Luis Cino: Los apagones también enferman la mente de los cubanos

DD.HH. | 15 de julio de 2026
©El periódico de la energía

Desde hace varias semanas, en la zona del municipio Arroyo Naranjo donde vivo, todos los días quitan la luz al atardecer y no la vuelven a poner hasta el día siguiente, a media mañana. O sea, el apagón dura entre 16 y 18 horas. Eso, si no se produce una de las tantas caídas del Sistema Eléctrico Nacional (SEN), caso en el que la luz puede demorar 48 horas o más en volver. 

Son horas y horas de oscuridad en las que nada se puede hacer: ni leer, ni ver televisión, ni escuchar música, ni siquiera conversar, porque se agotan los temas de conversación, o dormir, porque el calor, los mosquitos y los jejenes no lo permiten.

Me temo que, como a la mayoría de mis compatriotas —los no privilegiados, quiero decir—, tantas horas de oscuridad, sumadas a todas las demás penurias que padecemos —la comida que se echa a perder en el refrigerador, el agua que falta en las tuberías desde hace semanas, etcétera—, están afectando mi psiquis.

Sucede que, durante las largas madrugadas en vela, cuando el sueño vence finalmente a mi mujer y ya no se escuchan las voces de los vecinos, sentado en el portal me da por recapitular mi vida. En detalle, minuciosamente. Como dicen que hacen, en sus últimas horas en este mundo, los condenados a muerte o quienes agonizan en su lecho de enfermos terminales.

Y eso, créanme, más que preocuparme, me deprime bastante y, a veces, hasta me asusta.

No les voy a negar que muchas veces esas cavilaciones, en medio de las tinieblas y del zumbido y las picadas de los mosquitos, me devuelven, con una mezcla de nostalgia y ternura, buenos recuerdos de mi juventud; de familiares, amigos y amores que ya no están; de momentos felices que hoy, de tan distantes, me parece imposible haber vivido alguna vez.

Pero son más los malos recuerdos. Los de las malas rachas, que fueron frecuentes y demasiado largas; las traiciones y decepciones; los temores y aprensiones que tuve que aprender a domar; las celadas que me tendieron y los modos que hallé —o no— para eludirlas; las veces que tuve que callar cuando reventaba por decir lo que pensaba.

Y siempre vuelvo a constatar que la culpa de casi todo lo malo, de casi todo lo triste, de la mayoría de mis fracasos, tiene que ver, de un modo u otro, con las circunstancias originadas por el régimen bajo el que se ha desarrollado mi existencia.

Me incomoda repasar los errores que cometí en mis relaciones familiares y amorosas, en la crianza de mis hijos, en amores que no valieron la pena, en el trato con los amigos o con algunos que consideré como tales y no lo eran. Pero ya es demasiado tarde para rectificar o hacerlo todo distinto de como fue, para que las cosas hubiesen salido mejor o, al menos, menos mal.

Lo que hice, como pude, mejor o peor, fue, como decía Sinatra, a mi manera. Y, pese a los reproches que no paro de hacerme, mi conciencia no sale demasiado mal parada de estas revisiones. Eso me consuela y me da fuerzas para seguir. Porque espero conservar la cordura y las fuerzas, sobrevivir a las calamidades de la continuidad castrista y ver el fin —que no presiento lejano— de esta pesadilla.

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Publicación fuente Cubanet