Luis Cino: El huracán que destruye La Habana se llama castrismo

Autores | DD.HH. | 9 de septiembre de 2026
©Periódico 5 de septiembre

El 29 de agosto de 2005, el huracán Katrina provocó que la marejada ciclónica hiciera colapsar el sistema de diques que protegía a New Orleans, inundando cerca del 80 % de la ciudad. Hubo destrucción por doquier y murieron más de 1.800 personas en toda la región afectada.

Pese a las negligencias y demoras que hubo, con el paso de los años New Orleans se recuperó.

En agosto de 2017, gracias a un viejo y entrañable amigo, pude cumplir mi sueño de visitar New Orleans, lo que para un fanático del jazz y el blues como yo es el equivalente de la peregrinación a La Meca para un musulmán. La tragedia de Katrina era ya como una pesadilla de la cual nadie quería acordarse ni hablar.

No quiero ni pensar qué ocurriría si un huracán como Katrina azotara La Habana. Sin que la ciudad haya sido azotada en los últimos años por un huracán de semejante envergadura, muchas de las edificaciones de Centro Habana, La Habana Vieja, el Cerro y Diez de Octubre, debido a la falta de mantenimiento y la desidia oficial, están en tan ruinoso estado que parecen haber soportado un bombardeo.

Debido al pasado colonial español compartido, que legó, entre otras cosas, las rejas y los balcones, y a la fuerte influencia africana en la vida de ambas ciudades, se me antoja comparar New Orleans y La Habana, particularmente sus zonas antiguas. En esa comparación, La Habana Vieja saldría desfavorecida.

En New Orleans hay un derroche de magia, una magia tan auténtica que resulta muy especial. Y autenticidad es lo que le falta a la Habana de postal turística que construyó el historiador Eusebio Leal a pocos metros de las cuarterías y los balcones en estática milagrosa, que tiemblan con el paso de las guaguas y los camiones hasta que un día terminan por derrumbarse.

La Habana Vieja, con sus figurantes —las santeras de utilería y los viejos con ropa verde olivo y barbas al estilo de Fidel Castro—, que pagan licencia al Estado, es un timo, una engañifa para turistas incautos. Un tinglado falso, artificial, carente de espontaneidad, donde cualquiera que no vaya con nociones políticas preconcebidas nota la falta de libertad.

En La Habana Vieja, como en New Orleans, se escucha música en vivo por todas partes, pero los intérpretes son buscavidas que tocan un repertorio compuesto por unos pocos sones y guarachas, casi siempre los mismos, además de “Guantanamera”, “Lágrimas negras”, “Chan Chan”, de Compay Segundo, y “Hasta siempre, comandante”, que Carlos Puebla dedicó al Che Guevara.

En los bares de New Orleans, especialmente en la emblemática Bourbon Street y el resto del French Quarter, es amplísima la variedad de géneros musicales que se interpretan: jazz, blues, funk, soul, cajún, zydeco y rock and roll. Los músicos, que tienen una calidad y una bomba extraordinarias, como decimos los cubanos, venden sus CD y colocan recipientes donde recogen las propinas, pero sin ponerse impertinentes, como muchos de los que tocan y cantan en La Habana Vieja.

Algunos músicos de New Orleans con los que hablé, como el pianista Steven Rohbock, el guitarrista y cantante James Edward Kennedy y el trompetista y cantante Willie Lockett, me dijeron que les gusta y les interesa la música cubana. Pero tal vez ignoren que las tradiciones musicales cubanas y caribeñas influyeron en el jazz de New Orleans desde sus orígenes. El pianista Jelly Roll Morton denominó Spanish tinge a esa influencia rítmica, que consideraba un componente esencial del jazz.

Sin vudú no se puede hablar de New Orleans. Está presente a cada paso. Como sucede entre los santeros de La Habana Vieja, hay muchos impostores, pero son más los que se toman muy en serio sus creencias.

No soy supersticioso, pero en New Orleans me convencí de que hay algo en eso de los mojos —talismanes— y los gris-gris. Estuve en el Museo Histórico del Vudú de New Orleans, en Dumaine Street, dedicado a la historia y las figuras de esta religión, especialmente a la famosa Marie Laveau. Recorrí las dos salas del museo y puedo asegurarles que se sienten vibraciones que dan escalofríos.

¿No podría existir en La Habana un museo auténtico, y no una muestra folclorizada de brujería, dedicado a las prácticas religiosas afrocubanas?

La comida criolla y cajún de New Orleans es muy especial: ostras, beignetsjambalayagumbo, pez gato, cocodrilo frito y quimbombó preparado de diferentes formas.

En La Habana Vieja, a pesar de que hay algunos buenos paladares, a la culinaria, que pudiera ser de excelencia, le faltan personalidad y variedad. Se limita a poco más que el congrí o los frijoles negros, el lechón asado, los tostones y la yuca. Muchos platos tradicionales, especialmente los postres, se han perdido.

La gente de New Orleans es amable y hospitalaria. Y aunque se respira sensualidad, nadie importuna ni se queda mirando a las chicas que pasan por la calle, aunque lleven un short del que pugnen por escapar las nalgas.

La gente de La Habana Vieja también suele ser amable, pero muchos exageran y les falta naturalidad. Algunos, a pesar de la vigilancia policial, acosan a los turistas en su afán por sacarles dinero a como dé lugar, ya sea vendiéndoles habanos —generalmente falsificados— o proponiéndoles marihuana o sexo.

No es que en New Orleans no haya quienes vivan del dinero de los turistas. Pero los bailarines de tap, los músicos callejeros y los niños que sacan ritmos endiabladamente complejos tocando tinas plásticas con baquetas improvisadas se ganan las propinas con su arte, con dignidad, sin impertinencias ni payasadas y sin importunar a los turistas.

En La Habana Vieja se pudieran aprovechar mejor, de manera más orgánica e inteligente, el arte y las tradiciones, sin menoscabo de la diversión de los pocos turistas que aún vienen a Cuba. Pero eso sería pedir demasiado a los mandamases castristas, con su proverbial mal gusto, sus prejuicios y su manía de controlarlo todo.

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Publicación fuente ‘Cubanet’