Natacha de la Torre Fariñas: Carta abierta de una profesora de San Alejandro a Alpidio Alonso Grau

Alpidio Alonso Grau,
Ministro de Cultura de la República de Cuba.
Esta carta no sigue un formato tradicional pues no está estrictamente dirigida a usted señor ministro. Es un escrito que publicaré en Facebook. Se lo envío no porque crea que me representa. No porque pretenda encontrar alguna resonancia o empatía. Su práctica es fiel a una maquinaria que se propone perpetuar precisamente lo que yo estoy cuestionando. Estoy cumpliendo solamente con la formalidad de informarle, puesto que considero que los asuntos de una escuela como la Academia San Alejandro, son concernientes a su persona, aún cuando su parecer en este asunto sea tan contrario a lo que yo refiero.
No son los dueños del país quienes gobiernan. No es dueño del país Raúl Castro. No lo es Díaz Canel. Usted, señor Alpidio, no es el dueño de un ministerio. Es su representante y, en teoría al menos, se debe en su servicio al logro de una gestión eficiente. Los centros de trabajo no son propiedad de dirigentes y acólitos. Con semejante creencia prospera la impunidad en Cuba, la ausencia de ética y la falta de seriedad. Así crecen el desorden y el enredo para los que quieren convertirla en un santuario de ineptos, mediocres y simuladores. No son los dueños del país, insisto. Y Cuba no es un establecimiento o un mercado.
A San Alejandro tengo yo tanto derecho como aquellos que pretenden conservarlo en estado famélico y lo dejarán morir de inanición. Pero no iré a trabajar en condiciones adversas. Quien quiera hacerlo está en su derecho. Pero no lo tiene a exigir semejantes términos al que no esté dispuesto a ser parte del espectáculo circense. Se tiene la desfachatez incluso de asumir que quien no acepte el pacto deberá marcharse. Ninguna razón asiste en pedir que se sustente el estado de cosas decadente en el que nos hundimos vertiginosamente.
No sirve el salario para nada. No paga el transporte, ni la ropa o calzado. No se puede solventar con él siquiera las necesidades más elementales. Respecto al trabajo, si se requiere comunicación de una persona con su centro laboral, se necesita de búsquedas de información en Internet u otros elementos para un trabajo eficiente ¿quién correrá con los gastos de compra de un celular o lo que sea preciso adquirir? Puesto que no podrá comprarse con el salario, pudiera asumirse, a efectos de la institución que no dispensa una remuneración adecuada, que no se dispondrá de los recursos. Claro que aparecerán en escena los familiares que no viven aquí para apoyar. En otras palabras, en Cuba se trabaja con el impulso y la buena voluntad de aquellos a los que un día se llamó gusanos y hoy se han convertido en espléndidas mariposas. Somos collares de estrangulamiento para nuestras familias, que llevan sobre sí el peso de sus propios problemas y los nuestros. Es una extraña noción de sustentabilidad.
Por otra parte, los trabajadores cubanos se ven privados del acceso a recursos elementales como el agua o la energía eléctrica, pero se les exige ir a trabajar en semejantes condiciones. Que resuelvan como puedan. Y si pueden, que acudan a las gentiles mariposas. La precariedad se apodera de las casas en Cuba. Yo… me niego a trabajar cuando no pude dormir, o cuando debí elegir entre quedarme sin poder abastecerme de agua o ir a San Alejandro. Pero no veo razón alguna para abandonar la docencia. Sí la veo para afirmar que Cuba necesita un cambio radical.
Pregunto, ¿será que en Cuba, en lugar de estar el mérito de un trabajador en sus capacidades y su experiencia, está en tener familia emigrada que le envíe dinero para poder sustentar sus necesidades y acudir sin remuneración a su centro de trabajo? Que trabaje entonces el médico que recibió la ayuda familiar, no el que es capaz de hacer la operación que salvará una vida. ¿O será mérito estar dispuesto a sobrevivir con ayuda de regalos que dispensan los padres que desean un trato preferencial para sus hijos? No quiero propinas; no quiero compras de trapos generosos gestionados para atenuar penurias de los que no tienen nada. Quiero mi salario; la retribución digna por trabajar. Pero en Cuba no importa la calidad del trabajo. En Cuba importa, si te integras en la dinámica del trapicheo y si respondes o no a tales intereses.
Cuando la asignatura de psicología fue suprimida del currículum innecesaria e inexplicablemente hace muchos años, reestructuré mis condiciones y comencé a dar didáctica. A la par, contribuí con la institución asesorando a estudiantes que necesitaban elementos, precisamente de psicología, para sus tesis u otros ejercicios. Cuando se pretendió desplazarme en mis funciones de psicopedagoga, y después de años solicitando un local, se lo dieron a quién recién llegaba a la institución, enviándoseme patentes señales de no ser bienvenida, trabajé en pasillos como hasta entonces y continué brindando mis modestos servicios. No fue el embargo el que causó semejantes circunstancias. Quienes orquestaron o sustentaron este tipo de proceder, sólo contribuían a hacer prevalecer el desorden y la decadencia. No les asistía el derecho. Lo hicieron en nombre de la manada y el brete, el amparo de los que carecen de determinación y pensamiento propio. Pasaron años en esos términos y de mi parte no hubo una sola queja. Me limité a continuar en la medida en que las condiciones lo permitieron. Nunca más, porque el desempeño en el trabajo no es únicamente personal. No tengo que agenciarme un local ni un buró; concierne a la institución generar las condiciones para que el trabajo pueda realizarse eficientemente.
Ahora digo que me están haciendo a un lado nuevamente. Prentenden que me vaya por propia iniciativa para quedar libres de culpa. Pero cada cual deberá tomar sus propias decisiones. –Vete –me dijo mi jefa de departamento hace un tiempo.
Corresponde a la dirección de la academia decidir. Optar por la deshonra y la complicidad, o por la decencia de asumir que Cuba necesita un cambio y no seguir haciéndole coro a la ineptitud y descaro de los gobernantes. La vergüenza, para un lugar donde el pensamiento crítico es o debería ser una divisa, se irá adueñando de cada estancia de San Alejandro. Se ha decidido callar, aceptar y participar del engaño. Se ha decidido naturalizar el desastre. Hoy me quitan la asignatura que durante tantos años impartí. Lo hacen porque no soy parte del festín. No quiero recoger mi porción de farsante. -Sabes que si esto cambia no nos toca nada –me dijo el director de la escuela–. Mi respuesta: –No trabajo para mí; trabajo por un futuro, trabajo para que a mi hijo no se le escurran los años como se nos fue la vida a tantos cubanos.
Me quitan del medio porque no quieren ver y se niegan a oir. Me convertí en la nota discordante. Soy alguien «políticamente inadecuado». Quieren que si falto, no diga que no tenía agua y que el estado no es capaz de proporcionar condiciones dignas a sus trabajadores. Quieren que invente una excusa, una enfermedad o un problema que no genere disonancia. Quieren, sobre todas las cosas, que sea parte de la mentira.
–No podemos pagarte el día que faltes –dice mi jefa de departamento.
–No me paguen –le respondo yo–. A fin de cuentas no vengo a San Alejandro por dinero. Si dependiera yo del absurdo salario, estaríamos mi familia y yo muertos.
Pone la tapa al pomo el que me diga que si se me paga el día cuando no he ido al trabajo, estará robándose el dinero al estado y pueden ir presos. Si consideramos el hecho de que el risible salario que nos endilgan junto al compromiso de comportarnos como corderos, no alcanza absolutamente para nada, ¿quien está robando? El estado cubano nos ha robado siempre. El estado cubano no ha podido siquiera proporcionar una educación de calidad para nuestros hijos.
A San Alejandro voy porque me gusta enseñar, me gustan los adolescentes y jóvenes, y miro con cariño cada pared o pedazo de techo que me trae recuerdos. Soy vieja y tengo complicidad con el pasado. No olvido con mi comportamiento la escuela como quiere pretenderse. Quienes la abandonan son los que desean, para mantener una ridícula cuota de poder, dejarla a merced del tiempo y la miseria. Creen los artistas que es algo a observar desde una posición distante. Creen que no deben implicarse y que no es su problema. La alternativa del serpenteo es muy frecuente en los cubanos. Pero la estrategia de aceptar y de evitar, nos irá convirtiendo en unos tristes y conformes despojos. Todos desean rehuir el trago amargo. Ceden y continuarán perdiendo fuerza. Dejarán de ser la voz crítica y valiente que alguna vez fueron. Y un día, el día que reciban de la manera más directa y explícita el embate a sus intereses, quizá sea ya tarde.
No le deseo suerte a la academia en su empresa de la mediocridad cómplice. Hoy todo es impunidad, desventura y engaño. Tampoco espero su atención. Yo estoy del lado de la razón. Usted, ministro Alpidio, está del lado de la fuerza.
La Habana, 9 de septiembre del 2026.
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Publicación fuente ‘Facebook de Natacha de la Torre Fariñas’
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