Luis Cino: La Seguridad del Estado fue a buscarme

DD.HH. | 1 de mayo de 2026
©Julio Lorente, ‘Candado del Nuevo Mundo’ (Homenaje a Félix Martín de Arrate), 2020.

Hace unos días se personó en mi casa un oficial de Seguridad del Estado y, en los no más de quince minutos que conversamos parados en la puerta, me auguró, en variedad de tonos, un futuro más sombrío aún del que habitualmente me vaticinan sus colegas represores cuando tienen este tipo de conversaciones conmigo.

Cárcel, miseria, vicisitudes, muerte, me auguró. Como si yo no estuviera enterado de que tengo un poco de cada una de esas cosas desde hace mucho. Incluso la muerte, porque aunque gozo de buena salud, la vida que vivimos los cubanos no es vida. Como escribió Solzhenitsyn: “Si para poder vivir es preciso no vivir, ¿vale la pena?”

Para empezar, el teniente me advirtió que “se acabó la tolerancia; con las amenazas de los yanquis, el horno no está para pastelitos”, y aseguró que “de producirse una agresión, todos los contrarrevolucionarios serán sacados de circulación”.

No especificó el oficial si el retiro de circulación o la desaparición (como le han dicho a varios opositores) significa que nos matarán. Pero no importa, porque, de creer al oficial (que está convencido de que la conflagración ocurrirá en cuestión de días), es probable que, antes de que tengan tiempo de “recogerme preventivamente”, yo sea una de las primeras víctimas de los misiles norteamericanos.

“Reza para que Trump no se decida a atacarnos”, me dijo, “porque a ti, que vives a menos de un par de kilómetros del Estado Mayor del Ejército Occidental, no hay quien te quite de encima un bombazo”.

Luego de ponerse apocalíptico, me puso la mano en el hombro y me aconsejó: “Quítate del periodismo independiente, porque con tu edad y lo flaco que estás no aguantas una cárcel”. Inmediatamente pasó al modo de buena gente. Parecía un amigo, preocupándose porque fumo mucho, interesándose por mis problemas familiares y mi futuro.

“¿Por qué no te quedaste en una de las veces que estuviste en los Estados Unidos? ¡Qué error cometiste, qué fallo!”, lamentó. “Aquí no tienes futuro. Estás con un pie en la calle y el otro en la cárcel. Pero, suponiendo que no caigas preso, ¿te imaginas cuando estés más viejo, la mente no te responda y ya no puedas escribir? ¿De qué vas a vivir? Ya no tendrás fuerza para trabajar en la construcción o la agricultura. Y tú no tienes jubilación… Te veo recogiendo latas y botellas en los basureros”.

Y de pronto, como iluminado por el cielo, me dio la solución: “Tienes que poner un negocio, meterte a cuentapropista”. Y se indignó, poco faltó para que me llamara malagradecido cuando le dije que, si pusiera un negocio, entonces sí sería vulnerable, no como oficial y eufemísticamente llaman a los desvalidos, sino porque estaría sometido continuamente a las multas de miles de pesos de los inspectores, que a veces serían enviados por la misma Seguridad del Estado como forma de hostigarme y que no quede que fue por motivos políticos.

No terminó de escucharme. Dio la espalda, montó en la Suzuki, arrancó y se fue por donde mismo vino.

Sinceramente, con tantos problemas que uno tiene, a los segurosos los prefiero cuando vienen en modo de malos. Cuando mezclan el matonismo intimidatorio con los consejos amistosos, me sacan de quicio.

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Publicación fuente ‘Cubanet’