Antonio José Ponte: Fidel dentro de la UMAP*

Autores | DD.HH. | 1 de septiembre de 2026
©Centro F. Castro

Desde hace cuatro años sobrevive, convaleciente. Salvo la columna periodística que publica en el diario más importante del país (a estas alturas, el único de circulación nacional), su existencia pública es nula. En una de sus columnas anunció el fin del mundo. Después de él, el diluvio.

La entrevistadora llegada de México no lo encuentra en su mejor momento. Refunfuña por lo mal que anda el mundo. Él habrá fallado en la fecha del Apocalipsis, pero no en la naturaleza de su pronóstico: la vida humana está por terminar. Quizás toda la vida en el planeta. Animal y vegetal.

La entrevistadora dirige un periódico que trata bien a la revolución cubana. Es una aliada, aunque comienza su trabajo con acusaciones de mucho peso. Dispara a bocajarro que el encanto de la revolución, la solidaridad de tantos intelectuales del mundo con la revolución, los grandes logros del pueblo cubano, todo se ha ido al traste debido a la persecución de los homosexuales. 

Se les marginó, recuerda ella. Muchos fueron enviados a «campos de trabajo militar-agrícola». 

Está refiriéndose a la red de campos de las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), en funciones entre 1965 y 1968. Campos de concentración que no va a denunciar bajo este nombre.

«Entiendo por campos de concentración aquellos construidos para recluir a personas, no lo por lo que hayan hecho, sino por ser quienes son», define Anne Applebaum, estudiosa del Gulag soviético.

Él no niega la existencia de esos campos. Ni siquiera la interrumpe cuando, todavía sin haberle hecho la primera pregunta, ella le hace tantas. Tiempo, le pide tiempo. Necesita tiempo para recordar. Porque están hablando de hechos ocurridos cinco décadas atrás, hace ya medio siglo. 

Él tendría que recordar cómo fue que prendió entre las filas revolucionarias el prejuicio contra los homosexuales. Fue una reacción espontánea, considera. Venida de mucho antes, de costumbres y tradiciones que existieron en el país, en la cultura cubana, durante siglos. (Sin embargo, en la Cuba prerrevolucionaria, con sus prejuicios católicos y burgueses, los homosexuales nunca fueron encerrados en masa.)

La entrevistadora no se muestra todo lo cooperativa que tendría que serlo una aliada. Busca hacerle hablar del tema, quiere un buen titular.

Fue una gran injusticia, recuerda él. Le corresponde ahora delimitar hasta dónde llega su responsabilidad en esa injusticia. Personalmente, nunca tuvo esa clase de prejuicios…

Ella asiente, dice saber que entre sus más antiguos y mejores amigos se cuentan homosexuales.

Ninguno de los dos menciona en sus preguntas y respuestas las siglas UMAP, intentan no darle envergadura de organización a lo que fue.

Él pronuncia entonces la frase que sirve de titular a la entrevista: «Si alguien es responsable, soy yo…»

Si alguien es responsable, pues cabe la posibilidad de que no exista responsable alguno… Recuerda cómo, en aquellos años, inmerso como estaba en la Crisis de Octubre…

Le falla la cronología o trampea. Intenta hacer coincidir el funcionamiento de los campos de concentración con la amenaza de guerra nuclear, pero las UMAP arrancaron tres años más tarde de la Crisis de los Misiles.

La guerra, recuerda él. Eran demasiadas dificultades las que se presentaban al conducir una nación amenazada…

Washington es, cuando no su coartada, su mejor atenuante. Para el disfrute de lo contrafactual queda imaginar cómo, de no haber existido enemistad norteamericana, en Cuba no habrían tenido persecución de homosexuales.

Le pide a la entrevistadora que suponga cómo fueron aquellos primeros meses de revolución. Da aquí otro patinazo cronológico: la revolución sobrepasaba su primer quinquenio en el poder cuando echaron a andar las UMAP.

«La guerra con los yanquis», sigue con su recuento, «el asunto de las armas, los planes de atentados contra mi persona… No podía estar en ninguna parte, no tenía dónde vivir… Escapar de la CIA, que compraba tantos traidores, a veces entre la misma gente de uno…»

Suena a Jesús. A que las zorras cuentan con sus madrigueras, las aves del cielo con sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza. A estar siempre en peligro de que lo bese Judas.

«Yo no voy a culpar a otros», determina. Si es cuestión de asumir la responsabilidad, asume la suya.

La entrevistadora no pregunta de dónde salió la orden de crear los campos de concentración. Se interesa únicamente por la demora en haberles dado alto. Concede a su entrevistado el beneficio de la negligencia. Habrá sido negligente, pero nunca criminal, su culpa reside en haber descuidado el cierre de los campos, no en crearlos.

Obligado a explicarse acerca del sistema concentracionario del Tercer Reich, el abogado y director de la Gestapo Rudolf Diels emborronó la historia de este modo: «No existe ninguna orden ni ninguna instrucción en el origen de los campos: estos no han sido
construidos, sino que un buen día estaban ahí».

Respecto a los campos de concentración de la revolución cubana, Fidel Castro y su entrevistadora mexicana practican un emborronamiento semejante. (Semejanza de borrado, no de sistemas: en Cuba no existieron campos de exterminio.) El diálogo entre ellos supone que los campos estaban ya y de nadie salió la orden de construirlos.

Por suerte, terminaron clausurados. La revolución rectificó, y quienes leen la entrevista son avisados de que precisamente una sobrina del entrevistado, hija del hermano general que lo sustituye en el poder, dirige ahora el Centro Nacional de Educación Sexual.

CENESEX, pues en este caso sí que vale mencionar las siglas.

Mariela Castro, socióloga y heterosexual, aboga desde el CENESEX por la inclusión de homosexuales y los cambios de identidad de transexuales. En Cuba son gratuitas las operaciones de cambios de sexo y desde el año 1990 la homosexualidad se encuentra despenalizada.

Dejado atrás el erizado inicio de la conversación, entrevistado y entrevistadora se explayan ahora sobre temas gratos: vacunaciones masivas, campaña de alfabetización, logros de la medicina y la biotecnología… La buena saga revolucionaria, en suma.

El poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal, quien viajó a Cuba un par de años después del cierre de las UMAP, cuenta un par de episodios sobre el tema que parecen sacados de un gran folletín.

Lo visitan dos jóvenes en su hotel habanero y él deduce que son de fiar: «Desde el principio veo que son revolucionarios. Les brillan los ojos de entusiasmo cuando hablan de la Revolución». Uno de ellos, aunque dentro de la revolución, le da a conocer la existencia de campos de concentración en Cuba. El joven los denomina campos de concentración y cita sus siglas: UMAP. Afirma haberlos conocido por dentro, sirvió de carcelero en ellos, fue testigo de los abusos que se cometían.

Hasta que Fidel ordenó desmantelarlos, cuenta.

Tuvo que intervenir el mismísimo Fidel para que aquello terminara. Y lo hizo, no desde su oficina o su puesto de mando, sino desde el propio interior de las UMAP. A Fidel le llegaron noticias de lo que estaba ocurriendo y decidió ir a comprobarlo con sus ojos. Viajó de incógnito a Camagüey, burló la garita de uno de los campos, se tiró en una de las hamacas en que hacían dormir a los reclusos y aguardó a que dieran el de pie.

Como cada día, los reclusos fueron despertados a planazos, y cuando el carcelero llegó a su hamaca se quedó de piedra al ver a quien estaba levantándole el machete…

Cardenal encuentra a otro joven que cuenta un episodio relacionado con el cierre de esos campos.

«Fue una operación secretísima», confiesa el muchacho, fiable por marxista declarado.

Reunidos cien militantes de la Unión de Jóvenes Comunistas a los que despojaron de toda identificación, esos cien militantes fueron conducidos a los campos como si se tratara de lacras sociales. Los metieron en las UMAP con el objetivo de que registraran
cuánto sucedía allá adentro…

De manera que fueron necesarias las infiltraciones de un centenar de jóvenes comunistas y del propio comandante en jefe —verdaderas maniobras de contrainteligencia— para llegar a descubrir los pormenores del funcionamiento de los campos de concentración de Camagüey…

Publicada en la prensa mexicana la entrevista con Fidel Castro, su frase del titular corre como la pólvora. Tanto revuelo obliga a la sobrina mencionada en la entrevista a emprender control de daños en nombre de la revolución y de la familia. Mariela Castro aclara a la opinión pública que, por mucho espíritu quijotesco que lo asista, su tío no debería echarse encima esta responsabilidad. No ha sido otra cosa que su altruismo y profunda humanidad lo que lo ha hecho inculparse. Pero, en tanto directora del CENESEX, ella ha podido consultar a especialistas del Ejército y de la Seguridad del Estado, testigos de los acontecimientos de los que se habla en la entrevista, y todos los especialistas coinciden en que, apenas se alzaron las primeras quejas de la población y la alta jefatura del país tuvo noticias de ellos, los campamentos fueron desmantelados.

Campamentos, los llama ella. Con el mismo camuflaje con que se intentó hacer pasar campos de concentración por campamentos del Servicio Militar Obligatorio.

Durante casi tres años funcionan en la provincia de Camagüey campos de concentración donde los reclusos trabajan desde el amanecer hasta la noche, le niegan alimento a quien no cumpla su meta, practican torturas y falsas ejecuciones, se aplican descargas eléctricas y terapia de choque con insulina para el tratamiento de la homosexualidad, ocurren muertes bajo tortura y suicidios. Y, no obstante, los testimonios recogidos por la directora del CENESEX aseguran que ni su tío ni su padre ni el resto de la alta dirigencia de la revolución se encontraba al tanto.

No vale la pena pedir perdón, determina ella.

Pero, ¿quién ha hablado de pedir perdón? Si en ningún momento de la entrevista su tío menciona este asunto del perdón… 

Pedir perdón sería insincero, sostiene Mariela Castro. Mejor es apostar por leyes y reglas que impidan que vuelvan a ocurrir episodios semejantes. Y acto seguido cita un episodio extremo, relacionado con el Tercer Reich.

Ni siquiera el proceso de Núremberg consiguió suprimir los prejuicios antisemitas, alega.

A la directora del CENESEX puede costarle desautorizar a su tío, pero atajarlo a tiempo es cuestión vital. No hay que consentirle que incurra en el tema de las responsabilidades ante la presa extranjera.

No por casualidad ella invoca los juicios de Núremberg. Es a ella, junto a sus hermanos y primos, a quienes les corresponde administrar el legado de los mayores, y cualquier desliz de autocrítica podría acarrear consecuencias graves para la dinastía
Castro.

Unas pocas semanas después de publicarse la entrevista mexicana, el tío paterno de Mariela Castro recibe visita de otro entrevistador. Estadounidense, enviado por una de las grandes revista estadounidenses, es invitado a compartir algo que se ha convertido en una pasión de su entrevistado: los espectáculos con delfines.

Sentados ante una pared de cristal del Acuario Nacional, admiran las coreografías de delfines y buzos. Tratan de geopolítica, el entrevistador pregunta si considera digno de exportación el modelo cubano, y él responde: «El modelo cubano ya no funciona ni
siquiera para nosotros».

Otro titular de revuelos, aunque esta vez no es ningún sobrino quien sale a enmendarle la plana, sino que se la enmienda él mismo. Lee lo publicado en el norte y protesta porque sus declaraciones han sido malinterpretadas.

Igual, cada vez que le recuerdan su petición al Kremlin de que lanzara contra Estados Unidos los misiles emplazados en territorio cubano, él responde que lo tradujeron mal al ruso.

Mal traducido, malinterpretado. En sus visitas al Acuario Nacional, el círculo de delfines y buzos forman un mandala que le da paz de espíritu mientras aguarda por el fin del mundo.


[*] Fragmento inédito del libro La revolución sin mí.

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Publicación fuente ‘Diario de Cuba’