Daniel Céspedes Góngora: Regiones de la transficción

La escritura, la buena, siempre es cínica. Y bizca. Da en un lugar diferente al que pensábamos.
Carlos A. Aguilera
Considerando sobre todo el texto «Literatura postautónoma», de la ensayista argentina Josefina Ludmer, dispone y desarrolla Carlos A. Aguilera «Teoría de la transficción», prólogo para Teoría de la transficción. Narrativa(s) cubana(s) del siglo XXI (Editorial Hypermedia, 2020). Es un libro que evidencia no solo la amplitud de consideraciones del prefijo trans a partir del propio término ficción, sino su generosidad al abrazar voces de distintas generaciones.
Cuando algunos escritores ya obraban creativamente en regiones de la transficción o tomaban ese camino sin total conciencia, por supuesto, de un vocablo que ha surgido después de los resultados, ya asumían adrede aquello que estaba «fuera» de lo literario o artístico. De manera que para que determinados “patrimonios” del Yo se asomen o resuenen de manera distinta, había necesariamente que atender lo tenido a menos o pasado por alto. Aguilera registra: «La literatura, es decir, la construcción de un estilo, la rizomatización de un imaginario que no solo se afianza en el poder sino en multiplicidades contracanónicas, el delirio fantasmal con todas las posibilidades del Yo, lo ha invadido todo»[1]. Más adelante, en un prólogo que ensaya además la distribución equitativa entre párrafos breves y otros más extensos, se sostiene, casi como credo estético, lo siguiente:
La transficción, ¿qué duda cabe?, es para los que escribimos y pensamos sobre el límite-ahora, todo eso que ya no es literatura (aunque también lo sea, inactualmente), todo eso que configura un espacio donde el self, el imaginario y lo procesual niega la ideología que tradicionalmente la ha convertido en otra cosa, en bicho homogéneo.
Bicho que, para ser sincero, ni siquiera sirve para «fabricar realidad», tal y como sustentaba la Ludmer hablando del postautónomo, ya que lo transfictivo es precisamente eso que siempre se mueve encima de una red compleja, una red donde no es exactamente la realidad —entendida como presente— lo que está en juego, sino los diferentes factores que harán posible el delirio, ese caos donde goce y límite se entremezclan.
¿No es de hecho ese caos que asumimos usualmente como vida, el espacio donde construimos la transficción, el modelo que a la vez que para escribir nos sirve para insertarnos en todo lo que nos interesa?[2]
No cabe cerrar con más agudeza esta segunda parte. Porque, en principio, cabrían comparaciones de nociones y pericias que implican procesos complementarios como, por ejemplo, la transficción y la memoria. Pues la transficción se equipara a la memoria o tal vez más al polémico término posmemoria. A esta última, acaso por su fuerte voluntad creadora, supuestamente ilimitada. A la memoria, porque «no nos da una realidad o un pasado unívoco, sino ambiguo y quizá múltiple», como diría Guillermo Sucre[3]. Digna de recordarse, porque se perpetúa además en la escritura: «La transficción es solo un territorio, un goce, una reflexión, un performance», escribe Aguilera. ¿Performance solo para quien ejecuta ante la mirada en apariencia inerte de otros? Así, en «Cabeza», Ramón Hondal confirma: «Si la cabeza escribe la letra no es / otro reconstruye la letra / rostro maquillado lo escrito / el que escribe queda en silencio por el que reconstruye / lo leído copia la letra que se escribe con una mano cortada / por eso restaurar / la cabeza siempre a restaurar /»[4].
A propósito de la memoria creadora, Idalia Morejón Arnaiz en «Una artista del hombre», comparte las frustraciones de una chica que desea hacer arte de su ¿propia existencia? ¿O no se trata más bien de lo que aspira sumar a su existencia? Pues, ¿qué se va a recordar de una vida limitada? Se cuenta: «Como una medium, Poquita Cosa abre los ojos mientras despierta del trance de tener que revivir para este libro una vida tan lamentable: “Todo lo que digo solo sirve para construir relaciones que nunca existieron, perpetuar momentos que solamente yo habré de recordar”»[5]. O como le dirá uno de los personajes a otro de «White Trash», de Jorge Enrique Lage, en esa Cuba posapocalíptica: «Estás desviando la atención. Estás contándome toda una historia imaginaria para evadir tu propia historia. La historia real».
Pablo de Cuba Soria en «Una armazón que sobre sí misma se arma», relata, exponiéndolos, las partes de un utópico conjunto y el hacerse de la propia estructura hasta llegar a un «Diccionario universal de resonancias»:
Igualmente ensaye se argumento: personajes ya situados, postergadas acciones propensas a gaguear, había una vez, etcétera. Las llagas desviaban la atención de los niños, esto es, una ligereza con propensión a deformar se.
Así se manifiesta lo social, con barquillos de helado goteando sobre un banco, en la expresión de un día, canturreando, viendo a los portadores caer como parte de una estructura verbal, de una camisa de fuerzas o andamiaje léxicos[6].
Mientras Castresana, el de los adjetivos precisos, protagonista de «Abedulia», de Waldo Pérez Cino, intenta amenizar una permanencia en Europa del Este en una atmósfera fragmentaria que amonta imágenes complementarias de un paisaje carnal compartido con ese otro urbano y rural que ha observado desde un tren y con el destino estético propiciado por la lente de su cámara fotográfica.
En «El atleta que surgió del frío», Iván de la Nuez, escribe: «Si hablo de «competencia atlética» no es por utilizar una metáfora gratuita. Es porque las imágenes provenientes de la esfera del deporte son muy sintomáticas para aproximarnos a reformular el mundo»[7]; suerte de ensayismo que no teme revelar en su primera parte ni su disposición narrativa y menos remedar a ratos una balanza estética de orden textual, donde la concordia entre párrafos extensos y cortos, recuerda tanto la hazaña de la competencia y los participantes —sus ritmos— como la condición de nuevos héroes modernos. ¿Qué se necesita para ser un héroe nacional?
En «Antihéroe. Un homenaje a José Martí», relato crítico contra la uniformidad de procederes, Legna Rodríguez Iglesias, sobre las reiteraciones de (re)nombrar espacios: «El nombre de la plaza es el de un héroe. La falta de imaginación hace que las mejores cosas tengan nombres de héroes. Nombres de personas que ya no existen. Personas que fueron necesarias para la ciudad, o para el país, o para el continente. Personas que ya no son necesarias para nada»[8]. Personas que, de continuo, están más entre el pasado y el futuro —a ratos más en el pasado— que en el presente como en «9550», de Abel Arcos. Personas que ancladas en la Historia descuidan su vida o pretenden hacer de la suya una tentativa de modelos antiguos como en «Cerdos y hombres, o, el extraño caso de A.», de Ronaldo Menéndez.
En un segundo momento de «El atleta que surgió del frío», De la Nuez salta acertadamente al campo literario con Paisaje pintado con té, la novela de Milorad Pàvic, para remarcar no solo la importancia de la mutabilidad geográfica sobre la manera que interactuamos y reformulamos el mundo: «Ha ocurrido una inundación hacia el oeste que provocará consecuencias culturales de tanta envergadura como la occidentalización del antiguo mundo comunista»[9], sino el ocaso de ideologías y sus intentos de sobrevivir bajo la máscara de un sistema fracasado. La simulación en la lucha por la vida ¿De quién era esto?… Sí, de José Ingenieros. «¿Cómo será el mundo post-Berlín? ¿Cómo detener las formas desnudas del avance del capitalismo en un planeta sin el contrapeso del socialismo real?», son preguntas que se hace De la Nuez para reparar hacia la tercera parte de su texto («Entre la patria y la muerte») en su propia categoría de poscomunista, de «hijo de la Utopía» a «hermano de la Atlántida»: «hay que dejar de ser el Homero que uno fue para convertirse en el Ulises que puede llegar a ser. Cambiar la escritura por la navegación, sordera ficticia ante los cantos de sirena, y la siempre patente (y patética) posibilidad de regresar a un lugar que no existe»[10].
¿Un lugar que no existe? «Quizá la Utopía sea eso: lo que no puede ser visto de golpe» declara Simone de Beauvoir en la trama de «Umbral», de Rolando Sánchez Mejías. De ahí que Radamés Molina en «Prosas» recuerde que la historia es el mero resultado de un consenso y coloque entonces a Hume en un papel de espía en suelo francés poniendo en boca de él «que le resultaba imposible delimitar en qué medida era un espía y en qué medida un agitador revolucionario». Es un apropiarse y reanudar la posibilidad histórica, sin necesidad de la referencia exacta, o sin que siquiera importe ser asumido por la historia como en «Sin descansar ese verano», de José Manuel Prieto, o «Nuevas revelaciones sobre la muerte de mi padre» de Carlos A. Aguilera, porque se trata de vivir el presente para eliminar a quien se considere enemigo, como el personaje infame de «Nuevas revelaciones…», ese que descarta todo sentir y proceder deslealmente triunfalista: «¿se imagina usted que a usted le digan en plena calle y con el sol de golpe: que el futuro te sea próspero, así, sin introducción ni nada: Que El Futuro Te Sea Próspero?»[11]. ¿Cómo hubiera él tratado la «locura mundana y graciosa, quizás más terrible y definitiva» del Boris Santiesteban de «Off Side», de Carlos Manuel Álvarez?
Si bien en «Diario de Olympia Heights», de Michael H. Miranda, un género literario remite a otras lecturas «Busco los libros que son y a la vez se niegan a ser, porque ese tipo de libro me inquieta con preguntas, me interroga, me provoca un cosquilleo en el centro mismo de mi condición lectora. Y a la vez mantienen un tanteo que no sobrepasa, o a veces sí pero no tanto, ciertos límites en los que me suelo sentir muy cómodo»[12], entre lo narrativo y anecdótico, entreteje voces diversas a la suya como si no le costara ningún esfuerzo. Sabe no solo donde vale la cita, sino el comentario sobre ella, sobre otro asunto, sobre el autor, como cuando se refiere a De Cuba Soria empezando por Baquero y considerando a Lezama y dice:
No es posible conocer bien a Paul y no atender las razones de Baquero, pues es Paul el mayor degustador de steaks que he conocido. Las bases de una alimentación a base de proteínas de carne roja serían así el sostén de una escritura que desmenuza, tritura el lenguaje para hacer de él su alimento esencial. Paul pone trabas a una circulación normal del lenguaje, no nos deja captar un sentido común para actos y figuras, nos impide jugar con las mismas reglas de siempre. Es autor de artefactos de compleja gramática que nos sacan de nuestra zona de confort[13].
Dinamitando los supuestos límites de su bios, es cuanto hace asimismo Ernesto Hernández Busto en «Diario en Kioto». Lo que parece circunscrito a un concreto espacio cultural, alcanza una variable transnacionalidad. Conecta el autor:
Por extraño que parezca, según me explicó anoche A., aquí empezó el descubrimiento de América. Es una historia que ilustra a la perfección aquel mecanismo de la «vivencia oblicua» y las «eras imaginarias» de las que hablaba Lezama Lima. Para nosotros, nacidos en el otro lado del mundo, todo habría comenzado en este templo donde estoy ahora, la mayor estructura de madera y la más grande estatua de Buda en todo Japón[14].
En su prólogo, Carlos A. Aguilera tiene la seguridad que todas las obras seleccionadas para esta antología no cumplen siempre al pie de la letra lo que pudiera englobarse como transficción “pura”. Y tiene razón. Se trata más bien de la aventura y aptitud de autores conscientes de cuanto pueden hacer, desde la escritura, con temáticas otrora desechadas por menosprecio genérico y de otras índoles. Léase el juego de nombres y personajes de Ena Lucía Portela en «La urna y el nombre (Un cuento jovial)». ¿No es transficción expuesta lo que plantea el narrador de Ahmel Echevarría en «Como un gato» cuando se impone:
Romper los límites entre literatura y vida. ¿De eso se trata todo?
Subvertir. ¿Disentir?
¿Qué es la literatura?
Creo saber qué es la vida. El yo utilizado para enunciar no es un yo colectivo. No es un dispositivo colectivo de enunciación…[15]?
Aquí no se incurre tampoco en el sacrificio de lo que se cuenta en beneficio único de una estética: «Cada escritor —cada buen escritor— además de un rótulo es otra cosa: un devenir, una negación de lo que ya está, una salida, un quiebro. Y todos los textos presentes en Teoría de la transficción pueden ser entendidos, qué duda cabe, de otra manera»[16]. De hecho, porque también pueden ser asimilados fuera de un campo de construcción teórica, el presente volumen se goza en grande.
[1] Teoría de la transficción. Narrativa(s) cubana(s) del siglo XXI, Carlos A. Aguilera (ed.), Editorial Hypermedia, 2020, Estados Unidos, p.11.
[2] Ibídem., p.12.
[3] Guillermo Sucre: Borges, el poeta, Monte Ávila Editores, Caracas, 1967, pp. 139-140.
[4] Teoría de la transficción. Narrativa(s) cubana(s) del siglo XXI, ob.cit., p. 186.
[5] Ibídem., p.123.
[6] Ibídem., p.140.
[7] Ibídem., p.192.
[8] Ibídem., p.25.
[9] Ibídem., p.194.
[10] Ibídem., p.197.
[11] Ibídem., p.160.
[12] Ibídem., p.54.
[13] Ibídem., p.57.
[14] Ibídem., p.95.
[15] Ibídem., p.83.
[16] Ibídem., p.16.
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