Antonio Gnoli: Entrevista a Alvar González-Palacios / ‘Fue la gracia demoníaca de Longhi la que me hechizó y me introdujo en la historia del arte’

Uno de los más grandes historiadores del arte, nacido en La Habana, donde vivió hasta los años de la revolución, afirma: «Salí de Cuba por primera vez entre 1954 y 1955. Mi madre y yo vinimos a Europa. Pasamos unos meses en Londres, luego en París y finalmente en Italia».
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Ha vivido en Italia durante más de medio siglo y es considerado uno de los más grandes historiadores del arte, con una pericia inigualable en esos campos «menores» que en realidad son la delicia de los grandes conocedores. Muebles, piedra, mármol y joyas cobran vida bajo su mirada cubana. Alvar González-Palacios nació en La Habana, donde vivió hasta los años de la revolución: «Salí de Cuba por primera vez entre 1954 y 1955. Mi madre y yo vinimos a Europa. Pasamos unos meses en Londres, luego en París y finalmente en Italia. Regresamos a La Habana. Una ciudad hermosa, extenuada por una revolución que aún no había triunfado. Sin embargo, no esperaba otra cosa. La vida se había complicado. De repente, cerraron las universidades. Estaba desperdiciando mis veinte años. Una vez más, fue mi madre quien me instó. Tienes que decidir adónde ir, me dijo».
¿Y decidió?
En realidad fue mi madre, una mujer de carácter fuerte, quien sugirió el destino: Yale. Le respondí que odiaba Estados Unidos y que prefería ir a París. «No llegarías a ninguna parte, hay demasiadas tentaciones», me contestó. Al final, nos decidimos por Florencia. Una ciudad con una fuerte tradición artística, pero tranquila.
¿Su padre compartía sus decisiones?
Mi padre murió en 1952. En mi vida, fue la persona a la que menos entendí. Trotskista —más por reacción a su clase burguesa aristocrática que por convicción ideológica— pasó varios años en prisiones cubanas. Al final de su vida aceptó la oferta de Batista —el hombre que lo había encarcelado— para convertirse en Ministro de Cultura.
¿Cómo fue posible?
El gobierno corrupto de Prío Socarrás fue derrocado y reemplazado por el golpe de Estado de Fulgencio Batista. Mi padre aceptó la oferta. Era un hombre honesto. Un hombre enfermo. Esos pocos meses que pasó en el ministerio fueron un tormento. Recuerdo la infelicidad reflejada en su rostro. Y el sufrimiento. No se daba cuenta de que las atrocidades de Batista lo estaban aislando por completo. Cuando digo que no lo entendía, me refiero a esto: ¿por qué? ¿Qué razón tenía para participar en una aventura política que solo le traería descrédito?
¿Y nunca encontró una respuesta?
No pude. A lo largo de los años he reflexionado sobre aquella relación. No había afecto. Recuerdo que cuando él murió —víctima de un infarto—, no sentí pesar. Vi aquel cuerpo, ya rígido, en la cama del hospital. Las pocas pertenencias reunidas sobre una mesita. Todo había sucedido con tanta precipitación, dejando un rastro de desorden a su paso. Yo tenía quince años. Y me sentía avergonzado por no sentir dolor alguno. A través de las ventanas de la habitación La Habana parecía una ciudad irreal.
Se quedó allí unos años más.
A pesar de la corrupción y la violencia, durante un tiempo la vida siguió siendo buena. La ciudad era hermosa. Pero al final explotó. Se podía ver el pánico y la desorientación en los rostros de muchos ricos. Tuve suerte en cierto sentido. Porque me fui antes de la catástrofe. En 1957 finalmente llegué a Italia.

¿A Florencia?
Sí, quería continuar mis estudios de literatura. Había oído maravillas del erudito italiano Giuseppe De Robertis. Pero descubrí a Roberto Longhi. Había asistido a algunas de sus conferencias. Me cautivó. Le pregunté si era posible asistir a sus seminarios. Aceptó. Recuerdo que me habló en español. Demostró un gran conocimiento de la pintura mexicana.
¿Qué era lo que le fascinaba de Longhi?
Su gracia demoníaca. Su conocimiento de la historia del arte era asombroso; su ojo infalible; su elección de palabras siempre acertada. Podía ser duro y caprichoso. Podía transformarse —sin razón aparente— de una persona cálida en alguien frío y distante.
¿Y cómo se vivía tal arbitrariedad?
Con desconcierto y, a veces, desesperación. Pero a él —como a un verdadero monarca— no le importaba. De hecho, si algo le encantaba era sembrar la discordia entre sus alumnos. Era casi como si tuviera un deseo inconsciente de destruir lo que había creado. Reaccionaba con la mentalidad de un jugador.
¿Qué quiere decir?
Nada existía fuera del riesgo. Y de la apuesta. El dinero no le importaba —o al menos, no le importaba perderlo—. Su obsesión estaba impulsada únicamente por el juego. Podían ser chapas de cerveza, la bola de la ruleta o una secuencia de cartas; mientras el juego pudiera convertirse en una apuesta, él lo apostaba todo. Una madrugada regresó a casa tras haber perdido su villa en Forte dei Marmi, su reloj y sus gemelos de diamantes.
¿Conoció también a Bernard Berenson?
Decir que lo «conocía» sería una exageración. Ya tenía noventa y dos años cuando le envié una nota y me invitó a tomar el té en su villa, I Tatti, a las afueras de Florencia. Fue muy cortés. Lo vi tal vez tres o cuatro veces. Visitarlo era como acudir a la corte. Tenía la sensación de que toda la luz, el esplendor y la frivolidad diurna daban paso a las angustias nocturnas.
Se ha hablado mucho de la rivalidad de Berenson con Longhi.
No era un mito. Siempre pensé que ambos estaban hechos para amarse, pero no para entenderse.
¿Qué quiere decir?
Tenían la talla necesaria para tratarse de igual a igual. En realidad, no hicieron mucho más que enfrentarse. Era como un juego perverso, uno que Longhi alimentaba desde las páginas de su revista, Paragone. Solo en sus últimos años se produjo una especie de reconciliación. Me pareció un desenlace apropiado para la relación entre dos gigantes de la historia del arte: dos figuras clave que se habían dedicado al mercado del arte sin dejar que este los corrompiera. Mientras tanto, las noticias que me llegaban de Cuba hablaban de una revolución que se había consolidado. Mi hermana me escribía rebosante de entusiasmo por Fidel Castro. Luego, también mi hermano y mi madre se adhirieron a los principios de Castro. Yo estaba horrorizado y, para entonces, me había quedado sin ingresos.
¿Es por eso que decidió mudarse a Milán?
Longhi me «vendió» a Feltrinelli.
¿Cómo que lo «vendió»?
Me estaba muriendo de hambre, literalmente. Longhi entendía perfectamente que sin un medio de vida no duraría mucho en Italia. Así que me invitó a almorzar para presentarme a dos figuras de Feltrinelli. Uno era Mario Spagnol; el otro, el mismísimo Giangiacomo [Feltrinelli]. Este último era un hombre corpulento: llevaba bigote, gafas y tenía un aire algo arrogante. Me preguntó de inmediato: «¿Serás capaz de ganar la suma que ofrecemos?». La editorial buscaba un editor experto en historia del arte. Respondí que haría todo lo posible.
¿No le pareció simpático?
Parecía un hombre con una infancia infeliz. Cuba, Sierra, Che, Fidel eran sus ídolos. Lo escuché con paciencia. «Eres un aristócrata, no puedes entenderlo», me dijo Giangiacomo. Lo veía como a un romántico desgastado por su propia historia personal, incapaz de distinguir entre el mundo real y el mundo de los sueños.
Sin embargo, estos fueron años importantes para la editorial.
Sin dudas. Habían aparecido El gatopardo y Doctor Zhivago: dos éxitos editoriales mundiales. Surgía el Grupo 63, aunque su suerte me fue indiferente desde el principio. La única persona del grupo que me intrigaba era Arbasino; los demás me parecían pura frivolidad cultural. Propuse algunos libros, entre ellos los diarios de Berenson. Entablé amistad con Spagnol y Michele Ranchetti. Durante un tiempo, también frecuenté a Giovanni Testori.

Él también era historiador del arte.
Un hombre atormentado por la historia del arte. Yo gestionaba sus libros en la editorial. Su estilo retórico me parecía espantoso, a pesar de que poseía un profundo espíritu cultural. Era profundamente católico y, por tanto, estaba a un mundo de distancia de mí. Una tarde me mostró algunos de sus poemas y me preguntó si debía publicarlos sin herir la sensibilidad de su madre. Al principio no lo entendí. Luego me di cuenta de que estaban dedicados a un amigo. No le dije que fueran malos, sino que estaban cargados de un deseo homosexual explícito: «No sé, Gianni, si tu madre lo entendería». Me miró y, tras una larga pausa, dijo: «¡No puedo renunciar a publicarlos; tengo responsabilidades morales hacia mi arte!».
Vivíamos como si solo existiera lo absoluto.
A mi parecer había cierta ingenuidad de por medio, aunque aquel hombre era todo menos ingenuo. Los años de mi —tal y como lo llamo— exilio milanés, transcurrieron sin que llegara a enamorarme realmente de la ciudad. Regresé a Florencia en vísperas de la inundación de 1966.
¿Cómo vivió los dramáticos días del Arno?
Con conmoción y humillación. Los diques rotos, el barro, los coches sumergidos, el hedor penetrante y nauseabundo de los cadáveres de animales, las iglesias dañadas, las obras de arte destruidas… no hubo ni un solo aspecto de la vida humana que no fuera arrastrado a aquel infierno acuático. Creo que aquello duró cerca de un mes. Pero los efectos —las cicatrices— perduraron durante mucho tiempo. Fue entonces cuando comprendí verdaderamente la naturaleza pragmática de los florentinos. En cualquier caso, aquel mundo fue sometido a una dura prueba.
¿Veía a alguien?
Durante algún tiempo continué viendo a Nicky Mariano —la inestimable colaboradora de Berenson— y también a Longhi y a su esposa, Anna Banti. Nicky murió en 1968. Longhi falleció dos años más tarde.
¿Cómo era la relación entre Longhi y Banti?
Por parte de él, indiferencia; por parte de ella, una profunda veneración mezclada con celos posesivos. No soportaba la presencia de otras mujeres y, sin embargo, al mismo tiempo, intentaba proteger a su marido de cualquier amenaza potencial. Cuando Longhi enfermó de cáncer, ella pasó años tratando de negar la existencia de la enfermedad. Finalmente, un médico le explicó la gravedad de la situación y le comunicó que el Maestro había entrado en un declive irreversible. Solo entonces asimiló la realidad. Lanzó un grito sobrehumano. Se encerró en un armario gritando que no era verdad. Empezó a golpearse la cabeza contra la puerta, sufriendo un desprendimiento de retina en el proceso. Luego, se calmó. Sin ella, es posible que la Fundación Longhi nunca hubiera llegado a existir; le debemos gratitud. En cuanto a mí, la muerte del profesor coincidió con mi traslado a Roma.
¿Por qué eligió Roma?
Porque la consideraba, y aún la considero, la ciudad más hermosa de todas. Porque mis mejores amigos estaban aquí, y mis intereses como conocedor e historiador del arte gravitaban aquí. Trabajé para Dino Fabbri, viajé por el mundo montando y organizando exposiciones, y el mundo se dejó reflejar fácilmente en la ciudad de Roma. Al principio predominó la inercia; fueron años agradables, aunque decepcionantes. Luego, el verdadero alcance y la trascendencia de mi trabajo cobraron protagonismo. Y fue como si todo lo que había aprendido, y todas las personas que había conocido —desde John Pope-Hennessy a André Chastel, desde Mario Praz a Giuliano Briganti, desde Harold Acton a Francis Haskell— convergieran en un mundo de curiosidad y aventura atemporal, muy alejado de la pedantería.
¿Y Federico Zeri?
Una personalidad compleja. Nos vimos durante un tiempo en Milán. Luego en Roma. Finalmente, durante siete largos años solo hubo un silencio cargado de resentimiento y desprecio.
¿Zeri fue también alumno de Longhi?
No exactamente. Empezó como botánico: una mente impulsada por una necesidad absoluta de clasificar las cosas. Tenía predilección por lo insólito. Parecía casi poseído por un impulso destructivo hacia las cosas. Estaba constantemente enfrentado a todo el mundo. Brillante e infeliz. Y como todas las personas infelices, capaz de hacer infelices a los demás. Recuerdo que Longhi detestaba a Zeri. No sé por qué. Una vez me dijo: «¿Alguna vez has visto cómo te mira un cisne cabreado? ¡Así es como me mira Zeri!». Por otro lado, Zeri estaba convencido de que Longhi había hecho todo lo que estaba en su mano para impedir su ingreso en la universidad.
¿Y era cierto?
No lo sé. En cualquier caso, me pareció un asunto irrelevante, dado el reconocimiento internacional del que gozaba. Federico conocía de memoria todos los cuadros de Tiziano o de Masaccio. Que realmente los amara era otra cuestión. La autoridad establecida le irritaba. Y, hacia el final de su vida, parecía más un personaje de Ionesco que alguien salido de las Vidas de Vasari. Ya no había forma de mantener una conversación seria con él. Escucharlo significaba escuchar las tres o cuatro voces que hablaban en su lugar. Resultaba difícil llegar a alguna parte.
¿Por qué fue que estuvieron siete años sin hablarse?
Por una discusión irreconciliable. Todo surgió de nuestra larga colaboración en Il Giornale dell’Arte, de Umberto Allemandi. Fui a visitarlo a su casa en Mentana —donde vivía— únicamente para aclarar ciertos rumores, como la afirmación de que yo me había atribuido todo el mérito de la revista. Fue un encuentro desagradable. Hubo palabras duras. Me echaron de la casa. Sé que, de vez en cuando, preguntaba por mí: «¿Qué hace el «loco de las Antillas»?», que era el apodo que me había puesto. Me lo encontré en un aeropuerto antes de que muriera. Oí a alguien gritar: «¡Alvar! ¡Alvar!». Era él. Apoyado en un bastón. Encorvado. Devastado por la artritis. Su cuerpo se había desmoronado. Hicimos las paces. No era un mal hombre. No era un hombre inteligente. Era impredecible y brillante.
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Publicación fuente La Repubblica, 23 de febrero, 2015 / Título original: Alvar González-Palacios: «Fu la grazia demoniaca di Longhi a stregarmi con la storia dell’arte» / Versión al español: InCUBAdora.
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