Juan Miguel Pozo: La Escopeta del Noventa y Cuatro

Autores | 28 de abril de 2026
©Imbéciles

En La Habana, la música nunca se detiene. Es lo último que se apaga, y lo primero que vuelve.
Michelito El Cobra

El día que mataron a Kennedy, mi padre tenía veintitrés años y fumaba Lucky Strikes en un bar de La Habana donde septiembre se quedaba suspendido en el aire, húmedo e irreal. Dice que no recuerda la cara del tipo que entró gritando que habían disparado al presidente, solo recuerda que alguien puso “Babaratiri” de Benny Moré en la rocola y nadie la apagó. La canción continuaba, perfectamente normal, mientras afuera todo fallaba de maneras difíciles de ignorar y eso, es lo más cubano que se conoce: la música no se detiene, ni siquiera cuando el cráneo de un hombre se abre como una flor roja en el asiento trasero de una limusina a tres mil kilómetros de distancia. Porque en La Habana, Kennedy no era un presidente; era el espectáculo de la promesa de modernidad que se desvanecía en el calor insoportable de la revolución.

Mi padre había leído a Alejo Carpentier —El reino de este mundo, Los pasos perdidos— y creía en la música como lo real maravilloso, esa fusión de lo cotidiano y lo mágico donde lo imposible ocurre sin que nadie levante una ceja. Carpentier escribió que en el caribe todo era posible porque aquí no había descreídos. Mi padre, borracho de ron y de teorías sobre el jazz, decía que el asesinato de Kennedy era un acto de lo real maravilloso: el poder más grande del mundo interrumpido por una bala en una ciudad que creía estar al margen de la historia. La Habana era el margen, y desde el margen se ve todo más claro.

Yo tenía veinticinco años cuando Kurt se metió una Escopeta en la boca y se voló los sesos. Era abril de 1994, estaba en mi cuarto con una chica llamada Courtney —no esa Courtney, otra—, fumando tabaco negro y a derrota, escuchando un cassette pirateado del Nevermind. Alguien tocó a la puerta. Era mi amigo Ernesto diciendo que habían encontrado el cuerpo de Kurt en su habitación y que la foto oficial solo enseñaba una pierna. Courtney la de verdad se había encerrado en el baño de un hotel de Seattle con una botella de champán y un tubo de pastillas para dormir. Yo me quedé en la cama, mirando el techo agrietado, pensando en la última vez que había visto a Kurt tocar “Smell like a Teen Spirit” en el MTV Unplugged —el video pasado de mano en mano, copiado hasta borrarse—, cómo se había convertido esa canción en algo que parecía rezar: Un mulato, un albino, un mosquito, mi libido. ¿Qué carajo significaba? En La Habana, significaba todo. Esa mezcla racial, esa alquimia de lo blanco y lo negro, esa era nuestra isla entera convertida en tres palabras sin sentido que de nada, lo tenían todo.

Mi tío que había sido músico antes de la Revolución y ahora reparaba ventiladores en Centro Habana, decía que el Rock era la nueva santería. Que nosotros, los jóvenes de los noventa en una isla que se hundía, éramos los últimos creyentes de un culto importado. Que cuando cantábamos esas canciones en inglés que no entendíamos del todo estábamos haciendo lo mismo que mis abuelos hacían con los santos: tomar algo ajeno, algo traído de otro lado, y hacerlo nuestro mediante la repetición, el ritual, el éxtasis. Esa es la gesta, ¿no? Esa es la magia negra del Rock en una ciudad donde la magia real es la única forma de sobrevivir.

El día que mataron a Kennedy, el acontecimiento fué que la música siguió. Que nadie apagó a Benny Moré. Que alguien, en medio del caos cotidiano y la guerra fría, necesitaba bailar.

Treinta años después, el acontecimiento era que nosotros, los hijos del Período Especial, bailábamos con Nirvana en sótanos sin luz, como bacterias conectadas a acumuladores de coches americanos de los años cincuenta conectadas a generadores que sonaban como tractores viejos, y en esa distorsión, en ese ruido que nadie en Seattle podría reconocer como su canción, encontrábamos algo que nos pertenecía. No la canción original si no nuestra versión distorsionada, nuestra traducción imperfecta, nuestro acto de apropiación colonial en reversa.

En La Madriguera —un antro de desafectos culturales donde el aire era sólido y el ron de contrabando— esa noche ponen “Come As You Are” por enésima vez. Una chica con el pelo rapado y una camiseta de Nirvana que su hermano trajo de Nassau baila sola. Sus labios se mueven formando las palabras, esas palabras que Kurt escribió sobre amistad, traición y autenticidad, conceptos que en nuestra isla adquieren dimensiones surrealistas. Pero ella las canta como si fueran un credo, como si en ese Come as you are estuviera toda la verdad del universo. Y tal vez la está. Porque en La Habana, venir como eres es un acto de irreverencia.

Mi padre, ahora con setenta y tantos, sigue fumando “por la izquierda”, —de la misma forma que llegan los cassettes, los jeans y las ilusiones— y escucha todavía a Benny Moré en un radiocasete que repara una y otra vez. Carpentier tenía razón: lo real maravilloso no es que ocurran cosas mágicas, es que ocurran cosas mágicas y sigamos viviendo como si nada.

Hacer que lo insoportable sea bailable. Que Kurt, sin darse cuenta, escribiera el himno de una generación que nunca pisaría Seattle, que moriría en balsas o en el exilio o en esta isla inventada por todos que se hunde lentamente, pero que mientras la música suene, parece libre. Esa es la gran trampa de la periferia. Todo es consumible, todo es transformable. Incluso el vacío más absoluto —el agujero de bala en una cabeza en Dallas, el agujero de escopeta de otra en Seattle— puede convertirse en ritmo, en melodía, en algo que te hace mover las caderas en la oscuridad de un antro de La Habana Vieja mientras esperas que alguien cualquiera, entre y te diga, que todo va a estar bien.

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Publicación fuente ‘Imbéciles’