Daniel Céspedes Góngora: Entrevista a Alfredo Alonso Estenoz / ‘Un texto es lo que uno escribe, no lo que quiere o proyecta escribir’

Así como que un cubano se considere estudioso de la obra de María Zambrano, motivando cierto recelo sin necesidad para algunos académicos españoles, figurémonos cuánto implica tener a Jorge Luis Borges como autor de cabecera y, para colmo, codirigir el Centro Borges y una revista (Variaciones Borges), ambos de la Universidad de Pittsburgh. Más que un capricho intelectual, el estudio apasionado y riguroso de Alfredo Alonso Estenoz (Agramonte, Cuba, 1971) por Borges ha tenido que afrontar recesos y renovados ánimos para su continuidad. Se trata de una cuestión de ética profesional, de constancia justificada.
Alonso Estenoz es profesor titular de lengua española y literatura latinoamericana en el Luther College (Iowa, EE. UU.), ha sabido sortear disímiles obstáculos que han ido de las limitaciones en Cuba de qué y cómo leer al argentino universal, considerar la literatura de tema homosexual escrita en Cuba después de 1959, hasta no soslayar la escritura de su propia vida para hablar de su padre y más. De hecho, muy pocos se han atrevido a escribir sobre su experiencia de vida desde la degradación del cuerpo de su progenitor como Alfredo Alonso Estenoz.
Con el autor de números artículos, pero sobre todo con el de libros como El arte más antiguo (2008), Borges en Cuba. Estudios de su recepción (2017) y Diagnóstico incierto. Una crónica del sistema de salud en Cuba (2024), dialogo.
Recuerdo que, por mucho tiempo, Páginas escogidas de Jorge Luis Borges, parecía ser el único volumen que le permitió a algunos lectores acercarse en Cuba al autor de El Aleph; recuerdo que cada vez que pedía una edición en una biblioteca, las anotaciones de algunos lectores encima del prólogo elogioso de Retamar eran muy críticas. Para quienes no conozcan Borges en Cuba. Estudios de su recepción y La valoración múltiple sobre Jorge Luis Borges que concibió para Casa de las Américas en el 2021, ¿qué opinión le merece aquel prólogo?
Ese texto fue la introducción de muchos lectores cubanos a Borges. La mayoría de la gente de mi generación no tenía idea de quién se trataba ni de su importancia en la literatura latinoamericana.
El prólogo tiene dos partes: la anécdota de cómo Retamar se reunió con Borges, el diálogo que sostuvieron (lo que ofrece una mirada a la vida de Borges en sus últimos meses), y luego una introducción a su obra que toca aspectos esenciales de esta y de su recepción. Se percibe un aire de reconciliación por encima de las diferencias ideológicas que no dejan de aparecer. Retamar fue un crítico implacable de Borges y al mismo tiempo uno de sus mayores defensores. Las razones ideológicas, que él menciona explícitamente en ese y en otros textos, fueron las que motivaron su postura, pero su admiración hacia Borges se filtra, como él mismo reconoció, incluso por debajo de las críticas acérrimas.
Una de las cosas más importantes de ese prólogo es que Retamar menciona lo poco que se había estudiado hasta entonces la representación de la realidad y de la historia en Borges. Fue de los primeros críticos que llamó la atención sobre este aspecto. Varios años después, Daniel Balderston, con quien dirijo el Borges Center, publicó un libro —¿Fuera de contexto?, en su versión en español— que cambiaría la percepción de Borges como un escritor distanciado de su contexto y demostró que se encontraba inmerso en los asuntos históricos de su época. La única diferencia es que los trataba de forma altamente metaforizada. Entonces se advirtió que Borges, contrariamente a lo que se creía, no era un escritor extranjerizante, sino que se reveló, entre otras cosas, como anticolonialista, antifascista y antinacionalista.
Esta pregunta es declaradamente un lugar común, pero no está de más hacérsela: ¿qué hace a Borges una figura tan atractiva?
Voy a concentrarme en una razón que se ha evidenciado en los últimos años, con el estudio de sus manuscritos. Una muestra de estos se encuentra en un volumen del que fui uno de los editores, Cuadernos & Conferencias, una selección de las notas que Borges escribió para prepararse las clases y conferencias que impartió entre 1949 y 1955. Allí se comprueba que las lecturas de Borges fueron increíblemente abarcadoras y diversas. Leía en inglés desde niño y aprendió francés y alemán de adolescente. Ello le permitió el acceso a literaturas que entonces poca gente en América Latina conocía en su lengua original.
Ahora, la cuestión no es la cantidad de lecturas: es qué se hace con ellas. ¿Se limita a reproducirlas o las asume críticamente? Borges entabló diálogos críticos con todos los textos; no se dejó deslumbrar por los grandes nombres y obras, lo que correspondería a la figura del escritor colonizado por los saberes metropolitanos. Él asumió que esa era también su tradición y la trató, como dijo en “El escritor argentino y la tradición”, de modo irreverente y creativo. Demostró que no había temas vedados a los escritores latinoamericanos y que serlo no implicaba reducirse a temas del continente o a resaltar el color local.
En el poema “Un lector”, de Elogio de la sombra (1969), escribió: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; / a mí me enorgullecen las que he leído”. Puede pensarse que estos versos son una falsa modestia, pero uno comprende, después de indagar en las fuentes de Borges, que es cierto, que debía sentirse orgulloso de esa vastedad de lecturas y que ello le permitió construir una literatura tan rica de significados y relaciones. Solo un ejemplo: para cuatro conferencias que dio sobre Oscar Wilde en 1950, Borges consultó más de 60 títulos, lo que demuestra su rigor intelectual y el respeto admirable hacia su público.

Un libro como Diagnóstico incierto. Una crónica del sistema de salud en Cuba, parece a ratos un dietario del enfrentamiento entre el cuerpo (en este caso, el de tu padre) y la medicina. ¿Qué le motivó a escribirlo?
Nunca concebí el libro como un proyecto. Comencé anotando algunas observaciones, en parte para que no se me olvidara la experiencia, en parte como un intento de entender qué había pasado con la enfermedad de mi padre y el tratamiento que recibió dentro del sistema de salud cubano. Pero entonces no tenía idea de que se convertiría en un libro. Cuando llegué a cierto número de páginas, me di cuenta de que la historia podía seguir por varios caminos, y que no era solo un relato personal, sino que reflejaba la relación de los cubanos con el sistema de salud y con las instituciones del Estado.
¿Conocía otros libros de memorias o escrituras de vida, como Scar Tissue de Gustavo Pérez Firmat, por ejemplo? ¿Algún otro texto le sirvió como punto de partida?
No quise leer ningún libro semejante durante el tiempo que tomó la escritura, en parte para que otros relatos no me influyeran. Eso me permitió también evitar formas o géneros prestablecidos. Mi único propósito fue escribir al menos dos páginas al día, y poco a poco la escritura fue tomando forma, en una mezcla de crónica personal, historia y análisis de discurso. Hay una cosa que aprendí, tan obvia que casi me da vergüenza decirla, y es que un texto es lo que uno escribe, no lo que uno quiere o proyecta escribir.
El relato o ensayo personal, las memorias y, de manera general, la no ficción (no sé si es la mejor traducción del término en inglés) es un género que en Cuba no se ha desarrollado ni explorado lo suficiente. Ello tal vez venga del prejuicio de que las vivencias de una persona —a menos que se trate de alguien famoso o de un testigo privilegiado— no interesan a nadie más y son solo un despliegue de vanidad. Pero ese tipo de historia aporta una perspectiva ausente en los relatos abarcadores, y suele contrastar con las versiones oficiales de los acontecimientos.
Atención médica versus campo. En Cuba casi siempre se ha creído que el hombre rural suele ser más fuerte que el de la ciudad. Al menos antes, porque hoy la situación del cuidado propio (y el de otros) muestra un deterioro lamentable. ¿Cómo lo aprecia con respecto a los tiempos de su padre?
Esa idea se basa en la creencia de que en el campo hay menos contaminación ambiental, la comida es más fresca (o pasa menos tiempo entre la cosecha y el consumo), de que la gente que trabaja en el campo, por causa de ese mismo trabajo, es más resistente físicamente. Esto puede ser parcialmente cierto, sobre todo con gente que vivió antes de la Revolución. Pero las condiciones se transformaron después de esta —la colectivización del trabajo, por ejemplo, con horarios y normas de producción establecidas— y eso debe de haber influido en la salud de los trabajadores. Ello en contraste con el campesino que trabajaba a su propio ritmo.
Como relato en el libro, mi padre pasó gran parte de su vida cortando caña y sí, físicamente, era un hombre fuerte. Pero hay un punto en que incluso el cuerpo más resistente necesita ayuda.
En el campo, por otro lado, ha sido más difícil el acceso a servicios de salud especializados. En un pueblo no suele haber médicos especialistas que trabajen allí de modo permanente, por lo que los pacientes deben viajar, como puedan, a las cabeceras municipales o provinciales.
En un momento de Diagnóstico incierto confiesa: “una de las memorias más persistentes que tengo de mi infancia son mis visitas al médico, el mundo de los policlínicos, su olor desagradable típico (o al menos, el olor de las instalaciones de salud en la Cuba de los años 70), esa mezcla de desinfectante y medicamentos. Entiendo por qué mi padre lo hacía: yo era un niño enfermizo y mi madre había muerto a los tres años de mi nacimiento. Mi familia pensaba que la enfermedad que había acabado con su vida era, de algún modo, hereditaria”. ¿A qué se debe, no obstante, que su padre se haya arriesgado tanto con su salud?
Tiene que ver, también, con las creencias de la gente del campo, por lo menos las creencias que venían desde antes de 1959. No sé si se trataba de una especie de desconfianza hacia los servicios médicos, y, por lo tanto, una confianza mayor en los remedios naturales (ya fuera el consumo de preparaciones o la sabiduría de los curanderos), o si obedecía a un temor comprensible por enfrentarse a instituciones que no sabían navegar bien. Es posible que también se mezclaran nociones acerca de la resistencia física y la hombría: cierto pudor, la idea de que había que resistir y enfrentarse a toda adversidad, no mostrar debilidad frente a los otros. Reconocer que se necesita atención médica, someterse a esta, expone a la persona a cierta vulnerabilidad, que no todos están dispuestos a aceptar.

En varios momentos de su libro menciona los estudios de Gilbert Berdine, Vincent Geloso, Benjamin Powell, Katherine Hirschfeld…, los cuales ponen en entredicho la eficacia del sistema de salud en Cuba, realidad que algunos médicos se atreven a revelar solo cuando desertan. ¿Qué piensa del “actual” sistema de salud en la isla y de su incapacidad de respuesta para atender a una población hambrienta y atravesada por apagones y carencias de alimentos?
La historia narrada en el libro ocurrió durante el año 2019. Las condiciones entonces, aunque también precarias desde el punto de vista material, serían mejores que las de ahora. Por lo menos el suministro eléctrico no tenía los problemas de hoy.
Más que de las carencias materiales, de las que todos en Cuba están conscientes, me interesó hacer un análisis de algunos aspectos culturales de los servicios de salud. Claro, que estos no se pueden aislar de los recursos disponibles. Hasta qué punto un elemento condiciona otro, esa es una de las preguntas del libro.
El ejemplo más recurrente: la limpieza de los baños. Mantener un baño limpio no requiere de grandes recursos materiales; sin embargo, los baños del hospital estaban en un estado lamentable la mayor parte del tiempo. Hay una situación objetiva: un solo baño para 18 pacientes y sus acompañantes no es suficiente. Pero hay otra dimensión: ¿por qué la limpieza no ocupa un lugar prioritario para la administración de un hospital? ¿No hay personal suficiente o la consideran un problema secundario? Uno de los días del ingreso de mi padre, supuestamente venía una inspección de la nación, y las enfermeras pasaron varias veces por las salas recordando que en las mesitas de noche solo podían estar el vaso, la cuchara y el ventilador. ¿Por qué no mostraban el mismo celo con la limpieza de los baños, que ese día tampoco mejoró?
Otros aspectos notables son la falta de comunicación y de claridad en lo que se informa sobre el estado del paciente y el pronóstico. Resulta imposible tener una conversación calmada con el personal médico, por no hablar de la privacidad, en medio del ajetreo de los hospitales. Nunca supe en qué etapa se encontraba la enfermedad de mi padre, qué podía esperarse, cuál era el curso del tratamiento, que parecía variar con cada consulta.
Toda esa información no la comunican porque, o no pueden dar una respuesta o consideran que no se comprendería. Tal vez obedezca también a un exceso de cautela, al temor por las repercusiones, pero eso es algo que se esperaría en un sistema como el de Estados Unidos, sujeto siempre a posibles demandas. En el caso de Cuba, pedir explicaciones, pedir una investigación imparcial sobre un caso, es, hasta donde sé, casi imposible. Uno de los estudios que cito en el libro menciona que dos tercios de los médicos encuestados no distinguieron bien entre error médico y negligencia.
Cuando una persona ha fallecido y se asume ese hecho, es comprensible, humano, que sus familiares busquen una explicación de lo sucedido. En Cuba, obtener esa información es difícil, y muchos más para una persona que vive fuera del país. ¿Cómo entender la diferencia entre lo que se puede hacer para salvar al paciente y lo que no se puede hacer por causa del avance de la enfermedad? Sobre ese límite, en mi experiencia y en la de otras personas que he conocido, es imposible obtener una respuesta.
¿Cuánto y cómo cree ha repercutido la emigración en esos temas que como escritor suelen marcarlo o, al menos, diferenciarlo con respecto a cuando vivía en Cuba?
Vivir fuera de Cuba, y no solo esto, sino también conocer otros países de América Latina y de Europa, le da a uno una perspectiva más amplia de cómo funciona un sistema de salud. No hay ningún sistema sanitario perfecto, pero he tenido experiencias directas o indirectas en varios sitios: Estados Unidos, España, Perú, Ecuador. He tenido incluso experiencias en Cuba con los servicios que les ofrecen a los extranjeros, cuando llevé estudiantes de mi universidad para cursos en la isla.
Hay muchas cosas dentro de Cuba que se tienen por normales y que son infrecuentes en otros países. Por ejemplo, el hecho de que citen a todos los pacientes para la misma hora. Que te citen a las 8:00 de la mañana no significa que te van a atender a esa hora: a veces, como ocurrió con mi padre, hay que esperar 4 y 5 horas antes de ser atendido. ¿Cómo puede una persona enferma esperar durante tanto tiempo y con tanta incomodidad, sin asientos o con asientos precarios? No hablo de los servicios de urgencia, que suelen abarrotarse en los grandes centros urbanos de todo el mundo, sino de consultas rutinarias planificadas.
¿La política y la reglamentación estatal cubana, no son, en principio, los primeros golpes al sistema de salud malogrados del país?
El sistema de salud no puede considerarse como algo aislado. Por mucha prioridad que reciba, la crisis económica lo afecta directamente. No creo que el gobierno sabotee su propio sistema sanitario, pero la prioridad de lo político en Cuba tiene sus repercusiones también en las decisiones médicas.
El sistema de saluda opera (o debe operar) con ciertos protocolos, pero estos son desconocidos para la mayoría de la población. ¿Qué prioridad reciben los pacientes, por ejemplo? ¿Cómo se determina esto? ¿En base a la edad, al estado físico general, al tipo de enfermedad? ¿Cuál es el recorrido que se debe esperar con enfermedades específicas? Uno de los médicos que atendió a mi padre me dijo que los casos como él tenían prioridad, pero la realidad es que pasaron 8 meses entre el diagnóstico y el inicio del tratamiento postoperatorio, cuando se sabe que la urgencia es fundamental en estos casos.
Entonces, de alguna manera, sí: determinados aspectos del sistema de salud, ya sean culturales o puramente materiales, afectan el funcionamiento de este. Si los reglamentos que rigen los hospitales también lo afectan, es algo que no sé, porque la mayoría desconocemos cuáles son esos reglamentos.
Una pregunta que recorre todo el libro es cómo es posible que Cuba tenga la proporción mayor de médicos por habitantes del mundo y, sin embargo, da la impresión de que no hay personal suficiente. Digo que “da la impresión” porque es una conclusión natural de las aglomeraciones constantes de pacientes en las diferentes áreas de los hospitales. ¿Es que acaso sí hay suficientes profesionales de salud, pero faltan espacios (consultas, policlínicos y hospitales) para que todos ejerzan? ¿O no se dispone de los equipos médicos necesarios para que todos puedan ofrecer sus servicios?
Una explicación que escuché varias veces es que durante los años que precedieron a la pandemia, Cuba tenía decenas de miles de médicos en misiones internacionales. Sin embargo, aun restando esos números de profesionales en el extranjero, la proporción de médicos por habitantes seguía siendo la más alta del mundo.
Este es un ejemplo de las contradicciones que quise explorar. Para muchas de esas preguntas, no tengo una respuesta definitiva. Lo que intenté fue narrar los detalles, incluso los más insignificantes, de lo que implica (o implicaba hace unos años) atender a una persona enferma en Cuba. Esto no se limita a la consulta médica, sino que incluye la transportación, la comida, la comodidad física, el cuidado en la casa, la higiene, la comunicación, los medicamentos, en fin, toda una serie de factores materiales y sociales que afectan la vida de un paciente.
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