Pedro Marqués de Armas: La Máquina Rehabilitatoria. Un recorrido por la imagen visual de la psiquiatría revolucionaria

Concluimos nuestro Dossier «Sin permiso de ‘papá’ Ordaz», dedicado a la relación cine, institución psiquiátrica y neurodivergencias en Cuba, con el análisis lúcido del escritor y psiquiatra Pedro Marqués de Armas sobre la (o las) alianzas entre clínica y poder en la Isla.
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1.
En ese filme que fue la así llamada Caravana de la Libertad en su carnavalesco avance desde Santiago de Cuba hasta La Habana, todo estaba servido para una toma del poder por el Ejército Rebelde, pero no solo del poder central sino también de las principales instituciones del país. En esa toma fue incluido el Hospital de Dementes, el célebre Mazorra. El elegido por el comandante Fidel Castro resultó ser el capitán médico Eduardo Bernabé Ordaz Ducungué que, aunque no llevaba un año en la Sierra Maestra, había mostrado capacidad organizativa al montar el hospital de campaña de la Comandancia de La Plata. Trompetista, medio cantante, católico ferviente y otrora líder estudiantil, tenía a la vez una bien ganada fama de excéntrico. Así que esa doble imagen determinó sin escrutinio su elección, la cual le fue comunicada por Celia Sánchez cuando la caravana salía de Camagüey el 5 de enero, aunque alguna vez el propio Ordaz situó su bautismo el 31 de diciembre “tras el último combate”. Al recibir el encargo, el médico se mostró dubitativo, expresó que él no era psiquiatra sino anestesiólogo, pero la asistente ripostó que nadie sabía más de organización y que acababa de ser ascendido a Comandante. Con ese grado –así, con mayúscula– entró en La Habana y tomó el mando de Mazorra en la mañana del 9 de enero. “Vas a tener que traspasar el Infierno de Dante”, se dice que le dijo el Máximo Líder. Aunque cargada de actualidad, la frase carecía de primicia, toda vez que había servido en numerosos reportajes e informes sanitarios para calificar al asilo de locos casi desde su fundación.
Con la toma oficial del mando por Ordaz y a invitación del nuevo Ministro de Salubridad y Asistencia Social, el también médico comandante Julio Martínez Páez, llegaron las cámaras y revelaron aquel cuadro dantesco para un fotorreportaje de Bohemia que se convirtió, memorable entonces y a lo largo del tiempo, en la “imagen cero” del discurso médico-psiquiátrico de la revolución: “El Hospital de Dementes de Mazorra: una vergüenza nacional”. A cargo del periodista Fabre y Carbonell y del fotógrafo Millares, e insertado en un número icónico de la sensacional revista que daba abrumadora cuenta fotográfica de los fusilamientos de batistianos, y de las fosas y cadáveres ultrajados de los revolucionarios, las fotografías de Mazorra hablaban por sí solas –y en estilo no menos trágico y mortuorio– del estado de abandono de los asilados, mientras el texto reforzaba, acaso, lo que era visualmente elocuente: el hacinamiento, la desnudez, la desnutrición, las deprivaciones y los sufrimientos: “Desnudos, hacinados y desnutridos, perdida la mirada en su mundo de sombras y fantasías, sin más esperanzas que la muerte para librarse del infierno que les rodea, los desdichados que constituyen su población natural han sido objeto de infamias que estremecen de indignación”. Como siguiendo cada fotografía, discurren las “perreras”, las camas sin bastidores, frazadas ni sábanas, la falta de alimento y medicinas, los infestos fogones, etc., hasta llegar por último a una imagen “que parece tomada en un campo de concentración nazi” y que “no necesita comentario”.
Aunque en principio enfocado exclusivamente a denunciar los atropellos del régimen batistiano, comparado por Fidel Castro en no pocas ocasiones con los crímenes del nazismo, el trabajo de Fabre y Carbonell y de Millares no era en esencia distinto a otros reportajes republicanos sobre el inhumano abandono de la institución psiquiátrica; por ejemplo, apenas difería del titulado “Los horrores de Mazorra”, publicado en Bohemia tras la “revolución del septiembre”, liderada en 1933 por el ahora depuesto presidente Fulgencio Batista. Un mismo profuso estilo visual, un mismo relato sobre atrocidades y malversaciones, apuntando siempre como causa a la administración anterior. Si algo los diferencia, en grados, sería la fuerza persuasiva que alcanzó entretanto la publicidad, el carácter instantáneamente mítico de la revolución en su concentración de imágenes y, sin dudas, el auge de ciertos enunciados nacionalistas. Pero en ambos casos y en sus extremos se asistía a idéntico guion: el socorrido reclamo de una reforma “verdaderamente científica”, y el hiperbólico símil con los crímenes más nefastos de la historia, bien los del nazismo o los de la reconcentración weyleriana. Rejas, desnudez, uso del trabajo de los enfermos para provecho de las direcciones de turno, etc.
Solamente una imagen contrastaba entre las catorce fotografías de enero de 1959: la del ministro Julio Martínez Páez, ya de civil, hombre culto, abrazándose con el campechano barbudo Ordaz, en traje de rebelde, rodeados por un sonriente séquito de hombres trajeados y mujeres bien ataviadas, que daba apariencia de traspaso de poderes a aquella toma definitiva. De igual modo, también resaltaba entre tantas calamidades, la única referencia propiamente psiquiátrica del artículo: que no contaran los enfermos mentales con un “departamento de ergoterapia que permitiera derivar la energía de los enfermos a través de sus aficiones, como forma para mantenerles ocupados y coadyuvar así al tratamiento médico psiquiátrico y a la recuperación de los dementes”. A fin de cuentas, se trata por ahora de tomar al asilo por metáfora de la corrupción del antiguo régimen, siguiendo una línea discursiva bien establecida desde comienzos de la república: la de la modernización y adecentamiento de las instituciones, que cobra particular énfasis tras la Constitución de 1940. Un discurso, en el caso del Hospital de Dementes, ajustado a los presupuestos de la “reforma pineleana” –al clásico relato psiquiátrico postrevolución francesa–, en el que la filantrópica figura de Ordaz asoma imbuida del prestigio que le da el haber participado en la gesta, a la vez que anuncia el carácter paternalista de su gestión. El fotorreportaje terminaba con un “¡Manos a la obra!”, al tiempo que Bohemia se erigía en supervisor dispuesto a que aquellas escenas nunca más se repitieran.
2.
En entrevista que concedió el 11 de marzo de 1959 al periódico Hoy, el nuevo director hablaba de transformar Mazorra en un moderno hospital que se llamaría “Hospital Psiquiátrico de La Habana”; pero no aludía a todo el recinto, sino a un edificio nuevo de tres plantas con capacidad para 500 pacientes “agudos”. Se construirían numerosos pabellones destinados a “enfermos crónicos”, reparando los ya existentes; habría salón de cirugía, salas para laborterapia, talleres y gimnasios, sin contar –siempre en acuerdo con la Corporación Nacional de Higiene y Enfermedades Mentales– con la erección de tres hospitales provinciales. Clasificación de los enfermos, planos arquitectónicos, propósitos de descentralizar los servicios psiquiátricos, visitas a países desarrollados para recabar experiencias, para no hablar de tómbolas de recaudación de fondos, nada de eso era nuevo, como muestran no pocos planes previos. En este contexto, Ordaz, una comisión de psiquiatras y el conocido arquitecto Alfonso Rodríguez Pichardo –quien diseñara el Palacio de Bellas Artes– se disponían a una tourné por los Estados Unidos, Francia, Finlandia y la Unión Soviética, para una vez de regreso ultimar el proyecto y emprender las obras, cuyas partidas presupuestarias serían aprobadas en abril.

Construidas las ocho primeras “unidades funcionales”, se ofreció un espléndido buffet a los miembros del Colegio Médico y a la prensa, respondiendo Ordaz a una nueva entrevista del periódico Hoy: “Estas obras situarán al Hospital de Mazorra –dijo– entre las primeras instituciones de su clase en el mundo. El interés nuestro no estriba en reestructurar o hacer habitable el espacio con que cuenta el hospital, sino en construir departamentos idóneos para la hospitalización y el tratamiento de las enfermedades mentales”. Y añadió: “Nuestro propósito es rodear al enfermo mental de un ambiente familiar, doméstico, donde pueda restablecer las relaciones sociales que por motivo de su propia enfermedad han sido interrumpidas”. Para terminar: “El objetivo es agrupar a los pacientes de acuerdo con su idiosincrasia, científicamente discriminados por su vocación o aptitudes, y así poder aprovechar sus inclinaciones en forma terapéutica.” Asesorado, entre otros, por Julio Reymondez, psiquiatra de proyección prevencionista muy al tanto de los cambios que se requerían para articular una psiquiatría de carácter también rehabilitador, y contando con apoyo directo de Fidel Castro (quien le da una “honorable acogida”), lo que venía a distinguir el Plan Psiquiátrico Nacional de propuestas anteriores, en un contexto por demás triunfalista acorde con el providencialismo de la revolución, era, a fin de cuentas, su magnitud. Así las cosas y provisto de los recursos necesarios y de una ingente fuerza de trabajo, se llevaron a cabo parte de las obras. Por entonces, Ordaz se paseaba en un caballo moro que le habían obsequiado vigilando de cerca las labores, al tiempo que ganaba crédito y rédito. Tenía el sostén de otro médico rebelde, Serafín Ruiz de Zárate, ahora rector de Salubridad y Asistencia Social, que aprueba sus informes y, por mediación suya, solicita nuevas partidas.
3.
Ciertamente bastó con los cambios operados en los primeros dos años de la revolución para convertir a Mazorra, ya desde entonces, en la locación por excelencia del relato visual de la medicina y la psiquiatría revolucionarias. En noviembre de 1960 aparece en la revista INRA (bien dotada con las máquinas incautadas al Diario de la Marina), el rutilante fotorreportaje “En Mazorra lo primero es el enfermo”, escrito por Salvador Cardosa Arias, con doce fotografías de Núñez. “Aún en su mundo confuso y abigarrado, comprende que una nueva política administrativa, más humana, se preocupa de su estado”, reza un mensaje al pie de una de las fotos en referencia, por supuesto, a los enfermos allí recluidos. En efecto, se consolida un paternalismo sin recato, que muy pronto pondrá a hablar –y a actuar– a los propios pacientes a fin de agradecer lo que se hace por ellos. El reportaje insistirá en una partición entre el pasado y el presente, cuya fuente de legitimación será el famoso reportaje de Mazorra de 1959, con la diferencia –nada despreciable de que las acusaciones ahora no van solo dirigidas al régimen anterior, sino que se hacen extensivas a toda la gestión republicana. Si bien al referirse a tales fotografías, ya instituidas en un “pequeño museo” para los visitantes, se vuelve a comparar el abandono y el trato a los enfermos durante el gobierno de Batista “con los campos de concentración nazis”, también es cierto que la partición entre una y otra época resulta absoluta, involucrando a todo el pasado. Esta dicotomía venía a ser reforzada mediante par de resortes de suma evidencia. Uno visual, que se sustenta en el color blanco que sobresale en las doce instantáneas: el inmaculado de las sábanas, el de los uniformes de enfermos en primer plano, el de los sombreros de yarey que tejen, y el de las paredes y techos de las nuevas edificaciones, todavía algunas en construcción. Espléndida imagen de un orden higiénico en franco ascenso, los pacientes aparecen ocupados, lo mismo en talleres de costura que en la carpintería, o bien sentados plácida –casi turísticamente– en sillones de madera de cara a los soleados jardines. Imagen, si se quiere, no falsa en su facticidad, resulta sin embargo en extremo idílica, al apagar toda traza de dolor con la exprofesa intención de resaltar el contraste con las pavorosas y “oscuras” fotografías de Bohemia. No fue necesario acudir a los archivos y reproducir alguna de aquéllas, pues era suficiente con la tonalidad de éstas.
El segundo resorte es más bien narrativo, aunque no exento de soporte visual. Consiste en comparar la historia de dos enfermos mentales: uno antibatistiano y el otro a favor de Batista y de otros gobernantes republicanos. Así Higinio el de Las Maletas, a cuyo recuerdo se le rinde homenaje con el reportaje, loco célebre de las calles de La Habana internado forzosamente por un policía de Batista, muere en el asilo antes de 1959 de hambre o por una inyección para eliminarlo (caben ambas causas); mientras el probatistiano Felipe, aún vivo, espera todavía el regreso del Hombre Fuerte o, en su defecto, una invasión del expresidente José Miguel Gómez con refuerzos alemanes. Según el cronista, que lo tilda de pobre hombre y muestra su fotografía en uniforme del Ejército Constitucional, al menos “Felipe es hoy más dichoso que Higinio” porque “un sol nuevo brilla para él”.
Dato curioso que orienta en el momento discursivo, es el de las “historietas cómicas” que han sido elegidas como “elementos ornamentales” para distraer la mente de los enfermos: “Con un colorido maravilloso y agradable a la vista, las creaciones de Walt Disney, Bud Fisher, y otros, han servido para la decoración interior”. También Benitín y Eneas, Blanca Nieves y los siete enanitos, acuden al propósito de encantar o suavizar el entorno, como parte –expresa el cronista– de los “nuevos métodos psiquiátricos puestos en práctica por la Dirección Revolucionaria de la Institución”. Es probable que esas imágenes fuesen estampadas meses antes, pero lo más seguro es que pronto serán sustituidas –o bien, acompañadas, como ocurrió en numerosos colegios– por otras menos regresivas y más instructivas. Como tantos reportajes, también este sigue el recorrido instituido: se inicia con un encuentro con el doctor Ordaz invitando a los visitantes a adentrarse: “véanlo con sus propios ojos, lo que ustedes van a ver es también obra de la Revolución”. Sigue con las doctoras Gilbertina Puertas y Dora Héctor Gómez, la primera figura significativa en la transformación de Mazorra en centro de rehabilitación –“la obligación social ineludible de rehabilitarlos” –, para continuar con la visita a cada departamento, el comedor, la cocina, etc.
Por entonces, se habían construido diez de los veinticinco pabellones proyectados, y la población había crecido de modo alarmante hasta la cifra de 5000 internos, problemática que no podrá resolverse en adelante pese al incremento de los dispositivos psiquiátricos a lo largo del país. También había crecido el team médico-asistencial, que era ahora de 120 médicos y 180 enfermeros. Se señala además otro “nuevo departamento” creado por Ordaz: el de identificación. “Se daba el caso de que allí como también vimos en el Castillo del Príncipe el 1ro de enero de 1959, no existía un récord fotográfico de las personas recluidas. El enfermo antes llegaba al hospital, se le llenaba una planilla donde se señalaban algunos datos que no eran precisamente los fundamentales…, y ya. Hoy el hospital posee una flamante cámara fotográfica, por la cual se hace la más fácil y rápida identificación de los enfermos”. Pero tampoco el departamento de identificación era tan inédito como lo pintan, habiendo existido con todos sus artilugios y a cargo del criminalista Israel Castellanos –para no ir más lejos– durante el gobierno de Gerardo Machado. Eso sí, en breve se le dará un uso consistente, cuando la antigua sala Barahona se convierta en la Carbó Serviá, desplegando a partir de 1962 sus funciones no solo de identificación de enfermos criminales o peligrosos, sino de secuestro de opositores políticos o simples desadaptados de las leyes socialistas.
4.
Pero volvamos meses atrás. En julio de 1960, ya Bohemia había realizado un fotorreportaje para mostrar las indudables mejoras y la conversión del asilo en “verdadero” hospital moderno. “Un año de labor revolucionaria y ya Mazorra no es un ‘almacén’ de locos”, resultó de una visita sin previo aviso de Luis Rolando Cabrera –hasta entonces cronista de sucesos criminales, con decenas de reportajes truculentos en su haber– junto al fotógrafo “Pancho” Altuna. Si algo se escenifica sin mayor calado, es la contraposición más absoluta, el más decantado díptico entre el presente revolucionario y el nefasto pasado. Atendidos por el propio Ordaz y la doctora Dora Gómez Héctor, jefa de prensa de la institución, los visitantes del semanario recorren todas las dependencias, desde las consultas externas –electroencefalografía, cirugía dental, etc.– hasta las salas de pensionistas y niños. En tono sensiblero y sin recabar datos, se va no obstante como de asombro en asombro: que existan entre los menores algunos en edad adulta, que realicen “terapia recreativa” como excursiones a la playa, que se los trate con arreglo a cuidados y castigos, o dispongan de todo tipo de juguetes. En la sala de recuperación, les cuentan, solo se administran pastillas, mientras en la de tratamiento se emplea, además de neurolépticos “que no están todavía en el mercado”, el electroshock, para cuya aplicación disponen de los equipos más novedosos.
Y así sucesivamente, hasta topar con un pasaje por fin significativo por ajustarse –aunque involuntariamente– a una imagen más diáfana y expresiva del momento: “Nos recostamos al muro que circunda los patios y los vemos: unos sentados, otros paseando solos o acompañados. Casi ninguno habla, aun los que están en grupo permanecen callados. Pero tienen una cosa en común, algo que causaría pasmo a los directores de antaño: todos están vestidos con uniformes, confeccionados con tela de la Industria Textilera Nacional”. Todos –además– calzados, con zapatos producidos en el propio hospital. Este encuentro final con los silenciosos, pero bien esquifados enfermos, es ilustrado con una foto de la zapatería de Mazorra que, sin dudas, sorprende y atrapa: series de zapatos negros y relucientes, de suelas y tacón firmes, como aquellos que fueran “orgullo nacional” hasta aproximadamente la misma época. Al margen de esa imagen tangible y resistente, el resto ha consistido en oponer –aquí de modo redundante– las fotografías del ahora a las del antes: las perreras a los patios tapiados, los reclusos desnudos a los uniformados, el vertedero de camas y bastidores a las cunas recién hechas, también de confección propia y magnífico acabado.
5.
No fue hasta 1962 que se estableció el Servicio de Terapia Ocupacional y Rehabilitación. Con la consolidación de este dispositivo, el mismo año que se oficializa a la “reflexología pavloviana” como doctrina oficial de la psiquiatría cubana, no se daba un paso más, sino que se desplegaba todo un agigantamiento organizativo que superará de entrada, aunque incluyéndolo, el carácter propiamente terapéutico de la institución, para entronizarla como un artefacto ideológico. De hecho, no será la “reflexología pavloviana”, por muy en manos de psiquiatras comunistas –ese año se establece también el Instituto de Investigaciones de la Actividad Nerviosa Superior–, sino la Máquina Rehabilitatoria el cometido por excelencia de la psiquiatría cubana. Si bien Ordaz impulsa desde el Hospital Psiquiátrico la escuela soviética y el organicismo, al tiempo que anula los remanentes del psicoanálisis, será la terapia ocupacional y la rehabilitación –y, sobre todo, su desbordante expansión– lo que constituya el centro de las operaciones. De este modo, la institución acaba por incorporar todos los componentes de una sociedad en pleno devenir totalitario: el productivismo como ideología de Estado, la exportación de ésta a través del turismo revolucionario, la educación como moral socialista, el uso extremo e indiferenciado de conceptos como reeducación y peligrosidad, etc., todo en perfecto acoplamiento con el Ministerio del Interior, encargado de otras tantas instituciones de control.
No habría que insistir en las consecuencias, bien conocidas y ampliamente abordadas de cada una de estas prácticas, sino en el carácter escenográfico de la Máquina Rehabilitatoria. Un ejemplo claro, en el verano de aquel año, fue la formación de la brigada de macheteros. En “¡Y tumbaron caña!”, reportaje para Bohemia de Fernando Miguel con fotos de Korda, puede leerse: “Enfermos del Hospital Psiquiátrico respondieron ‘presente’ en el corte de caña, tarea fundamental de hoy. Se salió para el corte en ómnibus, autor y ‘jeeps’. Iban cincuenta enfermos, que se van incorporando a la sociedad por medio del trabajo productivo, haciéndose hombres útiles. Con ellos fueron al corte médicos, enfermeros y trabajadores de Mazorra. Acompañaban al colectivo, ocho médicos argentinos con sus esposas”. Por supuesto, al frente de la brigada y aportando su entusiasmo, el comandante Ordaz, al que vemos machete en mano, en ardiente labor, en una de las instantáneas… No se trata ya, aunque siga planteándose en esos términos, del “humanismo revolucionario” con su expedito puente entre Fidel Castro y su doble “benigno”, sino de algo más sustancioso y vehicular: la construcción de un código totalitario. Engarce de trabajo e ideología no menos que de industria, arte, deporte y defensa, no se pretende “normalizar” al enfermo mental sino “compartir” e “igualar” una serie de prácticas y hábitos –sin que cambie en modo alguno la condiciónde enfermo– impuestas ya al conjunto de la sociedad. El rehabilitado, eso sí, está en situación de superarse alcanzando las fases IV o V de la rehabilitación. Un grupo conforma la brigada de construcción, levantando el Hospital Psiquiátrico de Camagüey; otro se ocupa de la granja avícola, en tanto proliferan los talleres, se conforman el coro y el combo, se realizan festivales deportivos y carnavales, todo debidamente reflejado en el Museo de la Institución.
Cuando en febrero de 1963 se celebre el Congreso Médico-Estomatológico, será la Terapia Ocupacional el foco que se lleve las palmas. Gregorio Bermann, quizá el psiquiatra foráneo que con más pasión promovió el socialismo cubano y la transformación de su modelo psiquiátrico, se explayará en su intervención sobre “el milagro de Mazorra”, asegurando que los cambios operados allí únicamente serían posibles mediante una revolución como la cubana. En una mesa redonda presidida por Ordaz, con la participación de los psiquiatras Florencio Villa Landa, Rubén Mignagaray y Vladimir R. Barabash, entre otros, se presenta una así titulada “Experiencia sobre el presente y el pasado de Mazorra” –curiosamente, sigue el viejo nombre en boca de todos–, en que se da carácter acabado a la obra, al tiempo que los grandes hospitales de países capitalistas eran criticados: “Nunca debe imitarse la experiencia de los Estados Unidos, completamente nefasta”. Dos meses más tarde, en el marco de la Conferencia Nacional de Instituciones Psiquiátricas, apenas quedan cabos sueltos: se sueldan los vínculos entre Estado y Psiquiatría, con la mediación de instancias fundamentales: los lineamientos marxista-leninistas por medio de Diego González Martín, quien coordina la especialidad desde el Ministerio de Salud, la relación directa con el Gobierno a través de Ordaz, cuya magna obra goza sin dudas de carácter preferencial, y los servicios psiquiátricos del MININT, con lo que se sientan las bases de la prevención y la asistencia psiquiátricas, en estrecha alianza con los organismos de la Seguridad del Estado.
Así como no puede separarse la Máquina Rehabilitatoria del entorno que la alimentó, tampoco puede obviarse la genealogía del dispositivo, la cual se remonta al precepto ilustrado de convertir a los ociosos en “brazos útiles”. Más que con la Terapia Ocupacional propiamente moderna, es decir, con las propuestas de Hermann Simon –que toman sin más de la psiquiatría republicana amoldándola a las teorías del aprendizaje de P. Y. Galperin y A. N. Leontiev–, el modelo entronca con las Colonias Agrícolas e Industriales propias de la psiquiatría decimonónica. Un remanente de ello es la definición que daría Gilbertina Puertas Hyman, al frente del Servicio de Terapia Ocupacional y Rehabilitación, cuando declara que el propósito consistía en transformar aquel espacio en un “Gran Sanatorio-Taller-Granja”. Es esta variante, en las condiciones que impuso una ideología productivista y movilizadora, y al tiempo que la sociedad se hundía en una profunda crisis económica, la que se impondrá. Es esta articulación –esta cadena– la que podía transferir el código impuesto a toda la sociedad, al interior del psiquiátrico; y, viceversa, replicar afuera el “ensayo” de Mazorra.
El museo del Hospital Psiquiátrico de La Habana, el museo propiamente, no constituye sino una parte: apenas el pórtico de una institución toda ella hábilmente expuesta. En la Guía del Turismo Revolucionario, Mazorra ocupa una de esas estaciones que no pueden saltarse. A partir de 1963 el trasiego es incesante. Una delegación argentina, otra peruana. Termine o comience la visita por el museo, todo es espectáculo. No solo comisiones médicas, caben todo género de visitantes, desde un colectivo de mineros a un equipo de beisbol. Hernán Romero, profesor de Higiene y Medicina Preventiva de la Universidad de Santiago de Chile, encomia la labor calificándola como “el más extraordinario sistema que haya conocido para la dignificación del paciente”. Se asombra de que los enfermos jueguen de noche a la pelota –el estadio, inaugurado en 1946, contó siempre con luces–, elogia el plan de acercar los pacientes a las familias y celebra la “labor imaginativa del compañero Ordaz”, capaz de barrer todo estigma, lo que no logra la psiquiatría criminalizadora de las sociedades capitalistas. En agosto de 1964, lo visita el Ministro de Salud Pública de la República Popular de Corea, Che Chang Sek, quien lo señala como el mejor hospital del mundo, tanto por la atención a los enfermos como por los adelantos científicos y técnicos. Y un mes más tarde, toca al equipo de beisbol de Canadá que asiste al VI Campeonato Mundial de Beisbol Juvenil, y que deparará no solo la visita de rigor a las instalaciones, sino un partido por todo lo alto.

Días antes, Fidel Castro había inaugurado el campeonato lanzando –como siempre– el primer lanzamiento, en el encuentro entre Cuba y Canadá celebrado en el Latinoamericano. Los canadienses, que ya habían visitado Mazorra haciendo prácticas de entrenamiento en su estadio y asistiendo a un “acto artístico” preparado exprofeso para recibirlos, en el cual bailan, en presencia de los pacientes, con algunas empleadas, asisten ahora en calidad de espectadores a un juego entre el equipo del Hospital Psiquiátrico –es decir, el de Ordaz– y el Cuba Juvenil. Si en las crónicas de la inauguración del campeonato ya se había robado la página, ahora no lo hará menos, pues resulta que actuará como lanzador por los juveniles. Durante nueve entradas, el Máximo Líder mantendrá a rayas a sus rivales “mezclando bolas rectas con curvas afuera y abajo y ‘screw boll’ para dar el triunfo a la novena cubana”, todavía pendiente de batirse por el título con Canadá en el torneo oficial. Simplemente, Castro ha interpuesto un partido robándose el show. En apenas tres días de práctica, mejora el control y fortalece sus lanzamientos. El juego lo decidirá a favor de Castro, un bisoño Agustín Marquetti bateando de emergente, aún con el número 19 a sus espaldas. Uno no puede sino pensar en una mascarada. Desde el banco perdedor, Ordaz aplaude, como aplauden los canadienses y el público en general. Algo en definitiva ubuesco envuelve a la Máquina Rehabilitatoria.
Como colofón al turismo revolucionario –el libro de visitas es demasiado extenso–, digamos que incluso alguien tan alerta y crítico como el historiador inglés Hugh Thomas no pudo escapar a la percepción beatífica: “Una de las obras más admirables fue conseguida en el hospital de enfermos mentales de Mazorra, dirigido con mucha imaginación por el Dr. Bernabé Ordaz. Antes un establecimiento de pesadillas, hoy sereno, se convirtió con justicia en uno de los lugares obligatorios del país en la organización de visitas de extranjeros”. Así que un poeta como Ernesto Cardenal escriba que era “un lugar para ver la ternura de la Revolución” no asombra lo más mínimo.
6.
Con los fotorreportajes “En el Hospital Psiquiátrico opera maravillas el sistema de cura por el trabajo” (Bohemia, 1965), escrito por Vicente Cubillas –también exredactor de crónicas criminales– y con fotos de Luis Korda; y “El infierno quedó atrás” (Cuba, 1966), firmado por Adriana Searle con imágenes de Orlando García, llegamos a la apoteosis del dispositivo. Comienza el primero con una asamblea de pacientes en la que, tras levantarse algunas sanciones contra compañeros, por fugas o mal uso de los baños, se les da la palabra para que opinen sobre “el mejor hospital psiquiátrico del mundo”. Un enfermero les va cediendo ordenadamente sus turnos, y desde luego, todos coinciden en una misma dirección sin matices. Estos los agrega el periodista, que divulga sus nombres, detalla sus rasgos, celebra la coherencia de sus relatos, etc. Uno de ellos, “el locuaz Jesús Fabre, una mitad poeta y otra mitad declamador”, recita “con gesto entre enérgico y dramático” la Elegía del Hospital. Después de la asamblea, viene el Servicio de Reeducación y Terapia Ocupacional (Ergoterapia), una inmensa y luminosa nave, a un extremo de la cual se encuentra el despacho de Gilbertina Puertas Hyman, directora del área. Cubillas repasa con la vista cada sección, destaca la “laboriosidad de colmena” y pasa la palabra a la doctora Puertas:
“Los resultados han sido sorprendentes y compensadores. Maravilla ver los progresos obtenidos con los enfermos que estaban encerrados y semidesnudos, desaseados, en patios o celdas y hoy son los enfermos que usted puede ver vestidos, peinados y entregados a alguna actividad, ya sea de taller, escolar, deportiva, etcétera. Hombres que no sabían ni pararse al vestirse hoy fungen de “monitores” entre grupos de sus compañeros. Puedo mencionarle el caso extraordinario de una enferma, cuyo verdadero nombre ocultaré bajo las iniciales Z. M., por haberse reintegrado a la vida normal junto a su esposo. Esta muchacha llevaba veinte años recluida aquí en una celda. Actualmente es una mujer corpulenta, de casi seis pies de estatura. Nadie se atrevía a acercársele. Estaba confinada en una celda, entre rejas, y la comida había que ponérsela en un plato metálico por debajo de la reja empujándolo con un palo. Se rasgaba la ropa y no se aseaba. La celda no se podía limpiar, pues ella ofrecía resistencia. El día que la sacamos de allí, hubo que romper el candado a mandarriazos y seis policías tuvieron que dominarla. Y con dificultad. Cada vez que daba un halón con los brazos, alguien caía al suelo. Al fin pudieron traerla a esta nave de Ergoterapia. Al principio solamente caminaba de un lado a otro. Mejoró tanto que se la condujo a ocuparse de algunas labores. Intentamos que asistiera a clases y, para sorpresa nuestra, accedió a ello, demostrando gran progreso enseguida. Se hizo cariñosa y afable con sus compañeros, con los médicos y enfermeras, con la maestra, de la cual llegó a ser auxiliar. Trataba a sus compañeros con una delicadez extraordinaria. Hace unos seis o siete meses que fue dada de alta y ha reiniciado la vida hogareña con su esposa. Hasta ahora no tenemos noticias de que se haya solicitado su reingreso”.
También aquí, se trata de una imagen propia de las instituciones psiquiátricas y su capacidad para operar permutas, modificando las circunstancias y el trato a los pacientes; pero expresiva, en todo caso, de todos los contextos de cambios. Una imagen por demás diáfana, acorde con el “tratamiento moral” en su etapa pinealiana e inscrita en la psiquiatría desde sus comienzos.
Por su parte, el artículo de la revista Cuba opta por el díptico contraponiendo retratos colectivos, evidentemente acordados, a las imágenes del pasado, enmarcadas éstas en recuadros negros. Searle apela, además, al clásico preámbulo histórico, reforzando una narrativa que conduce irremisible a la figura de Ordaz. En el recorrido, se muestra atenta a los detalles: “Son las camas blanquísimas, alineadas en fila doble a lo largo del enorme pabellón”. No hay malos olores, solo un “olor vegetal” que penetra por las ventanas. El aseo es inmaculado. Los muebles confortables y a tono con las paredes, las cortinas, las cerámicas y los trofeos de la emulación deportiva. “Sillones espléndidos, espejos de primera. Hasta un salón de belleza para ellas. La escena es vieja como el mundo: una mujer somete su peinado a la crítica de otras que esperan el turno”. Sin embargo, a diferencia del reportaje de Cubillas no asoman los pacientes, nombres o fotos en particular, sino sus afectos y emociones: “Los enfermos quieren a su hospital. También al ‘Tío Ordaz’ –todavía, por lo visto, no era Papá–, con un sentimiento de humildad. Sus palabras son ley. No por obra de la fuerza sino del cariño. Los vemos pasear, cruzar distintos caminos, realizar pequeñas faenas de mantenimiento, fumar, descansar, cumplir sus tareas”.
En cuanto al trabajo como terapia, la cuestión es “fijar” mediante “normas didácticas” su “necesidad anímica”, para conseguir el primer paso hacia la recuperación: “Es admirable verlos trabajar en la granja avícola Eladio Hernández, que la han convertido en una granja modelo, la mejor de la Habana, con una entrega, cada ocho semanas, de 70 mil pollos”. Iguales resultados se esperan de la granja porcina y el criadero de patos. En lo que respecta al arte, se nos presenta al grupo de música, mayormente percusionistas; luego a los plásticos, modelando sus materiales. Todos entregados, “con ojos brillantes de entusiasmo”.
Un lugar destacado lo ocupa el deporte, en parte al contar el Hospital Psiquiátrico con todo un complejo de instalaciones. Mientras las rutinas corren a cargo de los ejercicios de calistenia, los saltos y las carreras, el plato fuerte lo sirven las enormes tablas gimnásticas al estilo de las que se realizan en todo el país y el Festival Deportivo. De ello da amplia cuenta el reportaje. Algunos pacientes han sido atletas de alto rendimiento, como el excampeón nacional de natación Reinaldo Elejalde, o el corredor olímpico Juan Antonio Sáenz, medallista de oro en los Juegos Centroamericanos de 1944, quienes se desempeñan como “monitores”. En ciertos casos, enfermos bien entrenados que compiten habitualmente; pero la inmensa mayoría asiste como parte de normativas más o menos explícitas. Si bien los eventos se venían realizando desde antes, no fue hasta 1969 que se celebró la primera edición del Festival Deportivo.
Lo cierto es que a mediados de los sesenta el funcionamiento es pleno, contando el Servicio de Ergoterapia con barbería, peluquería, quiropedia, encuadernación, costura, etc. Se suma la carpintería, la ya citada granja avícola que suministra además huevos a hospitales y centros de reeducación –por cierto, el único producto que el socialismo cubano llegó a liberar por un corto tiempo, en los ochenta–, y una jardinería especializada en el cultivo de rosas blancas, detalle que desgranará no pocos usos simbólicos.
Sin dudas, la Máquina Rehabilitatoria merecía mejores reportajes. Como no podía ser de otro modo, se impuso un kitsch más bucólico que combativo, al estilo de cierta pintura de los setenta. Un modo de encubrir el trasfondo en cualquier caso despótico o, si se prefiere, totalitario.
7.
Pero dejemos las fotos y vayamos a los materiales fílmicos. De hecho, la visita para el reportaje de “Mazorra una vergüenza nacional”, incluyó la filmación de aquellos cuerpos amontonados en patios o tras las rejas, algunos desnudos, no pocos tendidos de inercia y cansancio, mirando inexpresivos a la cámara. En cualquier caso, producen una impresión más clara –y en sí misma silente, terriblemente inaudible– del abandono y los sufrimientos, al margen del uso que se hiciera de ellas; por ejemplo, en los documentales Cuba va (1971) y La revolución de Mazorra (1999). Es tal la fuerza del travelling, la sórdida transparencia –lo que no ocurre en igual medida con las instantáneas– que poco añadirían las implementaciones discursivas. Por esos días, tal vez el 11 de enero coincidiendo con la toma del Centro de Orientación Infantil por un psiquiatra cercano al Ejército Rebelde, Leopoldo Araujo Bernal, las cámaras entraron también en el Instituto de Reeducación de Menores, más conocido por Torrens, del que acababan de fugarse cientos de adolescentes aprovechando el desconcierto. El doble objetivo de denunciar la corrupción allí imperante y de anunciar la llegada de la “justicia revolucionaria”, se concretó en el reportaje “Torrens: antesala del espanto. Una denuncia en nombre de la Humanidad” (Bohemia, 15 de febrero). Las fotografías, sin embargo, no eran ni de lejos como las de Mazorra, aunque el texto de Vicente Cubillas las pretendiera terribles desde el título; y lo mismo ocurría con las imágenes fílmicas, orientadas –más que nada– a enfocar el estado de las camas, las habitaciones e inodoros, en obvia alusión a la “depravación sexual” de los jóvenes y, alrededor de esta, a la descomposición del régimen batistiano, sancionado no menos por su carácter prostibulario.
Apenas año y medio más tarde, aquel breve material fílmico fue incorporado a uno de los primeros documentales del ICAIC, el corto Torrens, dirigido por Fausto Canel, con fotografía de Jorge Herrera y Gustavo Maydulett. El propósito era mostrar las transformaciones operadas bajo la nueva dirección del reformatorio. Una mirada todavía anclada en el relato benefactor de la revolución, que no ha agotado la reserva que le ofrecen los crímenes de lesa suciedad y abandono de la infancia cometidos por el gobierno de Batista, vemos pasar una serie de secuencias en la que los menores aparecen en sus nuevos uniformes, animados y solidarios, dispuestos a afrontar sus tareas y, por tanto, finalmente disciplinados. Una toma de cuatro niños blancos en el comedor desliza una simpática referencia a Los cuatrocientos golpes de Francois Truffaut, mientras la cámara no deja de moverse y una voz en off se explaya ampulosa, en una especie de narración salutífera, que pasaría por crédula, si no fuera por la desmesurada intención panfletaria. Y mientras la voz sigue explayándose sobre “una sociedad en que no habrá delincuencia” y “no harán faltan reformatorios”, el pasado reciente rueda por sus imágenes más comunes, presentadas como pertenecientes a un tiempo remoto, por siempre superado: ahora niños negros que corretean en un solar habanero entre latones de basura, o hacen de vendedores callejeros y limpiabotas, o huyen entre los portales de una encarnizada porra policial. Es entonces que encaja el material filmado en enero del 59: la cámara avanzando hacia el vetusto pórtico enrejado, barriendo lentamente las celdas lúgubres, las literas desordenadas y churrosas, las paredes agrietadas, etc., hasta llegar a los urinarios e inodoros destartalados.
Desde luego, a la suciedad y la indecencia sigue el paneo por las nuevas instalaciones, cuyo orden higiénico gestionan ahora los propios adolescentes. Y no hay que dudarlo, los cambios fueron consistentes. Pero se trata de la reforma habitual, con sus elementos propiamente liberales. La diferencia consistía en proponerla como una creación sin precedentes, en función de glorificar la justicia revolucionaria y exhibir sus resultados como definitivos.
Desde mediados de 1960 comienzan a apreciarse los signos de una performance cada vez más totalitaria. Al final mismo de Torrens, vemos un desfile altamente organizado de la Unión de Pioneros Rebeldes, con plena codificación en sus saludos, el modo de marchar, etc. En muy poco tiempo se pasó de un revolucionarismo tutelar, caritativo, a una compulsiva ideologización de la infancia y la juventud. Justo entonces se editan carteles de gran tirada, que circulan en las escuelas y demás dependencias del Estado con mensajes como éstos: “Este niño, ¿será patriota o traidor? De ti depende. Enséñale la obra de la Revolución”.
8.
En 1963 el estado totalitario se había consolidado, con los resortes y la semiótica propias de una sociedad regida por lineamientos marxista-leninistas. Ese año se establece el Servicio Militar Obligatorio y recrudece la persecución de las “conductas antisociales”, al tiempo que maduran los planes de trabajo forzado y las tecnologías de control por medio de la reeducación y rehabilitación penal y psiquiátrica. Un material impresionante lo tenemos en el documental Nuevo Amanecer (1966). El propósito en este caso es dar a conocer los resultados del “tercer paso del plan de reeducación Camilo Cienfuegos”, una “iniciativa” desarrollada por el Ministerio del Interior en el Reclusorio Nacional de Isla de Pinos. Asistimos al presidio-sociedad perfecto, con sus festivales deportivos y espectáculos culturales, sus oficios y talleres de montaje, y hasta sus propias imprentas para que los reclusos impriman el material ideológico ante el que deben doblegarse. El término “modelo” –esto es, el presupuesto tecnocrático, liberal– se presenta en franca regresión, sustituido por un término más radiante. Un ejemplo de la pretensión de disolver, por una parte, las diferencias entre el delito político y el común mediante un trato indiferenciado, aplicando el trabajo como “fundamento humanista” supuestamente rehabilitador; mientras se extienden, por la otra parte, las normas productivistas impuestas al conjunto de la población. No la prisión como epítome de la sociedad, sino a la inversa: la sociedad como modelo para ese “presidio perfectible” que, a modo de doble, de calco, se convierte en sucursal del proyecto totalitario. Al igual que en Torrens, una voz en off –aquí la de Manolo Ortega, maestro de ceremonia televisiva a los discursos de Fidel Castro– pasea su ampulosidad sobre las secuencias, explicadas mediante una narración no menos salutífera, casi el bien absoluto, la generosidad de la Revolución en máximo grado, cuando está en juego la sordidez más atronadora, al exaltarse toda una organización despótica preñada de metáforas veterinarias y de la asimilación de un código siniestro. Excelente muestra de ideología atrapada, el documental delata de modo decantado lo que se pretendía ocultar: la otra cara del plan Camilo Cienfuegos, es decir, los abusos, mutilaciones y muertes entre quienes se negaron a aceptar la reeducación.
Derivada de este experimento del Ministerio del Interior, en 1965 se presentó en el Teatro Musical de La Habana, la obra teatral La libertad a tres pasos, escrita, interpretada y dirigida por presos políticos. Así la anunciaba –sin equívocos– el cartel de turno: “Una obra real… una presentación espontánea. No deje de ver este acontecimiento ÚNICO en la historia de nuestro teatro”.

Desde un lado más cómodo aunque no menos teatral, en 1968 los psiquiatras tuvieron una pequeña pero significativa participación en otro filme revolucionario: Acerca de un personaje que algunos llaman San Lázaro y otros llaman Babalú, realizado por Octavio Cortázar. Se trata de un tratamiento en apariencia condescendiente hacia la cultura popular que asoma, curiosamente, tras el final de la contienda contra la oposición y mientras el Estado se lanza al control total de la economía con la Ofensiva Revolucionaria. Luego de los folletos comunistas contra todo tipo de prácticas religiosas y del secuestro de los practicantes en la UMAP, se extiende esta mirada menos acelerada –y quirúrgica– del cambio social, según la cual ciertas manifestaciones religiosas merecían un trato paciente, toda vez que formaban parte de un legado sumamente arraigado, consecuencia de tres siglos de esclavitud africana, cuatro de colonialismo blanco y de más de un millón de analfabetos al triunfo de la revolución. Así pues, un país subdesarrollado no podía quitarse esa rémora sino creando las condiciones. En todo momento se contrapone el trabajo y el deporte a las creencias populares. De modo que la peregrinación al santuario no es sino un problema mental a resolver en un tiempo. La presencia del psiquiatra José Ángel Bustamante, entonces principal figura de la “psiquiatría transcultural” –si bien a la vez de la promoción del enfoque córtico-visceral desde el Instituto de Investigaciones de la Actividad Nerviosa Superior– opera como una voz autorizada, a medio camino entre la medicina y la ideología, sobre lo que habría que hacer al respecto. No hay que perder de vista que el impulso dado a la psiquiatría transcultural durante aquellos años coincide con la prohibición y desestimación de prácticas médicas populares de procedencia espiritista, santera o congo-espiritista. De acuerdo con Bustamante, tales prácticas –y aquí el culto a Babalú Ayé– estaban destinadas a esfumarse, al pertenecer a una “super-estructura ideológica” –ni siquiera dice mentalidad– que, una vez cimentado el nuevo modo de producción, terminaría por desaparecer. Cuestión de ritmos, los cambios deben darse a su paso, según un pronóstico más objetivo. El documental concluye con una enorme tabla gimnástica a modo de “estética socialista”.
Los finales de la década del sesenta estuvieron marcados tanto por la asimilación de la ideología circundante, que había consolidado su jerga, invadiendo la individualidad y destruyendo el pensamiento propio, como por la proliferación de diversos dispositivos para el control de la juventud, las familias desestructuradas y la incidencia de conductas que no encajaban en el proyecto guevarista del Hombre Nuevo. En esas condiciones era difícil hacer un cine crítico o de exploración antropológica, y solo era propicio hacerlo desde el interior de tales dispositivos, al ofrecer estos las garantías de espacio y método apropiadas. Es ahí donde se desarrolla –cumpliendo con esas premisas, y no fuera– el proyecto que Sara Gómez llevaría a cabo en par de estupendos documentales: En la otra isla (1967) y Otra isla para Miguel (1968). La directora indaga mientras pone a hablar a adolescentes y jóvenes internados en esos campamentos, en los que parece borrarse la demarcación penal, saturada por las creencias asimiladas y compartidas, en tanto una brumosa capa de bienhechora pedagogía no da tregua a los cuerpos. Sin embargo, a medida que la indagación, un poco a manera de excusa antropológica, progresa, tales creencias resultan diseccionadas, cuestionadas, revelando las contradicciones y a menudo –no siempre– la falsedad del proyecto. El mérito de dar la palabra a los jóvenes allí recluidos radicaba, más que en una catarsis, en incentivar ciertos contrarrelatos que estimulaban, en diverso grado, la emergencia de la voz propia. Contra la coral totalitaria, y desde las perspectivas de aquellas vidas atrapadas en la “gran isla”, se alza el desafío de la cineasta, suficientemente crítico y expresamente ético. Contra la moral de “rescatarlos” para convertirlos en hombres nuevos, la ética de recuperar sus voces, así fuesen las voces tartajeantes –incluyendo la de la directora– de quienes fueron educados en la culpa, tanto más profundamente introyectada en los sectores desclasados: campesinos, hijos de opositores, afrocubanos, etc.
9.
Tras la fracasada Zafra de los diez millones, que pondrá en jaque el modelo productivista, llega el documental ¡Cuba va! –rodado ese año, editado al siguiente– con una suculenta visita a Mazorra. No mucho antes, con medio país movilizado, el Hospital Psiquiátrico había organizado la primera edición del Festival Deportivo y de la Fiesta del Carnaval; dicho así, la Máquina Rehabilitatoria se encontraba en plena vorágine representativa. Por otro lado, tras el escándalo por el premio UNEAC a Heberto Padilla y Antón Arrufat, el ICAIC se afanaba en renovar su stock, promoviendo a artistas nuevos a través del Grupo de Experimentación Sonora (GESI), en este caso, al terno de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola, como también a cineastas extranjeros recientes que pudieran mostrar esa “otra revolución” dentro de la Revolución. Es en este contexto que llega a la isla el realizador inglés Felix Greene, primo del afamado escritor Graham Greene, quien ya había rodado en China y Vietnam. Aunque siguiendo la ruta de Joris Ivens y Chris Marker, de Theodore Christensen y Agnès Varda, al cineasta invitado toca “actualizar” la imagen del socialismo cubano, sin saber que el idilio estaba a punto de romperse.
De esta experiencia surgirá su ¡Cuba Va!, de igual título que el tema compuesto para el filme por los tres músicos, que, además de unir sus voces en esa canción, acompañan el montaje con otras tantas canciones. Se trata, desde el comienzo, de una sucesión de secuencias elogiosas en las que se aprecia no solo la oferta revolucionaria, sino la fascinación con que ésta atrapa al director. Tras siete minutos de imágenes de archivos alusivas a la dependencia y las agresiones de Estados Unidos hacia Latinoamérica, a la nacionalización de las compañías norteamericanas que operaron en Cuba –la ESSO, la Shelton, etc.–, y a contraponer los hoteles y casinos a la entrada de la Caravana Rebelde, asistimos a las primeras tomas: un amanecer gradual, entre mogotes y campos de cañas, abruptamente interrumpido por una entrevista a Fidel Castro en un fondo campestre: “No hay otro camino que la lucha armada para hacer la revolución”. Siguen entonces, entre flashback o alternancias al pasado, las locaciones a mostrar: círculos infantiles –todo un desfile multirracial de infantes sonrientes–; escuelas en el campo, con sus gimnasios y piscinas; adolescentes construyendo sus colegios; una preparatoria musical para “Cultivo una rosa blanca”, etc. Todo antes de que Silvio Rodríguez tome la guitarra y haga su primera aparición. No faltan la susodicha zafra, la Escuela de Medicina, la ENA –en lo que resulta el mejor momento del filme, a expensas de una pareja de danza–, ni la voz de Carlos Puebla, junto al repertorio de himnos y cantos instituidos y, por supuesto, el ritornelo “Cuba va”.
Pero saltemos al minuto 54 cuando arriban a Mazorra. Traspuesta la garita militar, asomarán uno tras otros los componentes de un reparto ciertamente animado. La tarja fundadora, en el portón. Un filón del museo. Las salas nuevas acabadas ese año. Un paisaje de enfermos vestidos de blanco, no ágiles pero firmes. Fibras vegetales de igual color, con las que tejen cestas y sombreros. En un parque, el vicedirector explica entre enfermas tranquilas y en perfecto inglés lo que fue el asilo antes de la Revolución. Conocemos las imágenes –las celdas, las perreras atestadas, los descamisados que protestan–, como también la explicación sobre el método que transformó a fondo todo aquello, la Terapia Ocupacional. Talleres, planos larguísimos. Carpintería. Granja avícola. Labores de corte por la brigada del hospital. El área de floricultura, regada a manguera, podadas las espinas, mientras la cámara se detiene morosa en una rosa blanca. Pero lo más sugerente es la performance que ameniza el combo de la institución. Sombreros de guano y mochas de madera en manos, enfundados en uniformes cañeros, los enfermos-actores –estos sí, enérgicos– giran alrededor de una carreta de caña. Una y otra vuelta. Muy simple. Y no menos la cámara, siguiéndolos, escrutando sus expresiones extrañamente alegres. Por fin se detienen, se sientan. Toca recitar un poema. Un hombre mayor, fornido, dando un paso al frente, recita: “Los diez millones van…” Una mujer aún joven –gran voz– canta a seguidas, con pathos no menos melancólico que enardecido, gestos afectados y coartada sensualidad: “Ya la patria me ha dado un tesoro, he aprendido a leer y a escribir”. Mientras canta, la cámara se posa un momento en la rosa blanca, ahora en su pecho.
Por supuesto, no puede hablarse de esos rostros así como así; no hay márgenes para lo indecible. Felix Green montó la película con ayuda de sus familiares y solo la exhibió en una ocasión, en su Cine Club. Es probable que tras el caso Padilla desestimara su propio trabajo; quizá algo chirrió en Cuba –tal vez la alusión a la fallida zafra– donde no fue proyectada hasta muchos años después.
10.
En los noventa circulaba entre los propios psiquiatras, algunos forajidos defensores del sistema, el chiste sobre un profesor canadiense que visitó Mazorra en par de ocasiones, con una diferencia de diez años entre cada visita. No podía creerse que los miembros del combo de Mazorra siguieran siendo los mismos. Cómo era que no los habían rehabilitado, se preguntaba compungido. Escuché esa broma, no poco reveladora, por la época en que comenzaron a trascender las denuncias sobre abusos psiquiátricos en las salas penales Castellanos y Carbó Serviá del Hospital Psiquiátrico de La Habana. Los abusos psiquiátricos se venían reportando desde la década del ochenta, cobrando fuerza en los noventa tras la publicación en 1991 de The Politics of Psychiatry in Revolutionary Cuba, donde Charles Brown y Armando M. Lago documentaban más de treinta casos ligados lo mismo a internamientos forzosos que a tratamientos aplicados con finalidad de castigos, incluyendo electroshocks y altas dosis de neurolépticos, entre otras torturas físicas y mentales. Las acusaciones continuaron tras la publicación del libro y se reactivaron en 1993 alrededor del caso Heriberto Medero, más conocido como “El Enfermero” y a quien varias de sus víctimas reconocieran en Estados Unidos, donde residía. A finales de los noventa las denuncias de abusos psiquiátricos eran recurrentes en la prensa independiente cubana.
En consecuencia, el gobierno ordenó al Ministerio de Salud, pero sobre todo a la dirección de Mazorra –es decir, al propio Ordaz– a tomar ciertas medidas. Una de las señales fue el documental La revolución de Mazorra, dirigido por Jesús Muñoz en 1999 que, aunque no explícitamente, respondía de modo evidente al contexto creado, con la intención de sostener –léase levantar o relanzar– la imagen conseguida por el Hospital Psiquiátrico a partir de 1959. Desde comienzos de la década se hizo cada vez más visible el deterioro de la institución, lo que repercutió notablemente en la calidad de la asistencia y afectó incluso su nivel organizativo. Un tanto paleada la situación material al momento del documental, se está sin embargo lejos de los estándares previos, cuando Ordaz gozaba de un vínculo expedito con la dirigencia. No solo el recinto ya no produce una parte considerable de sus gastos, sino que no recibe recursos, aflorando un sinnúmero de problemáticas antes encubiertas.
Una de las claves la rinde la entrevista al administrador Juan René Román, en el minuto 11, cuando se refiere al habérsele “endilgado” al hospital “el problema de los derechos humanos”, sin que se reconocieran los logros de la rehabilitación. Y precisamente ésta, la rehabilitación de los enfermos mentales constituye la trama fílmica, según un guion que sigue cada una de las etapas del proceso, aunque sin la espontaneidad y, mucho menos, la energía de las épocas de gloria. A diferencia de otros materiales, en este cada empleado –desde el director del hospital al jefe del servicio de psiquiatría, como desde la terapeuta ocasional a la trabajadora social– tiene que encarar su parte. Se reparten así no solo una exposición pedagógica, sino el papel que deben asumir ante una institución cuestionada.
Al margen de la retórica de siempre, la de representar con imágenes el cisma entre el pasado y el presente mientras una voz ensalza la original idea de Ordaz de que ningún enfermo habría de estar ocioso, una sucesión de tomas delata entretanto que algo ha cambiado entre los pacientes: más lentos y delgados, incluso más somnolientos. Ocurre no menos con el personal: nerviosos, mal vestidos, exponiendo mensajes que parecen aprendidos, incapaces de contener ciertos gestos. Los movimientos, incluso cuando están enfrascados en sus labores, se han ralentizado: chapean o bordan en cámara lenta. O, por el contrario, como si hubieran recibido indicaciones, resultan de un ímpetu excesivo, como el del negro que barre marionetescamente las aceras, lo que duplica la condición de enfermo devastado. Otra vez el contraste: un camión cerrado repleto de pacientes mayores, a los que llevan a realizar labores de fuerza –y del que asoma por encima de la baranda– el rostro afligido de una anciana que observa largamente.
Por otro lado, el trato conmiserativo: “Aquí ustedes tienen una muestra de lo importante que es este trabajo, en un paciente de muchos años de ingreso, muy enfermo –explica la trabajadora social mientras le acaricia un hombro una y otra vez– y, sin embargo, qué labor él hace” –y muestra la cesta casi acabada para preguntarle a seguidas, infantilizadoramente: “¿Cómo tú te llamas, eh?”.
Al llegar al “tercer nivel”, para el que se necesita “cierta capacidad de abstracción”, aparecen una serie de bordados y esculturas, dibujos y pinturas. Uno de los cuadros es el de un Camilo de ojos desorbitados. Idéntico tono de maestra escolar exhibe la profesora de canto, que enseña así su nivel profesional: “Yo tengo que conocer la Historia Clínica de ellos para saber el diagnóstico, con qué tipo de paciente voy a trabajar”, pues es “bastante conflictivo, no vayan a creer que es fácil” tratar “con esquizofrénicos”. En fin, junto a la mirada biomédica –expresada en las referencias diagnósticas o sintomatológicas a lo largo del documental, como en las clasificaciones–, una didáctica menesterosa: “Vamos a ponernos en posición”.
Un Ordaz en guayabera, que no se quita el sombrero, rodeado de diplomas, convertido en insignia, confundido casi con el empapelado del despacho, habla de la necesidad de alejar al enfermo del hospital, refiriéndose a los llamados “hogares protegidos” (CRPA), donde continuarán sus ocupaciones; pero deben seguir, añade, conectados a Mazorra. En el Albergue Parque Lenin se ocupan en mantener las áreas verdes y, mientras el instructor explica que “los sacamos de la monotonía”, la lente enfoca a un anciano que apenas puede agacharse a chapear. Otros lo hacen en cámara lenta, espiando irónicamente al realizador. En el Albergue Playa Santa María practican la “higiene de la playa”. Es quizá el momento más deprimente: ese en que salen como insomnes a recoger bajo el sol hojas secas y colillas, en lo que parece un ritual tan luctuoso como inútil, que no podemos percibir sino como el final de una larga mascarada. Tampoco Ordaz organiza su sintaxis, dejando en el aire “y ahí se ve el humanismo”. Se escucha en off a un paciente: “Ese es nuestro padre”, lo rodean y agasajan y, ciertamente cercanos, comparten unos mismos códigos. La revolución de Mazorra tiene mucho de parodia involuntaria. No había ya, a esas alturas, modo de disimular el simulacro.
11.
Durante el cuarto de siglo siguiente, la escasa energía que quedaba escapó de la Máquina Rehabilitatoria. Las fotos de los cadáveres que salieron de la morgue, las de los veintiséis pacientes que murieron de hambre, frío y desatención en la madrugada del 15 de enero de 2010, lo dice todo. Sería innoble comparar el monto de las atrocidades cometidas en una u otra época. Comoquiera esas imágenes no tienen iguales; aunque otras no hayan llegado a nosotros. A lo largo de su historia Mazorra constituyó una suma de escenarios marcadamente cambiantes, con etapas de ingentes esfuerzos modernizadores e higiénicos seguidas de otras tantas de abandono institucional. Surgió como un espacio de secuestro no solo para locos sino también para negros emancipados, repitiéndose en toda su historia el internamiento forzado de chinos y haitianos, de hombres y mujeres más pobres que enfermos, y, por último, de jóvenes acusados de diversionismo ideológico, opositores y simple gente que tropezó con las normas de turno. También fue, al margen del carácter siempre equívoco de la psiquiatría, un espacio donde los profesionales intentaron desde el siglo XIX aplicar sus reformas. Si algo negó el discurso psiquiátrico del régimen, ocultándolo bastardamente, fueron esas etapas de cambio y el que su arsenal tuviera allí, si no su impulso, no pocos precedentes. Desde los años treinta –para centrarnos en este aspecto– se introduce la terapia ocupacional y se la defiende en congresos dentro y fuera de la isla. A partir de los cuarenta se la sostiene con dignidad. El nivel técnico profesional tuvo su altura en el siglo XIX, y gozaba desde 1942 de reconocimiento internacional; poseía una notable proyección nacional, que se valía de las más diversas corrientes y prácticas. En 1959 también existía un departamento de Servicio Social y Ergoterapia; en las dos últimas décadas republicanas, también los pacientes se maquillaban y disfrazaban, cantaban óperas y bailaban al compás de músicas de Falla y Granados. También jugaban pelota. Como mismo existía un Departamento Pictográfico establecido por el psiquiatra y pintor Manuel de Armas Pacheco, de respetada trayectoria y en pleno funcionamiento en 1959, al cuidado del terapeuta y pintor Martínez Anay. El mismo día que apareció en Bohemia el reportaje “Mazorra una vergüenza nacional”, aparece en El Mundo “El dibujo: método clínico y terapéutico para la locura”, firmado por Francisco Blanco Ávila. ¿Era un oasis? Desde luego; no hay que negarlo. Como tampoco, que han sido las últimas décadas las de más sostenido descenso en la calidad de la asistencia sanitaria y, claro está, en la psiquiátrica, en toda la historia cubana. Un eclipse tan largo como el del sistema político que puso en Mazorra recursos para aliviar la suerte de muchos, pero también su perversa ideología.

12.
Por casi medio siglo, un militar del Ejército Rebelde comandó la ciudad de los locos. Asumía no solo la dirección de un asilo de enfermos mentales, sino un territorio mítico que ocupó siempre un lugar importante en el imaginario nacional y en la vida política del país. Supo conducir la obra –a fin de cuenta un encargo de Fidel Castro– en la dirección que se esperaba, aunque también presentarla como una contribución propia –como si la encarnara–, permitiéndose desde el inicio una serie de licencias: mantener la barba cuando solo la podía ostentar el Máximo Líder, seguir siendo católico mientras imponía en su feudo el marxismo y la doctrina reflexológica, perpetuarse en sus funciones casi tanto como Alicia Alonso en el Ballet o Palmas y Cañas en la televisión, contratar a su propio personal –incluso a algún que otro psiquiatra cristiano, que no aceptaban los otros–, sostener a su antojo un equipo de beisbol reclutando a los mejores peloteros de la provincia, etc. Administrador tenaz, tan entregado como vigilante, cercano a la cúpula rebelde y apadrinado por Celia Sánchez, estaba en el lugar adecuado, el que le correspondía. Desde aquel predio fomentó tanto una imagen grandiosa como unos resultados. Sombra de nadie, su papel fue el de un doble “benigno” a la sombra del poder real. Para Fidel, uno de sus mejores propagandistas, además de cómplice. Visto de cerca en Mazorra, era pura figura, integrada al paisaje; visto fuera, en el Latinoamericano, adonde llegaba de guayabera y negro sombrero, siempre acompañado, ocupando palco y encendiendo un tabaco, imponía. Parecía un personaje de Miguel de Marcos extraviado en una novela de espionaje soviética. Con el tiempo, se dedicó al cuidado de pavorreales, a los que atendía con mimo y comparaba con los enfermos. En cualquier caso, devino un mito, en el que quedó anclado ya en 1959: el del humanismo de la revolución. Con esos elementos, se ganó el calificativo de Papá Ordaz. Como Philippe Pinel –o quizás como su supervisor, Pussin– fue a la vez médico, benefactor y padre de los pacientes. Pero en su caso, algo más, a tono con los mitologemas revolucionarios: un comandante, un doble del Comandante.
















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