José Hugo Fernández: El largo adiós de Labrador Ruiz

Borrado del mapa en Cuba, por haber escogido el exilio miamense; y, luego, ninguneado en Miami, vaya usted a saber por qué, Enrique Labrador Ruiz, muerto en 1991, continúa distinguiéndose hoy entre lo más avanzado de la moderna narrativa cubana. Sin embargo, su obra yace entre brumas para nosotros: no acabamos de olvidarlo, pero apenas lo recordamos. Quizás somos capaces de reconocer algún título suyo, pero mayoritariamente no hemos leído ni uno solo de sus libros. Ni siquiera para los amantes de la lectura que vivimos en el exterior, las novelas y los cuentos de Labrador Ruiz, al fin tan a la mano, parecen ser objeto de interés. Entre el esfuerzo que invertimos tratando de recuperar lo perdido respecto a una larga lista de libros y autores internacionales a los que no tuvimos acceso en la Isla, y el empeño por mantenernos actualizados en cuanto a las novedades del nuevo ámbito, dejamos que pase sin darnos cuenta el tiempo de volver la vista a lo nuestro auténtico, que frecuentemente también nos fue vedado. Ahora mismo, cuando en el mundillo literario de Hispanoamérica y de los Estados Unidos tiene lugar otra porfía entre los defensores de las esencias decimonónicas de la novela y quienes reniegan de su estructura (que es la más conocida y aceptada por el lector medio), argumentando a favor de otras formas en las que se rompen los códigos tradicionales para exponer la trama, y se mezclan, además, poesía, periodismo, ensayo, testimonio, apuntes históricos o filosóficos, autobiografía, y todo. lo que a cada autor se le ocurre, me parece oportuno recordar a Labrador Ruiz. Pues, él también fue un notable rompedor de esquemas dentro de la literatura cubana. Incluso, no pocas entre las “novedades” que se defienden ahora eran ya parte de sus presupuestos como escritor hace más de ochenta años.
«Aburrido de leer obras idiotas; memoriales nada artísticos escritos en prosa pantuflera; relatos endebles, cursis, amañados o viles; letanías flatulentas; cuentecillos hipóficos o elefanciacos –tarados siempre en una patología elemental de las letras–, piezas engurruñadas llenas de pretensiones o monstruosas, llenas de insignificancia y otras zarandajas por el estilo –sin estilo–, sintió la necesidad de elevar de algún modo no sólo el fondo, sino la forma de lo que se estaba produciendo en mi torno». Con estas afirmaciones, que bien pudieron ser escritas hace media hora, sustentaba a Labrador Ruiz las premisas de sus tres novelas llamadas gaseiformes: El laberinto de sí mismo (1933), Cresival (1936) y Anteo (1940). Si no hubieran creado otras obras de radical importancia –como la novela La sangre hambrienta, del año 1950, o como muchos de sus cuentos–, bastarían solamente las gaseiformes para cubrir las expectativas de cualquier lector exigente.
Cabrera Infante, quien lo consideró un adelantado en la América Hispana de lo que luego se llamaría el Boom, escribió en su libro Vidas para leerlas que después de El laberinto de sí mismo, habría que esperar (33 años) “a Lezama Lima, cuyo Paradiso se publicó en 1966, para encontrar un acercamiento similar al arte de narrar en el trópico”. Aunque, curiosamente, el propio Labrador sostenía: “De novela, Lezama no sabía un carajo, pero es un gran poeta”. Lo cual indica que, como suele ocurrir entre los grandes, fue capaz de impulsar una revolución cuyo alcance él mismo no calculó.
En suma, a través de las novelas gaseiformes, Labrador Ruiz había dinamizado tanto la armadura como los modos expresivos de su tiempo, los que continúan siendo más o menos los mismos de hoy. Sus estructuras expansivas, enrevesadas, derrochadoras de humor e irracionalidad, su tendencia al sesgo poético, a las reflexiones más bien propias del ensayo, al diálogo teatral, sus recreaciones de recuerdos transformados en códigos lingüísticos, el uso del monólogo y de personajes que no son sino desdoblamientos del propio escritor, o de abstracciones que por sí representan mismos personajes, la desestabilización del lenguaje de la novela tradicional en función de un imaginario que está mucho más cerca del real comportamiento de los seres humanos… He aquí algunos de los preceptos validados por Labrador Ruiz (que no creados porque en la novela nada es verdaderamente nuevo después de Cervantes, y si es nuevo, no es trascendental), y gracias a los cuales alinea hoy mismo entre lo más avanzado de la moderna narrativa cubana.
No en balde no encontró editor para la última de las tres novelas gaseiformes (Anteo), así que tuvo que publicarla por cuenta y riesgo, empleando sus escasos recursos. Precisamente esta novela está considerada como portadora de una nueva forma de narrar en Cuba y en toda la América Hispana, dada la eficacia con que conjuga la experimentación de métodos expresivos no convencionales con la manera de asumir críticamente la realidad social que es propia del mundo moderno. Haciendo volar por los aires la clásica subordinación a un tema, a una historia, que se cuenta en línea de principio a fin, interpolando relatos de diversos índoles, empleando recursos cinematográficos, saltos temporales, circularidad, flujos de conciencia, onirismo… Labrador Ruiz estaba adelantando muchos de los patrones estéticos con los que varias décadas más tarde la moderna novela latinoamericana iba a despertar la atención de los críticos, editores y lectores de la culta Europa hacia el universo literario de nuestro continente. Mientras, el irreverente rompedor de cánones, convertido en enemigo de la dictadura fidelista, se vería empujado al exilio, cuando había cumplido 75 años de edad. Sus adversarios, que entonces no eran pocos (y entre los cuales no faltaban otros literatos famosos), deben haber tenido sentido aliviados con su partida, sospechando quizás que aquel viaje condicionaba un adiós largo (¿será eterno?), entre Labrador y los lectores cubanos.
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[*] Fragmento del libro La literatura no es un cohete nuclear”. Editorial Lunetra, 2023.
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