Luis Marcelino Gómez: Hombre a caballo

Autores | 26 de febrero de 2026
©Marino Marini, ‘Cavallo’, c. 1955.

Había andado aquellas laderas a toda hora. Al amanecer, para esperar a que abrieran el mercado antes que su clientela abarrotara los pasillos. Durante las mañanas y las tardes, cuando entrenaban atletas y ciclistas. Aunque nunca de noche. Solo una vez, de madrugada.

Conocía las apacibles colinas del Piedmont Carolino. Durante veinte años había disfrutado su insondable belleza. Especialmente en aquel camino que abreviaba la distancia desde su casa, en el bosque, al mercado. Recién mudado, se lo recomendó un amigo, pues antes hacía un largo recorrido entre autopistas que se bifurcaban. Laberinto de asfalto que había abandonado a favor del nuevo sendero rodeado de granjas donde se recogía el heno en pacas singulares. Fardos que daban al paisaje un toque ajeno y en el que podía contemplar, según él, su visión foránea, lo real maravilloso. A ambos lados yacían mansiones de haciendas ganaderas y equinas que durante el invierno semejaban postales de Navidad. Había atravesado aquellas colinas en medio de nevadas súbitas que lo sorprendieron fuera de sus predios, pero también durante la primavera, cuando los narcisos eclosionaban al borde de la carretera. O en verano, cuando el bosque se volvía compacto y reflejaba sus tonos olivos en lagos poblados de patos y nutrias. Si bien los estíos eran envidiables por el vigoroso azul de los cielos, eran los otoños los que daban una impresionante sinfonía de colores al paisaje, sin olvidar los ocasos de matices siempre originales.

Aquel verano se había ido al sur. Al regreso, cuyo recorrido le tomaba unas catorce o quince horas, subió por la Interestatal I-95 y entró al área de South of the Border, en la frontera entre las Carolinas, pasada la medianoche. Allí se detuvo para llenar el tanque de gasolina y beberse un café. Estiró las piernas, pero la alta temperatura le hizo sudar y entró al frescor del coche. Y siguió rumbo norte. Calculó que llegaría entre las tres y las cuatro de la madrugada. No le gustaba conducir en la oscuridad, cuando la luz de los otros vehículos encandila y las rastras constituyen un peligro.

De la I-95 se desvió a la Interestatal 40 West, a esas horas menos transitada. Y comenzó a sentirse tranquilo, pues se sabía cercano a su distrito. Giró, por fin, a la derecha por otra carretera que lo llevaba al tramo conocido entre colinas.

Poco antes de llegar a su destino vio venir, en la distancia que alcanzaban los focos, a un caballo a un costado de la carretera. La bestia era tan negra que parecía que su jinete, un hombre blanco, robusto y desnudo, iba flotando. Fue solo un instante que se deshizo en la noche del espejo retrovisor.

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[*] Este relato pertenece al libro Los cofrades de Columbia Street, libro de Luis Marcelino Gómez publicado por Ilíada Ediciones, 2026.