Luis Cino: Los 80 no fueron el paraíso perdido que nos quieren pintar

En los últimos años, y más aún, en las últimas semanas, después de la orden ejecutiva del presidente Donald Trump que tiene contra las cuerdas al régimen castrista, escucho a muchos compatriotas, que ante las penurias y la desolación actual, añoran, cual paraíso perdido, la década de 1980.
La mayoría de los que idealizan y añoran ese tiempo son los mismos ancianos que repiten la cantaleta de que “con Fidel estas cosas no pasaban” y los que se proclamaron comunistas hasta que se desmerengaron por hambre durante el Periodo Especial y hoy, desorientados, no saben a qué credo adherirse.
No son pocos los que echan de menos los tiempos de las becas en Moscú, Kiev, Leningrado; los contratos del CAME para trabajar como semi-esclavos en Checoslovaquia o Alemania Oriental; los irrompibles relojes Poljot, los radios VEF, Meridian y Selena; las lavadoras Aurika, los tocadiscos Akkord y Melodyia; los Moskvich, Ladas y Polski para los privilegiados que eran autorizados a comprarlos. Extrañan los viajes a la URSS como premios del programa 9550, las latas de carne rusa y coles rellenas búlgaras, con bastante apio y el vodka Stolishnaya en los mercados paralelos.
Pareciera que también anhelan los juguetes básicos, no básicos y dirigidos, una vez al año, por la libreta de productos industriales; la merluza, el jurel, la media libra de carne de res por persona que venía a la carnicería cada nueve días por la libreta de abastecimiento; la pizza a $1.20 y la cerveza a 60 centavos; la sobrecama y las ollas que vendían a los recién casados en la tienda del Palacio de los Matrimonios. Ya no hay la vuelta turística a Cuba por 250 pesos y los viajes a los países socialistas de Europa del Este por 1500 pesos; las camisas Yumurí, los pantalones Jiquí, o los jeans Jordache que ensamblaban las reclusas de Manto Negro; los tenis chinos Golden Cup, el perfume Moscú Rojo…
También los ciclos de películas de la Cinemateca, los sábados en La Rampa, los sabores de las tres gracias y las ensaladas de helados de Coppelia, la victrola de Las Cañitas, la colonia Galeón, el desodorante Fiesta, el Polinesio, La Torre, las cervezas heladas del Conejito, la Sandunguera y el baile del Buey Cansado de Los Van Van, José Antonio Méndez y su guitarra en el Pico Blanco del Saint John, los Festivales de Varadero, del Nuevo Cine Latinoamericano y Jazz Plaza cuando eran de verdad.
La existencia de menesterosos que llevamos hoy hace caer a muchos en las trampas de la memoria y sentir nostalgia por las bonanzas de aquel tiempo que si no lo sentimos tan malo fue porque entonces no era tan evidente –como lo es hoy– la desfachatez de los mandamases y la brecha entre el discurso oficial y la realidad.
A esos nostálgicos es oportuno recordarles que la bonanza no fue tanta como la quieren evocar. Mucho antes de la dualidad monetaria, del reordenamiento económico y de la actual inflación galopante, tampoco alcanzaba para mucho el salario y era práctica común robar en los trabajos para poder llegar a fin de mes.
La tenencia de dólares era un delito que se pagaba con años de cárcel, al igual que tratar con extranjeros para que te compraran algo en aquellas diplotiendas donde no podíamos ni acercarnos a las encortinadas vidrieras.
La universidad era sólo para los revolucionarios y los chivatos de los CDR vigilaban a los vecinos y concedían o no los avales para puestos laborales de confiabilidad.
En aquellos “felices 80s”, millares de cubanos morían o quedaban mutilados en Angola para mayor gloria del Comandante en Jefe que jugaba a la guerra por control remoto desde su bunker habanero.
En las cárceles, en condiciones dantescas, había centenares de presos políticos y de conciencia.
Muchos intelectuales desmemoriados dicen echar de menos “la activa vida cultural” de los 80, los muchos eventos, los debates en el plano artístico que se distanciaban de la política cultural del Estado. Olvidaron la suspicacia paranoica del régimen en aquellos años contra los creadores, a los que no les valió de mucho el empleo de un diluvio de símbolos, símiles y metáforas. ¿Acaso no recuerda las exposiciones clausuradas y cómo terminó Arte Calle, la brutal agresión de agentes del MININT disfrazados de civiles contra un grupo de intelectuales, entre los que se encontraba la poetisa Carilda Oliver, reunidos para una lectura de poemas en una librería de Matanzas, en 1988, las arremetidas policiales contra freakies y rockeros?
Si aquel hubiera sido un tiempo idílico, la embajada de Perú en La Habana, en abril de 1980, no se hubiera repletado hasta el tejado y la copa de los árboles en solo horas, de las más de diez mil personas que huían del Edén revolucionario, ni varios millares más se hubieran ido por el Mariel en solo cuatro meses, tras declararse gusanos, putas, maricones, delincuentes, antisociales, escoria, cualquier cosa que les exigiesen que se declararan, cualquiera con tal de escapar. Y eso, a pesar de la barbarie desatada por las turbas azuzadas por el régimen.
¿Fue feliz una década que se inició con los mítines de repudio del verano de 1980 y concluyó con las purgas en el MININT y los fusilamientos de la Causa Uno de junio de 1989?
Aquella década empezó mal y terminó peor, donde quiera que ubiquemos su final. Da lo mismo si en vez de 1989, lo situamos en 1987, cuando Fidel Castro emprendió el camino diametralmente opuesto a la Perestroika en un llamado “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”, anunciando, para desconcierto de todos, “ahora sí vamos a construir el socialismo”.
A partir de ese momento, empezaron a vaciarse los mostradores de las tiendas y los mercados; los salarios alcanzaron menos, porque les aumentaron las normas a los que trabajaban “vinculados” y “por ajuste”; y la policía la emprendió contra “los macetas”, “los merolicos”, los artesanos de la Plaza de la Catedral y “los bandidos de Río Frío”, el mote que usó Fidel Castro contra los vendedores de los mercados campesinos.
Y así terminaron los 80, con el fin del subsidio soviético, y nos adentramos en el Periodo Especial, oyendo a los mandamases, como hoy, exigiendo sacrificios y repitiendo sus consignas que hablan de la muerte como alternativa al socialismo de compadres avaros que va quedando del voluntarioso proyecto fidelista.
Siempre hay quienes, cuando me escuchan decir que todo el desastre de hoy es hoy es resultante de lo que fue y del modo en que fue, también en los 80, me acusan de resentido, y de querer recordar solo lo malo y lo peor. Tienen razón en esto último: es muy poco lo bueno que recuerdo, y no fue gracias a la revolución, sino a pesar de ella. Y sí, soy resentido, y me alegro de serlo: así será más difícil que logren hacerme aceptar un cambio-fraude y que me pasen gato por liebre.
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Publicación fuente ‘Cubanet’
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