidamente se imprimen Fragmentos a su imán, en 1977, y Oppiano Licario, la novela que da continuidad a Paradiso y que en un primer momento se anunció bajo el título de Inferno.

En el reverso de una de esas páginas manuscritas que eran sus cartas, Lezama dibuja la planta de su pie, a fin de que puedan enviarle un par de zapatos que ya necesita desesperadamente.

©Carta de Lezama (reverso) a su hermana, con la silueta de la planta de su pie.

Los zapatos llegan a Cuba, y Lezama agradece a sus hermanas con un poema:

“Mi hermana mayor ¿recuerdas la última Navidad

que pasamos con nuestro padre?;

Eloísa, ¿recuerdas los Reyes en las madrugadas

de Prado, en el recuerdo como los ras de mar,

con sus colecciones coralinas y sus algas rayadas?

La ausencia, la ausencia del que se había ido en el mes de enero,

estremecía nuestra casa,

desde el silbato del cartero hasta la visita de las tías.

Todo eso volviendo como las nubes que tropiezan

en los barandales retorcidos,

reapareciendo en el par de zapatos,

besados por una ardilla de nieve

en el círculo de su retorno infinito.

Ustedes por las tiendas, con las medidas, buscando,

yo apretando esos cordones, abrillantándolos,

pasándoles la mano al par de zapatos,

lentamente, como dos animalejos que salen de la consola de ébano”.

Es el mismo tono que aparece en varios de los poemas más desgarradores de Fragmentos a su imán, como “Esperar la ausencia”. Y el mismo, en otra variación, que emplea Piñera para confesar que le ha dado por llorar ante la pérdida de una fuente de loza, última sobreviviente de los días felices en la playa de Guanabo. Entre 1970 y 1976 aparecen varias ediciones importantes de Paradiso y otros libros con ensayos y poemas de Lezama, que es invitado a diversos congresos en Europa y nunca logra el permiso para emprender viaje, tal y como sucede a Piñera y otros caídos en desgracia. En marzo de 1975 le dice a Eloísa: “En la Universidad de Madrid me han invitado a un curso sobre el barroco americano, pues va a haber un congreso sobre ese tema. Pero, desde luego, pasará lo de siempre”. Julio Cortázar regresa a Cuba, en mayo de 1976 y logra ver a Lezama, junto al editor Gallimard y su esposa, Ugné Karvelis. Nada apunta en sus referencias de ese viaje al ostracismo en el que vive el Etrusco, y el propio Lezama se cuida en sus cartas, que sabe serán leídas por otras manos antes de llegar a su hermana, de comentar acontecimientos políticos o relacionados con el veto que padece. Prefiere pedirle medicamentos para su asma, que se agrava, y que esté al tanto de las nuevas ediciones extranjeras de su obra, y agradecerle los envíos de ropa y calzado, como en otra carta de 1975:

“Hoy sábado recibimos el paquete de ropa. Estamos encantados. María Luisa repite que los estampados son estupendos, ya se ha probado su pantalón y le queda muy bien. Muy bien escogido y balanceado todo. Ya hoy me estreno la camisa azul y me he sentido como si me raspase unos años. Te repito, tu envío ha sido admirable. Los zapatos ortopédicos, dóciles al pie como una gacela. María Luisa amaneció con dolor de garganta, pero por la mañana cuando recibió de correos la notificación, se aligeró, consiguió máquina y a los pocos momentos hacía su entrada triunfal llena de colores que inauguraban la mañana con destellos de elemental alegría perruna. Fue decomisada la guayabera y un par de medias de María Luisa, porque sólo se pueden enviar dos pares de medias para señoras, la sábana, sencillamente no llegó”.

Cuando Lezama fallece, está a la espera de los tomos de sus Obras Completas, que publica Aguilar en México y nunca verá. Su estado de salud se había agravado, y muere en el Pabellón Borges del Hospital Calixto García, por donde pasaron varios funcionarios y escritores. Su desaparición ocurre en el año en que va a fundarse el Ministerio de Cultura y otras instituciones que sustituirán gradualmente el veto instaurado desde el Consejo Nacional de Cultura, de tan infausta recordación en ese periodo cuyo presidente fue Luis Pavón. La muerte del poeta, que no pasa de una breve esquela en la prensa nacional, tiene una amplia repercusión internacional. La penuria de esa última etapa quiso ser disimulada, y una versión que eludía las causas de su silenciamiento apareció en varios textos de la época. Así, por ejemplo, Lisandro Otero imagina una rápida biografía del poeta que, al parecer, culmina en 1970:

“¿Qué sucede con Lezama después de la Revolución? Primero, se le designa Director Nacional de Literatura y Publicaciones del Consejo Nacional de Cultura, lo cual le otorgaba el control de las ediciones y las actividades literarias del Gobierno Revolucionario. Después, se le elige Vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Se realiza una lujosa edición de sus poesías completas, que comprendía todos sus versos concebidos hasta entonces. Se publican su libro de ensayos La cantidad hechizada, su novela Paradiso; dos libros sobre su obra: Órbita de Lezama Lima por la Unión de Escritores y Valoración múltiple de José Lezama Lima por el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas. Póstumamente se editan Fragmentos a su imán, Oppiano Licario e Imagen y posibilidad”.

Hablando de las labores de Lezama en diversas instituciones, Otero insiste: “La Revolución deposita esta incuestionada confianza en un poeta católico, que nunca ha negado serlo y que continúa siéndolo; es una Revolución que filosóficamente se ha confesado materialista y sin embargo otorga su sostén y su homenaje a quien lo merece, sin que el dogmatismo o la intolerancia oscurezcan esta constructiva relación”. Esa visión blanqueada que se lee en su artículo “Para una definición mejor de Lezama Lima”, publicado en Resumen semanal de Granma (La Habana, 1 de mayo de 1983), y luego recogido en su libro Disidencias y coincidencias en Cuba, incluye también en su proyección edulcoradora, una estratagema que intenta descalificar lo que contaba el poeta en sus cartas familiares:

“La publicación de parte de su correspondencia en Madrid, en 1979, hizo señalar a algunos que allí podían hallarse las huellas del disentimiento de Lezama, de su inconformidad con las cosas de Cuba. En realidad en su epistolario se encuentra su abatimiento y su desolación por el abandono en que lo había dejado su familia, sobre todo a partir de la muerte de su madre. El, que siempre fue un hombre gregario, que rindió culto a la unidad familiar, que vio en el entrelazamiento de parentescos una urdimbre que entregaba una raíz y una teleología al ser, quedó sin asideros ante tanta deserción”.

Lo cierto es que Lezama no habló solo a sus hermanas de ese desasosiego, que tuvo muchas causas; en 1968 le escribía a Julián Orbón: “Hay días en que una palabra, una conversación, tienen un despertar mágico y es entonces cuando precisamos la enormidad de una ausencia. La soledad se hace física y metafísica, cobra perfil de cuchillo y nos colgamos el día entero de un clavo inexistente, dos líneas cruzadas incesantemente que hacen un punto”. En cuanto a su entierro, no deja Lisandro Otero de aprovechar para hacer su repaso a una presunta lista de fieles, no solo de letras, sino de la causa revolucionaria: “Su sepelio se honró con las palabras de Cintio Vitier, uno de sus más cercanos amigos. Allí estaban también Eliseo Diego, Fina García Marruz, Octavio Smith, Monseñor Ángel Gaztelu, Mariano, Rodríguez Feo, Portocarrero, aquellos que constituyeron el núcleo fundador de Orígenes; todos ellos viviendo, laborando, en su suelo patrio y en el seno de la Revolución”.

Si Lisandro Otero denuncia en esos párrafos a Reinaldo Arenas, Cabrera Infante y otros como parte del “Gran Plan” que intentaba presentar al mundo a ese Lezama desencantado, él mismo activa su Plan en dirección contraria, en aras de una rehabilitación que al autor de Paradiso no le llegó en vida y que a Piñera, fallecido casi tres años después, tampoco le conceden. También en 1983 se publica Cambiar las reglas del juego, la entrevista que Luis Báez hace a Armando Hart Dávalos, ya en ese momento ministro de Cultura, para exponer la política cultural de la nueva institución, y Lezama es un punto específico de ese cuestionario, aprovechado para descalificar a quienes sabían del veto impuesto:

Hay quien afirma que a José Lezama Lima, por ejemplo, lo tuvieron marginado y aislado. ¿Qué puede decirnos sobre eso?

Los desertores no perdonan a los que no desertaron. Y a Lezama lo atacan así, simulando que lo defienden. Antes no necesitaban de esos subterfugios; porque debe saberse que los que hoy hacen esas acusaciones, cuando estaban en Cuba publicaban artículos injuriosos contra Lezama; y fueron precisamente los marxistas cubanos quienes les salieron al paso en defensa de Lezama. De eso tenemos pruebas documentales. Los comunistas cubanos dijeron que Lezama no era comunista —era católico, en efecto, pero que lo importante no era eso, sino saber si Lezama estaba con la Revolución o no estaba con la Revolución. Es decir, desde la prensa, los marxistas cubanos les salieron al paso a aquellos extremistas. Y son estos los que ahora gritan desde Europa que nosotros tuvimos una actitud inconsecuente con Lezama. Pero ahí están los documentos, la prensa de la época, para demostrar que ellos arremetieron contra Lezama con una serie de improperios, y que, en cambio, los marxistas cubanos, los comunistas cubanos, salieron a defender a Lezama desde las páginas de sus propios órganos de prensa. Dejaron bien claro que lo decisivo no era la filosofía de Lezama, sino su obra literaria —el hecho de que era un gran poeta— y su posición política, de adhesión a la Revolución. Aclaro esto para que se vea la baja calidad moral de esas personas, de esos flamantes defensores de sus víctimas. Son farsantes, simplemente”.

Descalificar, sin nombrar, a esos “flamantes defensores” era ya parte de la retórica cubana oficialista por aquel entonces. Lo cierto es que la gran resurrección de Lezama tardará hasta la década del 80. Aquí y allá van apareciendo ensayos y menciones a su obra. En 1985 aparece la nueva edición de la Poesía completa, preparada por Emilio de Armas, que añade a lo publicado en 1970 los textos de Fragmentos a su imán y un poemario de juventud, Inicio y escape, hallado entre los papeles del poeta. En 1988 se edita Confluencias, selección de sus ensayos con prólogo y compilación de Abel Prieto. Y finalmente, en 1991, regresa Paradiso en una nueva edición. Para ese momento ya la Colección Archivos de la UNESCO había presentado la edición crítica supervisada por Cintio Vitier, en 1988, en la que colaboraron Ciro Bianchi Ross, Raquel Carrió, Roberto Friol, Julio Ortega, Benito Pelegrín, Manuel Pereira, José Prats Sariol, Severo Sarduy y María Zambrano. En la tarde del lanzamiento de esa nueva edición cubana, efectuado en el portal del Palacio del Segundo Cabo, entonces sede del Instituto Cubano del Libro, los ponentes convocados para presentar a los lectores el volumen no pudieron abrir la boca. La expectación por conseguir los ejemplares de aquel título prohibido por años y cuya tirada de 1966 había devenido pieza de coleccionista, saltaron sobre la mesa y esos estudiosos y el libro tuvo que venderse a través de las ventanas del Instituto. No es de extrañar que la mayoría de los que casi arrebataban los ejemplares a las estupefactas vendedoras eran muy jóvenes. Lo sé, porque yo fui uno de ellos.

Para mi generación poética, la de los años 80, José Lezama Lima devino un héroe, una suerte de conjuro en contra de la visión pacífica, más bien adormilada y pasiva, que nos habían inculcado de la literatura y las artes de Cuba. El mito del poeta, dueño de metáforas retadoras y un lenguaje hermético que nos ponía a prueba, había llegado a nosotros pese a todo. Y los sobrevivientes de Orígenes, con mayor o menor discreción, habían mantenido el respeto hacia Lezama como un credo. En el prólogo a su excelente edición crítica para Cátedra de Paradiso, Eloísa Lezama Lima habla de la “religión Lezama”. Atravesar las páginas de esa novela era parte de una iniciación que muchos vivimos, como un acto de desafío que también reclamaba la rehabilitación de un mundo cultural cuyos protagonistas habían sido desplazados, maltratados o ignorados, en antologías, coloquios, libros de texto y diccionarios. Con Lezama regresaba Orígenes, la red de contactos que desde “la mejor revista del idioma” establecieron sus colaboradores y, también, desde ese encantamiento crecimos luego a un plano de discusión de esos mitos que incluyeron la revalorización o el conocimiento a fondo de sus disidentes: Virgilio Piñera, Lorenzo García Vega, y otras voces disonantes. La grandeza de Lezama es haber presidido todo eso, haber servido de señal provocadora de todas esas batallas y cuestionamientos, en la fe por la Literatura que fue su divisa. Creo que de esa ética también algunos de los que integramos esa generación aprendimos algo. Algunos, no todos.

A estas alturas, cuando se cumplen seis décadas de la publicación de Paradiso, y medio siglo de la muerte de José Lezama Lima, es obvio que la intensidad de esas relecturas ha disminuido. El fervor con el que procuramos sus textos a mediados de los 80 y a lo largo de los 90, ya no es el mismo. También hemos sobrevivido a las exégesis que algunos de sus heraldos quisieron alzar en tonos de éxtasis, o los rebuscamientos de estudiosos y amigos de último minuto que se acercaron al poeta. De esos años finales sobreviven algunas fotos de los cumpleaños lezamianos, los rostros de esas imágenes dan fe de quienes estaban realmente cerca de él cuando nombrarlo era demasiado peligroso. Son los días del Curso Délfico, de los poemas que él y Piñera se dedican (“Pero nosotros, en varias camas,/con mugres y millones de lepras,/entre tecnologías dictatoriales,/planes y simulaciones,/ya no sufrimos nada./Nos permiten tomar pastillas,/y callar”, le escribe Virgilio en 1972), y la compañía esencial de María Luisa Bautista, su esposa. Atormentada por las atenciones tardías que recibió al saberse la muerte de Lezama por parte de funcionares y comisarios culturales, se cuenta que dijo: “Si no me ayudaron con el vivo, déjenme en paz con el muerto”. Y que al regresar del entierro de Lezama a la casa de Trocadero, vio caer ante ella las puertas del domicilio, que se desplomaron delante de sus ojos.

Tal vez esa frase y esas puertas caídas sean parte del mito. Nos falta leer a Lezama en una nueva dimensión que integre ese y muchos fragmentos. Y leer otros libros, o publicar en Cuba de una vez Los años de Orígenes, de García Vega, por ejemplo. Y cruzar esa lectura con la de los párrafos de Una familia habanera (Ediciones Universal, 1998), la crónica en la que Eloísa Lezama Lima legó su perspectiva de la historia de los Lezama, añadiendo color propio a anécdotas tan sabrosas como las de la bronca a piñazos entre su hermano y Piñera. O poniendo de vuelta y media a algunos de los enemigos de Orígenes, y a figuras como el propio Lorenzo, Cabrera Infante o Ciro Bianchi Ross, a quien retrata como un “tipejo” y del que afirma: “Se ha constituido en el albacea de la obra de Lezama Lima y su relación con mi hermano consistió en ser un “recadero” de la casa”. El documental Cartas a Eloísa, de Adriana Bosch y estrenado en 2020, se apoya en esos documentos para intentar retratar a Jocelyn, como llamaba la hermana mayor al autor de La fijeza y Analecta del reloj. Otros documentales, como los de Ernesto Fundora, filmes como El viajero inmóvil, de Tomás Piard (2008), tratan de acercarse a ese mundo que él protagonizó, aunque la clave para conocerlo mejor sigue siendo, por supuesto, su lectura.

No sé, ni creo, que los jóvenes poetas cubanos lean a Lezama con aquella intensidad con la que nosotros lo descubrimos, aunque uno de los mejores entre ellos, Oscar Cruz, lo mencione en algunos de sus versos. Si en aquellos días no teníamos a mano muchas de sus ediciones, ahora es mucho menos difícil hallar nuevas tiradas al menos de Paradiso y sus ensayos, aunque al reeditarse la mayoría de sus obras con motivo de su centenario, se echó de menos una nueva edición de su poesía completa, eje de todo su sistema. En los estantes de otras librerías del mundo ya es menos frecuente hallarlo junto a otros autores que ahora parecen ser los únicos de las letras cubanas; tras el asedio y cierta saturación de estudios sobre él, ha vuelto a ser un nombre de culto, del que hablan solo ciertos lectores. Y acaso sea mejor así. Las últimas noticias me aseguran que al fin se prepara en Cuba una edición crítica de Paradiso. Mucho se había esperado para tal cosa. A pocos días del aniversario de su muerte, a cincuenta años de su fallecimiento, no leo el nombre del poeta entre las noticias sombrías que llegan de la Isla, sumida en una crisis que supera todas las expectativas y hasta las carencias que él padeció. Su tumba, en la necrópolis de Colón, deja ver una lápida en la cual los versos finales de “Noche insular, jardines invisibles”, se pueden leer con una errata que sigue sin ser corregida. Pasar frente a las puertas de Trocadero 162 es parte de mis rituales habaneros. No para creer que desde el fondo de la casa museo, estrecha y húmeda, rara morada de un asmático como lo fue él, salga la voz de Lezama preguntando: “¿Qué tal de resonancias?”. Sino para aferrarme a la idea de que él vivió allí, escribió allí, por encima del silencio, la extrañeza y el olvido, para que hoy, ahora, aún en la incertidumbre, sigamos hablando de él y leyendo sus libros como quien se aferra al más útil e incómodo talismán.