William Navarrete: Entrevista al asesor financiero Rafael Miyar Riamonde / ‘Volver a Cuba después de tantos años ausente es una clase de arqueología’

DD.HH. | Memoria | 23 de septiembre de 2026
©Rafael Miyar con el proyecto de Cáritas durante su segundo viaje a Cuba (Foto: Cortesía)

Conocí a Rafael Miyar y a su esposa, Marijean, a principios de este siglo, cuando fundé en París una asociación de carácter político y cultural relacionada con Cuba. Ambos se hicieron miembros de inmediato. Desde entonces coincidimos en numerosos encuentros, siempre en Miami, adonde yo viajaba para ofrecer presentaciones o participar en campañas vinculadas con la labor de la asociación.

Hacía algún tiempo que no nos veíamos, y este verano nuestra amiga común, María Bechily, tuvo la idea de organizar una cena en su casa e invitar a varios amigos a quienes había perdido de vista, entre ellos Rafael y Marijean. No solo nos pusimos al día, sino que también acordamos realizar este intercambio de preguntas y respuestas, que ahora comparto con los lectores de esta serie de entrevistas a exiliados cubanos nacidos antes de 1960 y obligados a rehacer su vida en una nueva tierra.

Cuéntanos sobre tus orígenes familiares.

―Mi padre, Rafael Miyar López, nació en La Habana. Estudió derecho, pero nunca ejerció la abogacía, pues comenzó su vida laboral trabajando para la Standard Oil y la Compañía Cubana de Petróleo. Luego, con un grupo de socios, creó su propia empresa, Havana Oil Company, dedicada a la distribución de gasolina y otros derivados del petróleo en las estaciones y tiendas del país, con oficinas en la calle Aguiar, en La Habana Vieja. A mi abuelo paterno no lo conocí, pues falleció cuando yo tenía dos o tres años, pero sí a Ana López, su esposa. De hecho, cuando nos fuimos del país, ella se quedó y murió allá, en donde también quedaron los dos hermanos y las tres hermanas de mi padre, que nunca abandonaron Cuba por acompañar a la madre.

Mi madre, Olga Riamonde Blanco, nació en Nueva York y era hija de padres cubanos. Resultó que el padre de mi abuela materna, Patricio Blanco Verard, había estado muy implicado en el movimiento independentista cubano contra España y tuvo que exiliarse en Tampa con su familia. Cada vez que su esposa iba a dar a luz, él la enviaba a La Habana para que todos los hijos nacieran en Cuba. Es por eso por lo que mi abuela, María Teresa Blanco Acosta, nació en la isla, aunque se educó en Tampa y Nueva York. Eso explica tal vez su predilección por los Estados Unidos. De regreso en La Habana, mi abuela fue telefonista y trabajaba en el hotel Sevilla-Biltmore, en el Paseo del Prado, ya que hablaba perfectamente inglés y español. De hecho, fue en ese lugar donde conoció a mi abuelo, Ramón Riamonde Edesa, un gallego establecido en el país, y cuando este le propuso matrimonio, ella lo aceptó con la condición de que se fueran de Cuba a vivir en Nueva York. En estas circunstancias, mi madre y su hermana Renée nacieron después en Nueva York. Como anécdota curiosa, puedo contar que mi abuelo trabajó para el City National Bank, donde años después yo comencé mi carrera en el sector de la banca.

Y tú, ¿dónde naciste y qué recuerdos conservas del barrio de tu infancia?

―Nací en La Habana en 1947, en la Clínica Miramar. Vivíamos con mis abuelos maternos en lo que se llamaba Ampliación de Almendares, en la avenida 13 entre las calles 74 y 76, frente al cine Metropolitan. Allí todavía está en pie nuestra casa, bastante conservada, por cierto. Luego, mis abuelos construyeron un edificio en la calle 80 del mismo barrio y nos mudamos para allí hasta nuestra salida de Cuba.

Cuéntanos sobre tus primeros años de escuela en Cuba.

―Empecé el kínder en un colegio bilingüe que quedaba en la misma calle de la casa, llamado Colegio CIMA. Empecé a los tres años porque mi madre era muy amiga de la directora. Poco después decidieron enviarme a la Havana Military Academy (HMA), una escuela que mi madre escogió porque, un día de agosto, paseando por la calle Galiano, vio en las vidrieras de la tienda El Encanto la exhibición de los uniformes de las escuelas cubanas y, de todos, fue el de aquella academia el que más le gustó.

La HMA quedaba en el reparto Biltmore. Me pusieron en el régimen de medio pupilo y pasaba todo el día en la escuela y almorzaba allí, pero al final de la tarde regresaba a la casa. Los profesores eran todos laicos y los cadetes le llamaban jocosamente a la escuela “Hambre, Miseria y Angustia”, basándose en sus siglas, aunque en realidad no recuerdo que se comiera mal allí, ¡aunque, por ser gordito, me pusieron en la mesa de dieta, algo que me traumatizó para el resto de la vida!

¿Qué pasó después del 1 de enero de 1959?

―El primer año después del triunfo revolucionario lo pasé en la HMA, pero ya se pensaba que iban a nacionalizar las escuelas. En el verano de 1960 me encontraba de vacaciones en Miami Beach con mi abuela, que había venido a visitar a su hija Renée. A mi regreso, encontramos que la HMA había sido intervenida y mi padre removió cielo y tierra para conseguirme un colegio donde cursar el bachillerato. Al final, pudo enviarme al Colegio de Belén. En realidad, solo estuve tres meses, ya que la situación del país empeoraba cada día y ellos tomaron la decisión de enviarme a Miami. Tenía 13 años cuando salí de Cuba, en noviembre de 1960. Mis padres no salieron hasta dos años más tarde, pues conservaban la esperanza de que todo volviera a la normalidad.

¿Cómo fueron tus primeros años en el exilio y cómo continuaste tus estudios?

―Como te dije, viví primero con mi abuela en la calle 4 y la avenida 8 del SW, en lo que se conoce como la Pequeña Habana. Me pusieron en un colegio público mixto, lo cual me pareció otro mundo para mí, pues hasta la fecha solo había estudiado en escuelas de varones.

Cuando mis padres llegaron, nos mudamos para la calle 6 y la avenida 12 del mismo barrio. Empecé a estudiar el bachillerato en el Miami Senior High School, por donde tantos jóvenes cubanos pasaron y que todavía existe en la avenida 24 y la calle 1.ª del SW, casi dando a Flagler. Se trata de la escuela secundaria más antigua del condado de Miami-Dade, fundada en 1903, y el edificio que vemos hoy, concebido en ese estilo propio del sur de la Florida que llaman “mediterráneo”, data de 1928.

¿Decidiste cursar estudios universitarios?

―Lo primero que hice cuando terminé en el Miami Senior High en 1963, a los 16 años, fue inscribirme en el Dade County Junior College —hoy Miami Dade College—, pues era lo más económico para mí. Allí estudié durante dos años y después di el salto a la Universidad de Miami (UM). Quería estudiar algo relacionado con la diplomacia y las relaciones internacionales, pero mi estatus de inmigrante cubano no me permitía aspirar a tanto y me conformé con estudiar administración y finanzas.

Empecé en la UM y, estando allí, me enteré de que el American Institute for Foreign Trade, hoy conocido como Thunderbird, en Glendale, Arizona, se especializaba en carreras internacionales. Entonces decidí hacer mi posgrado allí y lo terminé en 1968.

Empezaste entonces tu carrera profesional…

―En efecto, pero no en Miami, sino en Nueva York. Deseaba alejarme del ámbito familiar, pues en aquel momento mis padres se habían divorciado y mi madre había quedado muy afectada por la partida de mi padre a Puerto Rico. Necesitaba hacer mi vida e independizarme completamente, y eso hice.

Conseguí un trabajo en Citibank (entonces llamado First National City Bank), pero no me quedé mucho tiempo porque no me gustó en realidad. Yo compartía piso con John Harriman, un amigo angloperuano con quien había cursado estudios en Thunderbird, y él trabajaba para Bankers Trust Company, un banco con un perfil que me gustaba más. Fue entonces, en enero de 1969, cuando empecé el programa de entrenamiento para el departamento internacional de esa institución. Dieciocho meses después pasé a la división de América Latina. Como había estudiado portugués en la universidad, tenía el dominio de las tres lenguas esenciales para ocuparme del sector latinoamericano.

¿Te quedaste en Nueva York?

―Fue en esta ciudad donde conocí a Marijean Collado, mi esposa. La historia es muy divertida porque, en realidad, había viajado a Miami para asistir a la boda de un primo cuando una amiga, haciendo el papel de celestina, me quiso presentar a Marilyn Moll, quien tenía planes de mudarse a Nueva York con dos amigas: Beatriz Martínez Barraqué y Marijean Collado. Marilyn me llamó cuando se instalaron y quedamos en vernos. Nos vimos y reconozco que quien me interesó desde un principio realmente fue Marijean.

Entretanto, me fui a Europa de vacaciones y, cuando regresé, me encontré con que mi amigo John se había empatado con Beatriz, que Marilyn había regresado a Miami y que Marijean se había quedado en Nueva York. Aunque los padres de Marijean eran cubanos, ella había nacido en Nueva York y había vivido en esa ciudad hasta los seis años, antes de que regresaran todos a La Habana. Lo más curioso es que ella salió de Cuba rumbo a Miami en 1961 y que estudió en el Miami Senior High School, en la misma época que yo, pero nunca coincidimos.

Entonces se casaron…

―Bueno, en realidad, empezamos un noviazgo que duró tres años, hasta que nos casamos en Miami, en 1972. Volvimos a Nueva York, en donde Marijean terminó su posgrado de historia del arte y comenzó a trabajar en Wildenstein & Company, la galería de arte más prestigiosa en Nueva York en ese momento. En 1974, el banco me propuso ocuparme de las oficinas en México, un país en donde viví diez años, hasta 1983, y en donde nacieron Natalia, Claudia y Alejandro, nuestros tres hijos.

Cuando te conocí, ya eras un conocido coleccionista de arte y vivías en Miami. ¿Puedes contarnos cómo comenzó tu interés por las artes plásticas?

―Cuando nos casamos, usamos el regalo de mi padre para comprar las dos primeras obras que tuvimos: una litografía de Rufino Tamayo y otra de David Alfaro Siqueiros. Estas fueron las primeras obras de arte que adquirimos. Como ya dije, Marijean había estudiado historia del arte y su interés era determinante en todo lo que, a partir de ese momento, empezamos a adquirir.

Ya en México conocimos a Isaac Salinas, un cubano que vivía allí y cuyo hermano, Baruj Salinas, era pintor. Compramos entonces un cuadro de Baruj, que vivía entonces en Barcelona, de modo que fue el tercer artista de nuestra incipiente colección. Poco a poco fuimos conociendo a artistas cubanos contemporáneos de la generación de 1980, con quienes entrábamos en contacto primordialmente a través de la galerista cubana establecida en México Nina Menocal, a quien tú entrevistaste. Ella nos presentó a Rubén Torres Llorca y así fue como empezamos a adquirir obras de artistas jóvenes y continuamos haciéndolo cuando vinimos a vivir a Miami en 1983.

¿Por qué decidieron coleccionar arte contemporáneo en lugar de arte académico?

―Además de dar prioridad a los contemporáneos como una forma de apoyarlos en sus carreras, pensamos también que, con el arte académico cubano y las primeras vanguardias, sucedía que nunca se sabía si eran auténticos o simples falsificaciones.

De los pintores anteriores compramos, por ejemplo, obras de José María Mijares, pero, como sabes, vivía exiliado en Miami, en donde falleció en 2004. También empezamos a coleccionar a Carlos Alfonzo, quien salió de Cuba durante el éxodo del Mariel, en 1980, y falleció en 1991. La colección fue adquiriendo forma y la enriquecimos con piezas (incluyendo fotografías) de Gustavo Acosta, Abelardo Morell, Carlos Estévez, Glexis Novoa, Tomás Esson, María Martínez-Cañas y nuestro gran amigo Humberto Calzada, entre otros. La obra más reciente que hemos adquirido es una pintura de José Parlá, uno de los cubanoamericanos más importantes a nivel internacional, a quien el PAMM dedicó en 2024 la exposición José Parlá: Homecoming, que incluyó la recreación de su estudio.

En 1994 empecé a trabajar para Coutts USA Intl. y, en 2003, pasé al Banco Santander, del que me retiré de forma anticipada en 2006.

Has estado muy implicado en las juntas directivas de varias instituciones relacionadas con el arte y la cultura. ¿Puedes hablarnos de esa parte esencial de tu vida?

―En 1994 fui invitado a unirme a la junta del Miami Art Museum (MAM), siendo el segundo cubanoamericano, después de Peter Menéndez, que entraba en la directiva de este museo, que se encontraba en el Downtown de la ciudad. Como sabes, la institución había comenzado como Center for the Fine Arts en 1984, se convirtió en el Miami Art Museum entre 1994 y 1996 y pasó a ser el Pérez Art Museum Miami con la inauguración de su nuevo edificio, diseñado por Herzog & de Meuron, en 1103 Biscayne Boulevard, en 2013. Ahí continúo como “Trustee Emeritus”.

También estuve en la junta del desafortunado Museo de Arte Cubano, con una historia de altas y bajas para escribir varias novelas y, posteriormente, entré en la junta de la Fundación Oscar B. Cintas, de la que ahora soy presidente, y también en la junta directiva de Amigos de la Cuban Heritage Collection, en la Biblioteca de la Universidad de Miami.

Asimismo, he participado activamente en el International Kids Fund Wonderfund, un programa de Jackson Health Foundation. Una misión muy importante que compartimos Marijean y yo es apoyar la obra humanitaria de Cáritas Cuba. También soy miembro de la junta directiva de Friends of Caritas Cuba y he sido el responsable de organizar la subasta de arte anual que recauda fondos importantes para los programas para ancianos y niños en Cuba.

¿Has regresado a Cuba?

―En 2002, mi hija Natalia —que hoy vive en Londres y tiene una firma de diseño— estaba haciendo su tesis en la Universidad de Miami sobre arquitectura y, en particular, sobre un proyecto de reconstrucción del antiguo hotel Trotcha, en el Vedado habanero, hoy completamente perdido. Tuvo que viajar a La Habana y decidimos acompañarla. Nos hospedamos en el hotel Parque Central. Mi padre, que aún vivía, nos acompañó.

Como es lógico, fue un viaje muy emotivo. Allí me quedaban todavía cuatro tíos y una prima. Pude reconocer algunos lugares. Volver a Cuba después de tantos años de ausencia es una clase de arqueología. Al identificar lugares, Marijean me ganó porque su padre, antes de que salieran de la isla, tuvo la idea de hacer con ella un recorrido muy exhaustivo por los sitios clave de la arquitectura y la historia habaneras, convencido de que era la última vez que los podrían visitar. Yo, por ejemplo, encontré la casa de mi infancia impecable, pero nunca di con la famosa academia militar en donde cursé estudios.

¿Volviste después?

―En 2023 volví porque, como mencioné anteriormente, soy parte de la junta de Friends of Caritas Cuba, en la que también están Consuelo Aróstegui, Teresita de Blank, el reverendo Bryan Hehir, Elizabeth y Roberto Goizueta, y muchos más. Fuimos un grupo con el objetivo de comprobar el buen uso de los fondos que se destinan a ancianos desvalidos en la isla. Estuve en Cienfuegos, visitando comedores, parroquias y centros de atención a niños autistas que Cáritas apoya.

En este segundo y último viaje pude ver que, con respecto a dos décadas antes, el deterioro de todo era enorme. Me impactó tanto lo que presencié —la miseria, la suciedad y el hambre— que regresé muy afectado y enfermo, tanto física como moralmente. Tanto es así que no sé si tendré la fuerza necesaria para regresar a Cuba nuevamente. Seguiré, sin embargo, haciendo todo lo posible para ayudar a los más necesitados y vulnerables que siguen allá.

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Publicación fuente ‘Cubanet’