Jorge Moya: Geandy Pavón / La memoria de una imagen en Washington Square

Artes visuales | 15 de octubre de 2026

En una ciudad donde millones de imágenes se producen, circulan y desaparecen cada día, Geandy Pavón ha encontrado una manera de detener el tiempo. En Washington Square Park, uno de los espacios más emblemáticos de Nueva York, el artista cubano ha recuperado un procedimiento fotográfico casi extinguido para convertirlo en una experiencia inesperadamente contemporánea. Con su cámara minutera, Pavón ha transformado el retrato callejero en un acontecimiento que atrae a estudiantes, trabajadores y visitantes, muchos de los cuales llegan al parque después de descubrir su trabajo en las redes sociales. En medio de la cultura de la inmediatez, el artista les propone algo distinto: detenerse, posar y esperar a que la imagen tome forma.

La fotografía minutera alcanzó su apogeo entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX, cuando los retratistas ambulantes ofrecían a las clases populares la posibilidad de conservar una imagen de sí mismos fuera de los costosos estudios fotográficos. Instalados en plazas, parques, paseos y ferias, estos fotógrafos trabajaban con una cámara de cajón que funcionaba simultáneamente como cámara oscura y laboratorio portátil. El retrato se tomaba, revelaba e imprimía en el mismo lugar, en cuestión de minutos (de ahí su nombre en Cuba).Construidas artesanalmente con madera, vidrio y otros materiales, aquellas cámaras constituían pequeños universos mecánicosque hacían posible una forma de democratización de la imagen. El oficio desapareció progresivamente con la expansión de nuevas tecnologías, pero su lógica artesanal conserva hoy una capacidad singular para despertar curiosidad.

La recuperación de esta tradición forma parte de la historia de La Caja Cubana, proyecto concebido originalmente por Geandy Pavón y Juan Carlos Alom. Construida por ambos artistas con madera, latón, cuero y vidrio esmerilado, la cámara recuperaba el espíritu de los antiguos retratistas callejeros para interrogar el presente desde una perspectiva histórica y cultural. La iniciativa evocaba a aquellos fotógrafos que, más de un siglo atrás, retrataban a los transeúntes frente al Capitolio de La Habana y en otros espacios públicos, estableciendo un vínculo entre la memoria visual cubana y la experiencia urbana contemporánea.

Hoy, Pavón continúa esta práctica de manera individual en Washington Square Park. La elección del lugar conserva una particular resonancia: en este espacio de encuentro, atravesado por la diversidad de procedencias, generaciones e historias que caracteriza a Nueva York, el artista encuentra un escenario privilegiado para observar las formas en que la individualidad se manifiesta dentro de la vida colectiva. La cámara minutera no es aquí una simple evocación nostálgica ni un accesorio pintoresco. Su presencia introduce otra temporalidad en el paisaje urbano y propone una relación diferente con el acto fotográfico: una relación basada en la proximidad, la espera y la experiencia compartida.

Esta práctica adquiere un significado particular dentro de la trayectoria de Pavón, cuya obra multidisciplinaria —que abarca la pintura, la fotografía y el video— examina las estructuras del poder, el totalitarismo y las fracturas que atraviesan la sociedad contemporánea. En Nemesis (2010–2012), uno de los proyectos que contribuyeron a consolidar su reconocimiento, el artista realizó proyecciones clandestinas de fotografías de disidentes y presos políticos sobre las fachadas de las embajadas y los consulados correspondientes. La intervención transformaba la arquitectura diplomática en escenario de confrontación política, devolviendo visibilidad a quienes los mecanismos del poder intentaban silenciar. En su trabajo actual con la cámara minutera, el gesto se desplaza hacia una escala más íntima, aunque persiste una preocupación fundamental: quién aparece en la imagen, cómo se construye esa presencia y qué significa ser visible en el espacio público.

La tecnología, en este contexto, nunca es un instrumento neutral. Está atravesada por la memoria, la ideología y el significado cultural. Frente a los dispositivos digitales que permiten capturar, editar y compartir imágenes de manera casi automática, la cámara minutera exige tiempo, atención y una participación consciente del retratado. El proceso devuelve al acto fotográfico una dimensión física que con frecuencia se pierde en la circulación incesante de imágenes. El resultado no es solamente un archivo digital, sino una fotografía impresa: un objeto que puede conservarse y cuya existencia material testimonia un encuentro irrepetible.

La popularidad que Pavón ha alcanzado entre los jóvenes visitantes del parque añade otra capa de significado a esta experiencia. En una generación habituada a la autorrepresentación permanente y a la circulación inmediata de imágenes, la cámara ofrece una experiencia paradójicamente novedosa a través de una tecnología antigua. Las redes sociales pueden conducir a los visitantes hasta el artista, pero no sustituyen lo que sucede frente a la cámara. La curiosidad por el mecanismo, la espera y la posibilidad de llevarse un retrato tangible convierten el proceso en algo más que una imagen destinada a circular en una pantalla. Lo que comienza como una experiencia atractiva termina abriendo un espacio para reconsiderar nuestra relación con la fotografía, la memoria y la presencia.

En manos de Pavón, el pasado no funciona como refugio ni como reliquia. Se convierte en una herramienta para mirar el presente desde otra temporalidad. Al recuperar el retrato minutero en el corazón de Nueva York, el artista transforma una práctica histórica en una forma contemporánea de encuentro y reconocimiento. Allí, entre el movimiento incesante de la ciudad y la pausa que impone su cámara, el retrato adquiere una dimensión que trasciende la representación individual: cada rostro se convierte en parte de una memoria colectiva, en testimonio de una presencia que reclama su lugar en el espacio compartido. En un mundo donde la visibilidad parece depender de la velocidad con que una imagen circula, Geandy Pavón nos recuerda que ser visto también puede significar algo más elemental y profundo: ser reconocido como individuo y dejar una huella material de nuestra existencia.

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