Guillermo Cabrera Infante: Corín Tellado, pornógrafa inocente [1967]

Archivo | Autores | 20 de agosto de 2026
©Corín Tellado / Planeta de libros

Larga es la historia de mi asociación con Corín Tellado, a quien, muchas veces y en broma, llamé Corán Tullido. En 1953 la encontré por primera vez. Entonces adoptaba la forma de innumeras y detestables galeras (palabra que prefiero a galerada porque evoca el trabajo forzado, la prisión y la claustrofobia) de prueba que yo debía corregir para Vanidades. (En ese tiempo Vanidades era «la revista de la mujer cubana», hoy su dedicación se ha hecho continental, pero Corín Tellado sobrevive todos los naufragios.) En 1956 inventé o realmente oí decir que se trataba de un sindicato (o guilde) de escritores que escribían bajo el gran manto protector y femenino de su nombre de soltera. En 1965 supe que era una «española de verdad» y que es, para asombro de muchos, pero no mío, el «escritor español más leído de todos los tiempos», incluyendo, por supuesto, a Miguel de Cervantes, quien «no es tan conocido», reconoce su tocayo Unamuno, «—y menos popular —fuera de España— ni aun en ésta —como aquí suponen los literatos nacionales» [1].

Entonces recordé las lecturas forzadas, de las novelitas que Vanidades atesoraba como una ostra celosa. Allí había escenas en que lo cursi o simplemente trillado era seguido por descripciones que debían tanto a Rafael Pérez y Pérez como a José María Carretero, el prolífico pornógrafo mejor conocido como el Caballero Audaz. Recordé el diseño de una o de todas las novelas de Corín Tellado, donde el dibujo forma un triángulo en que los catetos son amor posible, amor imposible y la hipotenusa es inamorposibie. Abundan, por supuesto, las peripecias sentimentales, marcadas por encuentros amorosos que son jalones de una historia romántica. Allí se ven (la prosa es efectivamente descriptiva) hombros femeninos temblando de amor, besos apasionados, caricias que expanden (o anulan) la percepción, labios como puertas-vaivén, ojos maravillosamente cegados, manos que acarician con suavidad (y eficacia) de taladro, abrazos en que se funden y confunden los cuerpos. En fin, toda la parafernalia tumescente de la literatura erótica, pero envuelta en la aparente asepsia de los eufemismos.

El ensimismamiento de la joven lectora, las preguntas cada vez más cerca de la diana sexual, el consumo devorador de ejemplares, me hicieron acercarme —y de nuevo leer— a Corín Tellado. Este azar de lecturas fue provocado por una hybris demasiado frecuente.

El parecido que existe entre la novela rosa barata y la novelita galante de igual precio: aunque no hay la franqueza del inolvidable relajo cubano que consiguió obras maestras como La pepita de Pepita, Siete tiros en el siete o Con el machete en la mano, si aparecen sonoridades y connotaciones familiares, fáciles de descubrir, hay varias constantes. La víctima que termina por amar a su verdugo. El incesto. El fetichismo. El masoquismo como prueba de amor. El sadismo que engendra frigidez que engendra amor que engendra celos que engendra sadismo.

Pero estas invariables eróticas están neutralizadas por los recursos eufemísticos. Las violaciones ocurren siempre dentro del matrimonio. Los héroes incestuosos son sólo hermanos de crianza o falsos hermanos, primos, amigos de la infancia, o bien la heroína es pupila del protagonista, tutor que se convierte feliz y finalmente en marido. Hay, sin embargo, una gran constante de la novela erótica que Corín Tellado mantiene pura: el travestismo. Ocurre tanto que es casi su gran recurso narrativo y decir los títulos que anuncian este ardid sería hacer otra lista. Pero hay una novela en que el travestí alcanza su apoteosis. Se llama Deliciosa locura y desde la portada, primorosamente ilustrada, se anuncian las intenciones.

Debajo del rojo nombre de la autora y del título en tipos dibujados, aparece un gallardo marinero que debe ser alto, moreno y buen mozo, aunque no veamos más que su busto —el ilustrador tomó la cabeza de Rock Hudson por modelo—. A su lado se ve una muchacha ataviada a la marinera. Viste un pulóver rojo y de la gorra se escapa un mechón de rubios cabellos. Aparentemente trajina sobre un yate cuya obra muerta se interpone entre ella y el marino, a quien una segunda mirada muestra vistiendo cuello y corbata y blazer azul: es, por supuesto, un capitán. La muchacha es un grumete y también la heroína. En la novela ella —llamada Koti Santistejo, nombre que por alguna razón suena, como otros tantos, característicamente exótico y de «buena sociedad» a los oídos de la autora— que es «exótica, millonaria, caprichosa y antojadiza hasta el extremo», quiere ser marinero. No viajar, tener un yate, sino ser exactamente un marino, ya que no puede ser una marino. Koti decide ingresar en la Escuela Náutica de Cádiz. «Dejaré de ser mujer —planea— a partir del momento que salga de casa, vestida con un equipo netamente masculino.» Esta ilusión travestista —el sexo depende del vestuario, corrió ocurre en todas las fantasías homosexuales— típicamente-neurótica no le impide llevar a cabo el proyecto: «Días después, Guy Bermude, enfundado en un traje elegantísimo y cubierta su rojiza cabeza con un flexible de última moda, sube al vagón de primera con aire triunfal y decidido en toda su distinguidísima persona.»

Pronto tendrá que cumplir con las obligaciones propias de su nuevo sexo, aunque éste y aquellas sean igualmente falsos. Sube a un tren y «nuestro distinguido dandy traba conversación con dos monísimas muchachas sevillanas, las cuales encuentran que Guy encarna el ideal masculino». (Quiero repetir esta frase más reveladora de lo que nunca sospechó Corín Tellado: «dos monísimas muchachas… encuentran que Guy encarna el ideal masculino».) Guy es Guy Bermude, es decir: Koti Santistejo con otro nombre. Si las inocentes sevillanas pueden padecer una leve confusión de apreciaciones (o de sentimientos), no hay duda de que la millonaria Koti sabe lo que hace porque sabe quién es ella: «¡Había que ver a Guy decir galanterías!» Pero las dos andaluzas no se molestan por estas galanterías visualizadas y convertidas en «Mary y Tere de Camera, primas hermanas», deciden mejor aprovechar la intimidad de la prosa y «sentarse al lado de Guy, dejando al joven galanteador en medio de ellas, por lo cual la respiración del dandy era harto trabajosa». (Cualquier semejanza con la escena en que Jack Lemmon organiza un party en la estrecha litera de Marilyn Monroe, en Some like it hot, film bellamente pornografiado, ¿es accidental?)

Afortunadamente aquí termina el capítulo y al comenzar el siguiente ya Guy Bermude es un alumno aventajado, a punto de acabar su carrera naval. Aunque en la privacidad de su pensión el cadete sufre un inevitable síndrome esquizoide: «Era dichoso», dice Corín, «o dichosa, mejor dicho». Momentos más tarde Koti Santistejo «pensó que pese a todas las incomodidades él era feliz». Y cuando la sirvienta viene a advertirle que la cena está servida, responde: «—Ahora mismo voy, guapa —y le guiña simpáticamente un ojo, dándole un palmadita en la sonrosada», no sean mal pensados, «mejilla». Caricia que hace sufrir a la muchacha (a la otra, a la criada), sin ser sevillana, un sentimiento culpable, católicamente considerado. Al reír «la muchachita, ruborosa» admite que «le gusta a rabiar el distinguido estudiante, tan espléndido». Pero la escena no termina en amor mutuo, sino en otro sentimiento erótico, aunque solitario. Guy (o Koti) se mira al espejo y admira sus cabellos masculinamente cortados, su cutis tostado por la vida al aire libre, sus ojos, su boca, sus dientes, y la autora no puede menos que compartir el sentimiento narcisista. «¡Qué feliz, pero qué feliz se siente!» Esta felicidad, como se ve, no es por los estudios todavía no terminados, ni por el amor de la sirvienta, ni por la perspectiva de la cena, sino porque Koti (o Guy) se siente muy hombre.

Pero momentos más tarde casi lamenta ser tan masculino. Una preciosa muchacha viene a interrumpir su soliloquio callado con el mar, y Guy-Koti se «revuelve inquieto. El giro que toma esta conversación le molesta. ¿Por qué serán tan tontas las mujeres?… Las faldas lo persiguen de continuo». Aunque no deja de juzgar a la muchacha como objeto estético. «Florita era linda. Guy, pese a la antipatía que sentía por el ’sexo’ (las comillas de la autora), es justo al juzgar imparcialmente su belleza en conjunto.» Es que Florita no le disgusta tanto por su sexo como por su seso. Tanto que «haría cualquier disparate, echarse novia si era preciso, antes de ser el ‘flirt’ de aquella simple». (Es para preguntarse qué habría ocurrido si la rémora de Koti, en lugar de ser la tan poco dotada intelectualmente Florita, hubiera sido, por ejemplo, Simone de Beauvoir.)

Pero de estos avatares lo (o la) salva un encuentro que será decisivo. En un bar del puerto Koti-Guy conoce a su «verdadero hombre», un capitán de barco llamado Julio Jarde. La rudeza con que trata a Guy la siente en su alma femenina y jura que navegará un día en su barco. No sin antes haberlo alcanzado y en plena calle, en la zona marítima, decirle esta frase que se hace asombrosa al salir de sus labios de cadete: «—Me gusta usted —dijo jadeante, amoldando su paso al del otro.» El capitán hace lo que cualquier otro heterosexual haría: «Se detuvo en seco», y exclamó:

«—¿Eh?»

En el próximo capítulo —gracias a Dios y a la autora— Guy consigue ser enrolado en el barco de Jarde, sin que éste sepa que se trata de la misma persona que lo piropeó en el muelle. Pero, oscuramente, no puede menos que recordar el incidente. «Pensó otra vez en el chico impulsivo. Era simpática la ‘criatura’, pese a sus modales elegantes y afeminados… Le crispaban los nervios esta clase de hombres y aquel ‘crío’ ciertamente que lo era.» Es conveniente, para el doble propósito de la trama novelística y de nuestra tesis, recordar esta repulsión, prejuicio agresivamente antihomosexual que tanto ha nutrido las filas de la policía del sexo, tantas consultas han conseguido a los psiquíatras y tantos consortes ha regalado a más de un pederasta solitario. (No es mala fe recordar que la autora hace sonreir escéptico al capitán cuando ve saltar a tierra a dos oficiales que corren presurosos hacia sus novias de puerto. ¿Por qué? «No le atraían las mujeres, consideraba a todas cortadas por el mismo patrón, o sea, vacías, insubstanciales, coquetas.»)

Así las cosas, no es de extrañar que el capitán se niegue a recibir al dueño de «aquella voz pastosa, poco varonil» cuando aparece a bordo. Tiene el cadete que vencer una ordalía alcohólica para que Jarde lo acepte. Curiosamente, el capitán lo acoge con una frase que el lector jamás sabe si es una apreciación de la marina mercante (pobre Conrad), una confusión (inexplicable) del capitán o un slip (explicable) de la prosa. Cuando termina el juicio por tragos, el capitán ríe complacido. «Guy era tan varonil como otro cualquiera de sus oficiales.»

Este «oficial tan varonil como cualquier otro» comienza a enamorarse del capitán, lo que no es raro si se piensa que debajo del disfraz de marino hay una mujer. Lo que sí resulta extraño es que el curtido capitán Jarde comience a sentirse atraído por el cadete. «¿Qué era lo que tenía aquel chiquillo que subyugaba?», se preguntan el capitán y la autora, y ni por un momento se le ocurre a ninguno de los dos pensar que no era el chiquillo quien tenía algo raro, sino el capitán, que «comprendía tan sólo que lo quería con delirio».

Pero no solamente es el capitán quien cae presa del encanto de Guy. «Todos le queremos como algo nuestro», confiesa el segundo de a bordo. Discreto como todo subordinado, planea su conquista por poder. «En el próximo viaje, si vamos a Gijón, voy a presentarlo a mi hermana a ver sí lo conquista.» Naturalmente, el capitán se molesta por este complot romántico que parece un conato de motín a bordo: «—¡Déjate de tonterías! El chico no piensa en mujeres. Por otra parte, es un chiquillo.» Momento que aprovecha el segundo para contradecirse, pero al mismo tiempo para dar con la clave del interés propio y ajeno, al replicar: «—Y algo afeminado.» Matando tres pájaros oportunos con su intrusión el perspicaz oficial advierte un escollo posible en esta navegación erótica: «—No vaya a ser que riñamos por el niño pera», dice. (Es la ausencia de este espíritu de geometría naval lo que pierde a los personajes de Jean Genet, no menos apasionados por la idea de la posesión de un bello recién llegado.)

No hay riña en el puente de mando, pero una página después ocurre uno de los grandes momentos eróticos del libro, y casi me atrevo a decir de toda la literatura española actual. Guy consigue prestarse uno de los autos de Koti y viene, imprudente, a pasear frente a los muelles de Barcelona. Unos enmascarados lo secuestran en broma, pero con violencia y el cadete protesta con la virilidad con que protestaría cualquier otro marino: «—¡Bruto! ¡Suélteme usted! ¡Me tortura!» Pero al darse cuenta de que quien lo secuestra con la complicidad de sus subalternos y la velocidad es el capitán, deja, naturalmente, de protestar. Lo hace, sin embargo, con una respuesta totalmente inesperada, para todos. «No lo dudó un segundo. Anudó los brazos en torno al cuello de Julio Jarde y dijo con voz de falsete, que los otros no comprendieron:

«—Ya me extrañaba que entre todos estos rufianes no viniera una mujer. Tú lo eres y como presiento que serás la novia del jefe de la banda, voy a cobrarme lo que me deben tus secuaces.

«Antes de que los otros pudieran separarlos, Guy se encontraba besando con rabia los labios de la mujer.» [El subrayado es de ella, de Corín Tellado.]

«Sintió que el ‘auto’ se detenía en seco. Y un alarido de entusiasmo, extrañeza y locura se extendió por los ámbitos. [El subrayado es de GCI.] Unos brazos de atleta la sacudieron furiosamente. Se quitó la venda y rió triunfante, burlonamente.

»—¡Bellaco! —rugió el capitán! —¿Te has fijado en la bella mujer que has besado?

»—¡Ay, mi capitán! —chilló para ocultar la satisfacción. —Ya me parecía que los labios de la ‘bella’ eran demasiados ásperos.»

El capitán no puede tener otra reacción (recuérdese que está entre marinos) que amonestar duramente al subordinado equívoco: «—Otra vez procura no equivocar el sexo cuando te dispongas a besar —añadió, aún pálido.» Pero todo está dicho de dientes para afuera porque su corazón está en otras partes. O mejor dicho, aquí mismo. Lo sabemos al comenzar el siguiente capítulo a las cuatro de la mañana, cuando el capitán tiene que subir a cubierta. ¿El deber? No, insomnio. «No podía dormir, Lo que había sucedido aquella tarde le tenía nervioso, desasosegado, inquieto… No llegaba a comprender por qué el beso de Guy lo puso de esta forma.»

El próximo paso narrativo debía ser la descripción del frenesí de una pasión homosexual, de una parte, al menos, ya que Koti ha sabido rechazar a las sevillanas y a las Floritas asediantes. Pero la autora, con un escamoteo más previsible que visible, hace que el atormentado capitán descubra el secreto de Guy o de Koti a tiempo.

El resto es anticlimax, si exceptuamos dos elementos esenciales: los sentimientos del capitán y un avance, al final, de lo que será su conducta sexual más allá del matrimonio ineludible y del libro. La primera contradicción ocurre al saber el capitán que Guy es Koty. «Julio no lo dudó ni un segundo y guardó la fotografía en el bolsillo. Miró de nuevo a Guy y salió riendo ilusionado… Ya lo sabía todo o casi todo y comprendió muchas cosas, muchas; tantas, que sintió una desilusión insospechada hasta entonces penetrarle en el alma.» El porqué de tal desilusión lo conoceremos al final, cuando ocurre la otra excepción. Después de la boda hay una leve discusión sobre las conveniencias y las inconveniencias del creyón de labios que termina en esta escena romántica:

«Cuando Julio la acompañó al hotel, Koti comenzó, cogiéndose amorosa de su brazo:

»—¡Qué apuro, chico! Buri es encantadora, pero esta noche…

»—¡Qué importa! Buri ha tenido muchísima razón. Esa pintura es un estorbo.

»—Pero a ti te gusta.

»—Estando en tu boca, me gustaría hasta el veneno.

»—¡Adulador!

»—¡Mi ’rapazuelo’!».

Ya de aquí en adelante Koti será siempre el rapazuelo del capitán Julio Jarde, su marido y curtido marino; cuando deja de serlo es para llamarse, por supuesto, Guy.

Quizá la inocencia salve a Corín Tellado de la obscenidad, pero no del erotismo. Hay una razón práctica de la literatura que hace que una escena romántica se convierta en sicalíptica (y algo más) si los personajes son sustituidos por personas del mismo sexo. Imaginemos la escena del balcón and after protagonizada no por Romeo y Julieta sino por Julieta y el ama, o por Romeo y Mercurio. Si alguien piensa que Shakespeare es demasiado down to earth, propongamos entonces una cualquiera de estas sustituciones: Margarita Gauthier convertida en hombre, Heathcliff transformado en mujer, un John Eyre.

Esta es una ley general de retórica de la que no se escapa ni una escritora tan delicada como Radclyffe Hall, cuyo Pozo de Soledad se considera un libro pornográfico y no la última novela romántica. Para colmo, Corín Tellado comete la explotación deliberada de semejante situación una y otra vez. El tema del cambio de sexo es uno de sus nudos favoritos y aunque lo corte con la espada de las soluciones pudorosas, siempre lo ata antes con un manojo de equívocos. Esta contumacia se llama pornografía.

Entonces, ¿cómo permitir que jovencitas de apenas trece años (los libros de la Tellado, previa y convenientemente bowdlerizados, llevan este sello: Calificación de Nuestro Asesor Moral, un cuadro con las siluetas de un hombre, una mujer y una niña, esta última cruzada por una equis ad hoc en esta edición, indicando que es un volumen Para Personas Formadas), casi unas niñas, lean esta literatura? La respuesta es que el escritor de esta nota no está interesado en negar nada, sino en comprenderlo todo, o casi todo, para ser más modestos. Prohíben las leyes y sus agentes. Es decir, policías, soplones, comisarios. Condenan jueces y jurados o un tribunal del pueblo. Un escritor lo más que puede hacer es tratar de entender una relación de causa y efecto, y hacerla ver a quienes lo lean y estén interesados en saber por qué. Mi hija de doce años puede leer a Corín Tellado, que es una inocente pecadora —o, si se quiere, una industriosa pecadora— porque una prohibición no la haría mejor. (A mi hija Anita, no a la Tellado.) Creo, por el contrario, que leer a Corín Tellado la ha hecho mucho mejor.

Además, no creo que la pornografía sea un crimen. Muchas veces he intentado hacer pornografía y me lo ha impedido mi falta de talento. Cualquiera escribe, pero un pornógrafo es un artista superior. Sade, Pauline Réage y Corín Tellado lo son. Joyce, Hemingway, Sartre no pudieron serlo; de ahí las respectivas admiraciones por Rabelais o Chaucer, Anderson y Genet. También viene de ahí mi admiración por el arte de Corín Tellado. La pornografía es un arte inocente, nada consciente y Corín Teilado, ya en las clasificaciones, es una naive, una primitiva por sofisticar. Sus lectores o tienen esa inocencia o fracasan en su lectura. Quizá estas notas sean un testimonio de ese fracaso [2].

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Notas

[1] Prólogo de Nada, Madrid, 1945.

[2] Deliberadamente he dejado fuera el aspecto puramente Camp —high Camp debía decir— de estas novelas. También olvidé afiliarlas a cualquier movimiento Pop por horror a las tautologías: como las tiras cómicas, como la canción de moda, como los fumetti, Corín Tellado está en los orígenes. Decir que ella es Pop equivale a subrayar el cristianismo de Jesús o a decir que Marx fue el primer marxista.

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[*] Fragmentos tomados de la revista Mundo Nuevo, 16, octubre de 1967.