Norge Espinosa Mendoza: El Ciervo Encantado / Persistir como un nuevo desafío

1.
Justo en el año en el que arriba a sus tres décadas de vida, El Ciervo Encantado, grupo fundado en La Habana por la actriz, directora y profesora Nelda Castillo, anuncia su separación del Consejo Nacional de las Artes Escénicas. Junto a la actriz Mariela Brito, ellas han sido el núcleo fuerte de esta agrupación, por la que han pasado otros intérpretes, entrenados por ambas en las técnicas sobre las cuales se ha ido construyendo la poética de este colectivo, que les ha permitido avanzar desde las primeras puestas hasta las intervenciones públicas y performances que han integrado el repertorio de sus años más recientes, como prolongación de búsquedas que en verdad El Ciervo contenía ya en sus orígenes, pero que con el paso del tiempo se han convertido en los recursos y dispositivos más agudos para mantener con vida su propia idea de lo teatral. El anuncio de esta nueva ruptura, un hecho sin precedentes en la historia del CNAE, viene a asestar un duro golpe a lo que dicha institución debe proveer, como máxima responsable de la acción teatral sostenida desde las vías oficiales y en tanto dependencia del Ministerio de Cultura. Desde la salida por voluntad propia del director Carlos Celdrán, líder de Argos Teatro, hacia España, es el más grave acontecimiento que, en concepto de pérdidas, puede contarse en la cronología del CNAE. Nelda Castillo, que como Celdrán es discípula de la maestra Flora Lauten y fue parte del Teatro Buendía, tomó esta decisión tras una serie cada vez más incómoda de desacuerdos entre su equipo creativo y las decisiones del Consejo, que tuvieron un punto de visibilidad indudable tras la censura del documental La Habana de Fito, cuando en 2023 se anunció una proyección del mismo en la sede del grupo: ese espacio de la calle Línea donde parecía que el Ciervo iba a poder descansar de una vida nómada, que lo llevó por diversos puntos de La Habana, y donde el grupo pudo trabajar por varios años. Ahora, con esa separación que por decisión de sus fundadoras ubica a El Ciervo Encantado en un cardinal incierto, fuera del teatro respaldado por la política institucional de la cultura cubana, el grupo, lejos de morir, ya muestra su nueva fase de vida en otra dimensión, colaborando con artistas de la plástica y operando fuera de espacios convencionales de representación para asemejarse cada vez más a ese animal huidizo y acaso mítico del que hablaba Esteban Borrero en el relato del cual el colectivo tomó su nombre. Y más que eso, para convertirse en otra imagen de una Cuba teatral y secreta.
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“Todos habían visto el ciervo, todos habían creído tenerlo acorralado, todos habían disparado sobre él a tiro y sobre seguro sus vibrantes azagayas; y el animal no parecía ni muerto ni vivo, cuando, contando con la presa ya en la mano, se abalanzaban a cogerla. ¡Nada! El ciervo se les desvanecía en el aire, para reaparecer un instante después triunfador, burlón, como desafiándolos…”
Esteban Borrero, “El Ciervo Encantado”
En su relato de 1905, Esteban Borrero imagina a ese animal tras el cual van diversos grupos de cazadores, los cuales, tras finalmente atrapar a la criatura, terminan aniquilándose entre ellos o pereciendo sin poder decidir cómo devorarán al prodigioso cérvido. Metáfora de una isla cuyos habitantes persiguen una utopía que no sabrán hacer encarnar ni resolver, ese cuento breve sirve de impulso al grupo creado por Nelda Castillo, que en el Teatro Buendía había actuado en puestas tan memorables como Lila, la mariposa o Las perlas de su boca, dirigidas por Flora Lauten. También había dirigido ya espectáculos como Galápago, a partir del texto de Salvador Lemis con el grupo infantil de Plaza, o Monigote en la arena y Un elefante ocupa mucho espacio, concebidos ya desde el Buendía para el público infantil sobre los relatos de Laura Devetach desde una dinámica que obviaba los recursos convencionales de dicha expresión en Cuba, dejando de lado ñoñerías y concesiones. Pero es con Las ruinas circulares que definitivamente se desencadena una serie de preguntas y referencias que dejan avizorar lo que luego ya ella exploraría con El Ciervo Encantado. El Quijote, Unamuno, Borges, el trabajo a conciencia de tres actores sobre sus cuerpos y su capacidad para evocar personajes sin acudir a las imágenes predecibles de sus abordajes, sostuvo esa suerte de ritual que fue parte, junto a otros espectáculos del Buendía como La cándida Eréndira y su abuela desalmada, que prácticamente dio la vuelta al mundo, y otros como Safo, creado por Celdrán y Antonia Fernández, de aquella época de plenitud y provocaciones que dejaban claro el empeño renovador del grupo desde una Cuba que pugnaba entre las carencias del Periodo Especial, pero que aún tenía consigo el talento de maestros y noveles en sus escenarios.

En las aulas del Instituto Superior del Arte nació El Ciervo Encantado, como resultado de talleres y del proceso de graduación de alumnos como Ana Domínguez y Eduardo Martínez, quienes junto a Mariela Brito integran el elenco del primer espectáculo, basado en el relato de Borrero pero entendido como un tejido de referentes y zonas de contacto acerca del misterio de lo cubano. La indígena desnuda, cubierto su cuerpo de tierra, en una imagen que siempre me remitió a los performances de Ana Mendieta, el negrito del bufo cubano y la española, se agitaban en pos de un animal, un mito, una isla plena de prodigios y al mismo tiempo víctima de una suerte de embrujo o maldición que la condenaba a repetir su propia historia. En el antiguo teatro de la Facultad de Artes Plásticas, que ellos rescataron con sus propias manos tras años de olvido, operó El Ciervo durante su primera etapa. Ir hasta las cúpulas del Instituto, buscar en la galería de ladrillos rojos de la Facultad la puerta de ese pequeño auditorio, entrar allí para ver ese espectáculo o el díptico que le siguió, inspirado en obras de Severo Sarduy: De donde son los cantantes y Pájaros de la playa, funcionaba como una pequeña conjura contra la distancia y las normas aquietadas de aquel instante del teatro cubano, en el que ya estaban trabajando los núcleos renovadores de Teatro El Público, o acababan de surgir los de Argos Teatro y Teatro de La Luna, mientras desaparecían otros como el de Teatro Obstáculo, fundado por Víctor Varela. Los maestros (Roberto Blanco, Berta Martínez, Vicente Revuelta, Flora Lauten) tenían ya no solo discípulos aventajados, sino también colegas con los cuales discutir una geografía teatral en la que se reorganizaba no solo una idea de esos tablados, sino también la de una isla teatral en la cual nombres fundamentales, como el de Virgilio Piñera, iban reapareciendo para demostrar que silencios, censuras y recelos no podrían acallar sus mejores impulsos, recogidos también por esa nueva generación.
La exploración de la narrativa de Severo Sarduy, que incluyó también el repaso de sus ensayos, su poesía, etcétera, ofreció al público cubano un conocimiento más hondo acerca de la obra del camagüeyano, del cual apenas se hablaba en la Isla antes de 1995, cuando se editó finalmente en Cuba su novela De donde son los cantantes y se presentó en la Feria del Libro de La Habana la edición venezolana de su ensayo La simulación. La lectura de Sarduy, interconectada a otras figuras tutelares que ya formaban parte del panteón imaginado por el grupo junto a Lezama, Fernando Ortiz, Lydia Cabrera, y que iría incorporando a figuras como Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante, Antonia Eiriz, se fundamentó en la presencia de los cuerpos como partes de un ritual que sobrepasaba muerte y exilio. El grupo se expandió desde esas invocaciones, concibiendo sus espectáculos como reconstrucción de la memoria y la pérdida, alejándose de una dramaturgia al uso y apelando al fragmento, a la desintegración que generaba sus propias asociaciones de mitos y lecturas, hasta recomponer imposibles en montajes como Visiones de Cubanosofía, en la que un José Martí mudo fluía como golpe de aire entre rafagazos de una Cuba apuntalada.
Cuando el grupo perdió su sede del Instituto Superior de Arte, por decisión de la funcionaria encargada de una reparación capital de sus facultades, se refugió en un pequeño espacio en la esquina de 5ta y D, frente al parque Villalón, en la casona en la cual falleció Máximo Gómez y donde se habían establecido los talleres de Tecnoescena del CNAE. Allí, con la tenacidad y tozudez con la cual ha defendido su derecho a existir, y con el concurso de nuevos integrantes, mostraron espectáculos como ese, y Rapsodia para el mulo, Cubalandia y Variedades Galiano, así como gestaron acciones de cabaret político e invitaron a artistas plásticos y de la música. El sitio: La Capilla, concebido como una especie de refugio temporal, les permitió aguzar las claves de esas proyecciones, al cual acudió el público en su mayoría joven que desde los primeros días se identificó con esas provocaciones. Añádase a ello la aparición de sus integrantes, a veces como personajes creados desde el trabajo con la máscara, en otros espacios públicos: galerías, presentaciones de libros, conferencias, así como en festivales en otras naciones, especialmente en algunos donde se tomaba como eje la relación entre performance y política. Como aquel ciervo imaginado por Borrero, este otro ser teatral y fabuloso no seguía un guion predecible para alimentar su hoja de vida. Cuando se dio inicio al ciclo que Desiderio Navarro impulsó desde el Centro Teórico Cultural Criterios para intentar un exorcismo contra los fantasmas del quinquenio gris, resucitados en la televisión nacional a inicios de 2007, el grupo acudió a los encuentros concebidos para ese fin, hasta el cierre de los mismos, dos años más tarde, con la conferencia que se me encargó acerca del tema y su huella terrible en el teatro cubano.

En abril de 2014, finalmente, El Ciervo Encantado se traslada al espacio de Línea y 18, donde estuvo presentando su programación por casi doce años. El pasado 3 de febrero, el “grupo de teatro”, tal y como se autodenominaba en el cartel pintado en la fachada de ese sitio, decidió dejar este espacio y librarse así de las tensiones que habían ido en aumento y que se repetían en determinado nivel con el anuncio de cada nuevo estreno. Ahí acudí a ver propuestas como La Anunciación (el ángel terrible imaginado por Antonia Eiriz que Nelda Castillo interpretaba desde la estructura de tramoya, sobre nuestras cabezas), el performance Zona de silencio (la selva de alambre de púas que atravesaba el cuerpo nuevamente desnudo de Mariela Brito para desenterrar palabras y deseos), Triunfadela, Arrivals, Departures, PIB (con Yindra Regueiferos, una de las más recientes entradas al colectivo), La ecuación de Mifflin o La ecuación fundamental, con la cual el grupo obtuvo su más reciente Premio Villanueva de la Crítica. El grupo sobrevivió a crisis internas, a la salida de actores formados dentro de su propio método investigativo, mientras activaba una suerte de cátedra desde el ejercicio del performance a la que entraron también otros creadores, como los hijos del artista de la plástica Lázaro Saavedra. Llegar hasta allí a ver algunas de esas provocaciones exigía dejar en la puerta las comodidades dentro de las cuales seguían obrando otras narrativas y texturas del teatro cubano, y optar por una ruta donde lo experimental y lo punzante eran mucho más importante que la idea de una escena bien resuelta y planteada desde una dramaturgia lineal. Una imagen entrevista en la calle, un basurero repleto de fotos y álbumes familiares, los actos de recibimiento a los cruceros que llegaron a La Habana durante el breve idilio con la administración Obama, podían ser detonantes de una nueva acción de El Ciervo Encantado.
Del concepto de espectáculo-altar que leía Jaime Gómez Triana en su prólogo para los textos recogidos en el volumen publicado por Letras Cubanas en 2012, Nelda Castillo procuraba más bien estallidos, tomas de conciencia a partir de lo convulso, presagiando ausencias y carencias en una Cuba donde se repetían los ecos del éxodo o la desesperanza acrecentada por epidemias, inflación y fracaso económico, y una nueva galería social retomaba gestos y actitudes que nos prometían, en las mañanas de nuestros días escolares, que ya estaba enteramente superada. El espejo astillado en el que se agolpaban los delirios y alucinaciones de un proyecto de Nación se despojaba, en esas acciones sobre la escena o en la calle, de los elementos más decorativos de lo teatral para ir a la médula de cuestiones que eludía la mitad más complaciente de la representación de la vida cubana. El grotesco, el rejuego con el contraluz, la ruina, el grafitti, el espacio teatral entendido como un área de tensiones que se atrevía con preguntas aún no escritas ni articuladas, a la manera de una nueva serie de pinturas negras, iba siendo cada vez más intenso en esas convocatorias de El Ciervo Encantado, al tiempo que la poesía, la memoria, el abordaje a los nuevos grados de violencia a los que se nos somete, también se integraban al discurso del grupo, asombroso en su coherencia y en su negativa a retroceder en ese avance permanente, en ese otro grado de compromiso con la idea de su propia misión como eco de un país y una ética de trabajo y creación que se iba desvaneciendo, mientras tanto, en tantas otras zonas del arte cubano contemporáneo. Y por supuesto, todo ello tiene su precio.
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3.
“Siento al grupo como un espacio de conocimiento y crecimiento, sobre la base fundamental de la investigación en la memoria inscrita en el cuerpo del actor, siempre infinita, siempre cambiante, pero afincándonos y cuestionándonos en el ahora, que es donde realmente vivimos.”
Nelda Castillo [entrevista con Norge Espinosa Mendoza]
En el año 2024, El Ciervo Encantado anunció la aparición de Irrupciones, libro catálogo que registra 69 performances del grupo, muchas de las cuales ocurrieron en diálogo creativo de su elenco con artistas de la plástica. Duvier del Dago, Omar Moreno, Juan Rivero, Moisés Finalé, Aisar Jalil, son algunos de sus nombres. Entre ellos ya se contaba con Yornel Martínez, quien ha seguido en diálogo con el núcleo dirigido por Nelda Castillo y quien ha brindado su espacio para las nuevas intervenciones que amplían las recogidas en ese volumen, en esta nueva fase de independencia y autonomía que comenzó en febrero de este año. Para llegar a este punto hay que entender la incomodidad que ya El Ciervo representaba, evidentemente, ante los funcionarios que debían atender y promocionar sus acciones. En la sede de Línea y 18, el grupo dio seguimiento no solo a sus presentaciones teatrales, sino además a las convocatorias de conciertos, tertulias, proyecciones, que venían desde los días de La Siempreviva en el ISA y las programadas en La Capilla de 5ta y D, con la intención de dar al espacio un sentido de centro cultural multidisciplinario. El 29 y 30 de abril de 2023 se había anunciado un Jam Audiovisual con obras de Ricardo Figueredo (El encargado), Fernando Fraguela (Existen) y Juan Pin Vilar (La Habana de Fito), que terminó siendo censurado por el Ministerio de Cultura, ante lo cual la fundadora del grupo expresó “con firmeza nuestra inconformidad con este acto sin explicaciones hacia artistas cuyas obras dignifican y conforman la cultura cubana”. El hecho, como advirtieron varios creadores, añadía otro precedente a las fricciones que ya se habían hecho sentir, desde la célebre sentada del 27N ante el propio Ministerio en 2020, y la demanda de jóvenes artistas e intelectuales en pro de un diálogo transparente con los representantes de esa institución, y otros nombres de respeto, como el del cineasta Fernando Pérez, se unieron a la inconformidad que esta nueva maniobra de suspensión provocó. A partir de ahí, se fue haciendo aún más compleja la relación, que tuvo entre otras consecuencias la “desaparición” de Nelda Castillo entre los nominados al Premio Nacional de Teatro, galardón que merece sobradamente. Los votos a su favor que algunas entidades han enviado a la convocatoria anual de ese lauro, parecen ignorarse cuando se llega al cierre de la decisión, que es proclamada desde el CNAE.
Lo que aflora aquí es el deterioro de la posible comunicación entre el sistema institucional de las artes cubanas con la zona más desafiante de quienes aún la integran, y de lo cual existen ya numerosas señales. Mientras colectivos de obra mucho menos riesgosa o retadora reciben mayor promoción o menciones más frecuentes en la prensa y en notas promocionales, otros son seguidos y localizados esencialmente gracias a la persistencia de sus fieles, en una ciudad donde ya empiezan también a dejarse ver otros modos de producción teatral, apegados a los nuevos modelos comerciales y al consumo rápido que muchos de ellos proponen, o que se repliegan a una acción de creación independiente que sigue estando amenazada. La cronología de varios debates se intensificó desde la discusión acerca de la aprobación y aplicación del Decreto 349 de 2018. El movimiento San Isidro, el reclamo de libertad para varios de los artistas ligados a sus acciones, las propuestas del dramaturgo Yunior García y su abrupta salida hacia España, son puntos en un recorrido que subrayan el control que se quiere tener de estas y otras estrategias de cambio, ante las cuales, como ha sucedido con otros eventos y proyectos (la Muestra de Cine Joven, la marcha de los activistas independientes de la comunidad LGBTIQ en mayo del 2019, etcétera), el aparato oficial, tras aparentar una voluntad de debate, ha terminado por cerrar la puerta de esa conversación violentamente. Los hechos continúan hasta el presente, con la suspensión del trabajo de un joven profesor por sus opiniones sobre el panorama político actual, o la imposibilidad de hacer un homenaje a la gran cantante cubana Celia Cruz con motivo de su centenario en la Fábrica de Arte Cubano, a cargo de Teatro El Público.

El Ciervo Encantado, con cada acción, se debía enfrentar a la visita de especialistas, a comisiones que insistían en revisar de antemano sus propuestas, y en varias ocasiones, como la del Jam Audiovisual, a la censura o a la zozobra que se levantaba solo a pocas horas del estreno, bajo la duda de si finalmente sería aprobada o no la presentación ante el público. El Premio Villanueva de la Crítica concedido a La célula fundamental, entre otras cosas, quiso ser un acto que desde la perspectiva de los conocedores del ámbito teatral, confirmara la importancia del quehacer de este colectivo, en una atmósfera cada vez más cargada por todos estos antecedentes. Mi última visita a la sede ocurrió en octubre del pasado año, para ver a Yindra Regueiferos en su performance, Espejo. Caminé sobre las maderas de su tabloncillo, ya consumidas por el comején, en una suerte de despedida no prevista. A inicios de este año, Nelda Castillo volvió a “brillar por su ausencia” entre los nominados al Premio Nacional de Teatro. Y cuando la filial cubana del Instituto Internacional del Teatro, presidida por la actriz, directora y profesora Antonia Fernández, decidió otorgar su premio a Nelda Castillo por la obra de toda su vida, el CNAE optó, a último minuto, por retirar su apoyo a la iniciativa, que varios de los impulsores de esta idea le entregamos a la fundadora de El Ciervo en su propia casa, el pasado 27 de marzo, en lugar de la ceremonia prevista para tal homenaje.
Esa entrega ocurrió a pocas semanas de la salida de El Ciervo Encantado de la que había sido su espacio e trabajo y su cuartel de mando, el sitio en el que acogieron a grupos emblemáticos como el Odin Teatret y Yuyachkani, y donde se vivía el teatro como un acto de resistencia. Pero el grupo, a pesar de haber abandonado el sitio y borrado de la fachada el letrero que lo identificaba como su sitio que creíamos ya definitivo, ha comenzado a trabajar desde ese margen en el que ya ubicaba, fuera de los mecanismos de control y profilaxis que intentaban, como al animal imaginado por Borrero, ponerle coto. Para ello ha dado inicio a una serie de intervenciones y performances en espacios no teatrales, donde han sido acogidos esencialmente por promotores y artistas de las artes plásticas, tal y como ha sido el caso de Yornel Martínez, a cuyo estudio acudí para ser parte, más que presenciar, una de estas nuevas estrategias de visibilidad. “La Culebrilla” fue el título de una de esas primeras muestras de vida, presentada poco después de haber cortado las relaciones con las instituciones oficiales, y se presentó en La Clínica, el estudio de Sandra Ceballos, el sábado 18 de abril. Previamente, el 12 de marzo, se anunció un conversatorio acerca de la relación entre El Ciervo Encantado y las artes visuales, en el espacio de Yornel Martínez, y el 16 de abril Nelda Castillo y Mariela Brito participaron en otro diálogo que repasó los 30 años de esta agrupación en La Tertulia de Guermantes, efectuada en Lealtad 120. Un mes después, el 16 de mayo, El Ciervo anunció la instalación interactiva “Del basurero al hogar”. Si las dificultades de transporte, economía o electricidad me impidieron responder a las convocatorias previas, esta vez me empeciné en llegar al Palacio de las Ursulinas, para participar en esta presentación.
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4.
Sobre la amplia mesa, cubierta con un mantel que asimismo es una trama de otros bordados por las manos de la familia de Mariela Brito, esos paños que se extendían para recibir a los integrantes de la parentela en fechas de celebraciones que ahora ya palidecen en el calendario, están los álbumes que El Ciervo Encantado rescató de la basura, a la que fueron arrojados por quienes no quisieron preservar la memoria de esas personas que sonríen, se agolpan en las fotografías que provienen desde los inicios del siglo XX, y recomponen un árbol genealógico que ahora parece despedazado, aunque se le haya logrado salvar de la corrosión y la desmemoria. El mantel se rearma con tejidos diversos, como piezas integradas a un tapiz donde no faltan manchas de vino, o los restos de otras bebidas y comidas que alguna vez fueron disfrutadas: un almuerzo lezamiano, un eco de aquello que Lezama nombrada en Paradiso como una “gossá familia” en el cual el Coronel “reunía toda la parentela hasta donde su memoria le aconsejaba, persiguiendo las últimas ramas del árbol familiar. Se agazapaba, se concentraba durante el año, y ese día movía los resortes de su locuacidad, de sus anécdotas, como si también le gustase ese perfil que tomaba un día solo del año”, según se lee en el primer capítulo de la célebre novela.
Ya conozco varios de esos rostros fotografiados porque los vi durante una presentación de La célula fundamental. En ese performance, sobre un lienzo extendido en la escena, a manera de sudario, eso álbumes se desplegaban ante la vista del público, mientras los textos de Katherine Perzant eran leídos por la propia autora. Fuera del entorno teatral, ahora El Ciervo Encantado empieza a utilizar ese archivo como una clave que invita a ir más adentro, como una operación que descompone la acción escénica para devolverla a un espectador más comprometido, que es invitado a abrir esos álbumes, a tocar las fotos una vez que se haya cubierto las manos con guantes, a enlazar un rostro con otro, una noticia aparecida en la prensa de la época acerca de este o aquel integrante de esa familia que según puede irse conociendo en esa suerte de pesquisa, tuvo una posición acomodada y de la cual algunos de sus descendientes terminaron en el exilio. Las fotos a color de esos otros paisajes se mezclan a una del Castillo del Morro, y otras de la Habana de la primera mitad del siglo pasado: la memoria es el último festín posible, una última cena reinventada a partir no de lo que podríamos comer sobre estos manteles, sino reimaginando que lo hacemos a partir de las fiestas que en esas fotografías empiezan a palidecer, y que probablemente hubieran sido destruidas, de no haberse salvado de uno de los tantos basureros que hoy crecen, como desierto de desechos, por toda la capital y más allá.
La mayoría de los que llegamos hasta el Palacio de las Ursulinas, no conocemos la puerta tras la cual Yornel Martínez ha creado su estudio. Hay que llamar a Mariela Brito, decirle que nos ayude enviando algún guía para lograr traspasar el umbral correcto, todo tiene el espíritu de una conjura, de una concelebración donde lo teatral empieza desde ese instante. Y perdura en la complicidad de los que vamos llegando y terminamos ante la mesa, reconociéndonos o saludándonos por vez primera, gracias a lo que propone El Ciervo Encantado. Nelda y Mariela nos invitan a hallar los lazos entre una foto y un documento, a rearmar el árbol deshojado y desperdigado, como quien imagina coordinadas y latitudes en un mapa de la memoria. Me doy cuenta de que varios de estos espectadores, cuando el grupo empezó su vida en 1996, eran probablemente niños o adolescentes, y me alegra haber podido presenciar muchos de los espectáculos o performances que componen la línea que vertebra la vida del grupo, y poder seguirlo en esta nueva etapa. El Ciervo Encantado, que se alimentó de archivos y fuentes, es ya un archivo vivo que puede ofrecer sus propias fuentes para auto-regenerarse. Ese es el nuevo desafío, que lejos de desarticular su esencia, la coloca en otra dimensión y la multiplica. El siguiente paso sigue siendo un misterio, y hasta que no vuelva a aparecer en las redes otra convocatoria que nos conduzca a un nuevo cardinal, El Ciervo seguirá apareciendo o esfumándose como lo imaginó Esteban Borrero: una suerte de esencia que promete ser inalcanzable e inatrapable, al tiempo que sospechamos que de su posesión depende nuestro propio destino.

La persistencia es un modo de obrar, de crear incluso, cuando se tiene una conciencia ganada de quién se es y qué se espera obtener a través de esa maniobra que a otros puede parecer terca y obtusa. En el teatro, donde nada parece ser demasiado permanente, esa actitud de alerta puede ser una última luz de guardia. En un contexto en el que el éxodo y las carencias liquidan la obra de varios creadores y colectivos, en el que también hemos visto cómo algunos aliados (o quienes creíamos que lo eran) cambian de máscara y de postura para asegurarse pequeños beneficios que desdicen sus acciones y criterios precedentes, esa persistencia viene a ser también un último refugio. El grupo fundado por Nelda Castillo ha sido capaz de elaborar su propia bibliografía, ha aceptado y despedido a estudiosos, investigadores, testigos de sus avatares. En esa memoria también fragmentada que crece desde esas acciones hacia muchos otros puntos de una geografía que se va haciendo mítica, El Ciervo Encantado puede recomponerse en otras figuraciones. Más allá del escenario, como una provocación que no dejará de estar conectada a un nivel de nuestra realidad para dinamitarla y refractarla en otras alucinaciones. Acaso eso sea lo que vivimos ahora: un tiempo de alucinaciones, más que de profecías. En esta hora incierta, donde la Isla misma alucina sobre su presente y su porvenir, El Ciervo Encantado se mantiene vivo. Como el país, pese a todo. En un nuevo y creciente desafío, cargado de hiperteatralidad, como una mesa abierta ante los ojos y las manos de esta hora, creciendo tejido sobre tejido.


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