Centro de Documentación de Prisiones Cubanas: Entrevista a Juan Adolfo Fernández Saínz / ‘No hay mayor tortura psicológica que sentir que has hecho lo correcto y aún así verte lejos de tu familia’

DD.HH. | Post Bellum | 23 de abril de 2026
©Centro de Documentación de Prisiones Cubanas

Juan Adolfo Fernández Saínz fue uno de los 75 opositores e intelectuales encarcelados por Fidel Castro en 2003, durante la llamada Primavera Negra. Como traductor y periodista independiente, contaba la realidad de Cuba que no aparecía en los medios estatales de comunicación. Trabajó para la agencia independiente cubana Patria y para la agencia rusa Prima, además de colaborar con medios de otros países, fundamentalmente de Suecia.  

Por esa razón, fue sancionado a 15 años de privación de libertad bajo el Artículo 91 del Código Penal vigente entonces, que castigaba los actos contra la «independencia del Estado cubano y la integridad de su territorio», y bajo la Ley 88 de 1999, conocida como Ley Mordaza, creada para sancionar los actos que el régimen considerara dirigidos a subvertir el orden interno y destruir el sistema político, económico y social.

Fernández Saínz cumplió siete años y medio de su condena en cuatro centros penitenciarios. Durante ese tiempo, sostuvo varias huelgas de hambre para protestar por las condiciones de vida, la violencia de las autoridades y las dificultades para recibir visitas familiares. Fue agredido en una ocasión por un recluso común, según reportes de la época, por denunciar las condiciones de otro preso. También enfrentó diversos problemas de salud, incluyendo un enfisema, un quiste en uno de sus riñones, una hernia, hipertrofia prostática, artritis e hipertensión arterial.

El 19 de agosto de 2010, fue liberado como parte de un acuerdo entre el régimen cubano, la Iglesia Católica y el Estado español. Como resultado, fue desterrado a España, donde vivió un tiempo hasta marcharse a Estados Unidos. Allí reside actualmente. Desde su casa en Miami, Juan Adolfo Fernández Saínz compartió algunas de sus experiencias como preso político con el Centro de Documentación de Prisiones Cubanas.

¿Por qué motivo estuvo preso?

Yo diría que por publicar artículos en contra del régimen en los que denunciaba la situación de derechos humanos en Cuba; artículos respetuosos y atenidos a la verdad.

¿Qué pasó tras su detención?

A buena parte de los de la Primavera Negra nos llevaron primero para Villa Marista, sede de la Seguridad del Estado en La Habana. Allí nos interrogaban a ver si flaqueábamos. Un guardia me sacaba del cubículo y me llevaba por un pasillo, mirando para abajo y con las manos atrás, hasta el cuarto de interrogatorio, que era un lugar pequeño, con un escritorio y una silla que no se podía mover.

Fue muy curioso porque yo tenía relaciones con unos periodistas suecos que iban a La Habana: los atendía, los llevaba a ver a otros opositores, a realizar entrevistas, a conocer lugares, incluso del interior del país. También trabajé para una agencia de noticias rusa. Pensé que en los interrogatorios me iban a sacar todo eso, pero no me mentaron ni a los suecos ni a los rusos. Lo único que les interesaba eran los americanos, que dijera algo que pudieran utilizar contra los americanos.

Cuando llevaba menos de un mes en Villa Marista, me presentaron una petición fiscal de 15 años. Al día siguiente me sacaron para otro interrogatorio, porque se supone que en ese momento estás conmocionado. Pero en cuanto entré le dije al interrogador: «Si usted cree que yo voy a pedir perdón para que aflojen la mano, se equivoca; echen los años que entiendan, porque yo no voy a cambiar nada en mi declaración». Me dio mucha satisfacción decirle eso a aquel esbirro.

¿Cómo fue el juicio?

En el juicio éramos seis. Faltaban minutos para que empezara cuando me llamaron para ver a la abogada, a quien nunca había visto. Me senté con ella en una habitación. Entonces ella me empezó a hacer preguntas: qué hacía en la oposición, por qué estaba en esa circunstancia. Llevábamos hablando muy poco cuando un guardia le dijo que faltaban diez minutos para comenzar. Entonces ella me dijo: «Adolfo, por favor, levántate y déjame entrar a los otros, para verles la cara aunque sea». ¿Qué preparación de juicio ni qué ocho cuartos podía haber ahí? No obstante, la defensa fue bastante buena, teniendo en cuenta las circunstancias.

Empezó a cumplir su sanción en la Prisión Provincial de Holguín.

Sí. Popularmente se le llama la Cárcel Vieja, porque fue construida por Batista. Ahí estuve más de dos años. Después me trasladaron a Canaleta, en Ciego de Ávila, que fue donde más tiempo estuve. Y al final, cuando ya se hizo público que nos iban a soltar a los de la Primavera Negra, entonces me trasladaron para la Prisión 1580, en La Habana.

O sea, que casi siempre estuvo en cárceles de otras provincias.

Sí. Afuera de la cárcel de Holguín había un letrero que decía «La Habana, 777km». Hacían eso para reventar a la familia. Y ahí no hay apelación ni nada. A los santiagueros de la Primavera Negra los mandaron para Pinar del Río y para La Habana, y conozco habaneros que iniciaron su prisión en Guantánamo, en el otro extremo del país.

¿Cómo fue la experiencia en la Prisión Provincial de Holguín?

Allí éramos siete de la Primavera Negra. Los primeros seis meses estuvimos aislados del resto; cada uno en una celda, en una misma fila, pero con otra celda vacía de por medio en la que solía haber ratones. En la mía había una cama empotrada, una ventana grande y un baño turco al lado de esta. Si abrías los brazos, tocabas los extremos de la celda, y de largo serían tres metros y medio, más o menos. A la hora de bañarse te sacaban para otro lugar donde había un depósito grande de agua, pero no era todos los días. Después te llevaban para la celda y te trancaban otra vez.

Después de esos seis meses, nos pusieron a todos en distintas compañías donde éramos los únicos presos políticos. Allí estábamos rodeados de presos comunes. Había un baño para entre 60 y 80 personas y un turco con una cortina de saco. Las literas eran de tres pisos, una al lado de la otra, por lo que constantemente chocábamos con otras personas. Los colchones eran terribles, sacos de nylon llenos de desperdicios. Aquello no estaba apto para que uno durmiera allí. Después, en otras prisiones, tuve colchones ya de espuma de goma, calurosos pero mejores.

Allí en Holguín había una cantidad tremenda de cucarachitas chiquitas. La gente tenía que quitárselas de arriba constantemente. Incluso de los platos, antes de servir la comida. Dondequiera había una plaga. En Ciego de Ávila las heces fecales de los presos caían hacia la planta baja y ahí se quedaban. Entonces los ratones, las ranas, las moscas invadían otros pisos de la prisión.

Mencionó la mala higiene de los platos de comida. ¿Cómo era la alimentación en general?

En Holguín era peor que en Ciego de Ávila, pero en las dos la comida era poca, malísima, mal confeccionada y con escaso valor nutritivo. De desayuno daban un líquido que era una especie de avena, pero muy aguada, y un pancito. El almuerzo era a eso de las 12:00 del día y la comida muy temprano también. Pero aquello no había quien se lo comiera. Uno se lo comía por hambre y porque sabíamos que teníamos que alimentarnos. Yo me sostenía bastante con las cosas que me llevaba a mi familia.

¿Y el acceso al agua?

En Holguín era un problema grave: venía de una presa, era poca y la calidad muy mala, sucia, contaminada. Cuando venía, llenaban un depósito hecho de mampostería que había en el baño y con esa agua uno se bañaba y hacía sus cosas. No la cambiaban hasta que volvía a venir. Incluso para tomar era difícil.

En Canaleta había mejores condiciones de agua, la ponían todos los días y estaba bastante limpia. A las 6:00 de la mañana, cuando yo sentía que ya estaba cayendo, me tiraba de la cama y me ponía a lavar lo que tuviera sucio del uniforme, que era un short, un pantalón y dos camisas sin mangas. En Holguín era mucho más difícil. Allí la gente sufría más escasez de todo. Si tú ibas a botar tu cepillo de dientes, alguien te decía «no, déjamelo», pero no para limpiar, sino para usarlo ellos mismos.

¿Cada cuánto tiempo limpiaban las celdas y los baños?

Una vez a la semana, cuando lo decía el hombre que estaba frente al destacamento, que normalmente es nombrado por la dirección del penal para que ponga disciplina entre los demás. Echaban agua en el piso y limpiaban con unas frazadas que eran de saco y unos instrumentos muy precarios, sin detergente ni nada.

¿Cómo escogen a estos hombres que imponen disciplina entre los demás?

Son personas muy violentas, fuertes, quizás con más corpulencia que el promedio, que te hacen saber con su conducta y sus modales que ellos mandan allí, y si transgredes lo establecido, reaccionan violentamente. También contribuyen con las autoridades en la represión de otros. A cambio, reciben una serie de estímulos o prebendas: más comida, visitas matrimoniales más frecuentes, la posibilidad de andar por el penal, cosas a veces muy básicas pero que en la prisión marcan una diferencia.

¿Tuvo problemas con alguno de ellos?

Un mandante me agredió una vez, pero como yo era un poco mayor que los demás y una persona respetuosa, eso me granjeaba simpatías. Los malos tratos venían fundamentalmente de las autoridades. Tuve un momento de hostilidad con uno del G2 [servicio de inteligencia y contrainteligencia del país], donde intercambiamos unas palabras y él me quitó los libros y las revistas que me traía mi familia. El director de la prisión y el segundo eran tipos muy represivos también.

A mí nunca me pusieron un dedo encima, pero siempre me vigilaban y me trataban como un preso común, aunque tenían muy en cuenta que no lo era. Si los guardias escuchaban que alguien me llamaba «político», decían «aquí no se puede decir que este es político, este es un delincuente igual que otro cualquiera». No obstante, a veces, cuando te quedabas solo con el represor, hablaba contigo en confianza, incluso te dejaba saber cosas que ellos sabían que no debían decir, mucho menos a un preso político, como que había mucha corrupción. Recuerdo incluso un caso que costó una vida. Un preso les dio unas cajas de cigarro y un jabón de la shopping a unos llaveros, y así entró a la celda de otro y lo mató. A los llaveros les pusieron una sanción administrativa, ni siquiera los botaron del Ministerio del Interior.

Mencionó que nunca le pusieron un dedo encima. ¿Sufrió algún tipo de tortura psicológica?

En Holguín nos ponían la Mesa Redonda a toda voz para torturarnos. Hasta que un día me sacaron al baño y golpeé la bocina. El guardia vino enseguida a preguntarme por qué lo hice. Le dije que eso era un instrumento de tortura y que nosotros no lo aguantábamos más. Me dijo que me podían abrir una causa porque aquello era un medio del Estado, pero al final no pasó nada y no lo volvieron a poner.

Pero en general no hay mayor tortura psicológica que verte encerrado con una cantidad de gente que no tiene nada que ver contigo y a quienes tú no elegiste para convivir; o sentir que no has hecho nada, sino lo correcto, y aun así verte de pronto lejos de tu familia, incluso de tu hija, que se iba a casar, y no saber si se va a ir del país, si le vas a causar problemas a tu esposa. Todo eso a uno lo tortura.

¿Sus familiares sufrieron algún tipo de consecuencias por su encarcelamiento?

Absolutamente. Mi esposa y mi hija fueron Damas de Blanco. Mi esposa sufrió actos de repudio, maltrato físico. También me contó que, estando yo preso, la Seguridad del Estado le pidió al vecino de los altos que golpeara en el piso para que se cayera el techo de mi casa, para ponerle difícil la situación.

Antes también mencionó libros. ¿Le dejaban leer libremente en la prisión?

Yo leía la Biblia todos los días, una Biblia latinoamericana que tiene muy buenos comentarios. Me encaramaba en el tercer piso de la litera y leía eso y otros libros que me llevaba mi familia. Nadie se metía conmigo por ser religioso. Una vez nos visitó el obispo de Holguín, y en Canaleta el obispo de Ciego de Ávila en varias ocasiones. En alguna ocasión tuvimos una misa. Recuerdo que comulgué, que leyeron las escrituras, que yo las comenté un poco y que pasamos un rato ahí junto a Dios.

¿Cómo era la atención médica en prisión?

En Holguín, una vez me hicieron como una historia clínica: me preguntaron de qué fallecieron mis padres, qué operaciones y enfermedades había tenido, ese tipo de cosas. En prisión, los presos llaman a los guardias cuando se sienten mal y es común que al inicio estos crean o digan que los presos están fingiendo. Pero a mí me llevaban al médico, incluso aunque no tuviera nada. Yo decía «no tengo ningún problema, aquí hay uno que tiene un dolor desde anoche, llévalo él», y me respondían «no, a mí me mandaron a sacarlo a usted».

Los de la Primavera Negra éramos unos presos famosos, pero en realidad no nos daban ningún medicamento ni nada especial. Yo tuve una infección de la piel y cuando pedí tratamiento me dijeron que eso no era nada, que me había salido por la edad.

Una vez sí nos llevaron para La Habana, creo que al hospital del Combinado del Este, y nos hicieron un chequeo médico completo. Ahí convivimos con opositores que no veía desde que caímos presos. Decíamos «qué raro, ¿será que nos van a soltar?». Pero después me devolvieron a Holguín.

¿Y el acceso a los medicamentos?

Muy precario. Ellos también tenían mucho cuidado porque había gente que se empastillaba, gente adicta a la carbamazepina o a otros medicamentos psiquiátricos que negociaban con cajas de cigarro. Eso lo vi mucho en Ciego de Ávila.

¿Le ofrecieron la posibilidad de estudiar o superarse profesionalmente?

No, y yo no lo habría aceptado. Si yo hubiera estado preso en circunstancias normales, hubiera podido trabajar de maestro, porque lo fui y me gusta instruir a los demás. Pero en las circunstancias en que nosotros fuimos a prisión, yo no habría aceptado ningún puesto, ni como estudiante ni como maestro. Nada que tenga que ver con la llamada reeducación, porque ellos te reeducan para que formes parte de la sociedad comunista y yo no quiero ser parte de eso. Al contrario.

¿Tenía comunicación regular con sus familiares o allegados?

Sí. Un guardia me acompañaba al teléfono, podía ser una vez a la semana o podía depender del capricho del jefe de la prisión o del reeducador. En Ciego de Ávila era mucho más fácil porque había un teléfono en el destacamento. Desde allá hablaba casi todos los días con mi gente.

¿Presentó alguna queja estando en prisión?

Una vez, en Holguín, un funcionario del Ministerio del Interior que visitaba prisiones llegó al destacamento, dijo que lo veía todo bien y con la misma se fue. Tiempo después, cuando ya estaba en Ciego de Ávila, entra el mismo hombre y dice lo mismo. Entonces le dije: «no, aquí no todo está bien, aquí hay un mosquero irresistible porque las heces fecales están ahí abajo y eso es antihigiénico». Me preguntó quién era yo. Le dije que era un preso político y periodista independiente. Entonces me preguntó en qué universidad me había graduado. Le respondí: «Martí fundó un periódico y no se graduó de periodismo». No me resistió el debate.

Otro día, el vicedirector de la prisión entró al comedor a decirnos que lo habían pintado. Le dije que nadie les había pedido que lo pintaran y que en cambio sí habíamos pedido muchas veces que solucionaran el problema de las moscas. Ese me hubiera querido matar.

¿Cree que las autoridades penitenciarias tienen la intención de reducir al mínimo las diferencias entre la vida en prisión y la vida en libertad, así como de reducir la reincidencia de las personas reclusas, como debería ser su objetivo?

Yo creo que lo de ellos es castigar, sobre todo en los casos de presos políticos, de disidentes; hacer que la gente sienta el rigor de una prisión y, si te doblegas, tratar de reeducarte y de ponerte como ejemplo para hacer publicidad con el hecho de que has reconocido que te equivocaste. Pero no creo que ellos traten de reeducar a los disidentes, por lo menos no en nuestro caso. Más bien te dejaban por incorregible.

Cuando estaba preso, por la noche, algún que otro preso me decía: «Estoy aquí por matar una vaca y cuando salga de prisión tendré que seguir matando vacas porque en mi zona no hay fuentes de trabajo». Con esto quiero decir que eso se puede hacer cuando la gente tiene condiciones para mejorar, pero en Cuba la situación es muy difícil. 

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Publicación fuente ‘Centro de Documentación de Prisiones Cubanas’