Daniel Céspedes Góngora: Ganar de verdad

En el capítulo «El reino del espíritu», que su autor George Santayana decidió dejar adrede para las páginas finales de su magno libro Los reinos del ser, se detiene en la unión entre varones donde el juego, la aventura y la guerra justifican la amistad: «Un amigo no es el custodio del alma de un amigo; la responsabilidad recíproca es limitada, pero dentro del campo de su vida y virtú comunes, se sienten seguros el uno del otro; y esta confianza, cuando ha sido bien probada, no está exenta de admiración». Es por esa razón que Antuán (Marcelo Martín), en El último juego (Daniel Chile, 2025), decide salir un instante para restituirse, así sea una última vez, en el grupo al que más pertenece por simpatía, no por lazos de sangre: el de sus amigos.
El chico de doce años se aleja del cuidado hogareño para despedirse libremente. En un contexto de miserias generales, lo que parece que ha salvado la continua afinidad física entre Rizo (Daniel Leal), Naco (Ernesto Bustamante), Mulo (Alejandro Domínguez) y Antúan es el honor y la ética por encima de la atadura material. El adolescente Antuán parece ser privilegiado por tres razones: por el amor de su mamá (Massiel Dueñas) y papá (Andros Perugorría), porque su familia ha sido seleccionada en una suerte de azar numérico para que pueda emigrar y por sus aliados de juego. Cuando, reunidos con dos de ellos, le hace saber la noticia, el cineasta —con toda intención—con un movimiento circular de la cámara concentra con ambivalencia a los personajes como remarcando el dominio del paisaje hostil donde se encuentran; como si escondiera la venidera intriga. Pues la libertad y la cofradía afectiva entre ellos son más ilusorias que la distopía que viven.
A fuerza de pretender ser más estéticas que ideológicas, las distopías descubren al momento su carácter político. Más cuando la época y el contexto sociopolítico existen y hasta la atmósfera de la trama sigue siendo indeseable por cercana. ¿La vida imita al arte? Soslayando el registro fiel, la ficción creativa prolonga a ratos distopías contemporáneas. No las inventa. Sin pretensión de mencionar o aludir —aquí no se nombra ningún lugar específico (ni que hiciera falta)—, Daniel Chile, en coautoría de guion con Amilcar Salatti, reavivan el tema de la emigración desde la mirada recelosa de algunos (ya muchos) de los que se quedan.
¿Se remarca la intimidad pronta tal vez a romperse de los amigos por la separación? No importa ya contraponer el deterioro exterior de la ciudad y de un país con la complicidad espiritual de los protagonistas de Futuro (Ángel Suárez Ávila, Amanda Cots Martínez, 2024). De lo que se trata en El último juego es exponer la decadencia de la estimación de los de abajo a consecuencia de un juego regulado por esferas superiores. La emigración es la meta. Pero el resentimiento compartido hacia las familias seleccionadas pareciera nutrir la supervivencia de quienes no pueden lograr marcharse: «Para irte tienes que ganar de verdad», le dice a Antuán uno de sus amigos, al tiempo que otro lo cuestionará: «el elegido no quiere jugar con los olvidados».

Cuando lo material y la intimidación irrumpen en el relato, El último juego revela lo que en principio es: un golpe durísimo a un supuesto vencedor. ¿Se ha malogrado el crecimiento del adolescente? Por el contrario. Pero, ¿a qué precio? Consciente de la decepción y el abandono.
El último juego, con fotografía de Alexander González y dirección de arte de Darianis Riverón, se presentó en la edición 46 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y pudo apreciarse también en el Koubek Center en la edición 43 del Festival de Cine de Miami como parte del programa Spotlight on Cuba. Continúa ahora su recorrido por otros festivales.


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