Luis Marcelino Gómez: Ser

Who’s there?
Shakespeare
Había puesto en práctica su empedernida fobia y declarado la guerra a cuanto insecto parasitara sus estancias. No creía vivir en simbiótico orden con ellos, como algún defensor de las especies había querido inculcarle. De nada le sirvió acaparar un centenar de Venus flytraps ─minúsculas en comparación con la Welwistchia mirabilis─ en el vivero donde las adquirió, para repartirlas por todos los rincones de su propiedad.
Para obtener la mirabilis hubiera tenido que irse al desierto de Namibia. Además, ¿cómo plantar la gigantesca insectófaga alrededor de su morada? ¿Y si, después de traídos los ejemplares, resultaba que el medio no les era propicio? ¿Cuánto dinero no perdería? Por otro lado, ¿le permitirían trasladar las plantas caníbales desde el Cono Sur africano aun presentando los permisos en la aduana de los aeropuertos correspondientes, y la documentación exigida por la secretaría de la aeronáutica civil, así como por los ministerios que se ocupan de la salud pública y de la vida privada? Según sus cálculos, cuatro welwistchiáceas serían suficientes: una para cada punto cardinal. Pero ¿no resultaría muy peligroso? ¿No devorarían algo más que los isópteros? ¿Y si la desmesurada engullidora se trasmutaba por el uso indiscriminado de pesticidas? ¿O si, cambiando sus hábitos, se convertía en antropófaga? Era preferible el centenar de dioneas que colocó fuera y dentro de la vivienda. Ellas aniquilarían al enemigo en cuanto se acercara.
En vano.
Se decidió, entonces, por los servicios de la tecnología del exterminio. Puso la residencia bajo carpa a fin de envenenar todo lo que poseyera vida. Para colmo de males, contrató a los hermanos Núñez Foxy que lo estafaron dejándole viva más de la mitad de la colonia.
A simple vista, la casa estaba deshabitada desde hacía una semana. Creerían que dormía, pues en aquel parecer meditaba, urdía, laboreaba. Lo acompañaban inesperadas legiones de entes semejantes a él. De noche, comenzaba el ajetreo entre el barro y la saliva que había aprendido a usar como los otros. De repente, era un miembro más, acostumbrado a coexistir entre ninfas y bajo la monarquía de los que habían fundado la sociedad, en el escondite que enmarcaba las veredas de su hogar de soltero irresoluto. Hubiera preferido pertenecer, desde un inicio, a la casta de los soldados; defender, con su prominente cabeza y sus potentes mandíbulas, el destino de su hábitat. Pero le había tocado el sino ambiguo de las obreras. Vivía en una fase regresiva su pueril otredad, cuando jugaba con fango y secreciones bucales. A veces le encargaban cuidar los alimentos, o las nuevas crías. O se veía, estimulado por un instinto oscuro para él, construyendo largos túneles por donde andarían los frescores. No eran pocos los objetos que su reciente apetito, su inédita compulsión, le permitiera catar. Ejecutaba recorridos sin el pavor de ser aplastado, porque bien sabía que en la vivienda nadie podría despachurrarlo. No solo lo sabía, convencido de sus razones lo afirmaba refocilándose. Él era el dueño de la estructura donde ahora sus iguales tenían un reino. Se percibía especial a pesar de su índole obrera, de su exoesqueleto y de su quitina, pues conservaba en el cerebro, ahora diminuto, su natural erudición. Era febrilmente dichoso. Sentía júbilo por haberse liberado ¡r-a-d-i-c-a-l-m-e-n-t-e! de sus semejantes, de la sociedad y sus compromisos, de su inherente maldición creativa y, sobre todo, de la condición humana. A fin de cuentas, reflexionaba, los individuos, desde el más encumbrado hasta el más simple, siempre se manipulaban unos a otros por inconscientes sistemas de imbricaciones que ni el célebre judío de Freiberg había logrado dilucidar. Ahora sí desandaba el ciclo biológico del cual el robota infrahumanus le había separado. Mucho tiempo estuvo buscando la manera de abandonar su especie. Alguna casualidad flemingiana lo habría transformado. Conocía, al cabo, la plenitud. Por suerte, no hubo de convertirse en una simple oruga educada que, a costa de su exterminio, contribuía desde perdidos siglos asiáticos al enriquecimiento ajeno. Poseía esa otra ventura: la de no fabricar un hermoso y rentable nido de fibras que le serviría de sarcófago, de donde brotaría un producto tan codiciado como las especias por las cuales América se había encontrado con los europeos mediante el célebre genovés. ¡No! Él no formaba parte de aquella historia de transportes a través de Persia. Solo el pensarlo le daba asco. Y escupió un buche de saliva, más grande que el que usaba, de manera habitual, sobre el barro de su insólita faena cotidiana. La Bombyx mori era aliada de su antigua clase. Era un afortunado al no tener que vivir confabulándose con quienes después lo abrasarían con ardores comparables a los de la época del dominico Torquemada. Se hubiera avergonzado de ser, por ende, un vulgar lepidóptero alimentado con hojas de Morus alba; sacrificado y utilizado después en el indumento de burgueses ignorantes de su trágica existencia. Con cuanta náusea pensaba ahora en la metamorfosis de huevo a larva voraz entre verdes hojas de morera blanca ─y otra vez, un fuerte escupitajo─ colocadas con celo por las mismas manos que después lo exterminarían, incinerándolo como en Auschwitz, ya pupa. Lo troncharían casi adulto, listo para extender alas y volar desde la levedad de su matriz de hilos, asesinado por aquellos a cuyo género había pertenecido hasta hace poco. Sin duda, era más venturoso que nunca. Experimentaba una hiperbólica alegría.
─To be, or not to be ─pensó con estruendosa risa que esparció los últimos restos de madera sobre el suelo de la sala en las inmediaciones de su ordinario sitio de lectura. Era al alba y dirigía su escuchimizada anatomía de segmentos a un escondrijo predilecto.
Recuperándose, advirtió que casi había olvidado su antigua condición. Se sentó en el sillón de mimbre favorito y, puestos los lentes, ya bifocales, comenzó a leer el diario de la semana precedente. La fotofobia lo había abandonado. Recordó, en ese momento, cierto percance. Cuando preparaba su ensalada de alfalfa, una llamada telefónica interrumpió el gastronómico pecado. Se distrajo. Y confundió la dionea sobre la mesa y cerca de la fuente, donde preparaba sus hortalizas, con su leguminosa. Sí, siete días antes se había tragado, por equivocación, la droserácea.
─Caramba… La Venus flytrap colocada en las proximidades del madero generalmente utilizado para tajar sus verduras ─reflexionó.
Entumecido todavía, se estiró en el sillón y bostezó mientras abandonaba el periódico en el suelo. En su descalcitud, reparó en la inusitada frialdad del piso. Echó de menos los tres pares de patas, las mandíbulas y las antenas de la semana anterior. Se deprimió notablemente al verse hombre de nuevo en el espejo. Y estuvo llorando un tiempo indefinido.
Tomó el teléfono. Marcó el número de la editorial que le publicaba su nuevo libro. Del otro lado, alguien le reprochaba su silencio durante los últimos días. Intentó justificarse con su común sinceridad. Sin embargo, escuchó un rotundo: ¡No fabule!, que detuvo el relato de lo que le había acontecido, tan veraz, pero que nadie le creería nunca. Colgó abruptamente el auricular.
Notó su desnudez, intenso frío, y se fue al dormitorio. Desconectó el aire acondicionado. Observándose los costillares y el hipogastrio, discurrió acerca de los triglicéridos y otras aberraciones. Admitió una muy discreta pérdida de peso.
Experimentó, entonces, un original apetito. Se dirigió a un estante de su biblioteca, donde redescubrió, con inefable regocijo, la necesidad de mordisquear el marco de júcaro que no pudo ingerir. Siendo así, tomó uno de sus viejos libros y, mientras lo engullía, comenzó a deleitarse. Una franca alegría recorrió el ancho de sus pensares. Ya era.
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