Centro de Documentación de Prisiones Cubanas: Entrevista a Samuel Pupo / ‘Me torturaron psicológicamente porque me decían que me iban a matar’

DD.HH. | Post Bellum | 13 de mayo de 2026
©Centro de Documentación de Prisiones Cubanas

Samuel Pupo Martínez (51 años) es graduado del Instituto Superior Pedagógico de Sancti Spíritus. Tras varios años de trabajo en el sector educativo, decidió solicitar la baja debido a los bajos salarios y optar por una licencia como trabajador por cuenta propia.

El 11 de julio de 2021 fue detenido en la ciudad de Cárdenas por participar en las protestas populares que estallaron en toda Cuba. Fue conducido al centro de detención conocido como el Técnico de Matanzas, donde permaneció recluido durante 40 días, la mitad de ellos en condición de desaparición forzada. Posteriormente, mientras se encontraba encarcelado en la prisión de máxima seguridad de Agüica, recibió una sentencia de tres años de privación de libertad, acusado de los presuntos delitos de desacato y desórdenes públicos.

Pupo Martínez fue liberado en abril de 2024 tras cumplir íntegramente su sanción. Sin embargo, su liberación no significó el fin de la represión: la Seguridad del Estado continuó sometiéndolo a vigilancia y hostigamiento, bajo el argumento de que era “proclive” a cometer delitos contra el orden constitucional.

En esta entrevista con el Centro de Documentación de Prisiones Cubanas (CDPC), Samuel Pupo Martínez relata sus vivencias dentro de la prisión de máxima seguridad de Agüica y las secuelas de la persecución estatal tras su salida de la cárcel.

¿Por qué motivo fuiste encarcelado?

Me detuvieron el 11 de julio por salir a la calle a manifestarme, a reclamar mis derechos. Decidieron ponerme en la cárcel de máxima seguridad de Agüica, según ellos, por la “tipicidad” de mi delito. 

Esa cárcel  quedaba como a 90 kilómetros de mi casa. A mi esposa y a mi niño se les hacía un poco engorroso el ir a visitarme, en botella [pidiendo aventón] o pagando más de una máquina, bien caro. Tenían que caminar unos 3 kilómetros cargando con el saco para llevarme las cosas.

¿Te informaron tus derechos como recluso? 

Nos decían que a lo único que teníamos derecho allí era a vivir y nada más. Los derechos que conocí, fue porque mi esposa imprimía los documentos y me los llevaba, como el reglamento penitenciario, para poder mostrárselo a ellos mismos y decirles que estaban haciendo mal las cosas. 

Con tres años de privación de libertad, no debí haber estado nunca interno en un penal, sino en campamento. Lo mismo por el problema de enfermedad que tengo, la esclerodermia.

Tengo esclerosis sistémica o esclerodermia, que es una enfermedad degenerativa que me ha causado diabetes, que, a su vez, me dio glaucoma crónico. Tengo problemas en la vista y en los huesos. Los soleadores y patios están abajo, y yo, con mi problema, muchas veces no podía subir y bajar esas escaleras. Los amigos me ayudaban, me cogían de cada brazo, e iba caminando poco a poco. 

En la sección 8 había un muchacho inválido. Tenían que cargarlo entre cuatro personas. Allí había muchas barreras arquitectónicas. Para él hacer sus necesidades en la letrina, era un trabajo aparte. Todo lo hacía con su mano y con la ayuda de los demás presos.

¿Fuiste discriminado en prisión? 

Sí, por motivos políticos. Cuando llegamos a la prisión, nos decían los “tirapiedras”, los “volcapatrullas”, nombretes. Lo mismo el guardia, los directivos del centro, que el preso común. Nos trataban de forma diferente, mal. Ninguno de nosotros podía ser responsable, jefe de limpieza, pasillero, o trabajar en la cocina.

Soy cristiano, pero no había asistencia. Muchas veces, Félix Navarro y yo la pedimos por escrito y verbalmente, pero cada vez la negaban. Incluso, hablamos con el padre de la iglesia por medio de la familia y le dijeron que no cuando intentó entrar. 

¿Tuviste acceso a atención médica?

Los médicos ven a muchos presos y son un equipo de trabajo muy pequeño. La mayoría de las veces uno no tiene acceso a ellos. Cuando entré, me tomaron exámenes de sangre, me hicieron varias preguntas y un test. Para la diabetes, me hicieron análisis en los dedos. Nunca me dieron los resultados. 

Cuando uno iba al puesto médico anotaban en una libreta tu nombre y apellidos, y las causas de por qué habías ido. Mi esposa llevó los resultados de muchos análisis que me había hecho, los certificados, y el médico que atendía la sección de nosotros los tenía. Cuando fui a salir de prisión, dije que necesitaba recoger esos documentos y me respondieron que estaban archivados y eran para uso de la prisión. 

Las enfermeras se ocupaban de dar los medicamentos a los guardias o a mí cuando me llamaban por mi nombre, según la dosis que me tocara. Pero la mayoría de las veces no había nada. Teníamos que pedirlos a los familiares. Mi esposa me compró muchas veces y pasó trabajo porque tenía que ir a llevarlos, aunque no coincidiera con la visita.

¿Cómo eran las condiciones de los centros de detención donde estuviste?

En el Técnico de Matanzas estuve 40 días y 40 noches durmiendo en una celda sin tener avituallamiento, con la misma muda de ropa que tenía puesta. La litera era una plancha como de zinc, soldada, sin colchón. El agua la ponían una sola vez al día, diez minutos, por la tarde. El resto del día tenía que estar con la peste a caca y orine del hueco de la letrina. Cuando ponían el agua, tenía que bañarme encima de ese mismo hueco.

En la prisión, había cinco cubículos, con 21 personas en cada uno, en siete literas de tres pisos. En muchas ocasiones, llegaban dos o tres que los trasladaban y, hasta que los acomodaban, tenían que dormir en el piso, por lo que éramos hasta 25.

En mi cubículo y en todos los demás, había mucha insalubridad. Del tercer piso se filtraba hacia abajo. Las tuberías estaban rotas y por el baño caían gotas del orine de las personas de arriba.

Los cubículos no tenían iluminación. Los bombillos se ponían en el pasillo y la luz que llegaba era muy poca. Una vez estuvimos casi seis meses sin luz. 

Había mucha suciedad, a veces hasta mal olor. Tampoco nos daban utensilios de limpieza. Los familiares llevaban una escoba, un cepillo, un haragán. Todos los días a uno de nosotros le tocaba la limpieza, lo íbamos rotando. 

El agua venía de una manguera con la que llenábamos dos tanques de 55 galones y con esos nos bañábamos, tratando de ahorrarla. Había dos baños, uno para bañarnos, con azulejos por el lado y un poquito más alto, y un baño turco. No había ningún tipo de privacidad y poníamos un saco delante de la entrada. 

¿Te permitían usar ropa civil o solo el uniforme?

Dentro del cubículo utilizábamos unos shorts pequeños. Pero cuando debíamos salir, solo usábamos el uniforme, de una tela que daba mucho calor. Cuando entramos, nos dieron dos mudas de ropa nueva y nunca más. Tuve que comprar con cigarros una muda de ropa más para tener dos para andar en el penal todos los días y una para guardarla limpia para ir a las visitas, a los pabellones.

Nosotros mismos teníamos que lavarla. Hacíamos un esfuerzo para tratar de tener la ropa limpia. Por ejemplo, cada tres días, yo mismo la lavaba. La sacudía bien para que no hubiera gotera y la tendía. Casi todos los presos lo hacíamos. 

Al principio daban una funda, dos sábanas y una colcha en tiempo de frío, que la retiraban después. Todas las sábanas que había en el penal estaban muy sucias. Eran blancas, que se habían ido poniendo amarillas, y la mayoría estaban rotas. Las quitaron porque decían que venía una visita por las acusaciones que habíamos hecho de las condiciones de vida. Nos dieron una sola sábana verde a cada uno, como de nylon, que también daba mucho calor. 

A veces no teníamos cómo tender la sábana y debíamos mandarla a la lavandería. Ellos las recogían una vez por semana. Pasaban hasta veintiún días y decían que no tenían detergente con qué lavar o no había electricidad. Al destacamento 10 le tocaba los martes. 

¿Cómo era la alimentación? 

Hay un nivel muy grande de desnutrición en las prisiones. La comida era muy poca, en una bandeja de aluminio o de plástico. A las 6:00 de la mañana daban un poco de agua, tipo un refresco, y pan, cuando había. El almuerzo era a las 11:00 de la mañana y la comida a las 4:00 de la tarde. 

Yo nunca lo vi, pero imagino que echaban, por ejemplo, 20 o 30 boniatos por destacamento y los hervían. Esa agua era lo que daban como sopa, un poquito de arroz empegotado que no cumplía con la cantidad de gramos y un pedacito de boniato aparte, como vianda. El agua era de la vianda que fuera: yuca, calabaza, maíz.

Lo que más daban era “la pasta eléctrica”, como le dicen entre los presos, que es una mezcla de harina con agua, con muy mal sabor. No mucha gente la comía, pero los que no tenían familia estaban obligados o se morían de hambre. 

Las veces que mejor comíamos era cuando daban huevo hervido en el almuerzo o en la comida. Los jueves tocaba un muslito de pollo frito en el horario de la comida. Pero muchas veces faltaba y lo cambiaban por dos huevos hervidos.

También daban pescado. Ya cuando estaba falta de frío, con problemas. Todo lo que no se le podía dar a la población, que se iba a echar a perder, como la mortadela, lo sacaban de los almacenes y lo llevaban para la prisión. Podrida, pasada de tiempo, esa era la comida que daban. Muchas veces sentí deseos de vomitar. Entraba al comedor y había una peste terrible. 

Un día fue una visita de los fiscales y les exigimos que viniera un médico para que certificara si el almuerzo que íbamos a comer estaba apto para un ser humano, porque llevaban varios días dándonos un sancocho que ni un puerco se comía. Tanto insistimos, hasta que llevaron a un médico y, cuando fue a probar el almuerzo, casi vomita. Al final se fueron todos y nadie dijo nada. La comida siguió igual. 

¿Estuviste en aislamiento? 

Allí era muy frecuente que por cualquier cosa te metieran en una celda de castigo, sin ningún tipo de condiciones. Cada dos o tres días te pasaban una cubeta con un poco de agua para que te bañaras y te daban la posibilidad de tener un pomo para tomar. Sales de ahí flaco, apestoso. A ellos no les interesa si estás enfermo o no. 

¿Tenías comunicación regular con tus familiares y allegados?

Una vez por semana, cinco minutos, pero muchas veces no llegaba ni a los dos minutos porque los teléfonos tenían problemas, estaban rotos. Ellos tenían que llevarlos al cubículo desde las 11:00 de la mañana hasta las 3:00 de la tarde, pero a veces llegaban a las 2:00 para que tuviéramos una hora nada más. Así te restringían, porque ya tenías menos minutos para llamar.

A mí, a Félix Navarro y a muchos de nosotros nos la quitaron por hacer denuncias. Yo llamaba a mi familia, pero también a otras personas para que denunciaran las cosas por sus medios. Muchas veces no daba mi nombre, pero sí decía lo que estaba pasando en Agüica. Luego tomaron otra alternativa. No nos quitaban el teléfono, pero nos (…) ponían al reeducador al frente para que no hiciéramos las denuncias. 

¿Recibiste algún trato hostil por parte de los oficiales?

El segundo jefe de Orden Interior, Giovanni Ferrer, me golpeó por la espalda dos veces. Yo no ofrecí ningún tipo de resistencia porque es peor y te pueden hasta acusar de otra cosa. Tengo un brazo que no puedo mover hacia atrás producto de la misma enfermedad. Se lo dije,  pero a él no le importó y me lo dobló. Así me bajó por las escaleras, dándome golpes en la espalda.

Los agentes de la Seguridad del Estado iban todos los meses a hacer alarde de prepotencia. Me decían, por ejemplo, que mi esposa estaba escribiendo cosas en las redes sociales y que hablara con ella porque podría ir presa, que mientras ella siguiera hablando yo no iba a tener oportunidad de salir con libertad condicional. Incluso, una vez me trataron de intimidar con mi niño, diciendo que podía pasarle algo, que no iba a poder conseguir una buena carrera para estudiar. 

Todas esas cosas me hervían la sangre, pero tenía que quedarme tranquilo. 

En el Técnico, los agentes pasaban casi todos los días diciéndome que de ahí no iba a salir, que me iban a mandar para La Habana, para 100 y Aldabó o para Villa Marista, y que me iban a desaparecer. La gente de la Seguridad del Estado estaba pendiente de ti todo el tiempo para tratar de hacerte la vida más oscura. Nunca tuve el nombre de ellos. Casi todos se presentaban como “Omar”. Venían vestidos de civil y no tenían nada que los identificara.

¿Sufriste algún tipo de tortura estando recluido? 

Siempre nos ponían las esposas, para cualquier cosa. La mayoría de las veces, cuando íbamos al médico, nos ponían los grilletes. A veces te esposaban a la misma reja y te dejaban parado dos o tres horas. 

Los 40 días y 40 noches que estuve en el Técnico me sacaban a cualquier hora. Yo no sabía si era día o noche porque estaba alumbrado por lámparas. Me metían en una oficina con aire acondicionado a todo lo que daba y me dejaban ahí adentro, trancado, nada más con la ropa que llevaba puesta. Me paraban en una esquina, donde no podía moverme. En ocasiones también me dieron golpes. 

Me torturaron psicológicamente porque me decían que me iban a matar, que sabían dónde vivía mi mujer, mi familia, y que la iban a ir a buscar si no colaboraba con ellos. Tuve mucho miedo de que mataran a mi familia.

Hasta el 11 de julio, yo no tenía idea del nivel de terrorismo que los agentes de la Seguridad del Estado, la policía, los militares inculcaban. Yo pensaba que por ser policías iban a respetar sus propias leyes. 

¿Presentaste alguna queja en prisión? 

Presentamos una queja que se le hizo llegar a la Fiscalía Militar Regional de Matanzas y a la Fiscalía Nacional por el maltrato físico, verbal, los golpes, que nos daban el director de la prisión Emilio Cruz Rodríguez, Morlen Pedroso Sotolongo, el segundo jefe de orden interior Giovanni Ferrer, los reeducadores Erniel Hernández Feria y Félix Cedeño Fajardo, el jefe de Armamento Osvaldo Ínsula Muñiz, el de Logística, Julio César Ortiz, el segundo jefe de educación penal Michael Toledo Cuesta, y el otro jefe de Educación Penal Yoel Ojito Nova. 

Hicimos una denuncia general por las condiciones a las que estábamos expuestos. Pusimos un listado con lo que se había dado de desayuno, almuerzo y comida, que no coincidía con el informe a la Provincia y a la Nacional que tenía que dar la prisión.

Vinieron las personas de la Fiscalía Provincial y se reunieron conmigo, con Félix Navarro, Alejandro Gelín y otros reclusos. El proceso no llegó a ninguna parte.

También acusé en Fiscalía al oficial que me golpeó, Giovanni Ferrer, y tampoco pasó nada. Ellos tienen controlado el país de tal manera, que todos son la misma institución y responden a lo mismo. 

¿Recibiste algún documento relacionado con tu proceso penal? 

Todos los días decían que no sabían qué cantidad de años me iban a pedir. Al abogado le decían que todavía no había terminado el proceso de instrucción, aunque estuviera en una prisión de máxima seguridad. Casi a los cinco meses de estar preso fue que me llegó la petición fiscal, de 18 años. Ya cuando llegó el resumen completo, de los 7 años en que había quedado, me echaron 3. Yo creo que la demora fue para que ellos pudieran organizar un círculo alrededor de nosotros y manipular los juicios como quisieran. 

¿Tus familiares o allegados sufrieron algún tipo de consecuencia por tu encarcelamiento? 

Mi esposa trabajó muchos años como bibliotecaria, hasta que decidió pasar al trabajo por cuenta propia. Como la patente estaba a mi nombre, y no la dejaban trabajar, ni abrir otra —a causa de la COVID—, trató de empezar de nuevo en Educación, pero no la aceptaron porque yo era preso del 11J.

Mi niño estaba bien académicamente, pero su rendimiento bajó. Pienso que es por las visitas de la Seguridad de Estado, principalmente de la Dirección de Menores. Incluso, citaron a mi esposa y a mi hijo porque ella se enteró de que estaban preguntando por él a los maestros e hizo una denuncia pública en redes sociales. 

También fueron a casa de mi hermana a decirle que tuviera cuidado con las publicaciones que hacía, igual que a mi esposa.  

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[*] Samuel Pupo Martínez se vio forzado al exilio debido al hostigamiento constante de la Seguridad del Estado tras su liberación. Ante las amenazas de un nuevo proceso penal y de volver a prisión, decidió abandonar el país y actualmente reside en Costa Rica. 

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Publicación fuente ‘Centro de Documentación de Prisiones Cubanas’