Centro de Documentación de Prisiones Cubanas: Entrevista a Pablo Pacheco Ávila / ‘Las prisiones cubanas son sepulcros de hombres vivos’

DD.HH. | Post Bellum | 17 de abril de 2026
©Pablo Pacheco Ávila / 23yFlager

Pablo Pacheco Ávila, ahora de 56 años, fue uno de los 75 activistas, opositores y periodistas independientes encarcelados por Fidel Castro durante la Primavera Negra de 2003. Se integró a la oposición en la década de 1990, cuando se unió a las filas de la Fundación Cubana de Derechos Humanos y a una nueva generación de periodistas independientes cuyos trabajos eran difundidos fundamentalmente por medios del exilio, como CubaNet. Durante esos años, fue detenido varias veces por cubrir temas y actividades anticastristas. 

Tras la Primavera Negra, Pacheco fue condenado a 20 años de privación de libertad por la Ley Nº 88 de Protección de la Independencia Nacional y de la Economía, conocida como “Ley Mordaza”, sanción que dejó de cumplir en 2010, cuando le impusieron el destierro. Durante esos siete años, pasó por una prisión de Matanzas y dos de Ciego de Ávila. Allí, denunció asiduamente que las autoridades no le proporcionaban los medicamentos necesarios para combatir la hipertensión arterial, la cefalea migrañosa o sus afecciones cardíacas, medicinas que en la práctica debía proveer su familia. 

También era común que las autoridades lo amenazaran con quitarle las llamadas telefónicas, ya que Pacheco las utilizaba para comunicar denuncias que luego eran publicadas en el blog Voz tras las Rejas, que él mismo creó junto a los blogueros Yoani Sánchez, Claudia Cadelo e Iván García. Por estas y otras razones, Amnistía Internacional lo reconoció como preso de conciencia. 

Después de vivir un tiempo en España, Pacheco y su familia se establecieron en Estados Unidos, desde donde compartió con el Centro de Documentación de Prisiones Cubanas algunas de sus experiencias y reflexiones como preso político cubano.   

―¿Por qué motivos estuvo preso?

―La primera vez, en 1994, estuve preso por “delitos contra la seguridad del Estado”. Me sancionaron con tres años de privación de libertad que quedaron como limitación de libertad: de la casa al trabajo.

Luego, el 19 de marzo de 2003, caí preso durante la Primavera Negra. Recuerdo que ese día registraron mi casa. Encontraron un radio para oír Radio MartíEl poder de los sin poder, de Václav Havel; Cartas desde la prisión, de Adam Michnik; Ojo, pinta, de Raúl Rivero; La fiesta del chivo [de Mario Vargas Llosa], la Declaración Universal de Derechos HumanosCartas a Elpidio, del padre Félix Varela, que es una insignia para los cubanos dondequiera que estemos. Ese libro me lo decomisaron y nunca me lo dieron porque para ellos era un libro contrarrevolucionario. 

Por ese tipo de cosas nos aplicaron la Ley 88 o “Ley Mordaza”. Estando en la sede de la Seguridad del Estado en Ciego de Ávila me entregaron la petición fiscal. Yo pensaba que era un chiste porque me pedían 36 años de privación de libertad por “propaganda enemiga”, porque estaba “atentando contra la soberanía nacional”, cuando nosotros lo que queríamos era precisamente la soberanía nacional de los cubanos y no de una cúpula en el poder. El único “delito” que yo había cometido era escribir lo que pasaba en Cuba, buscar un camino diferente para el país.

―¿Cómo fue el proceso judicial?

―A mi abogada la vi dos veces. Habíamos estudiado juntos en el mismo preuniversitario y fue muy sincera conmigo. Me dijo: “Mira, Pablo, este juicio está echado”. El mismo día de mi cumpleaños 33, el 4 de abril, me sancionaron a 20 años de privación de libertad. Después nos trasladaron en un autobús a la Prisión Provincial de Agüica, en Matanzas. 

Ese era un castigo adicional del régimen: separarnos de nuestras familias para que pasaran trabajo. Mi niño tenía apenas cuatro años en ese momento. Cuando llegaba a la prisión, se quedaba dormido en mis brazos a los 10 o 15 minutos después de un viaje tan largo. Estamos hablando de casi 350 kilómetros de distancia. Allí estuve más de un año solo en una celda, en la sección La Polaca. 

―¿Cuáles eran las condiciones de esa celda?

―La celda tenía la puerta tapiada, te daban la comida y los medicamentos por debajo. Un día me querían tomar la presión así y di un bateo tremendo. La cama, que era estrechita, estaba pegada a la pared, que venía sin repello: si me recostaba, me pinchaba. El colchón era un desastre. La primera temporada de frío nos dieron unas colchas que olían a rayo. Teníamos un uniforme gris, triste por naturaleza. Podía lavarlo cuando ponían el agua  porque estaba solo en una celda, aunque yo prácticamente solo usaba el short.

Dentro de la celda no teníamos bombillo porque ellos decían que podíamos suicidarnos. En las noches, yo leía y escribía mirando para el hueco por donde me daban la comida, que era por donde entraba la luz del pasillo. El agua caía en el hueco del turco, como le dicen en las prisiones al lugar donde uno hace sus necesidades, y de ahí nosotros cogíamos prácticamente el agua. 

Allí entramos en huelga dos veces: estábamos sin coger sol, recibíamos visita cada dos meses y pabellón cada tres; no  nos daban la correspondencia de la familia o la violaban, tampoco nos daban la prensa, el periódico Granma, que uno aprendía a leer entre líneas; la alimentación era mala, no te llegaban los medicamentos. En una de las huelgas tiramos todo para afuera y yo discutí con los jefes de la prisión: Diosdado, Peñate, Brito. Recuerdo que Diosdado fue a ponerme la mano en el hombro y a decirme: “Mira, amigo”, como para asesinar mi reputación. Le dije: “Quítame la mano que tú no eres amigo mío”. Terminé dos días en el vivac (centro de detención provisional), donde no sabía si era de día o de noche. 

―¿En qué otras prisiones estuvo?

―Después de Agüica nos trasladaron al Hospital Nacional de Reclusos del Combinado del Este, posteriormente a la prisión de Morón, en Ciego de Ávila; y terminé en la Prisión Provincial de Ciego de Ávila, Canaleta, famosa por sus violaciones sistemáticas a los derechos humanos. Ellos te mueven de prisión y de destacamento sin explicación, porque prácticamente son los dueños del país y hacen contigo lo que quieran. Eso sí: en todas partes había condiciones infrahumanas: hacinamiento, mala alimentación, violación de la correspondencia y de todo tipo.

―Hablemos de esas condiciones… 

―Donde mejor me sentí fue en la celda aislada donde estuve los primeros tiempos. La iluminación era pésima, pero estaba solo y podía concentrarme para estudiar, leer y escribir. En las otras prisiones el hacinamiento era brutal, tenías que convivir con varias personas, criminales comunes que estaban allí por asesinato, violación, pedofilia. En la prisión de  Morón conviví con unas 12 personas en un espacio de 8×6 metros. El agua había que acumularla en un tanque. Después, en Canaleta, tuve que convivir con 27 presos en un espacio de 6×7 metros. Eran hileras de tres camas, prácticamente tenías que gritar por el bullicio. 

―Por lo que refería antes, es evidente que había problemas con el abasto de agua. 

―El agua la ponían, por ejemplo, a las seis de la mañana o a las tres de la tarde. Si llenabas tu cubeta y otros utensilios, perfecto; si no, te quedabas sin agua. En Canaleta una vez casi se forma un motín porque llevábamos veintipico de horas sin agua. El penal empezó a protestar hasta que la pusieron. En realidad, en las prisiones cubanas lo único que se facilita es la represión, las golpizas, la mala alimentación, los malos servicios médicos.  

―¿Cómo era la alimentación?

―En Agüica bajé 35 libras prácticamente en dos meses por lo mala que era la comida. Había un caldo que nada más de olerlo ya se te quitaban las ganas de comer. Por eso sufrí una ptosis renal. Cuando me trasladaron para Morón, el médico ordenó darme una dieta de un muslo o un contramuslo de pollo en el almuerzo o en la comida. Lo demás era un poquito de arroz y un caldo. Pero ahí no tenías opción: tenías que comer si querías sobrevivir. No importaba que las bandejas estuvieran llenas de moho.

―¿Los médicos inspeccionaban la higiene y la alimentación de los reclusos?

―Los médicos son marionetas de los militares. Por más que ellos tengan una ética médica y quieran darte un buen trato, no pueden hacerlo porque dependen de la voluntad de los militares. A los presos políticos nos hacían un chequeo esporádico y nos decían que estábamos bien. A mí me daban unos descensos y solo cuando me desterraron a España supe que aquello era porque me había vuelto diabético. Ellos lo sabían, porque para eso nos hacían exámenes, pero no decían nada ni me daban medicamentos. Así podías morir  en cualquier momento. 

Otra vez, cuando me trasladaron de la prisión de Agüica para la de Morón, sufrí una luxación múltiple en la rodilla derecha por jugar fútbol. Me mandaron a hacer fisioterapia y cuando fui, una enfermera me dijo: “Tienes suerte de que es Fidel Castro el que está en el poder, si fuera por mí ya te hubiera ahorcado, porque tú eres un contrarrevolucionario”. Estás preso, enfermo y encima tienes el desprecio de quienes deben sanarte.

―¿Y el acceso a los medicamentos cómo era? 

―Los medicamentos básicos te los daban si los había: los de hipertensión, los de gastritis. Pero si no los había, no pasaba nada, le echaban la culpa al bloqueo. Hubo ocasiones en que mi esposa tenía que traerme de la calle los medicamentos que yo debía tomar, porque no los había en el penal. Pero con nosotros ellos se montaban en patines por tal de que no denunciáramos. Los presos comunes sí pasaban muchas odiseas con eso porque a los militares no les importaba lo que pasara con ellos. 

―¿Se sintió discriminado en prisión?

―Por los militares, que nos rechazaban por nuestras ideas políticas. Principalmente los jefes de las prisiones: Ricardo Díaz Pérez en Morón, Reynaldo Díaz Betancourt en Canaleta, Carlos “El Cojo” Rodríguez. Nos marginaban y ponían a presos comunes a vigilarnos y desafiarnos. Pero por lo general los presos no nos discriminaban. Al contrario, nos veían como una bandera para denunciar los abusos en  las prisiones. 

―Antes ha mencionado varios tratos hostiles de las autoridades contra usted y otras personas. ¿Hubo más?

―Los presos políticos siempre recibimos un trato hostil, principalmente por nuestra ideología. En Agüica, una vez tuve una discusión con un militar y este se quejó con el jefe de Orden Interior y con el segundo jefe de la prisión, Jorge Luis “Veguita” Vega García, quienes me amenazaron con darme una golpiza. Otra vez me llevaron al vivac, donde me amenazaron con darme una bofetada por haber sacado una denuncia de un preso que se había lanzado desde la azotea de la prisión. Un día, mi esposa me llevó un pote sellado de mayonesa y el jefe de Orden Interior me dijo que tenía que pasarlo para otro porque podía haber un cuchillo escondido. El objetivo era que se echara a perder, como sucedió a los tres días. Otra vez autorizaron a los reclusos a usar los anillos de compromiso, pero uno de los oficiales no quería que yo usara el mío, por lo que tuvimos una discusión. Teníamos muchas discusiones de esa índole. 

―¿Fue interrogado por la Seguridad del Estado mientras estuvo recluido?

―Sí, siempre había un oficial de la Seguridad que atendía las prisiones. En Agüica estaba Peñate, que pasaba por la celda y preguntaba cómo nos sentíamos, aunque yo creo que era más bien para ver nuestro estado anímico. 

―¿Sufrió algún tipo de tortura física o psicológica dentro de la prisión? 

―Yo siempre digo que no existe peor tortura que te lleven a prisión por pensar diferente. No existe peor tortura que te sancionen a 20 años de privación de libertad por querer una Cuba diferente, una Cuba donde todos tengamos derecho a los derechos. No existe peor tortura que te tengan separado de tu mujer y de tu hijo de cuatro años precisamente por ser un hombre libre. No existe peor tortura que tenerte en una celda de aislamiento y de castigo durante casi dos años, sin sacarte al sol, solo para las visitas, los pabellones y algunos turnos médicos. Ese castigo se te queda tatuado en la conciencia, en la mente, en la vida.  Yo le digo a mis amistades: “Pásate una semana en tu casa, con aire acondicionado, con comida, con internet, con teléfono, pero no puedes salir de tu casa a nada”. Y todos me dicen: “No puedo”. La mayoría de nosotros estuvimos casi dos años así.

―¿Le colocaron alguna vez esposas o grilletes?

―Siempre que nos movían, incluso para las visitas familiares, nos esposaban. En Agüica era con “shakiras”Mi hijo de cuatro añitos tuvo que verme así. Te esposaban a la cintura con las manos adelante y a caminar. Yo me preguntaba: “¿Por qué, si ellos saben que nosotros somos personas pacíficas, que no vamos a escapar, no vamos a correr, no vamos a agredir a nadie?”. Los responsables eran Veguita y Emilio Cruz, el jefe de Orden Interior. Ellos eran los que más se ensañaban con nosotros, mucho más que los oficiales de la Seguridad del Estado, aunque no dudo que fueran ellos quienes los mandaran.

No obstante, como periodista independiente te digo algo: ellos me dieron una herramienta nueva para trabajar, porque si tú quieres sacar noticias y denuncias de la realidad cubana, las prisiones son el mejor lugar. Por eso yo me dije: “esto hay que aprovecharlo”. A mí la prisión no me calló. Al contrario, multiplicó mi dolor y mi denuncia.

―¿Presentó quejas por alguna de estas cuestiones?

―Varias veces, pero eso quedó engavetado. El objetivo de ellos era hacernos trizas. A ellos no les importaban tus problemas ni si te quejabas o no. 

―¿Presenció alguna muerte o intento de suicidio en la prisión?

―Sí. En Morón había un preso al que le decían “El Niño”, al que cogieron con unas pastillas, creo que carbamazepina. Cuando lo llevaron para la celda se tomó varias y murió. Otro se tiró de la azotea de Agüica, desde un tercer o cuarto piso, para suicidarse, para no recibir una golpiza de los militares. Otro al que le decían Alambrito se pinchó los ojos. Otro de apellido Trujillo se cortó las orejas delante de mí porque no lo querían llevar al hospital. Las autoagresiones en las prisiones cubanas son algo común y corriente.

―¿Había prisioneros que recibían mejor trato que otros?

―Los presos políticos no recibían un trato diferenciado, pero sí eran respetados por no quedarse callados ante las violaciones de derechos humanos. Las autoridades temían que hiciéramos denuncias a la prensa, a los organismos internacionales. Si llegaba una inspección y uno se quedaba en la cama, los militares se molestaban porque era un acto de desobediencia, pero no pasaba nada. Si eso lo hacía un preso común, posiblemente terminara en la enfermería con una golpiza. Con nosotros se medían más.

―¿Le ofrecieron la posibilidad de estudiar o superarse profesionalmente en la prisión?

―A los presos les daban la facilidad de estudiar, pero si afuera de las prisiones hay adoctrinamiento, imagínate dentro. Los presos lo hacían más por salir de las celdas y las galeras que por estudiar. Yo renuncié a todo eso. Prefería estudiar de manera autodidacta. Tampoco conozco a ninguno de nosotros que fuera a trabajar. 

―¿Practica alguna religión? 

―Soy cristiano, creo en Dios. En Agüica, los dos primeros años no nos daban nada, ni asistencia religiosa. Estaban como forzando al gobierno de Estados Unidos a que mejorara las condiciones de los cinco espías, aunque éramos nosotros quienes estábamos en condiciones infrahumanas. Después, en Morón y en Canaleta, sí tuve asistencia religiosa.  

―¿Tenía comunicación regular con sus familiares y allegados?

―En Agüica nos daban teléfono una vez al mes, aunque Emilio Cruz nos negaba el servicio cuando discutíamos. En Morón y en Canaleta sí teníamos más acceso a los teléfonos. 

―¿Sus familiares o allegados sufrieron represalias por su encarcelamiento?

―En Cuba, las familias y amistades de los presos políticos son sometidas a una persecución feroz. Los militantes del Partido del núcleo profesional de mi esposa se reunían para tratar de expulsarla. A mi madre le negaron la entrada al país, a su país, para ir a verme. A mi hijo, la familia le decía que yo estaba en una escuela, hasta que Félix, un viejo retirado, le dijo: “Tu papá no está en una escuela, tu papá está preso”. Un hijo de puta comunista le dijo que yo estaba preso. Durante una visita en la prisión de Morón, recuerdo que el niño me dijo: “Papá, yo sé que tú estás preso”. Se me quería caer el mundo. Pero después me dijo: “Papá, yo estoy muy orgulloso de ti”, y me dio un abrazo. 

―¿Recuerda cómo fue su puesta en libertad? 

―Yo estuve preso hasta el 15 de julio del 2010, cuando fui desterrado a España gracias a unas conversaciones entre la Iglesia Católica, el régimen de La Habana y el gobierno español. Cuando me dijeron que me iba, me olvidé de todo. Era tanto el deseo de salir de la prisión, de reencontrarme con mi familia, de estar nuevamente con mi hijo, de darle un abrazo a mi esposa todos los días, que no tenía cabeza para pensar en nada. Pero además, como yo fui uno de los seis primeros en salir, tampoco nos dieron tiempo a nada. Ni siquiera mi esposa logró sacar sus documentos de médico de Cuba. Fue algo muy rápido. 

―¿Cree que las autoridades cubanas tienen la intención de reducir al mínimo las diferencias entre la vida en prisión y en libertad, como debería ser su objetivo? 

―Para nada. En las prisiones cubanas el individuo no se inserta, no se organiza, no se arregla. Y no lo logra porque las prisiones cubanas son una universidad para la delincuencia, para lo más malo. Ahí está lo peor. Lejos de reeducar, de insertar al individuo de nuevo en la sociedad, los convierte en guiñapos, los hunde en vicios como las drogas, que muchas veces son introducidas en los penales por las familias o los mismos militares.  

Las prisiones cubanas son sepulcros de hombres vivos. Ahí no hay condiciones de nada. Los suicidios, las violaciones, las golpizas están a la orden del día. Allí el individuo deja de ser un ser humano y se convierte en un objeto para lo que a ellos les dé la gana.

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Publicación fuente ‘Centro de Documentación de Prisiones Cubanas’ / ‘Cubanet’