Orlando Hernández: NUDO o la mejor manera de amarrar algunas cosas para que otras se zafen

Si por mí fuera te juro que lo habría dejado aquí mismo, en el título. Habria renunciado tranquilamente a escribir lo que sigue, que son sólo palabras, para que Vladimir y Marín convirtieran este espacio vacío en algo verdaderamente inteligente, provocativo, hermoso. Dejaría a lo sumo el título y un par de cuartillas, más abajo pondría mi nombre y mi apellido. Y que ellos hicieran ahí lo que quisieran, con total libertad. Sin consultarme. Sin pedirme permiso. Que sería algo así como firmarles una especie de cheque en blanco, ¿no es cierto?. Porque en eso consiste el gran crédito. O mejor dicho, la confianza. Y si no lo hago es porque se que simplemente quedaría en deuda. Pero de que me gustaria, claro que me gustaría. Si no estuviera en contra de los negocios entre amigos, sería para mí un negocio redondo que Nudo hiciera mi texto sobre Nudo. Mi texto o lo que fuera.
Cerraría los ojos y metería con gusto mis manos en el fuego. Y estoy seguro de que sería mucho más divertido y emocionante.
Nudo, ¿pero de qué tipo? No había pensado en eso. ¿Suave y elegante como el de las corbatas o áspero y corredizo como el de los dogales y las horcas? ¿Como el que aparece sorpresivamente en la madera y le parte los dientes al serrucho o como el que nos enreda la garganta (o las cuerdas vocales) cuando queremos decir algo importante y la emoción o el miedo no nos deja? La palabrita es sumamente ambigua y nos remite a una infinidad de situaciones A y B. ¿Un nudo mnemotécnico como el de los quipus peruanos, que permite almacenar gran cantidad de información histórica, política, cultural, etc., o como el del empalme eléctrico tipo Western Union, que según mi maestro de Educación Laboral permitía que la electricidad viajara mucho más velozmente a través de los conductores? Un nudo podría tratarse de un verdadero estorbo, de una incomodidad o, por el contrario, ser algo de vital importancia, imprescindible. Imaginemos estas dos situaciones: se te ha metido una piedra en el zapato (y ya se sabe que el que aguanta una piedra en el zapato, aguanta un tarro) y al tratar de sacártela descubres que el cordón tiene un nudo. O estás subiendo por una soga a cualquier sitio (a un balcón, al Himalaya) y sabes que todo depende de lo bien que hayas (o hayan) amarrado el nudo allá arriba. En ambos casos el nudo tendrá un significado muy distinto. ¿En cuál de esos nudos habrán pensado Vladimir y Marín cuando escogieron esta palabra para bautizarse e identificar así su trabajo en común? Quizás en ninguno. Quizás en todos ellos. O en todos menos en el llamado nudo gordiano, porque de haberse propuesto convertir su trabajo en un verdadero nudo gordiano, alguien habría venido a cortarlo de un tajo sin misericordia, como han hecho siempre los Alejandro Magno de todas las épocas. Lo cual, felizmente, no sucedió.

El Nudo vió la luz pública (?) en el año 1989, que en Cuba es una fecha casi tan memorable como 1959, con la gran diferencia, por supuesto, de que en 1959 bla, bla, bla, y en 1989 tao, tao, tao, como le hubiera gustado decir al filósofo (de doble filo) Chago. Nudo se estrenó nada menos que con el cartel del Juego de Pelota y se mantuvo bien apretado durante varios años. Pero en su corta vida (¿hasta el 1994?) logró estrangular muchas cosas que merecían ser estranguladas, sobre todo algunas viejas conversaciones (muchas de ellas ya escleróticas) de la llamada «edad de oro del cartel cubano», o posiciones timoratas y cobardes con relación al empleo de imágenes que cierta ideología de Jurasic Park por ese entonces imperante –¿sólo por ese entonces?– consideraba impropia y consecuentemente, prohibía y censuraba. Nudo trajo a la imaginería del cartel de arte cubano –y esto de «cartel de arte’ me gustaría explicarlo con más calma, porque no se trata tanto de diseño gráfico como de arte con soporte de diseño gráfico, cartelístico o algo así– un grupo de ideas, de personajes, de objetos, de símbolos completamente inusitados para aquel momento: como aquel formidable Supermán que hicieron para la exposición de Maestros de la Pintura Cubana, uno de los carteles más grandes, hermosos y atrevidos que se han hecho en Cuba; o la graciosa tarjeta de crédito «Havana Express» que ahora parece tan normal dado el desaforado mercantilismo que ha invadido toda nuestra cultura, pero en aquellos días de inicios del 90 constituía un motivo tan tabú dentro de nuestra iconografía artística (y cartelística) como podía serlo el uso del dólar en la vida cotidiana, por ese entonces creo que aún «penalizado»; o la imagen de Karl Marx alternando en una baraja no precisamente con otro de los fundadores del comunismo, sino con el cantante Carlos Varela, convertido por esos días en un popular Guillermo Tell; o aquella discreta metamorfosis a la que sometieron la primer plana del periódico Granma para hablar del Teatro Obstáculo y enviarnos de paso aquel mensaje aparentemente tan candido, tan obvio: «Usted necesita información»; o aquel cartel circular imitando el escudo de la Central de Trabajadores de Cuba para promover un encuentro de serígrafos, que parecía recordarnos que también los artistas, y no sólo los obreros de las fábricas, son trabajadores, cosa que a veces se olvida…
Como es lógico, la soga que hizo posible el Nudo siempre fue lo suficientemente elástica como para permitir desahogos sin partirse, pues se trataba –como la de otros muchos creadores dedicados a estas maromas– de una excelente soga de equilibrista. Y aquí debiera recordar la bondad y paciencia con la que Aldo Menéndez muchas veces sostuvo uno de los extremos de este tipo de sogas, abriendo el Taller «René Portocarrero» a la verdadera experimentación y a la libertad expresiva de los jóvenes, y haciéndose el de la vista gorda con la utilización de los recursos cuando de la verdadera creación se trataba.
Pero nunca –y en eso creo que estriba una de las principales virtudes de Nudo– nunca dejaron cabos sueltos. Ni unieron las dos puntas para hacer un lacito decorativo o conmemorativo. Nudo se mantuvo con una envidiable coherencia artística de principio a fin, aún a pesar de que no tuvieron más aplausos que el de aquellos pocos que conocían a sus autores, porque hasta en eso fueron raros Marín y el Vlado, para quienes el protagonismo y hasta la misma autoría les resultaron recursos innecesarios para alimentar el espíritu. El sentimiento de que lo único importante era hacer bien las cosas, trasmitirlas, compartirlas, es también uno de los signos virtuosos de Nudo que más admiro y envidio. Su semi-anonimato. Y la humildad de poder trabajar como «personal de servicio». «Sé desaparecer” –decía Martí bajo otras circunstancias, y algo parecido hizo Nudo en relación con los artistas para los cuales debió hacer sus carteles y sus diseños de catálogo: desaparecer tras el magnífico telón de fondo que ellos mismos habían creado para presentarlos. Por eso me parece muy lógico que ahora deseen hacerse públicamente responsables por aquel trabajo en el que invirtieron tantos y tan silenciosos sacrificios.

En lo que a mí respecta, ahora veo sus obras y me pasa lo que al perro de Pávlov: comienzo de nuevo a segregar saliva y se me despierta un deseo irresistible de ladrar tras la rueda del Carro, aún a sabiendas de que lo más seguro es que me pase por encima, o que se aleje haciéndome creer que ya no la molestan los ladridos. Aunque también es verdad que probablemente el Carro sea otro. O no haya ningún Carro. (¿0 no sería más prudente hacer como los tres simpáticos monitos del cartel que hizo Nudo para la exposición Olor a Tinta: no ver, no oler, no oír?) En realidad sus obras me trasladan a una situación tan alejada de la contemporaneidad que me espanta. Mejor me seco los labios y aplaudo, y disfruto de nuevo con sus maravillosas piruetas artisticas, con la esperanza de que contaminen de nuevo nuestro impoluto ambiente. O lo iluminen. O lo incendien.
Porque el arte es precisamente eso: un cigarro encendido por los dos extremos. O –como en este caso– fumado por los dos extremos. Un extraño cigarro donde el fuego o el humo permanecen ocultos, fuera de la vista, para que la gran combustión y el efecto de esa combustión sólo tenga lugar en el interior de nosotros, de cada uno de nosotros. Lo cual nos da la oportunidad de convertimos en nuevos y potentes volcanes.
La Habana, 30 de enero de 1998.
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