Héctor Antón: Una mosca en el vaso de leche [2016]

Ideología / morir de sed teniendo tanta ciencia
Arturo Cuenca
En un pasaje de Antes que anochezca, Reinaldo Arenas cuenta una visita que le hizo al Morro Norberto Fuentes. Traía un cartucho de gofio y una novela de Lisandro Otero como jaba-pantalla. En pleno tuteo generacional, R.A le dijo al cuentista-emisario del G-2 que no deseaba abandonar el país sino integrarse al carro de la Revolución. Tal parecía sugerirle una hipótesis crucial: “El futuro pertenece por entero al realismo socialista”.
Meses después, en el jeep que lo trasladaba a una prisión “abierta”, algo sucedió: “Cuando llegamos a la esquina de calle 20 y la Quinta Avenida de Miramar, vi junto a uno de los árboles que allí crecían a Heberto Padilla, quien venía caminando por la acera. A él también habían logrado “rehabilitarlo”; ahora se paseaba entre aquellos árboles como un fantasma”.
Esta anécdota simbólicamente dantesca sintetiza ese parteaguas que generó el “caso” Padilla: epílogo famoso del idilio entre los intelectuales y “La revolución permanente” anti-trotskista. Desde el “invierno caliente” del año 71, la “utopía desarmada” perpetuada en trances verdeolivo, se convirtió en Vía Crucis imposible de rebasar para muchos.
Alguien recuerda que cierta vez unos misioneros del Ministerio del Interior irrumpieron en la vivienda-exilio interior de Gustavo Arcos Bergnes, para mostrarle un video de “El Camaján” Elizardo Sánchez Santa Cruz tomando vinos caros y dándose la lengua con pejes gordos de la cúpula militar. Sin embargo, el chantaje resultó un fiasco estratégico, ya que el sobreviviente del Asalto al Cuartel Moncada les pidió a los compañeros que se retiraran antes de advertirles: “Nada de lo que venga de ustedes yo lo creo”. Gustavo Arcos, residuo de nuestra industria penitenciaria, murió el 8 de agosto de 2006 en La Habana.
Walterio Carbonell (traspapelado en la Biblioteca Nacional), aventuraba que los heraldos de Saturno le mandaron a Reinaldo Arenas un efebo con SIDA para sacarlo del juego. Del guajiro aquel, se ocupó el agente Florecita –bromeaba el autor de Crítica: cómo surge la cultura nacional (1961).
Caído en desgracia oficial a raíz del “caso” Ochoa (1989), Norberto Fuentes huyó en lancha al Norte y alcanza visibilidad en la Florida exhibiendo sus truculencias de vividor político. “El mismo perro con diferente collar”. En el perímetro de las artes visuales cubanas, igualmente, hemos visto de todo y no para el bien de todos.
Tomás Sánchez se alejó de Cuba al vislumbrar un paisaje distinto al de numerosos artistas que apestaban por divergencias políticas y conductas impropias, quienes decidieron irse en masa. Aunque como pocos, no tardó en ser más rentable que el Fondo Cubano de Bienes Culturales, empresa que le entregaba tres mil pesos cubanos si vendían un cuadro suyo en tres mil dólares. Desde lujosos miradores en México, Miami o Costa Rica, la remota belleza insular acosaba al pintor, sediento de recuperar una familiaridad perdida.
Las blasfemias transitorias del romántico zen Tomás Sánchez se tornan invisibles en sus registros fotográficos (publicables en The National Geographic Magazine) y, por supuesto, en sus lienzos apacibles donde hasta los basureros son pasteles exquisitos para el mercado. Un “exiliado modelo” como Tomás (mimado por la tolerancia de agenda) constituye un “ejemplo a seguir”, para suplir la ausencia de nostálgicos reticentes o enemigos del perdón cuando no ha habido justicia. Si los hombres ceden, propician su conversión en “objetos melancólicos” del momento oportuno.
Es una vergüenza para la cultura pos59 que se le otorgara el Premio Nacional de Artes Plásticas (2012) a Ever Fonseca (o Never Fonseca para sintonizar con los “nuevos aires”) antes que a Flavio Garciandía por respirar-vegetar en Cuba, como semilla incapaz de germinar en otras tierras. Mientras integrados a La Nomenclatura como Ever-Never y los Güijes Son tienen un seguro de olvido garantizado, los apocalípticos (de aquí o de allá) deberán esperar porque la contracultura de los hegé-monos mute en cajas negras demolidas. Entonces SÍ podría acontecer el milagro profano del transmilenio: Un detractor real de Santiago Sierra que diga NO al Premio y salga ileso del aspaviento.
El Canto del Cisne (2012) es un documental de Glexis Novoa que rescata y examina parte del legado conceptual y performático durante la breve e intensa “ofensiva revolucionaria” de los ochenta. Entre desacato y jodedera, los jíbaros errantes de la balsa perpetua narran vivencias con añoranza, socarronería y desparpajo. Casi todos los entrevistados ofrecen la impresión de no haber sufrido lo suficiente, como si evocaran travesuras infantiles, lo cual prueba ese mínimo espacio-tiempo que disfrutó la edad de las herejías elegidas.
“Recordar es volver a sufrir”. “Vivir es ir perdiendo cosas”. “Las ratas cautelosas suben por las paredes”. “Hay males que duran cien años y cuerpos que los resistan”. Esa rebeldía anti-sistémica y voluntad de controversia que destila El Canto del Cisne genera una anti-consigna de suma vigencia: “En boca cerrada sí entran moscas”.
El documental tuvo su premier mundial en la mega-exposición Perder la forma humana. Una imagen sísmica de los años ochenta en América Latina (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2012). En cambio, su debut local se redujo a tandas corridas en un proyecto curatorial concretado en Espacio Aglutinador. Maniobra fílmica solo vista en un marco underground habanero. Al sacerdote de la etapa romántica Glexis Novoa le corresponde soltar una copia digna del Canto…, en nombre de su irreverente “Mal de Archivo” y la generación flash que patalea ansiosa por consumir la resaca de los testimonios prohibidos.
En su proceso desmitificador de la crudeza manipuladora, Meira & Toirac amenazan con llegar al grado cero de la iconofagia ambivalente. ¡Cuánto afán simbólico por otorgarle terrenalidad a un mar de lágrimas nunca vertidas en la urna patriótica! ¡Cuánto interés por transparentar la opacidad de una esencia consumida por su apariencia! Meira & Toirac devienen maquillistas-perfumistas solapados al traficar legalmente con la historia oficial. La estrategia matemática resulta proporcional a los pliegues de sus remiendos.
Abdel Hernández bordea el “rumbito de los muertos”, sin que lo interrumpan con proposiciones indecentes. Observando su recorrido hincado por el sol del eterno verano, parece estar en paz consigo mismo, orgulloso de acatar las señales en el asfalto que rigen sus pasos, fugado del medio-ambiente. La convicción sin mediación es su tesoro escondido en la “Casa del Ser”. Nada lo motiva a rajar contra las “estrategias fatales” de scanners man con faltas ortográficas en la mirada soñando robarse el Home sin batear.
El curador como “arqueólogo de la conveniencia” aprovecha el distanciamiento (grave o burlesco) asumido por heterodoxos natos, veladores de su autonomía como oro, quienes renuncian al baboseo metódico de conceptualistas desechables, que recorren los pasillos e invaden las “oficinas ovales” de la Institución-Arte. Si “la mejor defensa es el ataque”, no se vislumbran redenciones para actitudes negadas a la dinámica actual, en cuanto a gestos orgánicos que inciten una contracandela al “estado de cosas”.
Hace unas cuantas primaveras alcancé percibir el zumbido de las Damas de Blanco en el corazón del Vedado. Susurraban la palabra LIBERTAD con los puños en alto ignorando al contingente high tech que intervenía el Parque del Quijote. Eran rompehuesos ágiles con transmisores injertados en boca y orejas. Todos recibían órdenes y enviaban mensajes en clave taquigráfica, aunque sin tocar a las arrestadas mujeres. La gente miraba y callaba.
Al final de 2014, una artista cubana del performance residente en el circuito internacional, pretendió amplificar el murmullo de las Damas ilegalmente en la Plaza de la Revolución. Pero fue tan anunciado el intro de la cotorra activista online (habituada al swing–free de la banda ancha), que la enjaularon horas antes de redimir máximas aplastadas en el escenario vacío de la multitud. El “caso” Tania quedó en manos de quienes ultimaron una “operación fallida”, armados hasta los dientes para custodiar el poder de sus razones.
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